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Punto de fuga: Meme del Real, del debut en solitario al Metropolitan (COLUMNA)

Arte

Por: Joel Rodríguez - 03/01/2026

En su debut como pluma invitada en Pijama Surf, Joel Rodríguez presenta Punto de Fuga con una conversación a profundidad con Emmanuel “Meme” del Real sobre su primer álbum como solista, donde reflexiona sobre su proceso creativo fuera de Café Tacuba, la influencia de Gustavo Santaolalla, la transformación de canciones como “Embeces” y la reconciliación con su propia voz en una etapa de madurez artística.

¡Gracias por leer y bienvenidos a Punto de Fuga, perspectivas y textos en movimiento! Espacio de encuentro quincenal en el que saludo, por vez primera, a los amables y distinguidos cómplices y habituales de Pijama Surf —y, por supuesto, a quienes se sumen en el camino—. Me encuentro profundamente contento y, sobre todo, agradecido de debutar como pluma invitada en un espacio que se proyecta como una plataforma al servicio de distintos tópicos y manifestaciones humanas. Así de sencillo.

Conviene advertir que, desde aquí, los trayectos rara vez serán lineales. Habrá desvíos, regresos y conversaciones que se bifurcan sin previo aviso. Así que, sin mayor preámbulo, procedo a compartirme con ustedes. Debutar —en casi todos los casos— implica cierta tensión: estrenarse en espacios nuevos o en solitario exige disposición, escucha y una dosis inevitable de vértigo. Pero lo que verdaderamente ocupa el primer lugar en mis expectativas es la ilusión de contar con un espacio desde el cual abrir estas líneas y sostenerlas en el tiempo, sin plazo definido.

Bajo ese espíritu, la primera de lo que espero sean muchas entregas se centra en una charla que sostuve en octubre del año pasado con Emmanuel “Meme” del Real, prolífico compositor y multinstrumentista, ampliamente reconocido por su papel dentro de Café Tacuba. Después de más de 35 años de trayectoria junto a Rubén Albarrán, Joselo y Quique Rangel, y tras haber participado en la creación de un catálogo fundamental para la música iberoamericana contemporánea, Meme debutó en 2025 como solista con La Montaña Encendida (Docemil Music/Hybe Latin America, 2025), un trabajo que no solo marca una nueva etapa creativa, sino también un ejercicio de introspección largamente gestado.

En vísperas del lanzamiento de aquel álbum largamente esperado —y sin imaginar que, ya entrado 2026, estaría recuperando fragmentos de esa conversación—, el autor de “Aviéntame” y “16 de febrero” se sinceró sobre la posibilidad que la vida puso frente a él: aventurarse por territorios conocidos, sí, pero esta vez sin el soporte habitual. Un desplazamiento que, lejos de la incertidumbre paralizante, terminó por convertirse en una fuente de profunda satisfacción creativa, y hasta de una búsqueda de identidad, estilos y lenguajes nuevos.

“No fue premeditado ni un concepto; fue consecuencia de la búsqueda por encontrar un lenguaje nuevo que realmente me representara, una forma en la que sentía que estaba experimentando cosas.

Hay influencia de música urbana, de reggaetón, de muchas otras cosas. En parte hablamos de eso porque mis hijos están más metidos en ese mundo; es lo que suena en el auto o en la casa, y lo tengo fresco. He descubierto cosas que disfruto y que me han nutrido para poder hacerlo de esta forma.”

Lo anterior también le permitió entender que atraviesa uno de los puntos de mayor inflexión en su carrera, un momento que, lejos de insinuar desgaste, lo confronta con nuevos desafíos y le confirma que la madurez creativa no necesariamente implica repliegue, sino transformación.

“Este lanzamiento me ayudó a entender cómo algunos artistas pueden envejecer creativamente con plenitud. Toda la información que he acumulado —con el grupo, en otros proyectos, incluso desde niño en mi casa— me ha traído hasta aquí. Pero hoy la forma de escuchar y producir música ha cambiado. Entonces me pregunté: ¿qué de todo eso puedo nutrir en lo que estoy haciendo ahora? Las nuevas generaciones no se cuestionan tanto si algo es ‘correcto’; simplemente lo hacen. Y entendí que las herramientas están para usarse: a veces funcionan, a veces no.”

Otra de las grandes muestras de la versatilidad —como hilo conductor— dentro de La Montaña Encendida es una de las piezas menos convencionales y, al mismo tiempo, más afables y acogedoras del repertorio. Se trata de una suerte de vals titulado “Embeces”, cuya personalidad destaca por su carácter distinto dentro del compendio de canciones.

La pieza podría entenderse como la consecuencia natural de un sinfín de vivencias: horas de escucha atenta de discos, la influencia paterna, el diálogo con amistades e incluso esa escucha involuntaria que, sin saberlo, va formando un patrón sonoro latente. Un sonido que siempre estuvo ahí, esperando —por razones casi inevitables— encontrar su forma definitiva.

“Embeces” es el resultado de una memoria sonora que aguardaba el momento preciso para hacerse evidente, aunque también representó uno de los retos más grandes del entramado discográfico.

“Sin duda hay una cuota muy importante en mi quehacer que tiene que ver con confrontar el tipo de ideas que existen en canciones de este tipo. Sé que tienen una estabilidad que puede empezar a rayar en lo obvio, y entonces digo: la voy a provocar, la voy a retar. ¿Qué pasa si a esta idea, que parece una balada setentera, casi de la OTI, la meto dentro del hip hop? ¿Funcionará? No lo sé.

Y creo que, a nivel de composición —lírico, armónico, lo que sea— no le faltaba nada. Lo que le faltaba, para mí, era algo que la colocara en una zona en la que no estuviera tan cómoda. No sabía si ese desplazamiento debía ocurrir dentro de la canción o si iba a ser otra cosa lo que terminaría pasando. Al final fue como una extensión. Y sí, es la canción que más cambios sufrió desde que se gestó hasta que llegó a esta versión., recuerda Meme.

Foto: Pepe Guevara

Añade que fue precisamente esta canción la que se convirtió en una suerte de combustible para la realización de su trabajo en solitario. Aplicando casi como una ley de vida —donde menos termina por convertirse en más—, todo funcionó mejor, hasta llegar a manos de Gustavo Santaolalla, reconocido productor discográfico argentino, ganador del Oscar y también cómplice creativo de Café Tacuba en discos fundamentales como Re y Cuatro Caminos. “Embeces” incluso llegó a presentarse como propuesta para formar parte del catálogo de canciones de Café Tacuba, aunque fue rechazada en su momento.

“Tuvo incluso un proceso con el grupo. Yo la llevé y, en ese momento, tal como estaba planteada, no pasó la prueba. Algunas canciones sí aprueban y otras se quedan; esta fue una de las que se quedó fuera. Pero había algo en el coro que yo sentía que tenía que funcionar con algo más. El problema era que le había puesto demasiado encima, como si le hubiera echado mucho merengue, mucha crema a los tacos. Entonces empecé a quitar, a quitar, a quitar. Pensé: menos es más. Y en este caso sí, menos era más… pero tampoco era solo eso. Sentía que estéticamente estaba ahí, a punto de encontrar su lugar. Se la llevé a Gustavo varias veces y él me decía: ‘Está muy bien, pero las otras canciones están en otra categoría’. Y entonces me pregunté: ¿qué pasa si le cambio el ritmo del inicio?, ¿si transformo la letra?, ¿si modifico el contraste con el coro, que tiene esta cosa de cuidador, de protector? Ahí fue cuando la canción empezó realmente a encontrar su forma.”, subrayó.

La figura casi paternal —en términos musicales— de Gustavo Santaolalla dentro del rock en español es innegable. Desde la consola, desde la mesa de controles, ha transitado con naturalidad produciendo obras que van de lo más pop y diverso a lo más culto y estridente, incluso a lo aparentemente absurdo, siempre con resultados eficaces que detonan movimientos generacionales y culturales, extendiendo su influencia tanto en las listas de popularidad como en la memoria colectiva.

Por ello, trabajar en un disco solista a su lado no solo implicó empezar desde cero, sino hacerlo bajo la guía de uno de los arquitectos sonoros de Café Tacuba, en un proceso marcado por el respeto y la admiración mutua, como bien señala  Del Real.

“Con Gustavo jugamos roles muy claros: yo era el artista y él el productor. Cuando el proyecto empezó a tomar forma, sentí que había algo ahí, pero que necesitaba sentido. Entonces le dije: ‘Dirige. Ayúdame a darle dirección’.

Conversábamos, por supuesto, pero yo no me puse en un lugar de disputa. Yo produje el contenido, digamos, pero la forma de traducirlo y presentarlo la definió él. Me ayudó a decidir qué canciones se quedaban, qué sobraba, qué faltaba. Incluso esa idea que yo tenía de cantar algunas canciones con otras personas, él me dijo: ‘Es buena, pero no lo necesita. El valor está en que tú lo cantes todo. Lo que estás diciendo lo estás interpretando tú, y eso se nota’.

Es alguien muy directo. Si tiene algo que decir —para bien, regular o mal— te lo va a decir, sin importar la relación que haya. Y eso se agradece. Fue un proceso muy fluido porque su perspectiva, su sensibilidad, su experiencia como agente externo, es algo que yo no tengo cuando estoy dentro del proyecto. Yo sabía que no podía invadir ese terreno.”

Al mismo tiempo, La Montaña Encendida se erige como un trabajo catalizador de emociones y redención para su creador. El tema no se aborda a la ligera: el proceso creativo le permite a Meme reconciliarse con múltiples aspectos de su vida personal y, sobre todo, con su propia voz, la cual, fue el instrumento principal de cambio para el proyecto. Tal como rememora.

“Sí, de algún modo me reconcilio con mi voz y con otros aspectos personales, pero también descubrí que he construido algo a través del trabajo. No soy alguien que haya nacido con una facultad evidente para cantar. En mi caso, desde niño se notaban más bien rasgos emocionales y sensibles, pero no necesariamente una capacidad vocal clara. Esa posibilidad apareció hasta que comencé mi carrera; antes estaba como atorado, apretado. Desde hace veinte años trabajo con una maestra de canto, Erika, bajo un método constante y disciplinado. Ha sido un proceso lento, pero en los últimos años empecé a sentir algo distinto. Cuando comenzó a tomar forma el proyecto, entendí que también se estaba construyendo desde una nueva manera de interpretar, y eso llevó a las canciones —y a su composición— a otro lugar.”

Continúa. “Fue un descubrimiento que no vi venir. No es que un día dijera: “ya estoy listo, ahora sí puedo”. Más bien fue algo que se fue revelando. Tampoco siento que ahora sea un virtuoso; simplemente me siento tranquilo interpretando en la medida en que la voz logra representar una idea, un sentimiento o una sensación que viene de lo profundo. Si eso ocurre, entonces la voz funciona como una buena herramienta. Y hoy así lo siento.

Por otro lado, si el disco funge como un proceso de reconciliación con la voz, los videos representan una reconciliación con el cuerpo. La música deja entonces de ser únicamente introspección para convertirse en movimiento. En el plano visual, las piezas no ilustran las canciones: las encarnan. El cuerpo —el ritmo, el baile, la reacción física— se transforma en una forma de interpretación paralela, casi en una segunda voz.

“Sí, algo que empecé a notar en los videos —sobre todo en “Princesa” y después en “Tumbos”— es que, aunque parecían no tener relación entre sí, había un elemento que naturalmente los conectaba: la reacción corporal ante la música. Me di cuenta de que, al final, uno responde al ritmo con el cuerpo. Y esa respuesta, casi siempre, es el baile. Entonces entendí que ese debía ser el hilo conductor de los videos.

En algún momento imaginé una idea distinta, casi como en un universo paralelo: que el coro de “Mira” tuviera la energía de una banda de metal tocando frente a un público desbordado, algo casi como una escena de Alicia en el País de las Maravillas, pero con esta canción en lugar de un tema de Iron Maiden. Era una imagen potente, pero no era exactamente lo que necesitaba.”

"Después pensé: si la canción tiene algo de cumbia sonidera, de barrio, entonces el universo visual debía partir de ahí. Así surgió la idea del sistema de sonido recorriendo la ciudad en busca de su otra mitad, su contraparte. Una bocina que camina por la calle hasta encontrarse con alguien que también reacciona al ritmo: una bailadora. Esa identificación con las bocinas, los boombox y los sonidos urbanos terminó por darle forma a la historia. No podíamos incluir todas las ideas que surgieron —ni el presupuesto lo permitía—, así que sintetizamos todo en una narrativa sencilla: el encuentro. Puede sonar cursi, pero también habla de algo muy orgánico y vital. En medio de la oscuridad y la mugre de la ciudad, aparece algo profundamente amoroso.”, aseveró.

Además de la dimensión íntima y conceptual que hoy atraviesa sus videos como solista, la relación de Meme con el lenguaje audiovisual no es nueva. Desde sus años con Café Tacuba, la imagen fue una pieza fundamental en la construcción simbólica de la banda. En la era de mayor rotación de MTV Latinoamérica, el grupo se convirtió en uno de los referentes visuales del rock en español, con videos que no solo acompañaban canciones, sino que definían imaginarios. Su presencia constante en el canal —incluidos sus dos MTV Unplugged— consolidó una conexión directa entre la banda y una generación que descubrió su identidad musical frente a la pantalla.

En ese contexto, y ante el inminente el cierre de las transmisiones musicales de MTV, que no es un hecho menor, Meme subraya: 

"Creo que, así como la música ha encontrado nuevos caminos de expresión, también las plataformas han tenido que transformarse. El disco físico desapareció, el CD dejó de verse, el vinil regresó pero como un objeto casi de culto, no como algo que sostenga realmente una carrera. Ahora todo funciona distinto: las plataformas digitales pagan fracciones mínimas por reproducción y el ecosistema cambió por completo".

También --continu+ó-- a MTV le tocó atravesar ese mismo proceso. Fue una plataforma enorme, fundamental para la cultura anglo y, cuando nació MTV Latinoamérica, se convirtió en un parteaguas. De pronto, lo que antes conocíamos por discos importados o por una revista, empezó a circular de manera inmediata entre Argentina, Chile, Colombia, México o Brasil. Nos tocó vivir ese momento y fue extraordinario. Pero también creo que muchas decisiones corporativas —como priorizar realities— y el avance tecnológico terminaron por desplazar ese modelo.

"No lo veo como el fin de la cultura pop, sino como una transformación. La música sigue mutando. Hoy, por ejemplo, los corridos tumbados son consecuencia de procesos culturales que han ido asimilando otras influencias, como el reguetón, y traduciendo todo eso a un nuevo lenguaje. Siempre aparece algo inesperado. Lo que ocurre ahora es retador. Antes el modelo era claro: firmabas con una disquera, hacías discos cada cierto tiempo y girabas. Hoy lanzas un sencillo y compites con miles de estrenos cada viernes. Es un universo completamente distinto. Pero lejos de verlo con nostalgia paralizante, lo asumo como un desafío creativo: entender esta nueva energía y tratar de traducirla en la música, incluso retando a la propia canción, jugando con lo que parece bello o descompuesto".

El debut solista de Emmanuel del Real se consolidó el pasado 30 de enero de 2026 en la Ciudad de México, con la presentación oficial de La Montaña Encendida en el Teatro Metropólitan. El concierto —uno de los más ambiciosos en producción y concepto que haya albergado el recinto en años recientes— confirmó que esta nueva etapa no es un paréntesis, sino una declaración artística. La noche contó con la participación de invitados como Chetes y Gustavo Santaolalla, y tuvo uno de sus momentos más significativos en la reinterpretación de “Eres”, ahora atravesada por la experiencia, la madurez y la voz reconciliada que define esta etapa.


Joel Rodríguez (Ciudad de México, modelo 1983) es periodista musical, cronista urbano y gestor cultural con debilidad declarada por la cultura pop, el cine y la literatura. Embriagado de amor por la CDMX —patita de perro por vocación— ha colaborado en medios como Revista Vicio, Círculo Mixup, Radionotas, Monitor Latino, Cultura Colectiva y Revista Marvin; además, participó en el libro compilatorio 200 discos chingones del rock mexicano (2022).


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Imagen de portada: Yvonne Venegas: