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Desde 2000, el país perdió población y la lectura cayó en picada; sin embargo, las bibliotecas aumentaron un 30%. La explicación: se convirtieron en centros comunitarios para combatir la soledad.

Desde el año 2000, Japón ha perdido un 3% de su población; en ese mismo periodo, su red de bibliotecas creció un 30%. La explicación no está en los libros, sino en lo que estos espacios han dejado de ser.

Las cifras que no cuadran

En 2000 tenía 127 millones de habitantes; en 2024, 123,9 millones. La lectura también pierde terreno: en 2018, entre el 40% y 49% de los mayores de 16 años leía menos de un libro al mes; para 2023, ese porcentaje saltó al 62,6%. Las librerías se redujeron casi un 30% en una década.

Con esos datos, lo lógico sería que las bibliotecas cerraran. Pero ocurre lo contrario: en 1999 había unas 2.600; en 2024 se contabilizan 3.400. Un aumento del 30% en 24 años.

La respuesta: ya no son solo para leer

Las bibliotecas japonesas dejaron de ser templos del silencio. Ahora ofrecen cafeterías, cuentacuentos, auditorios y actividades para niños y ancianos. Son centros comunitarios con estantes. Como dice Katsuyoshi Kinoshita, de la Fundación para el Avance de las Bibliotecas: "Atraen a la gente y crean un ambiente animado".
Esa transformación las ha convertido en un "tercer lugar": un espacio más allá del hogar y el trabajo. Un sitio donde ir sin excusa, y donde la soledad se combate con la simple presencia de otros.

El envejecimiento como motor silencioso

Los mayores de 65 años ya superan el 29% de la población japonesa. Para ellos, las bibliotecas son mucho más que libros: son un lugar para socializar, participar en talleres y sentirse parte de algo. Un estudio de las universidades de Kioto y Keio siguió a más de 70.000 adultos mayores durante siete años; descubrió que cada biblioteca adicional se asoció con un 48% menos de riesgo de deterioro funcional.

No es casualidad que los gobiernos locales impulsen su apertura. No lo hacen por amor a la literatura, sino como política de salud pública y cohesión social.

También hubo una razón administrativa

Sadao Uematsu, de la Asociación Japonesa de Bibliotecas, explica que a comienzos de siglo se impulsaron "fusiones" municipales: muchas salas de lectura de centros comunitarios se reconvirtieron oficialmente en bibliotecas. Esa decisión infló las cifras. El ritmo de aperturas se ha ralentizado, pero la tendencia ya está consolidada.

Lección para el mundo

Lo que ocurre en Japón desafía la intuición. No se necesitan más lectores para justificar más bibliotecas; se necesitan más personas que necesiten un lugar al que ir. En sociedades que envejecen, las bibliotecas serán menos templos del saber y más centros de encuentro. Eso, en tiempos de soledad epidémica, vale más que cualquier bestseller.


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Imagen de portada: Japan experience