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"Fragmentos de un discurso amoroso" es un libro emblemático en la obra de Roland Barthes, en el cual examinó la experiencia subjetiva del amor

Fragmentos de un discurso amoroso es un texto de Roland Barthes publicado originalmente en Francia en 1977, en la colección Tel Quel de la editorial Éditions du Seuil (colección que a su vez tomó su nombre de la revista de vanguardia que dio cabida a las escrituras de Alain Robbe-Grillet, Georges Bataille y Jacques Derrida, entre otros).

Como es sabido, Barthes fue una rara avis de la academia francesa, pues aunque desde una perspectiva podría considerarse un “profesor” en el sentido más escolar del término, esto es, un hombre dedicado a la formación de estudiantes, a la investigación y al cumplimiento de los deberes institucionales de un profesional adscrito al sistema educativo de un país, al mismo tiempo en su labor siempre latió en él una inquietud creativa que en general es poco frecuente entre académicos de todo tipo. 

En buena medida, dicha característica suya, decisiva para entender su obra, tiene al menos dos orígenes. El primero, su curiosidad vasta, que le llevó a explorar dominios como la filosofía, la sociología, los mitos, la cultura japonesa y, por encima de todos ellos, la literatura, a la que amó tanto y dedicó sus mejores dones como lector. Por otro lado, Barthes perteneció a un momento histórico ávido de explorar y experimentar, una época valerosa con una inclinación más o menos inédita hacia lo nuevo y lo arriesgado, en Francia y también en otras partes del mundo. Las obras del nouveau roman y las cintas de la nouvelle vague pueden tomarse como expresiones de esa sensibilidad específica del inicio de la segunda mitad del siglo XX: tiempos efervescentes e inquietos, en los cuales se buscaron nuevas formas de decir los acontecimientos.

Y eso, justamente, es relevante también para comprender a Barthes, pues como había ocurrido antes en la Viena de las primeras décadas del siglo XIX, en el momento en que Barthes comenzó a publicar sus obras mayores el lenguaje tomó un lugar preponderante en las preguntas subjetivas y sociales de la época, fue motivo de duda e investigación, de examen atento. ¿Qué se había dicho hasta ese entonces con un lenguaje que había hecho posible el horror de la Segunda Guerra Mundial y de los totalitarismos? ¿Qué estaba diciendo entonces el lenguaje de la época y qué realidad estaba construyendo? ¿Qué había dicho desde siempre el lenguaje –los lenguajes, todos los que estructuran la realidad– que hasta ahora no habíamos notado? Estas y otras cuestiones, presentes en el espíritu de la época, coincidieron con la voluntad inquisitiva de Barthes, probablemente uno de los últimos lectores minuciosos y exhaustivos de ese gran texto que llamamos “civilización humana”.

Fragmentos de un discurso amoroso nació como resultado de un seminario que Barthes dirigió en la École des Hautes Études de París, en torno a la nociones de “discurso” y de “discursividad”. En particular, entre 1974 y 1976, Barthes centró su atención y la de colegas y estudiantes que asistieron a dichas sesiones en el “discurso amoroso”, que el profesor quiso analizar de cerca. 

Según contó en una entrevista ofrecida a Jacques Henric en 1977, al inicio Barthes se fijó Las penas del joven Werther​, de J. W. Goethe, como libro señero de su labor. A su juicio, dicha novela podía tomarse como el summum de la “discursividad amorosa” y, específicamente, del discurso articulado en torno a la idea del “amor romántico”. En términos reflexivos y de análisis, la elección fue afortunada, pues en Werther fue posible encontrar la génesis, el desarrollo y la culminación del destino del enamorado, retratados con detalle lo mismo como fases de un proceso que en su propia singularidad.

En la práctica, sin embargo, Barthes constató un fenómeno peculiar que se presentó a lo largo de todo su seminario. Según refiere en la entrevista citada, ya desde el principio Barthes se dio cuenta de que al leer detenidamente el Werther –leer como Barthes lo hacía: acompañando la lectura de las evocaciones, conexiones y niveles de discurso que un texto tiene con respecto a sí mismo y a la red cultural a la que pertenece–, él tendía a “proyectarse” a sí mismo en los personajes y la historia de Goethe. Su vida, sus experiencias, personas que había conocido y relaciones que había tenido se mezclaban de pronto en su lectura, interponiéndose entre él y el texto, alterando a ambos.

Pero no sólo eso. Barthes vio que el Werther tenía un efecto similar en los demás asistentes al seminario. Ellos también se proyectaban “muy fuertemente” sobre la lectura que hacían del relato. Quién sabe, a lo mejor ellos también estaban siendo víctimas de la misma infatuación amorosa que había conducido a los primeros lectores de Werther al suicidio…

Sea como fuere, Barthes no sólo se sorprendió por este fenómeno, sino que lo tomó con seriedad y terminó por convertirlo en el fundamento de su libro. Más allá de hablar de un “discurso amoroso”, el semiólogo se percató que lo pertinente era hablar del “discurso de un sujeto amoroso”, pues todo parecía indicar que la subjetividad es indisociable de la experiencia del amor: esta no puede ni presentarse ni explicarse sin aquella, y viceversa. Y aun dicho de un modo acaso más radical podría decirse que la experiencia del amor necesita de una subjetividad y, en otro sentido, que la construcción de la subjetividad es en esencia una experiencia de amor (un proceso doble que sin duda merecería explicarse con mayor amplitud).

De este modo, al hacer el giro hacia el “discurso de un sujeto amoroso”, Barthes “impostó” o “dramatizó” los descubrimientos que fue obteniendo a lo largo del seminario, volviéndolos una suerte de toma de conciencia continua a propósito de los elementos que forman parte de la experiencia subjetiva del amor. “El resultado es entonces el discurso de un sujeto que dice yo, que está por lo tanto individualizado al nivel de la enunciación, pero es de todos modos un discurso compuesto, simulado, un discurso montado (resultado de un montaje)”, dice Barthes en la entrevista con Henric.

En ese sentido, Fragmentos de un discurso amoroso está estructurado como una suerte de “glosario” subjetivo del enamoramiento, aunque con algunas diferencias significativas con respecto a un diccionario tradicional. En efecto, aunque la división de sus capítulos evoca las “entradas” o “voces” de un diccionario (“Ausencia”, “Corazón”, “Carta”, “Llorar”, encontramos escrito al inicio de cada uno de ellos, como si fuesen inscripciones que anuncian el elemento que nos va a ser explicado), el significado de estas que se nos ofrece es un tanto inesperado, pues no se trata de una definición generalizante, que sirva para todo momento y ocasión en que busquemos descifrar un elemento desconocido de la realidad, sino que más bien el lector se topa con la descripción de este pero en un contexto subjetivo, según puede colegirse que fue experimentado por personas específicas, como un tipo de experiencia que quizá se repita de manera parecida en otros (en la medida en que toda subjetividad es resultado también de la cultura y el momento histórico en que se forma), pero siempre de manera específica. 

Para “simular” esa subjetividad, ese yo que habla a lo largo de la obra, Barthes recurrió a la suya propia, que en su caso estuvo hecha en buena parte de lecturas, aunque también, como decíamos, experiencias de vida y experiencias de sus relaciones. De este modo, junto a Goethe encontramos convocados en las páginas de los Fragmentos a Marcel Proust, a Racine, Nietzsche, Platón (especialmente El banquete), Marx, Freud, Stendhal, Sade, las óperas de Mozart-Da Ponte y varios otros, así como conversaciones con sus amigos y recuerdos velados de su vida.

Curiosamente, por todo este bagaje –y acaso, por la forma misma que tomó su libro– Barthes se reconoció a sí mismo como “un sujeto del imaginario”, en el sentido que Jacques Lacan dio a dicho término (tomado como sustantivo). Grosso modo, en el desarrollo teórico que Lacan aportó al psicoanálisis, lo imaginario es el registro de la subjetividad que estructura a partir de las imágenes de las que está hecho el vasto entramado de la cultura humana. Como “sujeto del imaginario”, Barthes pudo así permitirse pasear por la discursividad subjetiva del amor según esta se expresó en la literatura, el cine o la filosofía. Fue así como hiló sus Fragmentos: con imágenes de sí mismo que, según descubrió, son siempre al mismo tiempo imágenes tomadas de otros –esos otros lastimados también con la herida del amor, acaso la única que nos hermana a todos los seres humanos–.

Luego de esta breve historia del libro, compartimos a continuación algunos pocos fragmentos de los Fragmentos: líneas o párrafos tomados un poco al azar y que dan cuenta de la profunda originalidad, agudeza y sensibilidad de la obra de Roland Barthes.

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Basta que, en un relámpago, vea al otro bajo la especie de un objeto inerte, como disecado, para que traslade mi deseo, de este objeto anulado, a mi deseo mismo; es mi deseo lo que deseo, y el ser amado no es más que su agente.

 

El ser que espero no es real. Como el seno de la madre para el niño de pecho, «lo creé y lo recreé sin cesar a partir de mi capacidad de amor, a partir de la necesidad que tengo de él»: el otro viene allí donde yo lo espero, allí donde yo lo he creado ya. Y si no viene lo alucino: la espera es un delirio. 

 

"¿Estoy enamorado? –Sí, porque espero". El otro, él, no espera nunca. A veces, quiero jugar al que no espera; intento ocuparme de otras cosas, de llegar con retraso; pero siempre pierdo a este juego: cualquier cosa que haga, me encuentro ocioso, exacto, es decir, adelantado. La identidad fatal del enamorado no es otra más que ésta: yo soy el que espera.

 

Al decidir renunciar al estado amoroso, el sujeto se ve con tristeza exiliado de su Imaginario.

 

Históricamente, el discurso de la ausencia lo pronuncia la Mujer: la Mujer es sedentaria, el Hombre es cazador, viajero; la Mujer es fiel (espera), el Hombre es rondador (navega, rúa).

 

El gesto tierno dice: pídeme lo que sea que pueda aplacar tu cuerpo, pero tampoco olvides que te deseo un poco, ligeramente, sin querer tomar nada enseguida.

 

Devoro con la mirada toda trama amorosa y en ella descubro el lugar que sería mío si formara parte de ella.

 

Me asusto, pues, de la fatiga del otro: es el más cruel de los objetos rivales.

 

[...] puesto que el otro sufre sin mí, ¿por qué sufrir en su lugar? Su infortunio lo lleva lejos de mí; no puedo más que perder el aliento si corro tras él, sin esperanza de alcanzarlo jamás, de entrar en coincidencia con él. Separémonos pues un poco, hagamos el aprendizaje desde cierta distancia.

 

Sufriré por lo tanto con el otro, pero sin exagerar, sin perderme. A esta conducta a la vez muy afectiva y muy controlada, muy amorosa y muy pulcra, se le podría dar un nombre: es la delicadeza: es como la forma “sana” (civilizada, artística) de la compasión. (Até es la diosa del extravío pero Platón habla de la delicadeza de Até: su pie es alado, apenas toca el suelo).

 

Aunque todo amor sea vivido como único y aunque el sujeto rechace la idea de repetirlo más tarde en otra parte, sorprende a veces en él una suerte de difusión del deseo amoroso; comprende entonces que está condenado a errar hasta la muerte, de amor en amor.

 

No matarse (de amor) quiere decir: tomar esa decisión, la de no asir al otro.

 

Al mismo tiempo que se pregunta obsesivamente por qué no es amado, el sujeto amoroso vive en la creencia de que en realidad el objeto amado lo ama, pero no se lo dice.

 

Freud a su prometida: «Lo único que me hace sufrir es estar imposibilitado de probarte mi amor».

 

(Inversión histórica: no es ya lo sexual lo que es indecente; es lo sentimental —censurado en nombre de lo que no es, en el fondo, más que otra moral—).

 

A veces le parece al sujeto amoroso que está poseído por un demonio de lenguaje que lo impulsa a herirse a sí mismo y a expulsarse —según una expresión de Goethe— del paraíso que, en otros momentos, la relación amorosa constituye para él.

 

Del amor, asunción demencial de la Dependencia (tengo absoluta necesidad del otro), surge cruelmente la posición adversa: nadie tiene verdaderamente necesidad de mí.

 

El sujeto amoroso se angustia de que el objeto amado responda parsimoniosamente, o no responda, a las palabras (discursos o cartas) que le dirige.

 

El regalo amoroso se busca, se elige y se compra dentro de la mayor excitación —excitación tal que parece ser del orden del goce—. Calculo activamente si ese objeto complacerá, si no decepcionará, o si, por el contrario, pareciendo demasiado importante, no denunciará por sí mismo el delirio —o el embaucamiento en el que estoy aprisionado—. El regalo amoroso es solemne; arrastrado por la metonimia voraz que regula la vida imaginaria, me transporto por entero en él. A través de ese objeto te doy mi Todo, te toco con mi falo; es por eso que estoy loco de excitación, que recorro las tiendas, que me obstino en encontrar el buen fetiche, el fetiche brillante, logrado, que se adaptará perfectamente a tu deseo. El regalo es caricia, sensualidad: vas a tocar lo que he tocado, una tercera piel nos une. Regalo a X… una pañoleta y la lleva puesta: X… me regala el hecho de llevarla; y, por otra parte, así es como, ingenuamente, lo concibe y lo dice. 

 

El ser amado es reconocido por el sujeto amoroso como «átopos» (calificación dada a Sócrates por sus interlocutores), es decir, como inclasificable, de una originalidad incesantemente imprevisible.

 

A lo largo de una vida, todos los «fracasos» amorosos se parecen (y con razón: todos proceden de la misma falla).

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Como comentario final valdría la pena preguntarse si este trabajo de Barthes no podría emularse hoy en día de algún modo. Por un lado, para preguntarnos cuáles son las formas discursivas que están articulando nuestro modo contemporáneo de amar, pero quizá sobre todo para recuperar una de las motivaciones que llevó a Barthes a escribir sus Fragmentos de un discurso amoroso. En la entrevista con Henric, el semiólogo hizo notar a su entrevistador que si se interrogaba la cultura de su época, podía constatarse que no había entonces un lenguaje importante que se hiciera cargo del sentimiento amoroso. 

Si bien dicha observación podría debatirse (pues podría oponérsele, por ejemplo, la idea de que dicha responsabilidad es más bien de orden subjetivo), de cualquier modo da pie a preguntarse si actualmente las cosas han cambiado. ¿Cuál de nuestros lenguajes contemporáneos –el del cine, el de las series que tan ávidamente se consumen, el lenguaje de la “realización personal”, el lenguaje del cultivo del yo–, cuál de esos lenguajes está encargándose de la experiencia amorosa, de qué maneras y con qué efectos? ¿Qué fragmentos de cuál discurso amoroso podríamos extraer hoy de nuestra cultura?

 

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Fragmentos de un discurso amoroso de Roland Barthes ha sido publicado en español por Siglo XXI editores, reimpreso con frecuencia.

 

Imagen de portada: Las bodas de Fígaro, W. A. Mozart, Lorenzo da Ponte (1786), puesta en escena del Festival de Salzburgo, 2006.