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Este poema de Fernando Pessoa nos recuerda que, al final, la existencia sigue su propio camino

Si bien la incertidumbre forma parte de la existencia humana (y, de hecho, de la vida en sí), no solemos aceptarla y recibirla de buen grado. O al menos, no todos. Es más o menos común que en nuestra propia vida lo incierto nos inquiete e incluso nos angustie, que nos perturbe no saber lo que va a pasar en el futuro próximo o distante (acaso especialmente respecto de una situación que deseamos mucho, o ante una circunstancia que sobrevino de pronto y sentimos que modificó radicalmente el curso de nuestra vida). La incertidumbre es capaz de entristecernos, de enojarnos, de despertar nuestra frustración y quizá incluso de perturbar nuestra existencia entera. 

Si pensamos que un componente importante de nuestro proceso civilizatorio como especie ha sido la capacidad de prever, de anticiparnos, de planear y de “dominar” la contingencia propia del mundo, ¿cómo puede ser que la realidad se nos resista y, pese a todo, sea incierta? 

Reaccionar adversamente frente a la incertidumbre puede explicarse por esa ilusión de creer que, como seres humanos, somos capaces de controlar lo que de suyo es incontrolable: la vida en sí. Como se ha señalado en tantas y tantas épocas, y tantas y tantas tradiciones, lo propio de la vida es el cambio y la transformación, a veces diametrales e instantáneos. Todo lo que hoy creemos cierto mañana puede derrumbarse y aunque, hasta cierto punto, qué bueno que sea así, para buena parte de nosotros esta posibilidad es intolerable.

El problema es que la experiencia humana de la realidad depende de una cierta “estabilidad” para entender el mundo. Es decir, en nuestro caso, nuestra conciencia nos lleva a creer fijo o repetitivo aquello que, en el fondo, está cambiando todo el tiempo. Y es en esa contradicción donde surge nuestra ceguera parcial frente a lo incierto.

El siguiente poema de Fernando Pessoa puede leerse como un “antídoto” a esa angustia por la incertidumbre. Con su particular inclinación filosófica y aun melancólica, el poeta portugués nos guía hacia un ángulo desde donde la vida se ve con otra densidad; no como una sustancia que necesita ser medida y controlada sino que más bien seguirá su propio curso, incluso en contra de nuestra voluntad y nuestros deseos. Veamos:

No tengas nada en las manos
ni una memoria en el alma.

Que cuando pongan en tus manos el último óbolo,
al abrirlas nada caiga de ellas.

¿Qué trono te quieren dar
que Átropos no te quite?

¿Qué laurel que no se marchite
en los arbitrios de Minos?

¿Qué horas que no te reduzcan
a la sombra que serás

cuando de noche estés
al fin del camino?

Toma las flores, pero suéltalas
apenas miradas.

Siéntate al sol. Abdica
y sé rey de ti mismo.

[Não tenhas nada nas mãos
Nem uma memória na alma,

Que quando te puserem
Nas mãos o óbolo último,

Ao abrirem-te as mãos
Nada te cairá.

Que trono te querem dar
Que Átropos to não tire?

Que louros que não fanem
Nos arbítrios de Minos?

Que horas que te não tornem
Da estatura da sombra

Que serás quando fores
Na noite e ao fim da estrada.

Colhe as flores mas larga-as,
Das mãos mal as olhaste.

Senta-te ao sol. Abdica
E sê rei de ti próprio.]

 

Comentario al poema

En los versos 3 y 4, el óbolo es el nombre que recibían ciertas piezas metálicas usadas como moneda en la antigua Grecia. En la época existía la práctica funeraria de enterrar a una persona con una de esas piezas, ya sea debajo de la lengua (como parece que fue lo más común) o, como sugiere Pessoa, con la moneda entre las manos. Según la creencia, el alma del difunto necesitaba el óbolo para pagar al barquero Caronte el cruce de una ribera a la otra del Estigia, uno de los cinco ríos del inframundo griego. De no contar con el óbolo, el alma vagaba por la orilla de este “río del odio” durante cien años, sin poder entrar al Hades, periodo después del cual Caronte accedía a atravesarla gratuitamente.

En el octavo verso se menciona a Átropos, una de las tres Moiras, deidades femeninas que simbolizan una de las metáforas más elocuentes jamás imaginadas sobre el destino humano. Bajo la acción general del hilado, estas tres mujeres decidían la duración de la vida humana. Cloto, la primera, era la encargada de tomar la hebra de la vida de una persona para hilarla con su rueca y su huso; Láquesis tenía una vara con la cual iba midiendo la longitud del hilo; finalmente, la responsabilidad de Átropos era cortar el hilo de la vida cuando el momento llegaba. Átropos es así una representación del fin inevitable de la existencia y, por ende, es aquella que, al retirarnos de la vida, de alguna manera nos arrebata todo lo que hasta entonces teníamos. 

El Minos del décimo verso es el juez de Hades que decidía la suerte de las almas de los difuntos. Las fuentes no son claras respecto de si “Minos” era un término genérico para designar a los gobernantes de Creta o si, por otro lado, hubo varios reyes con el mismo nombre aunque con un desempeño como autoridad totalmente distinto. El rey Minos más célebre es aquel que exigía a Atenas un cierto número de jóvenes para ofrecérselas en tributo al Minotauro, encerrado en el laberinto construido por Dédalo. Este, sin embargo, no parece ser el mismo rey Minos que fue buen gobernante y mejor legislador y que por ello, a su muerte, los dioses decidieron que fungiera como juez de las almas que llegaban al Hades. Sobre esto último, en Los mitos griegos, Robert Graves describió así la función de Minos:

[...] las almas recién llegadas son juzgadas a diario por Minos, Radamantis y Éaco en un lugar donde confluyen tres caminos. Radamantis juzga a los asiáticos y Éaco a los europeos, pero ambos remiten los casos difíciles a Minos. A medida que se dicta cada sentencia las almas son conducidas por uno de los tres caminos: el que lleva de vuelta a las Praderas de Asfódelos, si no son virtuosas ni malas; el que lleva al campo de castigos del Tártaro si son malas; y el que lleva a los jardines del Elíseo si son virtuosas. 

Entre otros, Dante también usa a este Minos juez del inframundo, situándolo en el segundo círculo del Infierno, adonde llegan las almas de los condenados para conocer el tormento que les está destinado para toda la eternidad.

Los “arbitrios de Minos” del poema es una sinécdoque en donde confluyen la idea de muerte, de fin e incluso de “no hay más allá” (non plus ultra), en combinación con la idea de logro humano (simbolizado por el laurel). En efecto: que un alma llegara frente a Minos para ser juzgada (“los arbitrios”, como sustantivo, alude doblemente a la acción del juicio y al lugar donde este se realiza) implica que ya no puede hacer más de su vida, ya no puede modificar ninguna acción, ya no puede sumar nada que la beneficie o la perjudique. Ya todo está hecho, por así decirlo, y entonces ha llegado el momento de saldar cuentas. Pero no sólo eso. El marchitarse del laurel también puede interpretarse como el hecho de que todas esas acciones terrenales –gloriosas o no– comenzarán a partir de ese momento a olvidarse, paulatina o prontamente, hasta que no quede nadie vivo que las recuerde.

Los versos siguientes (11-14) no recurren a ningún elemento mitológico o simbólico que necesite explicarse de una manera específica. Sus imágenes son, en todo caso, más o menos propias de un imaginario común sobre la muerte y el fin de la vida: las “horas”, las “sombras” y la idea del “fin del camino”.

Por otro lado, las “flores” del verso 15 quizá no sean un símbolo tan sencillo como podría parecer en una lectura pronta o superficial. En un primer momento, en efecto, las flores podrían tomarse como un elemento propio del ambiente funerario en que se ha manejado el poema hasta ese momento. Sin embargo, en esos versos en particular puede notarse un cierto cambio en la “vivacidad” de la composición, pasando en este punto a un ánimo mucho más activo. Hasta entonces, el poema puede considerarse casi exclusivamente reflexivo y, además, en un sentido muy preciso: con la serie de preguntas que hace, lleva al lector a confrontarse con la idea de la muerte, la vanidad de los “logros” mundanos y la fugacidad de la vida. 

Los versos 15 y 16, no obstante, dejan de ser preguntas para el lector y, en cambio, se mueven hacia el modo imperativo de la conjugación. Dicho de otra manera, el poema abandona cierto ánimo meditativo sostenido hasta entonces (el cual, desde cierta perspectiva, podría considerarse incluso un tanto pasivo), para incitar hacia una acción más concreta y, en general, una actitud más activa: “Toma las flores, pero suéltalas/apenas miradas”, dice Pessoa.

Con todo, aun con ese giro anímico que podría parecer radical, la manera de presentar tanto las flores como la acción de la cual se les busca hacer protagonistas, mantiene a estos versos en la intencionalidad general del poema. En este caso, pareciera que Pessoa nos quiso decir que aun los placeres más bellos o agradables de la vida son perecederos, por lo cual es mejor disfrutarlos apenas. 

Al respecto –y también al margen– vale la pena recordar un desacuerdo ocurrido entre el pintor Francis Bacon y un crítico de arte de Oxford, según contó la historia el propio Bacon. Comentando alguna pintura en donde el artista plasmó algunas flores en el estilo que caracterizaba su obra (crudo, un tanto mortuorio, atento al componente de violencia presente siempre en la vida), el crítico reclamó a Bacon no haber destacado lo agradable de las flores, su color, su belleza, sus formas vivas, etc. A esto, Bacon respondió que, incluso pintándolas de esa manera, la muerte de las flores ya está presente en su vitalidad aparente y que, si acaso, él en su pintura sólo se anticipó un poco a ese cambio de estado que de cualquier manera va a ocurrir, inevitablemente. Las flores de este poema de Pessoa podrían ser las de ese mismo cuadro de Bacon.

Los últimos versos –“Siéntate al sol. Abdica/y sé rey de ti mismo”– pueden leerse desde distintas tradiciones de pensamiento y aun espirituales y religiosas. Su sentido puede encontrarse en nociones como la “ataraxia” de los estoicos, el wu wei (“no-hacer”) del confucianismo y la sophrosyne de la filosofía griega. En todos estos conceptos –y varios más que podrían hacerse confluir– hay un elemento común de tranquilidad, serenidad y paz del ser que proviene de la liberación de las ataduras que se tienen con el mundo. Se necesita dejar de ser esclavo de las seducciones y vanidades de este mundo, renunciar a esas aspiraciones terrenales, abdicar de esos tronos que se nos ofrecen (ser alguien en la vida, triunfar, ser exitoso a toda costa, etc.), para entonces emprender la labor de gobernar con entereza el único reino que de verdad importa: el de la vida propia.

Cabe mencionar finalmente que, de acuerdo con el repositorio digital Arquivo Pessoa (que reúne de manera precisa y rigurosa la obra del portugués), la versión presentada de este poema está fechada el 19 de junio de 1914. Se conoce otra versión, ligeramente distinta (sin fecha, sin embargo), que puede consultarse en esta página. La versión de 1914 se publicó originalmente en Lisboa, en 1946, en la edición de las Odes de Ricardo Reis hecha por João Gaspar Simões y Luiz de Montalvor para la editorial Ática. Como la mayor parte de la obra de Pessoa, este poema también fue dado a conocer póstumamente.

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

 

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