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Trompetista, compositor y figura central del jazz del siglo XX, fue el artista que más veces redefinió ese género desde adentro: pasó del bebop al cool jazz, del hard bop al jazz modal, y de ahí a la fusión con el rock y la electrónica. Su vida personal estuvo marcada por la adicción a la heroína, episodios de violencia doméstica y una personalidad abrasiva que pocos se atrevían a confrontar.

Hoy, 26 de mayo de 2026, se cumplen cien años del nacimiento de Miles Dewey Davis III en Alton, Illinois. No es una efeméride menor, pues Davis no era un músico que encontró su sonido y lo perfeccionó sino que fue alguien que lo encontró varias veces, lo abandonó deliberadamente y volvió a empezar desde otro lugar y eso, –por lo menos en la historia del Jazz– no tiene equivalente cercano.

Creció en East St. Louis, en el seno de una familia afroamericana acomodada. Su padre era dentista y propietario de tierras, mientras que su madre era profesora de música. El entorno era cómodo pero no ajeno al racismo estructural de la época. A los trece años alguien le puso una trompeta en las manos, y desde ese momento la dirección de su vida quedó sellada. Su primer maestro le dio un consejo que Davis convirtió en principio estético para que marcaría toda su carrera: tocar sin vibrato.

A los diecisiete años ya lideraba grupos en clubes nocturnos. A los diecinueve estaba en Nueva York, supuestamente para estudiar en la prestigiosa Juilliard School. Sin embargo, lo que realmente lo atrajo de esa ciudad eran los clubes de la calle 52 y de Harlem, donde Charlie Parker y Dizzy Gillespie estaban reinventando el jazz en tiempo real. 
Como era de esperarse, Davis abandonó Juilliard y se incorporó al quinteto de Parker. 

El cool jazz y el silencio

Lo que diferenció a Davis de sus contemporáneos fue su relación con el silencio. Mientras otros músicos de bebop construían sus solos acumulando notas a gran velocidad, Davis empezó a tocar menos. Eligió con cuidado qué notas tocar y, sobre todo, cuáles omitir. Ese espacio vacío entre nota y nota era construir tensión.

A finales de los años cuarenta, junto al arreglista Gil Evans y un grupo de músicos que incluía a Gerry Mulligan, formó un noneto que grabó las sesiones que luego se conocerían como Birth of the Cool. El sonido era más pausado, más abierto, más atmosférico que el bebop. Esas grabaciones dieron nombre y forma al cool jazz.

Lo que vino después fue, en cierta forma, más asombroso. En lugar de quedarse en el estilo que él mismo había contribuido a crear, Davis se fue. A mediados de los cincuenta lideró un quinteto con John Coltrane y formalizó el hard bop. En 1959 grabó Kind of Blue, el disco de jazz más vendido de la historia, construido sobre escalas modales en lugar de progresiones armónicas convencionales. Era jazz modal, y Davis lo hizo sonar tan natural que muchos oyentes ni siquiera notaron que estaban escuchando algo radicalmente nuevo.

Una década después, mientras el rock y el funk dominaban la cultura popular, Davis volvió a reinventarse. Bitches Brew, de 1970, incorporó instrumentos eléctricos, ritmos de rock y estructuras abiertas que desconcertaron a la crítica especializada y abrieron una puerta hacia lo que después se llamaría jazz fusión. Ese álbum resultó ser también una influencia directa sobre músicos de rock, funk y, años más tarde, de hip hop.

La vida que no era admirable

La figura pública de Davis combinaba el genio musical con una personalidad que muchos describían como hostil. Era conocido por dar la espalda al público mientras tocaba, por negarse a presentar a los músicos de su banda, por decir exactamente lo que pensaba sin filtro ni concesión. Hay una anécdota que circula entre los aficionados al jazz desde hace décadas: alguien le preguntó si podía tocar cualquier cosa. Davis respondió que sí, y que además podía elegir no hacerlo.

Su vida personal tuvo capítulos más oscuros. Durante su primer viaje a Europa, a principios de los cincuenta, Davis cayó en una adicción severa a la heroína que lo tuvo al borde de la irrelevancia durante varios años. Su necesidad de dinero para sostener el consumo lo hizo persona non grata en buena parte de la escena musical neoyorquina. Regresó a Illinois, se desintoxicó con la ayuda de su padre y volvió a Nueva York con la determinación de firmar con Columbia Records, el sello más importante de la época. Lo logró.

Más difícil de separar de su legado es la violencia que ejerció contra varias de sus parejas. Frances Taylor, la bailarina de Hollywood con quien se casó en 1959 —y cuyo rostro aparece en la portada del álbum E.S.P.—, declaró años después que hubo momentos en que temía por su vida. Ignorar esa parte de la historia sería una forma de falsificarla.

El legado de Miles 

Davis murió el 28 de septiembre de 1991 en Santa Mónica, California, a los sesenta y cinco años. Detrás dejó una discografía que abarca cinco décadas y que no suena uniforme, porque nunca quiso que lo fuera. 

No puede quedar de lado su influencia directa sobre músicos posteriores va más allá del jazz. Herbie Hancock, Wayne Shorter, Chick Corea y Keith Jarrett pasaron por sus bandas antes de convertirse en referentes por derecho propio. El hip hop tomó de él la idea de que el silencio, la pausa y el espacio son elementos compositivos tan válidos como cualquier nota. La música electrónica de los ochenta y noventa encontró en Bitches Brew un antecedente que nadie esperaba.

Cien años después de su nacimiento, la pregunta que persiste no es si Davis cambió el jazz, porque eso está fuera de discusión. La pregunta en sí es cuántas veces lo hizo, y por qué cada vez lo hizo desde un lugar diferente. 

Tocar sin vibrato, priorizar el silencio, el quinteto con John Coltrane, incorporar ritmos de rock, y la superación de su adicción a la heroína –aunque también puede ser la adopción de su ritmo a la música electrónica de los 80– son los cinco momentos en que Miles reinventó el Jazz y por supuesto, se reinventó a sí mismo a través de él. 


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Imagen de portada: Getty Images