*

X
Una circunambulación del icono de Andrei Rublev, en el que se representa la actividad divina: una danza de deleite intertranspersonal

El icono de la Santa Trinidad del pintor ruso Andrei Rublev es una de las grandes obras de arte religioso, sin duda la más renombrada dentro de la iconografía de la Iglesia ortodoxa rusa y, para algunos, la obra de arte más importante jamás creada por un artista ruso. Rublev fue un monje ortodoxo que vivió entre los siglos XIV y XV, de cuya vida no se conoce mucho, aunque fue canonizado en la década 1980 y Andréi Tarkovski, el más grande director de cine ruso de la historia, hizo una película de su vida en 1966. Con el tiempo, los colores originales de la pintura se fueron oscureciendo y el icono tuvo que ser restaurado en un par de ocasiones. Al parecer un fondo dorado, más brillante, se ha perdido, así como también importantes matices en las vestimentas de las tres figuras; y durante un tiempo, el icono fue recubierto con un riza de oro por Iván el Terrible. De cualquier manera mantiene una grácil belleza que, sin embargo, debe ser interpretada a la luz de la tradición para poder apreciarse mejor, ya que el icono es la contraparte visual del texto bíblico. Aunque una lectura literal -y la pura impresión desnuda- de todas maneras arroja un sentido valioso y una cierta belleza, es sólo cuando se hace una lectura espiritual que cobra su plenitud.

En la Iglesia ortodoxa del este existe una larga tradición de creación de iconos. Los iconos no son pinturas comunes, son obras confeccionadas bajo ciertos parámetros que las dotan de un carácter sagrado, se dice que son "ventanas espirituales entre el cielo y la tierra". A través de la participación del espíritu en su creación y de la transfiguración de la fe, la imagen se convierte en teofanía, en presencia viviente de la divinidad. Al igual que ocurre en religiones orientales como el budismo y el hinduismo, donde se medita y realizan diversos ejercicios espirituales frente una imagen de la divinidad, sea un murti del ista-devata o un mandala, los monjes ortodoxos también rezan -particularmente la "Oración de Jesús" u "Oración del corazón", la cual se repite, en ocasiones utilizando ciertas técnicas de respiración, de manera comparable al uso de mantras en Oriente-. Y al igual que ocurre con el mandala en el tantrismo, el icono y la misma práctica contemplativa llevan a la deificación o theosis. Esto es, la imagen de la divinidad -con la que fue creado el hombre según el Génesis- llega a su fruición o semejanza. 

La escena que representa la obra es tomada del capítulo 18 del Libro de Génesis, donde Abraham es visitado por tres hombres "cerca del encinar de Mamré". Primero el texto dice que Dios se le apareció en el calor del día en su tienda, pero al alzar los ojos vio a tres hombres que serían interpretados luego como tres ángeles. Abraham les ofrece alimentos a los tres visitantes y mientras comen conversa con Dios (¿a través de los ángeles o aparte?). Los tres ángeles le anuncian a Abraham que su esposa Sarah, pese a su edad, dará a luz a un hijo. La escena es un tanto enigmática y puede interpretarse como si fueran dos ángeles y un tercero que es Jehovah o como si fueran tres ángeles propiamente. Para el cristianismo, que lee la presencia del Verbo divino y la prefiguración del nacimiento de Cristo en el Antiguo Testamento, este episodio es un indicio de la triunidad de Dios, de las tres personas de la Trinidad, el principal dogma del cristianismo. Por su parte, Filón de Alejandría, el gran comentador bíblico judío, quien fue una especie de puente entre el Logos de la filosofía griega y la personificación del Logos como Cristo en el evangelio juanino, sugiere que los tres ángeles son los tres poderes de Dios.

En la imagen de Rublev, los tres ángeles -las tres personas divinas- se sientan en la mesa en torno al cáliz que les ofreció Abraham, en el cual había cordero. El cáliz que luego sería transformado en el cáliz sacramental de la comunión: en el "Cordero de Dios" que se sacrifica por el mundo y se ofrece a él mismo como "el pan de cada día". Esto es lo más importante de la imagen, que las tres personas comparten el cáliz dorado y que entre ellas se produce una comunión y una mirada amorosa. El mismo icono lleva también el nombre de la "Hospitalidad de Abraham" y representa este acto de beber y comer, del deleite y la comunión: el supremo misterio de la unidad en la trinidad. El hecho que resulta escandaloso para algunos críticos, de que Dios es uno y a la vez tres. Una perspicaz interpretación teológica lee el Evangelio de San Juan bajo esta luz trinitaria y dice: "En el principio fue la Relación". Este es el principio básico de la idea trinitaria, pues sólo a través de la triunidad es posible decir que Dios es esencialmente amor; sólo así es posible el misterio de ser profundamente uno y a la vez comulgar con el otro. Las tres personas, en este sentido, deben considerarse sobre todo como relacionabilidad, más que como personas antropomórficas. Un eterno movimiento de vaciamiento o kenosis, del uno en el otro, una danza circular en la que se dona el ser y se disfruta de la infinita bondad de la naturaleza divina, participando esencialmente cada uno en el otro.

Esto nos lleva al aspecto más sutil del icono, el cual lo hace gloriosamente sugestivo y dinámico. Como han visto numerosos teólogos y críticos de arte, la imagen insinúa una danza. Vemos que el Espíritu (con el distintivo verde, el aliento de la vida), a la izquierda de la imagen, y el Hijo (con el distintivo rojo, de la pasión, resurrección y gloria del Kyrios) en el centro de la imagen, se dirigen hacia el Padre (con la vestimenta dorada simbolizando la perfección), en un gesto de reverencia, a la derecha de la imagen. (En los colores vemos esta unidad-en-diferencia: todos comparten el azul celeste, pero además tienen una túnica de otro color). Detrás del Hijo yace el encinar que recuerda la cruz y la resurrección de Cristo. El Padre, a su vez, se dirige hacia ellos con ternura; altivo y a la vez generoso. ¿Es el Padre quien inicia el movimiento de comunión y reconocimiento? ¿Se dirige al Hijo o a los dos? Hay una especie de eterna circulación, de referirse el uno al otro, de hacer fluir, incuantificable, el ágape. Sentados de esta manera, en torno al cáliz, se produce un efecto de constante dinamismo en el observador, pues no puede detener la mirada en uno, pues éste le remite al otro y así sucesivamente. Algo así como lo que le dice Jesús a sus discípulos de que él Hijo del Hombre no tiene descanso en ninguna parte, ni nido, ni madriguera: el amor no tiene asidero, es un perpetuo movimiento, un perpetuo entregarse al otro. La vida espiritual es siempre peregrinaje, un ir hacia Dios, en el ardor del deseo y, a la vez, una espera, una paciente purificación... Hay una profunda quietud espiritual en sus rostros, y al mismo tiempo hay una tensión energética que se revela en la simetría de las tres figuras, en los ángulos de sus hombros se conectan formando líneas invisibles de movimiento. La parte superior del cuerpo del Padre parece conectarse con el Hijo, pero al mismo tiempo parece iniciar un movimiento con su cetro -en el que dona la existencia- y también una comunicación de la vibración divina con el pie exactamente alineado con el pie del Espíritu. El poeta cristiano T. S. Elliot podría estar describiendo esta escena:

At the still point of the turning world. Neither flesh nor fleshless;

Neither from nor towards; at the still point, there the dance is

But neither arrest nor movement. And do not call it fixity, 

Where past and future are gathered. Neither movement from nor towards,

Neither ascent nor decline. Except for the point, the still point,

There would be no dance, and there is only the dance.

La danza tiene su surtidor justamente en la quietud y el tiempo en la eternidad; este movimiento divino -que es la creación del mundo y su regreso a la divinidad al mismo tiempo (exitus/reditus)- desafía toda coordenada en un espacio euclidiano. Al mismo tiempo hay un movimiento en el sentido del reloj y uno contrarreloj -una infinita circulación en ambas direcciones-, como la visión de los ángeles vivientes del Merkabah del profeta Ezequiel. 

Merece recordar que para la tradición cristiana y antes por supuesto para la filosofía platónica, la figura perfecta, que describe el movimiento que imita a la divinidad, es el círculo. Aristóteles señala que las estrellas fijas imitan a Dios a través de un movimiento circular eterno, una coreografía celestial. Para la teología cristiana el sentido de la Creación es el retorno a Dios, y con esto se repite la actividad divina que es la vida interna, intertrinitaria, de Dios, el amor. La tradición cristiana describe la actividad intertrinitaria como una perichōrēsis, un término que suele traducirse como interpenetración (en latín circumincessio). La palabra griega, sin embargo, admite también la interpretación de danza (choreuō) circular (peri). La danza divina en la que están involucrados el Padre, el Logos y el Espíritu. Aunque esta etimología ha sido disputada por algunos teólogos, mucho más fuerte es la tradición mística que la defiende, pues éste es el uso que le da el mismo Dionisio Aeropagita, uno de los más influyentes místicos en la historia del cristianismo. O que encontramos también en el obispo Kallistos Ware.

El teólogo Andrew Louth cuenta que el icono de Rublev fue la inspiración del famoso cuadro de Matisse, La Danse:

Representar a la divinidad como una danza circular es algo que parece tener una fuerza arquetípica, un sentido de perfección se hace tangible en la imagen de un movimiento circular, un orden eterno. Al hablar de "danza" se introduce un elemento de armonía que se antoja con una dimensión estética, una imagen en movimiento de la belleza eterna del cosmos (¡y es que kosmos significa justamente belleza o adorno!). Y más aún, se sugiere a unos danzantes, personas que gozan de esta eterna armonía, que responden a la belleza inherente de la existencia con alegría espontánea. Me parece digno de reflexionarse que otra gran tradición religiosa que también concibe a Dios como amor, como una persona, y no como un absoluto sin cualidades, el bhakti de Krishna, también se refiere a la actividad divina suprema como una danza circular. Esto es justamente lo que significa el rasa-lila, el mandala de amor (prema) que forman Krishna y sus gopis, las pastoras de vacas que son parte de la misma energía de Dios -algo así como sus ángeles bucólicos-, y que constituye el  estado de comunión mística más alto. Rasa-lila y perichōrēsis son misteriosamente traducciones del sánscrito al griego y el icono de Andrei Rublev de la Trinidad y el mandala del rasa-lila, algo así como parientes interreligiosos.

Quizá tenemos aquí una prefiguración de lo que será nuestra actividad en la eternidad. Algo que ya practican los giróvagos sufíes (otra tradición que hace especial énfasis en la figura de Dios como amor):

 

Twitter del autor: @alepholo

Te podría interesar:

Escuela, trabajo, familia... o la feliz prisión de nuestras vidas

AlterCultura

Por: pijamasurf - 12/23/2018

La prisión convencional de nuestra época

Esta escena de la película Vampire Assistant: Cirque du Freak -una por momentos genial comedia oscura- muestra la situación emblemática de un joven presionado por la sociedad.

College, job, family... College, job, family: a happy productive life. Este es el eslogan, la receta de éxito, el dogma de nuestra sociedad, en la que el éxito mundano y la conformidad con lo establecido por la sociedad son algo así como la nueva religión o al menos el imperativo categórico. Ir a una buena universidad para tener un gran trabajo y así poder tener una familia propia, de esa manera, en pasos bien definidos.

Por supuesto, no es que haya algo intrínsecamente malo, ni mucho menos, en ir a la universidad (si bien merece decirse que contraer deudas estratosféricas para hacerlo tal vez no sea la mejor decisión), en tener un trabajo y en tener una familia propia. Lo que se cuestiona aquí es la noción de que todas estas son indispensables para ser feliz o están indisociablemente conectadas y dependen la una de la otra. Para encontrar su plenitud, el ser humano ciertamente requiere de una búsqueda de la sabiduría, o al menos, de lo que se revela como verdadero -en un sentido ético y hasta religioso, algo que le enseñe cómo vivir, para qué vivir y le dé una repuesta a la pregunta por "quién soy yo"-. La universidad puede ayudar a esto, aunque no necesariamente.

El ser humano necesita también de una actividad en la cual pueda encontrar una salida a su energía, e idealmente, catalizar una cierta creatividad. El trabajo en el sentido de construir algo, de sembrar y cosechar, de crear una obra, de dedicarse a algo bueno, bello y verdadero, es algo que llena y satisface naturalmente a las personas. Las situaciones económicas suelen hacer que muchas gente tome trabajos que no están alineados con su propia vocación, intereses e inquietudes creativas, y que incluso los orillan a situaciones ética y estéticamente deleznables; esto es un fenómeno lamentable, cuyas causas trascienden el límite de este artículo. Dicho eso, muchas personas, pese a crecer en condiciones desfavorables, podrán con un poco de disciplina, pasión y fe sortear las contingencias para que su trabajo no sólo sea un medio para algo más, sino que sea una actividad suficiente en sí misma, grata, estimulante y hasta espiritualmente enriquecedora.

El ser humano necesita tener relaciones íntimas para sentirse conectado con la vida, e incluso, hasta para tener una vida saludable. Aunque ciertamente tener una familia propia es algo que brinda gran satisfacción e incluso se inserta dentro de un esquema ideal de plenitud en un sentido sociobiológico, es indudable que estamos presenciando nuevos esquemas en las relaciones de pareja y en los núcleos familiares que muestran que se pueden tener vida plenas sin necesariamente tener una "familia propia". Por otro lado, la razón por la cual es tan benéfico tener una familia propia se debe a que esto alienta en el individuo el amor y la responsabilidad por los demás y tiende, al menos idealmente, a mitigar el egoísmo. Amor, responsabilidad, servicio y autosacrificio son cosas que se pueden obtener sin necesariamente convertirse en un jefe de familia, ya que son parte de la esencia humana en su plenitud. Asimismo, nadie conseguirá estas "virtudes" solamente por tener una familia, tener un buen trabajo o haber cursado una licenciatura o un doctorado. En ocasiones, todo ello puede ir en contrasentido de esto, especialmente cuando se hacen las cosas como medios para algo más.

Desde una perspectiva más radical, que tiene como mira la libertad de la conciencia en un sentido último, la escuela, el trabajo y la familia pueden ser prisiones. Tanto Jesús como Buda y Krishna se describieron en sus enseñanzas como aquellos que cortan los lazos con el mundo, y específicamente, con la familia. Éstos son, finalmente, valores mundanos y hasta burgueses, en tanto que la mayoría de la gente busca estas cosas para obtener seguridad y evitar enfrentar el vacío del infinito y las verdaderas preguntas ontológicas. Como dice un maestro budista estadounidense:

Cosas, posesiones, pertenencias, comodidad, seguridad, poder, romance, aprobación son las barras de la celda de la prisión. Tanto la necesidad de ser o el miedo a ser, son las bases de la estructura de la prisión. Ganancias y pérdidas, alabanzas y acusaciones, fama y sinsentido, felicidad y sufrimiento, éxito y fracaso, placer y dolor, nacer y morir, riqueza y pobreza, todos estos son los contrafuertes de las paredes de la prisión. Si las distracciones de la sociedad, las cosas materiales y las relaciones te pueden hacer olvidar que estás en una prisión, entonces sigue durmiendo.

Las auténticas escuelas espirituales existen para aquellos que saben que están en prisión. Para aquellos que no han sido seducidos por los adornos de la sociedad en las paredes de la prisión -escuela, trabajo, familia, cena de Navidad-. Antes de que alguien sepa que está en prisión no puede ser ayudado. Hasta ese punto toda la llamada vida espiritual es sólo otro abalorio, otro ornamento más en la vida convencional con sus tediosas vueltas hacia la muerte. Pero en algún punto la mente del corazón entiende la lección de la vida y se convierte en una intensa concentración en ser libre. Es sólo en ese punto que una escuela espiritual puede ayudarte.

Para el budismo el mundo en el que vivimos, el samsara, es una especie de demencial y finalmente triste carrusel en el que nos subimos dando vueltas y vueltas, persiguiendo los objetos de los sentidos y de nuestras propias fantasías, sin darnos cuenta de que afuera está el mundo real, infinito y dichoso. La vida humana es una oportunidad para apearse del caballo -que siempre acabará revelándose como una yegua nocturna: nightmare, una pesadilla- y despertar, pero para hacerlo debemos notar que esta vida es una ilusión, que estamos siendo engañados en tanto que creemos que podemos ser felices a través de las cosas. Lo primero es notar que estamos en prisión. Por eso, el sendero budista empieza con la renuncia al mundo. Una renuncia que no necesariamente requiere de renunciar a la familia, al trabajo, a la escuela o incluso a las cosas materiales; significa renunciar a creer que la felicidad puede encontrarse en ellas. Renuncia a todo lo que es impermanente y condicionado y concentración única en lo que es eterno.