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Más allá de las tramas detectivescas, de asesinatos o de enredos entre espías, las cintas de Alfred Hitchcock trascendieron por la genialidad y la originalidad con que el director empleó los recursos del cine

En la historia del cine, el nombre de Alfred Hitchcock ha tenido un devenir muy peculiar. De entrada, es importante comenzar señalando que su trayectoria como director fue amplia, pues comenzó pronto en su vida: en 1925, con 26 años de edad, filmó su primer largometraje, The Pleasure Garden, y al año siguiente The Lodger: A Story of the London Fog, considerada su primera película exitosa, mientas que la última que dirigió fue Family Plot, en 1976, con 77 años de edad. 

Esto es, más de cincuenta años de trabajo cinematográfico prácticamente ininterrumpido, con un estilo que aunque definido ya desde sus primeros trabajos, fue refinando y variando sutil e ingeniosamente a lo largo del tiempo, con lo cual se convirtió en uno de los realizadores más sólidos de la historia, con esa coherencia en su obra que es propia de los grandes artistas.

Decíamos, sin embargo, que su devenir ha sido peculiar porque por mucho tiempo Hitchcock fue considerado un director como cualquier otro, cuya obra estaba destinada únicamente al entretenimiento y al consumo de masas. En parte esto se debió a los temas elegidos para sus filmes, la mayoría de ellos cercanos al suspenso, la narrativa detectivesca, de espionaje o noir, y, en menor medida, algunas tramas cómicas (en ese tipo de comedia muy propio de la tradición cultural inglesa). 

Como alguna vez escribió Slavoj Zizek, la inclinación de Hitchcock hacia esos temas confundió un poco a la crítica, pues como otras expresiones de la cultura de masas de la época, las cintas de Hitchcock fueron menos valoradas de lo que merecían en términos de calidad cinematográfica.

Los primeros en revalorar la obra de Hitchcock fueron los cineastas franceses agrupados en torno a los Cahiers du Cinéma, una de las revistas más emblemáticas en la historia de la crítica cinematográfica. Hacia la década de 1960, François Truffaut introdujo la idea de "cine de autor” y usó a Hitchcock como uno de sus ejemplos más acabados. Según Truffaut, en las cintas de Hitchcock había una voluntad de estilo clara y manifiesta, una intención de artista indivisible de la persona y que, por ello, se manifestaba en la obra, única y exclusivamente, sin posibilidad de repetirse en otros lugares. 

Esta interpretación fue en su momento inesperada y polémica, pues no parecía sencillo ni evidente asociar dichas nociones, comúnmente reservadas a exponentes de la "alta cultura", a un director que filmaba cintas de asesinatos y espías.

Con todo, Truffaut no se equivocó, por la simple razón de que supo ver aquello que otros estaban pasando de largo por fijarse únicamente en lo superficial. Los temas de Hitchcock sí eran, en efecto, propios de la cultura de masas de la época, pero a nivel puramente cinematográfico, en el uso que él hizo de los recursos propios del lenguaje cinematográfico –el uso y movimiento de la cámara, la iluminación, la decoración, las transiciones, la edición, etc.– para realizar una película, ahí fue donde demostró su talento y, cabría decir, su genio, pues llegó a descubrimientos que nadie antes en la historia del cine había ejecutado. 

De ahí que Truffaut haya asociado la idea de “autor” con Hitchcock, pues realmente este dirigió sus cintas en toda la extensión la palabra: poniendo en cada detalle una idea propia, como si la película en cuestión estuviera hecha de pequeñas piezas, cada una finamente tallada, que al final conformaría la pieza única de la cinta terminada.

Por eso, si bien el nombre de Hitchcock se puede asociar con el género del suspenso, lo cierto es que ahora podemos ver sus películas de otra manera o, mejor dicho, bajo otra luz. El espectador consumado y conocedor de los recursos del cine las disfrutará sin duda por la genialidad que hay en ellas. El amateur, por otro lado, puede encontrar en ellas una excelente iniciación al llamado “cine de autor” y a la manera en que la intencionalidad de una persona –su visión del mundo, su idea de la materia artística con la que trata, sus intereses, sus manías– puede tomar forma en una obra.

Por razones de espacio dejamos para un artículo próximo otro motivo por el cual las cintas de Hitchcock tuvieron otro momento de revalorización entre finales de la década de 1990 y principios de los años dos mil, cuando el antes citado Slavoj Zizek usó algunas de ellas para explicar o ejemplificar conceptos de la teoría del psicoanálisis (en particular los desarrollos teóricos de Sigmund Freud y de Jacques Lacan). De hecho, un libro colectivo coordinado por Zizek en esa época lleva un título particularmente ingenioso: Todo lo que usted siempre quiso saber sobre Lacan y nunca se atrevió a preguntarle a Hitchcock (publicado en español en 1994).

Ese momento de la historia de las ideas también es de interés por su relación con el director, pero, como decíamos, quedará para otro momento. Por ahora baste con recomendar, para saber más, dos cintas de Hitchcock y un libro:

 

Vértigo (1958)

Considerada la obra maestra de Hitchcock y, además, una de las dos mejores cintas jamás filmadas en la historia del cine (el primer lugar se lo disputa, según la crítica especializada, con El ciudadano Kane de Orson Welles, de 1941), la cinta cuenta una historia de amor mezclada con un crimen, pero va mucho más allá de eso. 

Desde el punto de vista cinematográfico es importante poner atención en los movimientos de la cámara, especialmente fluidos y curveados (de hecho, de esta cinta surgió un efecto que en cine se conoce como “dolly zoom” o “toma Hitchcock”) y los encuadres internos (esto es, encuadres que a su vez ocurren dentro un marco), entre otros detalles.

 

La ventana indiscreta (1954)

Vértigo es más sentimental, más poética, pero La ventana indiscreta es la perfección”, dijo Hitchcock a Truffaut en una de sus entrevistas, y quizá esta sola declaración podría bastar para lanzarse a ver en este mismo momento dicha cinta.

Pero si no, se puede agregar algo más. O preguntarse por qué Hitchcock consideró que La ventana indiscreta era “la perfección”. La trama de la película es, de hecho, conocida, pues ha sido parafraseada en otras cintas e incluso parodiada: un fotógrafo de periódico se ha fracturado la pierna y, por ende, no puede salir de su departamento; empantanado ahí, lo único que hace es seguir desde su ventana la vida de sus vecinos. La historia se complica cuando en ese fisgoneo sospecha que uno de ellos asesina a su esposa.

¿Por qué una historia tan sencilla dio pie a una película tan admirada? Ese es justamente el genio de Hitchcock, y por esa razón hay que verla, pues sólo así podemos ser testigos del milagro artístico que se opera justo delante de nuestros ojos. El nivel de complejidad de la cinta es tal, que sólo un talento como el de Hitchcock (aunado a su ya entonces vasta experiencia) pudo convertirlo en sencillez.

 

François Truffaut, El cine según Hitchcock 

La edición impresa de las entrevistas que sostuvieron François Truffaut y Claude Chabrol (ocasionalmente) con Alfred Hitchcock en distintos momentos desde 1962 y hasta 1976. Publicado originalmente en francés, en español el libro está editado por Alianza Editorial.

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

 


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Imagen de portada: «Alfred Hitchcock Presenta La famosa estatua de Dinard en homenaje a Alfred Hitchcock y su película "Los pájaros", erigida con motivo del "Festival du Film Britannique"», Thibaut Démare (Flickr, CC BY-SA 2.0)