Entre la izquierda activista y la derecha de espectáculo: así van las elecciones en Colombia
Sociedad
Por: Yael Zárate Quezada - 06/01/2026
Por: Yael Zárate Quezada - 06/01/2026
Como ha ocurrido en buena parte de América Latina durante este ciclo electoral, Colombia es escenario de un choque entre dos visiones que difícilmente podrían ser más opuestas. Con apenas tres puntos porcentuales de diferencia entre los dos candidatos, los resultados de la primera ronda dejaron al país suspendido en una tensión que se resolverá en las urnas en la segunda vuelta presidencial que se disputará el próximo domingo 21 de junio.
Por un lado, está Iván Cepeda Castro, filósofo y defensor de los derechos humanos por el partido Pacto Histórico y que tras la jornada electoral de este fin de semana obtuvo un total del 40.92 por ciento de los votos. Mientras tanto, el derechista Abelardo de la Espriella, que aspira a gobernar Colombia con “puño de hierro” –como Nayib Bukele en El Salvador– obtuvo 43.72 por ciento de los votos con el partido Defensores de la Patria.
Pero más allá de la dicotomía clásica izquierda-derecha, esta elección expone algo más específico: una figura forjada en el activismo social y los derechos humanos frente a un candidato que construyó su imagen desde los tribunales penales de alto perfil y la parafernalia de la sociedad del espectáculo.

Abogado penalista, empresario y hasta cantante, Abelardo de la Espriella es, antes que nada, un personaje difícil de clasificar. En 2002 fundó De La Espriella Lawyers Enterprise, firma que en dos décadas acumuló casos polémicos como la defensa de David Murcia Guzmán —responsable del esquema piramidal DMG que defraudó a más de 200,000 personas—, hasta la representación de miembros de grupos paramilitares vinculados a la política en 2007, pasando por casos de presunta corrupción como el del exmagistrado Jorge Pretelt. Su firma también ha defendido a víctimas de feminicidio, violencia de género y contaminación ambiental, lo que le da una trayectoria jurídica que resulta, cuando menos, contradictoria.
En 2018, De la Espriella lanzó una carrera musical con el sencillo "O Sole Mío", y entre ese año y 2023 publicó tres libros: Muerte al tirano, Amores criminales y Almas asesinas.
Candidato presidencial porque, según sus propias palabras, "Dios me mostró que había llegado el momento", encabeza el movimiento Defensores de la Patria con el exministro José Manuel Restrepo como fórmula vicepresidencial.
Sus propuestas apuntan a una agenda de ultraderecha: mano dura contra la delincuencia, reducción del Estado, economía de libre mercado, defensa de la propiedad privada y de la familia tradicional. Está en contra del aborto, la eutanasia, el feminismo y la adopción homoparental.
Su visión de la política exterior es más cercana a la del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, pues plantea mediar con Venezuela no directamente, sino a través del Departamento de Estado de Estados Unidos, y trasladar la embajada colombiana en Israel a Jerusalén.

En el otro polo del espectro está la historia de Iván Cepeda. En 1965, cuando tenía tres años, su familia abandonó Colombia y se instaló en Praga. En 1968, con la invasión soviética de Checoslovaquia, partieron a La Habana, y regresaron al país en 1970. A los 13 años, Cepeda ya militaba en la Juventud Comunista Colombiana. A los 19, viajó a Bulgaria a estudiar filosofía, donde además desarrolló una conciencia crítica hacia el autoritarismo soviético y se acercó a una izquierda más plural. Regresó a Colombia en 1987 con ese bagaje, y poco después se sumó a la candidatura de Bernardo Jaramillo Ossa, representante de una nueva izquierda. Jaramillo fue asesinado en 1990.
En agosto de 1994, su padre, el senador Manuel Cepeda Vargas de la Unión Patriótica, fue baleado en su automóvil en Bogotá. El crimen fue atribuido a paramilitares con complicidad de agentes del Estado. Desde entonces, Iván Cepeda convirtió la defensa de los derechos humanos en el eje de su vida pública. Fue también una pieza clave en el proceso judicial contra el expresidente Álvaro Uribe Vélez, que en julio de 2025 culminó con una condena de doce años de prisión por soborno y fraude procesal.
Como escritor, publicó junto a Jorge Rojas A las puertas de El Ubérrimo (2008), un análisis sobre el ascenso del paramilitarismo en tierras vinculadas al expresidente Uribe, y coescribió con el sacerdote Javier Giraldo un libro sobre Víctor Carranza, conocido como "El Patrón", considerado uno de los fundadores del paramilitarismo en Colombia.
Sus propuestas parten de la continuidad del modelo de "paz total" impulsado por el gobierno de Gustavo Petro, que busca la negociación con grupos armados y ha sido objeto de fuertes críticas por parte de la oposición.
En política exterior, plantea una postura autónoma, como el reconocimiento del Estado palestino, integración latinoamericana, defensa de migrantes y abandono del modelo prohibicionista en materia de drogas. En lo social, habla de una "revolución agraria" y de una economía popular que redistribuya la riqueza mediante contratación pública orientada a las comunidades. En lo político, impulsa lo que llama una "revolución democrática, pacífica y profunda" que consolide los cambios del gobierno actual y los haga irreversibles.
De la Espriella llega desde los estrados judiciales, el mundo empresarial y las redes sociales, con un discurso que apela a lo punitivo, a la identidad conservadora y una gradual disminución de la participación del Estado como autoridad. Su figura es más cercana a otros líderes de la nueva derecha en Latam, construida en la arena mediática, con una estética de marca personal más que de movimiento político, y con un programa que concentra sus energías en desmantelar los avances del período anterior.
Cepeda, en cambio, es sobreviviente de una trayectoria marcada por la violencia política, el exilio y el activismo. Su candidatura nace de décadas de trabajo en derechos humanos y de una visión que busca transformar las estructuras de fondo y no solo gestionar el Estado.
Sin embargo, las elecciones –como en muchas cosas– suelen ser aspiracionales. ¿Por qué? Porque las y los votantes aspiran a tener una mejor calidad de vida, pero depende mucho de quiénes serán las personas que encabecen esas mejoras.
¿Es posible garantizar condiciones de mejora cuando el discurso es inequitativo?