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Con estas propuestas, la sueca Erika Lust está revolucionando el mundo del porno

Arte

Por: pijamasurf - 01/03/2018

Lust se presenta a sí misma como directora, y desde hace casi 10 años ha emprendido la tarea, un tanto ardua, de nadar a contracorriente en las violentas aguas del mundo de la pornografía

De una u otra forma, todos estamos familiarizados en algún grado con el mundo de cierta pornografía. Lo más usual es que a ésta la asociemos con mujeres voluptuosas en montajes francamente falsos, que ostentan con un orgullo incomprensible lo inverosímil de la situación. En cierta forma parten de la premisa de la “fantasía” –el profesor que fornica con su alumna, el jefe que hace lo propio con la secretaria, el fontanero que termina encamado con la dueña de la casa adonde acudió a trabajar, el repartidor de pizza que ídem, etc.–, pero en todos los casos se da una paradójico ahogamiento de la misma. A diferencia de lo que sucede con las fantasías eróticas auténticas (en las que se cumple esa máxima que asegura que la imaginación es el principal estímulo del deseo, la primera de las zonas erógenas), en el porno “tradicional” hay una suerte de asesinato de dicho músculo imaginativo, como si se le atrofiara voluntariamente con el propósito de retirar todo aquello que podría estorbar al fin último de la pornografía: el consumo de un cuerpo, la consecución de un orgasmo por el orgasmo mismo, el cumplimiento de una perversión (o un goce estéril, en sentido lacaniano) pero no de un deseo verdadero.

El trasfondo de esta forma de producir pornografía es, entre otros motivos, el entendimiento de la sexualidad desde una perspectiva netamente masculina, o patriarcal según se conceptualiza en ciertos desarrollos teóricos relacionado con el feminismo. Su constante es el protagonismo del goce masculino: es porno que se hace para el disfrute del hombre, para satisfacer sus expectativas y encajar en su idea de sexualidad. No por nada la atmósfera común en cualquiera de esos contenidos es la dominación: es el hombre quien domina a la mujer o, dicho de otro modo, es la mujer quien está ahí únicamente como vehículo de las reacciones sexuales del hombre. 

Y no es que es el hombre no deba gozar. Por el contrario: él es un componente indispensable de la sexualidad humana. El problema es que, histórica y culturalmente, su lugar ha sido preponderante, principal, relegando a la mujer a un segundo plano, una posición marginal en donde se encuentra como un mero instrumento. 

En tiempos recientes, con la crítica a esa forma de entender (y ejercer) la sexualidad y las ideas de lo erótico y lo pornográfico, han surgido propuestas que intentan llegar desde otros caminos a esos ámbitos. Su pregunta, grosso modo, es cómo hacer un porno distinto que incorpore esos cuestionamientos a las ideas hegemónicas del cuerpo, el placer y lo sexual.

Entre las representantes más destacadas de estos esfuerzas se encuentra Erika Lust, una mujer nacida en Suecia que luego de cursar estudios en ciencia política, encontró en el cine erótico y la generación de otros contenidos afines su mejor medio de expresión. Lust se presenta a sí misma como directora, y desde hace casi 10 años ha emprendido la tarea, un tanto ardua, de nadar a contracorriente en las violentas aguas del mundo de la pornografía.

La premisa de sus materiales en sencilla: “Pienso que las mujeres deberían disfrutar del sexo tanto como los hombres”. Esto, al menos en la teoría. En la práctica, sabemos bien que no siempre sucede de ese modo. La relación entre el placer sexual y las mujeres no es tan dúctil como a veces se quisiera, tan sencilla, y más bien está llena de obstáculos, miedos, tabúes y otras represiones que están ahí para impedir o taponear el disfrute pleno, sincero, libre. 

Entre los proyectos más interesantes y exitosos de Lust se encuentra XCONFESSIONS, el cual inició en el 2013 y que consiste, en breve, en la puesta en escena de fantasías que personas reales le envían anónimamente a través de distintos medios digitales. Lust y su equipo eligen dos por cada mes y las convierten en cortometrajes eróticos. De esta manera, el concepto de “fantasía” recupera su intención original, al menos porque se trata de una auténtica, una que una persona cualquiera imaginó porque piensa que eso le causaría placer y no, como sucede en el porno usual, porque se cree que eso agradará a millones de consumidores de contenido en todo el mundo.

Gracias a su trabajo, a su arrojo y, por qué no decirlo, la fe en su labor, Lust no sólo ha impulsado sus propias propuestas, sino que ha ganado el reconocimiento para todo ese movimiento que intenta mostrar lo que tendría que ser obvio: que la mujer no es, en modo alguno, ajena al placer que otorga el ejercicio de la sexualidad.

 

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Imagen principal: escena del episodio "Crocodile", tercero de la cuarta temporada de la serie 'Black Mirror'

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Arte

Por: pijamasurf - 01/03/2018

La delicada composición de la ironía tiene un ejemplo perfecto en estas sencillas y breves tiras cómicas

La ironía es uno de los recursos del lenguaje más difíciles de cultivar para conducir a una expresión que sea al mismo tiempo ingeniosa, sutil, inteligente, aguda e, incluso, un tanto mordaz. Esa es el desafío de una pieza irónica: lograr el equilibrio de elementos que, al igual que sucede en ciertas fórmulas químicas, basta el exceso de uno o la falta de otro para que el mensaje se arruine, explote en las manos de su creador o, simplemente, no sea entendido.

No es el caso, sin embargo, de Jake Likes Onions, un proyecto gráfico en el que la ironía y el humor negro son la sustancia de las viñetas que lo integran.

Grosso modo, Jake Likes Onions presenta escenas breves, de no más de cuatro cuadros, en los que un motivo inicial se desarrolla y termina con cierta tragedia implícita que, sin embargo, hace reír.

La muerte, la dificultad de la vida, la soledad, los hábitos que ahora todo mundo tiene. Dicho así, no parece que sean temas graciosos, sin embargo, en estas breves tiras, el ingenio y el sentido del humor del autor hacen más ligero lo grave, permitiéndonos por un instante reírnos incluso de eso que se supone es solemne.

¿Y no es ese, en última instancia, el fin de la ironía?

 

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