El misterio de el Sudario de Turín: entre la fe, la ciencia y una imagen inexplicable
Ciencia
Por: Carolina De La Torre - 04/01/2026
Por: Carolina De La Torre - 04/01/2026
El Sudario de Turín es, a simple vista, una tela de lino. Mide poco más de cuatro metros de largo y poco más de uno de ancho. Pero lo que contiene lo ha convertido en uno de los objetos más observados, discutidos y analizados de la historia.
En su superficie aparece la imagen frontal y dorsal de un hombre con marcas que coinciden con una crucifixión. Para millones de personas, es el lienzo que envolvió a Jesús de Nazaret tras su muerte. Para otros, es una construcción medieval tan sofisticada que logró engañar a generaciones enteras.
Lo interesante es que, con el paso del tiempo, el debate no se ha debilitado. Se ha vuelto más complejo.
Los primeros registros claros del sudario aparecen en 1354, en Francia. A partir de ahí, su recorrido lo llevó a distintos puntos de Europa hasta establecerse en Turín, donde permanece bajo resguardo.
Aunque la Iglesia Católica no ha declarado oficialmente que sea auténtico, sí permite su veneración. Lo define como un “espejo del Evangelio”, una forma de contemplar visualmente el relato de la Pasión.
Esa carga simbólica se sostiene en detalles muy concretos. Las marcas visibles en el cuerpo del lienzo coinciden con los relatos bíblicos: heridas de flagelación, perforaciones en las muñecas, señales compatibles con una corona de espinas y una lesión en el costado.
A esto se suma otro concepto clave: “acheiropoieta”, una palabra griega que significa “no hecho por manos humanas”. La imagen no presenta pigmentos visibles ni trazos que indiquen una técnica artística convencional. Desde ahí comienza el misterio.
El interés científico por el sudario cambió radicalmente en 1898. El fotógrafo Secondo Pia tomó la primera imagen oficial del lienzo. Al revelarla, apareció algo inesperado: el negativo fotográfico mostraba una figura mucho más clara y detallada. Como si la tela funcionara, por sí misma, como un negativo.
Décadas después, en 1978, un grupo de científicos estadounidenses reunió uno de los estudios más ambiciosos sobre el tema: el Shroud of Turin Research Project. Durante más de 100 horas analizaron la tela con distintos métodos.
Sus conclusiones abrieron más preguntas de las que cerraron. No encontraron rastros de pintura, tinta ni pigmentos. Las manchas correspondían a sangre real, con componentes como hemoglobina. Y la imagen no estaba “impresa” en profundidad, sino apenas en la superficie más externa de las fibras.
En otras palabras, no parecía una obra hecha con técnicas conocidas.

En 1988 llegó uno de los momentos más decisivos. Tres laboratorios aplicaron la prueba de radiocarbono al tejido. El resultado ubicó su origen entre los años 1260 y 1390. Para muchos, eso bastó: el sudario sería una creación medieval, pero la discusión no terminó ahí:
Con el tiempo, distintos investigadores señalaron posibles fallas en la muestra analizada. Se ha sugerido que el fragmento utilizado pudo haber estado contaminado por reparaciones posteriores o por acumulación biológica a lo largo de los siglos.
Esto no invalida el estudio, pero sí lo vuelve menos concluyente de lo que parecía en un inicio.
En años recientes, el análisis ha tomado otro rumbo. Técnicas como la dispersión de rayos X de gran ángulo (WAXS) han permitido estudiar el envejecimiento de la celulosa del lino.
Investigaciones lideradas por Liberato De Caro sugieren que el deterioro de la tela podría ser compatible con tejidos mucho más antiguos, cercanos al siglo I.
Esto no prueba su autenticidad, pero sí reabre una posibilidad que muchos consideraban cerrada.
Más allá de fechas y análisis, hay características del sudario que siguen desconcertando.
Una de ellas es la información tridimensional. Estudios realizados en los años setenta mostraron que la intensidad de la imagen varía según la distancia entre el cuerpo y la tela. No es algo que ocurra en pinturas o fotografías comunes.
Tampoco hay dirección en la imagen. No hay trazos, ni capas, ni indicios de aplicación manual.
A partir de esto, algunos investigadores han planteado hipótesis más complejas. Una de ellas sugiere que la imagen pudo generarse por una forma de energía o radiación que afectó superficialmente las fibras del lino. No es una teoría comprobada, pero tampoco ha sido descartada.
Incluso los análisis forenses han añadido otra capa. Las manchas de sangre muestran indicadores asociados a estrés físico extremo, como niveles elevados de ciertas sustancias presentes en cuerpos sometidos a tortura.
Hoy, el Sudario de Turín se mantiene en una especie de equilibrio incómodo. La prueba de carbono-14 apunta a la Edad Media. Otros estudios abren la puerta a una antigüedad mayor. Y la formación de la imagen sigue sin una explicación clara.
La ciencia ha logrado descartar varias cosas. No es una pintura tradicional. No es una técnica fotográfica medieval. Pero tampoco ha podido explicar, con certeza, qué es. Ahí es donde el objeto cambia de lugar. Deja de ser solo una reliquia o un artefacto histórico y se convierte en una incognita. Para algunos, es una evidencia física de un momento fundacional de la fe cristiana. Para otros, es uno de los engaños más sofisticados jamás creados; y en medio, una imagen que sigue ahí. Quieta. Sin terminar de revelar su origen.