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En México, el discurso del “échale ganas” oculta una verdad incómoda: la mayoría de las personas no logran mejorar su condición social, por más que trabajen.

“El pobre es pobre porque quiere”, “Échale ganas”, “Te falta hambre de crecimiento”, “Las generaciones de ahora ya lo quieren todo fácil”… ¿Cuántas veces no hemos escuchado alguna de estas frases –por demás “arrebatadas”, porque quien las profesa, raramente suele detenerse a pensar en lo que acaba de decir– que con solo escucharlas pareciera que las condiciones de pobreza están y siempre han estado en nuestras manos?

Pues bien, todos esos discursos meritocráticos, no consideran –para sorpresa de nadie– la realidad de la mayoría de la población. El más reciente Informe de movilidad social en México 2025: la persistencia de la desigualdad de oportunidades, del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY), indica que las posibilidades de movilidad social están sujetas a ciertas condiciones que se salen completamente de nuestro control: el lugar de origen, la ocupación de nuestros padres, el sexo con el que nacemos e incluso nuestro color de piel. Toda esta interseccionalidad construye (y destruye) las posibilidades de escalar en los peldaños económicos de la sociedad.

 

La excepción no hace la regla

Aunque de vez en cuando los medios nos cuenten historias de personas que lograron “salir adelante” desde contextos de pobreza extrema, hay que dejar algo claro que estas son anécdotas, no patrones. Son historias extraordinarias precisamente porque no representan lo que suele pasar.

Según el estudio del CEEY, siete de cada diez personas nacidas en hogares pobres seguirán en la misma situación al llegar a la adultez. En contraste, solo 2 de cada 100 personas logran escalar hasta el 20% más alto de la pirámide económica. 

¿Qué significa esto? Que la pobreza no es una etapa, es un punto de partida que en México casi nunca cambia, por más esfuerzo que se invierta.

Y cuando alguien, por suerte, contactos o talentos excepcionales, logra ascender en la escalera social, esa historia se repite una y otra vez en redes sociales y noticieros como si fuera la muestra de que “todo se puede con voluntad”. Pero no, el hecho de que haya excepciones no elimina el problema estructural.

Mientras tanto, quienes nacen en la cima –sin necesidad de esfuerzo adicional– suelen perpetuar el discurso de que “el que quiere, puede”. No es coincidencia que muchas veces quienes más insisten en el “trabaja más y deja de quejarte” son personas que nunca han tenido que decidir entre pagar la renta o comer tres veces al día.

México es uno de los países donde se dedican más horas al trabajo por año (2,137), incluso por encima del promedio de la Organización para Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) (1,730). 

¿Qué sí se requiere para mejorar la movilidad social?

El informe del CEEY señala que, para que la movilidad social deje de ser una fantasía, es necesario que las políticas educativas y sociales consideren las condiciones reales de partida de las personas. No basta con abrir escuelas; hay que garantizar que esas escuelas sean iguales para todos, estén donde estén. No basta con hablar de igualdad de género; hay que reconocer que las mujeres enfrentan más obstáculos aún en los sectores altos.

En el norte del país, el 37% de las personas pobres no logran ascender. En el sur, ese porcentaje se dispara al 64%. La geografía es destino, y el destino, en muchos casos, está sellado desde el primer día.Y en cuanto al género, la desigualdad también se filtra. Entre las personas que nacen en hogares con altos ingresos, las mujeres tienen menos posibilidades de mantenerse ahí en la adultez en comparación con los hombres.

Entonces, ¿de qué sirve repetir el mantra del “tú puedes” cuando ni siquiera se parte desde el mismo punto? ¿Qué sentido tiene hablar de superación individual sin antes corregir las estructuras que limitan a millones desde antes incluso de aprender a caminar?

La movilidad social no es imposible, pero sí improbable si no se transforma el diseño completo del sistema. Hasta entonces, seguir insistiendo en que "con ganas se puede todo", no solo es ingenuo, sino hasta es cruel. Es como decirle a alguien en medio del mar que si se ahoga es porque no nadó con fuerza.


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Imagen de portada: Ferreira Silva