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El rey Felipe VI admitió que hubo abusos durante la Conquista de América en una visita en Madrid. Claudia Sheinbaum calificó sus palabras como un gesto de acercamiento en medio de la tensión histórica entre México y España

En medio de una relación que lleva años moviéndose entre la incomodidad y la cautela, una frase bastó para reabrir la conversación. Esta vez no vino desde la política mexicana, sino desde la propia Corona española.

Durante una visita discreta al Museo Arqueológico Nacional, el rey Felipe VI reconoció que en la Conquista de América hubo “mucho abuso” y “controversias éticas”. Lo dijo frente a autoridades y al embajador mexicano Quirino Ordaz Coppel, mientras recorría una exposición dedicada a las mujeres en el México indígena.

No fue un discurso oficial ni un posicionamiento preparado. Fue más bien una conversación abierta que terminó por volverse pública. Y ahí, sin demasiada ceremonia, el monarca puso sobre la mesa algo que durante años se había evitado decir con esa claridad.

Su planteamiento fue directo. Hay episodios del pasado que, vistos desde los valores actuales, no pueden generar orgullo. Pero también insistió en que deben entenderse en su contexto y estudiarse con rigor. En ese mismo tono, reconoció que incluso dentro del propio sistema colonial existían intentos por regular y proteger a los pueblos originarios, como las Leyes de Indias, aunque en la práctica muchas veces no se cumplieron. Ahí es donde, dijo, aparece el abuso.

El momento no es menor si se mira el contexto. La relación entre México y España lleva varios años marcada por tensiones. Todo comenzó en 2019, cuando el entonces presidente Andrés Manuel López Obrador envió una carta solicitando que la Corona española ofreciera disculpas por los agravios cometidos durante la Conquista. La misiva nunca fue respondida, y ese silencio terminó por enfriar el vínculo entre ambos países.

Con la llegada de Claudia Sheinbaum a la presidencia, la postura se mantuvo. De hecho, su decisión de no invitar al rey a su toma de posesión en 2024 evidenció que el tema seguía abierto. Desde entonces, el diálogo se ha movido con cuidado, sin romperse por completo, pero sin resolverse del todo.

Por eso, las palabras de Felipe VI no pasaron desapercibidas. La propia Sheinbaum las calificó como un “gesto de acercamiento”. Reconoció que no es un cierre definitivo ni una respuesta completa a la exigencia histórica, pero sí un paso en la dirección de reconocer lo ocurrido. Para el gobierno mexicano, ese reconocimiento importa porque valida una conversación que durante años fue desestimada.

La escena donde ocurrió también tiene su propio peso simbólico. La exposición “La mitad del mundo. La mujer en el México indígena” reúne cerca de 250 piezas y propone una lectura distinta del pasado: una que pone al centro a las mujeres de las culturas originarias, sus roles en la vida cotidiana, en lo ritual, en lo político. No es casual que el reconocimiento haya surgido ahí, frente a objetos que hablan de civilizaciones complejas, con sistemas de conocimiento, organización y vida mucho más amplios de lo que durante mucho tiempo se contó desde Europa.

En ese sentido, el gesto también dialoga con una idea más amplia que ha insistido el gobierno mexicano: entender que las culturas originarias no son un capítulo previo a la historia, sino parte viva de lo que hoy es México. Desde el conocimiento astronómico hasta las formas de organización comunitaria, su legado sigue presente.

Aun así, el tema está lejos de cerrarse. En España, las declaraciones del rey ya generaron reacciones encontradas, sobre todo desde sectores que consideran que este tipo de posturas debilitan la narrativa histórica tradicional. Del otro lado, en México, se mantiene la idea de que el reconocimiento es apenas un primer paso dentro de un proceso más largo.

Lo que queda claro es que la conversación cambió de tono. Ya no se trata solo de una exigencia diplomática o de una carta sin respuesta. Ahora hay un reconocimiento explícito, aunque medido, desde uno de los actores centrales de esa historia.

Y a veces eso es lo que mueve las cosas. No resuelve todo, pero abre un espacio distinto. Uno donde el pasado deja de ser solo una disputa y empieza, poco a poco, a ser también un terreno de diálogo.


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