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Indira Cato, directora de «Llamarse Olimpia», habla sobre filmar la violencia digital y la Ley Olimpia (ENTREVISTA)

Arte

Por: Carolina De La Torre - 02/28/2026

En entrevista, la directora Indira Cato comparte el proceso detrás de «Llamarse Olimpia», documental sobre Olimpia Coral Melo y la creación de la Ley Olimpia contra la violencia sexual digital en México

Algunas historias que nacen del dolor, encuentran su nicho en el  momento exacto en que alguien decide que no quiere cambiarse el nombre para sobrevivir.

Llamarse Olimpia es el debut como directora de Indira Cato y retrata la historia de Olimpia Coral Melo, impulsora de la Ley Olimpia, la reforma que reconoce la violencia sexual digital como delito en México. Pero la película no se queda en el logro jurídico. Se pregunta qué significa que una ley lleve el nombre de una mujer que alguna vez quiso dejar de llamarse así.

“Llamarse Olimpia es un documental sobre Olimpia Coral Melo, que es esta principal impulsora de la Ley Olimpia que nos protege contra la violencia sexual digital. Es una mujer que fue víctima, que es de la Sierra Norte de Puebla, y que cuando trató de ir a denunciar se dio cuenta de que no había delito y decidió ella ponerse a desarrollar la ley”, explica Cato.

Cuando Indira conoció la historia fue a través de redes sociales. “Me pareció apasionante lo que estaba haciendo, pero por más que veía entrevistas sentía que había todavía mucho más que explorar, mucho más que escarbar en quién era esta persona más allá de la cara pública de la ley”. Fue entonces cuando la buscó con una propuesta directa: hacer una película.

Filmar sin invadir

Había un riesgo evidente. La herida de Olimpia nació de una invasión: la difusión sin consentimiento de un video íntimo. ¿Cómo colocar una cámara sin repetir esa lógica?

“Yo creo que eso fue de las cosas más complicadas”, admite Cato. “¿Cómo lograr crear un vínculo con ella que se sintiera cómoda, que se sintiera segura, que no desatáramos un trauma involuntariamente?”

La primera decisión fue construir confianza. Tiempo antes de grabar. Tiempo para conocerse. El equipo en campo estuvo conformado únicamente por mujeres. “Llegó un punto donde todas nos conocíamos, nos consideraban parte de la lucha”. Pero más allá del acompañamiento, hubo una premisa central: el consentimiento como práctica constante.

“Siempre pedíamos permiso para grabar. Si en algún momento no se sentían cómodas con algo nos lo podían decir y lo íbamos a respetar. Incluso entender que el consentimiento es variable. A veces grabábamos algo y días después alguien decía: me quedé pensando en esto y no me hace sentir cómoda. Y tratábamos de respetarlo”.

La ética también atravesó la edición. “Mostrarle un corte casi final y platicarlo con ella para no estar traspasando límites personales, pero con la conciencia de que es un personaje político”.

Una ley y un nombre

La película gira en torno a una pregunta que acompañó toda la producción: ¿es esta una historia sobre justicia social o sobre identidad?

“Descubrí que la frontera entre una y otra es muy ambigua en alguien como Olimpia”, dice Cato. “La ley se llama como ella. Cuando sales del trabajo tienes tu vida personal y puedes desconectarte, pero ¿qué pasa cuando tu trabajo se llama igual que tú?”

Nombrar tiene consecuencias. Muchas veces, cuando se difunden contenidos íntimos, se publican también los nombres y contactos de las víctimas. “Eso le pone otro nivel de gravedad a la invasión”. En el caso de Olimpia, su nombre fue primero sinónimo de humillación pública. Hoy es estandarte.

“¿Qué pasa cuando su nombre deja de ser algo malo y se vuelve una cosa de orgullo y de lucha? Es darle la vuelta de 180 grados a ese horror”.

El peligro del “final feliz”

Aunque la aprobación nacional de la ley fue un momento histórico, el equipo decidió no cerrar ahí la película.

“Nos preocupaba que se leyera como un triunfo absoluto. La aprobación nacional no iba a ser el final porque iba a dar esta sensación de cuento de hadas y no es así”. La estructura optó por algo distinto: un efecto cíclico. “Llegas a un punto máximo en México y te das cuenta de que se está empezando en un nuevo país. Es una lucha que sigue”.

Para Cato, las leyes son fundamentales porque “lo que no se nombra no existe”, pero no son suficientes. “Necesitan venir acompañadas de trabajo de campo, de prevención, de capacitación”.

Cine, poder y límites

El documental también obligó a la directora a cuestionar su propia posición.

El guion inicial no se parece en nada a la película final. “Es un proceso de construcción y reconstrucción constante. En la edición hay mucho de dejar ir. No todo lo increíble que tienes puede ser parte”.

Había otra línea delicada: no llevar a la protagonista a un lugar de exposición extrema para conseguir drama. “Hay una tendencia en el documental a llevar a tus personajes al límite. Para mí era encontrar un punto donde reconozcamos que es humana, que se cansa, que se abruma, pero sin arriesgar su bienestar a cambio de una película súper dramática”.

No hay una forma correcta de sobrevivir

Una de las preocupaciones era evitar que la historia instalara la idea de que toda víctima debe convertirse en activista.

“Olimpia hizo esto, pero no es la única forma de procesar el dolor. No hay la buena activista y no hay la buena víctima. Cuando sufres violencia de género es suficiente con lograr sobrevivir. No le debemos nada a nadie. No tenemos que ser las mártires de ningún movimiento. Hay quienes pueden y quieren luchar públicamente y hay quienes sólo pueden seguir adelante, y eso es más que suficiente”.

Habitar lo digital

Después de años acompañando esta historia, algo cambió también en ella.

“El internet ya es parte de nuestras vidas absolutamente. Tenemos como un alter ego ahí, como otra personalidad cuando estamos en redes”. Para Cato, la reflexión es urgente: “Cuestionarnos qué compartimos, dónde lo compartimos, qué consumimos. Y acordarnos que detrás de cada publicación hay una persona real. La acción es virtual pero el daño muchas veces es real”.

Esa es, quizás, la pregunta que deja la película. No solo qué hizo Olimpia, sino cómo habitamos nosotros las redes.

Hoy, la lucha también está en algo más simple: ir al cine. “El documental independiente mexicano es difícil de hacer y aún más difícil de exhibir. Nos ayuda muchísimo que vayan, que si les gusta la recomienden. Es una película que intentamos hacer para la gente, para que la disfrute, para que acompañe esta lucha y para que nos cuestionemos cómo habitar las redes”.

Porque a veces cambiar la ley es un acto colectivo.
Y a veces, volver a llamarte por tu nombre también lo es.


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Imagen de portada: Cortesía