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Sólo a través del desapego podemos unirnos a la belleza del universo

Arte

Por: Luis Alberto Hara - 02/06/2021

En la obra de Simone Weil, William Blake y Fernando Pessoa encontramos una visión poética del desapego como la realidad luminosa del universo

El desapego es una de las principales enseñanzas de todas las tradiciones espirituales de la humanidad. Aunque generalmente lo asociamos con las religiones de la India, en realidad dicha noción está presente en todas las religiones, incluyendo en el cristianismo, por supuesto. En este artículo revisaremos tres fulgurantes pasajes en la obra de tres grandes escritores en los que podemos apreciar esta enseñanza, pero ya no sólo dentro de lo religioso, sino con el poder poético de la gran literatura.

La filósofa francesa Simone Weil se acercó mucho en sus últimos años al misticismo cristiano y a las tradiciones indias, especialmente a las enseñanzas de la Bhagavad Gita. En este texto Weil encontró una enseñanza clave: la noción de que uno debe actuar, pero para que el acto sea perfecto y no genere el peso del karma (lo que en Weil se ha traducido como "gravedad") se debe actuar sin buscar recompensa, renunciando al fruto del acto. El dharma para Weil es actuar por necesidad, una necesidad amada. Es decir, siguiendo el pulso del cosmos y no la voluntad personal. El genio de Weil relacionó esta enseñanza y lo que llamó la action non agissante con el desapego y la atención pasiva, que se encuentra en el misticismo cristiano (en autores como San Juan de la Cruz o Catalina de Siena). Encontramos en sus Cahiers el siguiente pasaje:

Santa Catalina de Siena. Los bienes de este mundo son como las flores que mantienen su perfume y su belleza siempre y cuando uno no las coja. Cf. "A través del desapego el gozo" [Ias Upanisad].

Esto en relación a lo cual el orden estético es una condición de la existencia, es la contemplación. La contemplación, no el placer, es el criterio estético.

Para Weil una cosa que se puede contemplar, o a la que se puede poner atención sin cesar, es una cosa bella. Y, con un fondo platónico, lo bello es lo real, pues es lo que está libre de la superposición de lo que Weil llama "la imaginación colmadora del vacío", lo que es otra manera de hablar del apego. Del apego que surge del ego (esa "falsa divinidad") y su constante actividad proyectando realidades falsas sobre la vacuidad que es, por decirlo de alguna forma, el espacio puro de la divinidad. La realidad, dice Weil, es lo que se percibe desde el desapego. Y esta realidad es la luminosidad de la belleza, que es la naturaleza que expresa la divinidad sin interferencia.

El pasaje citado de Weil nos hace recordar los siguientes versos de William Blake:

He who binds to himself a joy 
Does the winged life destroy;
But he who kisses the joy as it flies
Lives in eternity's sun rise.

 

[Aquel que una alegría a sí vincula
la vida alada anula;
Aquel que besa la alegría al desaparecer
vive en la eternidad del amanecer.]

Blake expresa claramente la misma idea que Catalina de Siena y que Simone Weil. Hay una belleza, la belleza suprema, en simplemente dejar que las cosas lleguen y se vayan, pues si uno busca aferrarse a ellas, las oprime. Es como si las cosas verdaderamente bellas no soportaran el peso del deseo personal, la opresión de la posesión. Son como materia liviana y luminosa que tiende a volverse aire y a desvanecerse en un aleteo de brillos, como una mariposa, como el alma misma.

El poeta portugués Fernando Pessoa expresa la enseñanza detrás de esta actitud:

Colhe as flores mas larga-as,
Das mãos mal as olhaste.

Senta-te ao sol. Abdica
E sê rei de ti próprio.

 

[Toma las flores, pero suéltalas
apenas miradas.

Siéntate al sol. Abdica
y sé rey de ti mismo.]

Aquí Pessoa habla de coger las flores, pero es sólo un momento. Y se dejan caer, apenas miradas. Es como si la contemplación fuera la única aprehensión... y es sólo por un instante. No te detengas, parece decir, ni siquiera en esa belleza. Sólo contémplala unos momentos y renuncia incluso al poder de tener. En el mismo poema, Pessoa escribe antes: "No tengas nada en las manos/ ni una memoria en el alma".

Hay que estar vacío para enfrentar la muerte y acercarse al auténtico reino.

 


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