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¿Para qué soñamos? Según Jung, para compensar y rectificar nuestras vidas

AlterCultura

Por: - 11/12/2018

"Cuando interpretamos un sueño, siempre es útil preguntar: ¿Qué actitud consciente compensa?"

¿Para qué o por qué soñamos? ¿Para qué nuestro cerebro proyecta elaboradas y a veces cautivadoras imágenes todas las noches, como un director de cine onírico que suele superar por mucho nuestra capacidad imaginativa de la vigilia? Existen numerosas teorías, pero ninguna ha logrado aceptación masiva. En la ciencia se ha sugerido que tiene que ver con un proceso de consolidación de la memoria, aprendizaje o limpieza y optimización cerebral, e incluso se ha especulado que quizá no hay realmente ninguna razón: soñar es algo así como un accidente de la evolución y del hecho, aún más misterioso, de que somos conscientes. Por otro lado, para la religión y el misticismo, los sueños siempre se han considerado como un dominio sagrado, poroso a lo divino y a lo extrasensorial. Para el budismo, los sueños tienen un aspecto esencialmente cognitivo y heurístico: tienen la función de mostrarnos que la misma realidad es un sueño, son el supremo ejemplo de que la mente puede crear un mundo a partir de sus propias proyecciones. Y entonces, la enseñanza o el mensaje es aprender a despertar o hacer lúcido el sueño de la realidad. 

En este artículo, sin embargo, nos enfocaremos en la psicología de Carl Jung, el alumno de Freud que llevó más lejos que nadie su estudio de los sueños, al menos en el sentido de considerarlos totalmente centrales a su terapia psicológica y porque él mismo los utilizó para su propio proceso de sanación o integración, en su famosa "confrontación con el inconsciente". Para Jung, los sueños no son meros repositorios de basura psíquica o de procesos infantiles reprimidos -si bien hay algo de ello-. Son portales hacia lo desconocido y hacia lo numinoso; signos vivientes del pleito del alma. Aunque Jung intentó hacer ciencia y por momentos formuló interesantes teorías sobre el funcionamiento de la psique, su psicología -y no lo decimos peyorativamente- debe considerarse algo más cercano al arte, la magia y la religión. Una religión de la psique, donde el inconsciente tiene el papel de una divinidad oculta que busca comunicarse, hacerse consciente, iluminar las tinieblas. Jung usó los sueños como símbolos, como las irrupciones de arquetipos teleológicos que buscaban completud, integración y equilibrio. De aquí su teoría compensatoria de los sueños.

En 1934, Jung escribió: "Todo proceso que ha ido demasiado lejos inevitablemente pide una compensación... la teoría de la compensación es una ley básica del comportamiento psíquico". Y su mandamiento para la interpretación: "Cuando interpretamos un sueño, siempre es útil preguntar: ¿Qué actitud consciente compensa?". En la psicología de Jung, el inconsciente es una sombre inmensa que busca comunicarse con el ego y que en ocasiones lo controla subrepticiamente, pues la psique busca el balance, la conjunción de los opuestos. Jung es heredero de diferentes filósofos para quienes la coincidencia de los opuestos o la síntesis era fundamental. Desde Heráclito y Nicolás de Cusa, hasta Hegel. De hecho, Jung reconoce la influencia de Heráclito en su teoría de los sueños y la enantiodromía, o la tendencia de las cosas a convertirse en sus opuestos, una constante relación de tensión entre los polos, que de alguna manera es resuelta solamente a través de una boda alquímica, de la integración de lo femenino con lo masculino.

Según Caifan Zhu, la función compensatoria de los sueños en la teoría de Jung tiene tres aspectos: 

1. Compensación como oposición a la tendencia de la mente consciente (esto sucede sobre todo cuando la situación de la vida consciente está muy cargada hacia un lado, es decir, cuando una persona no es consciente de su sombra).

2. Compensación como satisfacción, con leve modificación o desvío de la situación de la vida consciente.

3. Compensación como énfasis o coincidiendo con la actitud consciente si la actitud es la mejor posible o la "correcta". Aquí el sueño coincide con lo que sucede en la vida consciente, como para reafirmar la situación.

Un ejemplo usado por el propio Jung:

Iba caminando por un valle... Por encima se levantaba un castillo y en la torre más alta estaba una mujer sentada en una especie de balaustrada. Para poder verla bien, tenía que echar para atrás mi cabeza. Cuando me desperté incluso me dolía el cuello. Ya desde el sueño reconocí a la mujer como mi paciente.

Jung explica que, en su análisis, había estado subestimando moral e intelectualmente a su paciente. Cuando le compartió este sueño, se detonó un cambio en su terapia. 

Jung distinguió en otra parte entre la función prospectiva y la función reductiva de los sueños. La primera opera empujando a la psique hacia cada vez mayores logros de la conciencia, es decir, a hacer que la oscuridad se vuelva luz; esta función opera, a veces, produciendo la solución de un conflicto en "contenido simbólico". La segunda es sobre todo correctora, como si fuere, tira a la persona del caballo donde va montado para que recapacite, mire el suelo y posiblemente tome otro camino. 

El sentido final de la compensación -y esto no deja de ser esotérico- es que para Jung la psique busca la integración, la totalidad de lo que es, lo que llamó el arquetipo del Sí mismo. Este Sí mismo, al igual que Dios, es el todo, e incluye el bien y el mal (para Jung, el error del cristianismo era negar la existencia del mal, su privatio boni) y debe hacer consciente todos los aspectos de su ser. De manera instintiva, los sueños envían mensajes para que se consideren los aspectos que olvida o reprime generalmente la sombra, lo que no le gusta de sí mismo al ego. Y cuando no se escucha este clamor, pueden producir pesadillas o eventos psicosomáticos o psicoides. El dios primero advierte con palabras suaves e imágenes, y luego envía tormentas y fuegos. 

Es probable que los sueños de una persona, el modo general de la persona en ellos, su actitud y los temas que se presentan sean opuestos a la vida que vive despierta, y esto para Jung no era una casualidad, sino que era algo a lo cual debía prestarse atención. A fin de cuentas, la teoría de Jung parte de la premisa de que existe una inteligencia instintiva, un telos dentro de nosotros, mucho más viejo y sabio que nuestra mente egoica. Esto es algo bastante radical para el individuo racional moderno, pues de alguna manera implica aceptar que está internamente escindido y que debe someterse eventualmente a una voluntad superior, si bien esa voluntad es su más profunda naturaleza.

 
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La teleología de la psique: ¿hay algo que nos mueve desde el futuro para llegar a ser quien realmente somos?

Aunque ciertamente no existe consenso o evidencia contundente, la física discute seriamente la posibilidad de lo que llama la retrocausalidad. Ésta es la posibilidad a nivel cuántico de que una decisión, como la forma en la que un experimentador decide medir un fenómeno, puede influir en las propiedades de una partícula en el pasado, incluso antes de que el experimentador haya hecho dicha decisión. Esto significaría que el futuro influye en el pasado en tanto que el acto de influencia retrocausal, desde la perspectiva de la partícula, vendría desde el futuro. Aunque suene a ciencia ficción, actualmente los físicos consideran seriamente esta posibilidad que, de hecho, encaja con algunos modelos matemáticos que pueden explicar de manera elegante la realidad. 

Sumado a lo anterior debemos mencionar los controversiales experimentos de Daryl Bem, en los que el científico de Cornell observó efectivamente la precognición humana de manera estadísticamente significativa. Obviamente, dicho experimento ha generado enorme polémica -y es que atenta contra el modelo materialista de la ciencia dominante- pero 8 años después sigue siendo discutido y no ha podido ser convincentemente invalidado.

De lo que queremos hablar aquí, sin embargo, no es de esto, sino de una posible teleología de la psique, en la cual pareciera que existe una especie de destino u objeto teleológico que atrae al individuo, lo cual podría estar relacionado periféricamente con la retorocausalidad y la precognición, aunque esto es obviamente altamente especulativo, sólo alimento para el pensamiento. Es la psicología de Carl Jung la que introduce esta idea, si bien pueden encontrarse paralelos en algunas ideas religiosas.

A partir de su observación de la psique humana y particularmente de la relación del inconsciente con el ego, Jung entendió que el inconsciente tenía aspectos tanto individuales como colectivos o universales, los cuales manifestaban cierta intencionalidad, un telos. La idea fundamental de su psicología era que existía un principio de individuación -o una tendencia hacia la completud del sí mismo (Self)- y que este principio dinámico era asistido a veces de manera violenta por el inconsciente a través de símbolos, síntomas, sincronicidades y demás manifestaciones que irrumpen en la realidad como guías (guías que son, a su vez, daemones o arquetipos rectores). Para Jung, el aspecto consciente del ser humano es apenas la punta del iceberg y en el fondo yace algo así como una monstruosa divinidad -que incluye a todos los opuestos- que busca conocerse y hacerse consciente en el hombre.

En su libro The Gnostic Jung, el profesor Stephan Hoeller describe este principio teleológico de la psique cotejando las ideas de Jung con las ideas extraídas del pensamiento gnóstico:

Los símbolos que proceden del componente pneumático del alma revelan un sendero de desarrollo espiritual o psicológico, el cual puede ser trazado no sólo hacia una causa en el pasado sino hacia delante a una meta en el futuro. Los gnósticos sostuvieron que la condición existencial del alma humana está determinada por dos factores: el descenso o caída del alma humana de un mundo luminoso en el pasado; y el destino teleológico del alma, el cual es el regreso a ese mundo luminoso en toda su gloria triunfal. No sólo nos mueve nuestro pantanoso pasado, también somos poderosamente impelidos hacia arriba y hacia delante por nuestro futuro espléndido. 

Hoeller identifica a Jung con los gnósticos -la herejía cristiana de los primeros siglos de nuestra era, que goza de una especie de resurrección, al menos en la academia, a partir del descubrimiento de los textos de Nag Hammadi-. Aunque Jung no fue partidario de las etiquetas, la de gnóstico probablemente sería la más cercana, recordando que los gnósticos se diferenciaron de los cristianos ortodoxos particularmente por su afán por el conocimiento empírico de la divinidad, es decir en la gnosis, y no en el dogma. En una famosa entrevista con la BBC, Jung contestó a la pregunta de si creía en Dios diciendo que no creía, que sabía. La importancia estaba en la experiencia interna, no en la creencia en el dogma. Debemos decir, no obstante, que Jung fue suficientemente cuidadoso intelectualmente como para no hacer afirmaciones metafísicas sobre la existencia de Dios. Señaló reiteradas veces que la existencia de Dios no podía comprobarse, pero que la experiencia psicológica de la imagen de Dios era evidente y ocurría frecuentemente en sus pacientes. 

Regresando a nuestra idea original, vemos aquí un interesante complemento a la idea de la psicología freudiana de que el pasado, particularmente la infancia, determina con cierto aire de fatalidad lo que somos en el presente. Somos lo que hemos vivido y eso nos ha marcado, pero de alguna manera también somos lo que podemos ser, lo que yace en nosotros como una semilla de conciencia o una imagen de la totalidad. Para los alquimistas -los gnósticos vueltos químicos y filósofos de la naturaleza- el espíritu impregna la materia con su vocación divina; i. e., todos los metales tienen una semilla aurífera. Una noción muy parecida ocurre en el gnosticismo con la semilla de la luz de la gnosis, en la cábala con la luz de Ein Sof atrapada en los qlifá y los embriones de naturaleza búdica (tathagatagarbha) que son imaginados como una luz adamantina en el corazón en el budismo mahayana y vajrayana. Quizás la evolución en su sentido más alto no sea un progreso ciego lineal, sino más bien una eliminación de los obstáculos para que el magnetismo entre el alma y la fuente divina original pueda efectuarse sin trabas. El roble llama a la bellota. La potencialidad de convertirse en árbol -o en un buda-  es en la semilla una inercia espiritual. Jung veía esta teleología como el instinto de Dios que quiere hacerse consciente en nosotros. No podemos saber qué significa este hacerse consciente de Dios en el hombre, o hasta dónde puede llegar, si ocurre una vez u ocurre siempre, o si está ocurriendo ya, como el místico alemán Meister Eckhart insinuó al decir que el Logos nacía eternamente en el ser humano que se vaciaba de todo lo creado. Sólo podemos especular e imaginar, y quizás intuir y decir: ¿Somos portadores de un misterioso destino: ser la parte en la que la totalidad se hace consciente? Y, en esa conciencia -que es la realización divina-, entonces, ¿una segunda cosmogonía?