Superman de James Gunn: el héroe más humano llega con luces, aciertos y tropiezos
Arte
Por: Carolina De La Torre - 07/14/2025
Por: Carolina De La Torre - 07/14/2025
Por fin llegó el Superman de James Gunn. Y aunque para muchos no es “la mejor película de superhéroes” en términos narrativos, hay algo en ella que resulta ineludible: su presencia se siente como una necesidad emocional más que como un evento cinematográfico. En una época donde el cine de superhéroes se ha extraviado entre multiversos colapsados, deidades nihilistas y protagonistas quebrados por el trauma, Gunn apuesta por una figura que no viene a redimir el género, sino a recordarnos por qué alguna vez nos importó. Este Superman no busca deconstruirse, ni ironizar sobre su lugar en el mundo. No pide disculpas por creer en la bondad, ni intenta seducirnos con oscuridad. Se sostiene, simplemente, sobre la convicción de que hacer el bien sigue siendo relevante. Y eso, hoy por hoy, ya es casi un acto de rebeldía.
Desde los primeros minutos, queda claro que estamos ante un Superman distinto: uno más ligero, más suave en sus gestos, más humano en sus silencios. No es que haya perdido sus poderes, es que por fin alguien se atrevió a recordarnos que lo más valioso de este personaje no es lo que puede hacer, sino cómo elige hacerlo. Este no es un dios ni un símbolo quebrado por el trauma; es un tipo que se pone el traje, sale al mundo y simplemente quiere hacer lo correcto, aunque eso implique tener que vivir con sus contradicciones, sus dilemas morales y su propia soledad.
Y ahí está la gran virtud de la película: sentir que Superman es un ser que camina entre nosotros, que escucha, que se quiebra a ratos, pero que aun así sigue volando. La decisión de mostrarlo casi siempre como Superman y muy poco como Clark Kent es arriesgada, pero funciona, porque el conflicto no está entre sus dos identidades, sino dentro de él mismo. Las escenas en las que lo vemos lidiar con sus pensamientos, mientras por la ventana otros héroes libran batallas épicas, no solo humanizan al personaje: nos invitan a preguntarnos quién sostiene al que sostiene el mundo.
La paleta de colores —saturada, brillante, con guiños al cómic clásico— acompaña ese espíritu más lúdico y fantasioso. Hay algo casi infantil, sí, en su estética y en su narrativa. Pero no en el mal sentido: más bien como cuando uno recuerda por qué amaba a los superhéroes de niño. Aquí, el bien es bueno, y el mal… también tiene sus matices. No hay cinismo. Hay ternura. Y eso es un acto de fe.
Sin embargo, es justo en esa ternura donde también se deslizan algunas de sus debilidades. A ratos, el personaje puede sentirse demasiado plano, casi pavisoso, como si ser humano equivaliera a ser bobo. Gunn parece tan empeñado en alejarse del Superman perfecto, que a veces lo vislumbra como un adolescente. El guion, aunque efectivo en su estructura emocional, tiende a subrayar demasiado los mensajes que ya están claros desde la construcción misma de la trama. Y ciertas decisiones visuales —como las tomas lentas o los close-ups que no aportan más que ornamento— entorpecen el ritmo y le restan fuerza a momentos que podrían haber sido más organicos.
La marca Gunn está ahí, sin duda. Se nota en los personajes secundarios, en el humor dosificado, en ese tono entre lo épico y lo cotidiano que tan bien funcionó en Guardianes de la Galaxia. Pero esa misma fórmula, aquí, a veces se siente demasiado aplicada. Porque si bien fue brillante cuando se trató de rescatar a héroes menos conocidos, Superman no necesita ser salvado por sus debilidades: ya es un personaje con una carga simbólica y emocional enorme por sí solo. Quizá menos bromas, menos ornamentos, y un poco más de pausa y silencio, le habrían sentado mejor.
Y sin embargo —porque aquí hay un sin embargo poderoso— la película funciona. Y funciona porque se siente honesta. Porque, en medio del ruido y la oscuridad, ofrece una alternativa emocional que no apela al trauma, ni al morbo, ni al caos, sino al deseo profundo de conectar. Superman aquí no viene a salvarnos del apocalipsis: viene a recordarnos que se puede ser fuerte y gentil al mismo tiempo. Que no hace falta convertirse en un dios para hacer el bien. Que a veces basta con quedarse, escuchar y ayudar a quien está al lado.
El contexto actual —tan cargado de incertidumbre, de discursos rotos, de polarizaciones feroces— hace que esta versión del superhéroe se sienta como un mensaje en botella. Sí, es cursi. Sí, es sencillo. Pero también es luminoso. Y para muchos, eso fue suficiente para llorar. Porque a veces, todo lo que queremos es que alguien nos diga que hacer lo correcto todavía vale la pena, incluso si nadie está mirando.
James Gunn no reinventó el género. Pero sí nos devolvió algo que creíamos perdido: la emoción de ver a un superhéroe en pantalla y sentirnos menos solos. Y eso, en estos tiempos, no es poco. Es, de hecho, super.