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Por qué la razón no puede alcanzar el conocimiento más alto (sobre el silencio de Tomás de Aquino)

AlterCultura

Por: pijamasurf - 08/17/2018

Santo Tomás de Aquino vivió un éxtasis místico cuando celebraba una misa, el cual lo sumió e silencio e hizo que interrumpiera para siempre la compleción de su obra maestra.

Santo Tomás de Aquino es el autor de la obra teológica más influyente en la historia de la Iglesia Católica y una de las obras filosóficas más importantes en la historia de la filosofía, ya que cualquier filósofo serio que se precie de dialogar de manera integral con la historia de la filosofía en algún momento debe de voltear hacia la Suma Teológica de Aquino. La obra, que consiste de 3 libros y en sus versiones impresas llega a unos 17 tomos, es una síntesis de toda la teología cristiana con un especial giro por incluir la filosofía natural de Aristóteles y dialogar con sus comentadores musulmanes y algunos otros filósofos que los cristianos llaman "paganos". San Agustín había integrado el platonismo al cristianismo; Aquino, quien estaba influido por Alberto Magno y su interés por la ciencia, hizo algo similar con la obra de Aristóteles, que en su época había llegado a informar todo el saber medieval a través del contacto con la cultura musulmana. De Aquino compuso esta obra monumental, la cual quedó inconclusa, de 1265 a 1273. Lo que nos concierne aquí es la razón por la cual quedó inconclusa la obra que sería la llave maestra de la teología de la Iglesia Católica.

En la fiesta de San Nicolás, en diciembre de 1273, Aquino vivió una de las experiencias místicas más famosas y misteriosas en la historia del cristianismo. El doctor angélico, quien había dedicado toda su vida meticulosamente al estudio, estaba celebrando una misa cuando tuvo una experiencia mística cuyo contenido (si es que se puede hablar de "contenido") ignoramos completamente. De Aquino concluyó la misa y a diferencia de lo que hacía todos los días  -dictar su Summa Theologiae a sus amanuenses- permaneció en completo silencio. Abandonaría el dictado de su obra hasta su muerte en 1274. En una carta a su secretario y amigo, el hermano Reginaldo, Aquino expresó: "El fin de mis labores ha llegado. Todo lo que he escrito me parece algo así como paja después de las cosas que me fueron reveladas." Y reiteró: "No puedo escribir más. He visto cosas que hacen a mis escritos como la paja". Hay que recordar que en la Biblia se hacen múltiples referencias a la paja y al grano (o al trigo), incluyendo aquella del evangelio que habla de separar el trigo de la paja, siendo la paja la sustancia desechable e inesencial, que será quemada. Sin embargo, esto no quiere decir que de Aquino haya considerado que su obra mereciera la hoguera.

De cualquier manera, su juicio es casi inédito en la historia del pensamiento, uno no imagina a Nietzsche, a Hegel, a James Joyce a Proust, etc., diciendo con desdén que sus textos son mera paja. Por el contrario la gran mayoría de los grandes autores de la filosofía y la literatura exhibieron un enorme apego a sus obras y las consideraban tesoros cuasidivinos. Quizás la experiencia de Tomás de Aquino nos hace entender un poco por qué que los grandes maestros espirituales no suelen escribir nada. Como dice la frase taoísta: "El que sabe no habla, el que habla no sabe." No habla porque sabe que cualquier cosa que diga no será esa sabiduría que se busca.

Mucho se ha especulado sobre su silencio y las palabras con las que describió de Aquino su obra. Resulta evidente, sin embargo, que el hecho de que pensara que son paja está condicionado a su revelación, es decir, son paja en el sentido de que no pueden expresar las alturas místicas que son inefables. De Aquino nunca mencionó que su obra no debía ser publicada o que estuviera equivocada, parece simplemente haber expresado la impotencia de las palabras y del pensamiento discursivo para penetrar en el misterio divino. En su Suma Teológica el mismo reitera que existen verdades que exceden la razón humana, superiores a la filosofía, y éstas son el conocimiento de Dios "como Él mismo se conoce a sí mismo" o el misterio de la trinidad.

Esto nos lleva al núcleo de la reflexión que este artículo pretende hacer, el conocimiento discursivo, todo lo que podemos aprender leyendo un libro e incluso observando el mundo exterior con un método científico, no es suficiente para penetrar el misterio de la causa primera, del ser en sí mismo. Se puede formar una válida aproximación usando la filosofía discursiva o la ciencia e incluso pueden proveer escalones para penetrar el misterio, pero nunca podrán, como si fuere, cruzar el umbral por sus propios medios. La razón no logra entender el misterio del silencio divino. Hay un lugar donde las palabras no pueden ir. El Buda calló ante sus discípulos y simplemente ofreció una flor.

Quizás podemos ver el caso de Santo Tomás como emblemático, su gran conocimiento intelectual lo preparó, le dio la teoría necesaria, pero hubo un punto que tuvo que cruzar a través de la contemplación o de la gracia. Era necesario tener una experiencia de la verdad; la verdad no puede comunicarse tal cual ni puede transferirse a un discurso intelectual. 

Apelar a la experiencia personal (a la subjetividad) hoy en día es justamente aquello que se considera como una forma de conocimiento inferior e incluso invalido. Bajo el paradigma materialista que ha convertido lo que es un mero método epistemológico en una ontología y una metafísica, la subjetividad no tiene cabida en el conocimiento, lo cual es por lo menos paradójico, pues, ¿dónde ocurre el conocimiento sino es en la subjetividad? Como escribe David Bentley Hart en su libro Being, Consciousness, Bliss: "Hoy en día hay personas aparentemente racionales que sostienen que nuestra creencia en la realidad de nuestras propias conciencias intencionales debe de ser validada por métodos apropiados a procesos mecánicos, objetos inertes, y descripciones en tercera persona." 

El mismo Hart, quien defiende con enorme lucidez el poder de la razón y de la lógica para hacer filosofía y alcanzar ciertos entendimientos, expresa la impotencia de ésta para resolver los misterios y las preguntas que todo ser humano con la mínima curiosidad existencial debe hacerse. El pensamiento discursivo no podrá realmente nunca probar la existencia -o la inexistencia de Dios-, explicar de manera enteramente satisfactoria por qué existe algo (y no nada), o sí existe un propósito definitivo para esta existencia -aunque evidentemente sí puede formular argumentos sólidos que nos acerquen a comprender la realidad y a formular un modelo que armonice nuestra existencia con el mundo-. Puede describir adecuadamente la realidad, pero no experimentarla. "No importa cuán fuerte sea la convicción racional, no es todavía la experiencia de la verdad a la cual la convicción apunta. Si uno realmente busca 'prueba'... uno debe recordar que lo que busca es una experiencia particular, completamente diferente a un encuentro con un mero objeto finito de cognición o alguna otra cosa particular que se pueda encontrar entre una serie de cosas. Uno busca una comunión con una realidad que al mismo tiempo excede y subyace toda otra experiencia." Hart agrega que tanto las tradiciones espirituales, de Oriente como de Occidente, coinciden que la experiencia más alta del conocimiento (aunque el término es problemático, se podría hablar también de un des-conocimiento o de una "docta ignorancia") involucra dirigir la mente hacia una contemplación silenciosa, hacia una cierta ascesis, mirar hacia adentro y purificar la mirada para ver en todas parte la misma luz del Ser. Agustín escribió en uno de sus sermones: "Toda nuestra tarea en esta vida consiste en restaurar la salud del ojo del corazón para que Dios pueda ser visto."

 

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No es lo mismo necesitar que amar y, de hecho, necesitar a alguien suele corromper la relación

Cuando decimos que necesitamos a alguien queremos decir que nos hace falta, que tenemos una carencia y, por añadidura, se sugiere que estamos apegados y dependemos de esa persona. Aunque existen muchas historias de amor romántico que hablan de que el amante necesita a su amado hasta el punto de que puede morir de amor, otro entendimiento del amor más filosófico -desde la libertad- nos dirá que este no es el amor más alto y puro, pues está sujeto a pasiones y rápidamente se somete a una relación de poder.

Simone Weil, la gran escritora francesa que Albert Camus llamó "el único espíritu genial de su época", escribe:

Cuando un ser humano resulta en alguna medida necesario, no se puede desear su bien a menos de dejar de desear el propio. Allí donde hay necesidad, hay coacción y dominación. Se está a merced de aquello de lo que se tiene necesidad a menos de ser su dueño.

Weil sigue a los griegos al afirmar que el afecto más alto es la amistad -palabra que parece tener la misma raíz que amor-. La amistad tiene la característica de ser electiva y no necesaria. "La amistad es una igualdad hecha de armonía", dice Weil citando el canon pitagórico. "La amistad tiene algo de universal. Consiste en amar a un ser humano como se querría amar en particular a cada uno de los componentes de la especie humana... Quien sabe amar dirige sobre un ser humano particular un amor universal". Aquí Weil hace un vago eco de la "escalera del amor" de Diotima, la cual expone Platón en El banquete. El amor que tiene un único objeto de deseo es trascendido por el amor que descansa en ideas universales. Weil parece sugerir que el apego y las pasiones nublan o corrompen el entendimiento e impiden que se perciba la belleza del mundo, que irradia con su luz trascendente en las cosas individuales. Es esta distancia de la amistad la que nos permite, paradójicamente, intimar con los principios trascendentes: el bien, la verdad, la belleza, los cuales llegan a encarnar en nuestro amigo.

Amar es, sobre todo, desear el bien a los demás sin buscar una recompensa personal. Cuando hay necesidad, esto difícilmente se puede mantener. "Una amistad está manchada desde que la necesidad prevalece... En todas las cosas humanas es la necesidad el principio de la pureza", dice Weil. Utilizando una metáfora bíblica, Weil añade que la amistad se detiene a contemplar el fruto, pero no lo devora. No busca alimentarse del otro, se mantiene puro y libre de esta relación que predomina en este mundo predatorial, donde cada cosa obtiene energía de la otra. Por supuesto que los amigos obtienen energía uno del otro, pero al menos no se buscan por hambre y por lo tanto, más bien comparten un abundante banquete. La necesidad, por su parte, acaba impidiendo el desarrollo de principios más elevados, como la contemplación y la generosidad.

Lo anterior no debe significar que las relaciones de pareja no son relaciones de amor en este sentido altivo que sostiene Weil. Pero es interesante notar que cuando las relaciones de pareja florecen y maduran suelen llegar a un estado más parecido a lo que entendemos por la amistad que por el amor romántico. Sin duda se ven (o se vieron) alimentadas por el deseo, pero seguramente no por el apego y si acaso hubo apego, éste pertenece a una etapa titubeante que es superada. Weil advierte que, sin embargo, esto no es frecuente -y es que la verdadera amistad es algo que puede considerarse divino y sobrenatural-. Y seguramente lo que vemos más frecuentemente es relaciones unidas por la costumbre y el miedo a la soledad -un miedo que puede ser real, pues el hábito puede hacer que nuestra energía vital se vincule a la de otra persona de una manera muy real-. "La causa más frecuente de necesidad en los lazos afectivos es cierta combinación de simpatía y hábito. Como en los casos de avaricia o intoxicación, lo que en un principio era búsqueda de un bien se transforma en necesidad... Cuando el apego de un ser humano a otro está constituido sólo por necesidad, es algo atroz".

Estas palabras son de una lucidez avasalladora, ya que si somos sinceros nos daremos cuenta de que la mayoría de nuestras relaciones están basadas en lo habitual, en la necesidad y en el apego. De alguna manera, lo que Weil sugiere es que uno sólo puede abrirse a una relación de amistad -de amor sin apego- cuando no necesita. Lo cual es algo que muchos habrán experimentado, aquellas raras veces en las que genuinamente conectamos con alguien y se produce una relación positiva y virtuosa que generalmente se da desde la autonomía y la libertad, cuando no necesitamos ni estamos buscando. Llega solo, se dice, la relación fluye por un estado armónico, por una resonancia de frecuencias más altas. Tal es la amistad ideal, una compañía que inspira y que no sofoca, mientras el alma asciende hacia regiones más altas.  

 

Citas de Simone Weil del libro A la espera de Dios