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Poemas para estar en Pijama: Lo que podemos aprender de la resaca

Arte

Por: Tufillo de Poeta - 11/22/2020

"No lo vuelvo a hacer…". Y aunque lo volveremos a hacer, aunque volveremos a beber para olvidar, para festejar, para relajarnos, siempre es una experiencia diferente

Cruda, guayabo, caña, chuchaqui: el nombre con el que llamamos al malestar después de una noche de copas puede variar de país en país, pero las lecciones que nos deja son las mismas en todas partes. 

Te despiertas porque ya no aguantas el sol en la ventana. Tu boca parece un desierto, pero el cansancio no deja que te levantes. Ya no tienes veinte años, pero bebes como si los tuvieras. El cuerpo te lo cobra.

Habías creído que eras de esas personas que no tienen lagunas, que recuerdan todo aunque se hayan tomado hasta el agua del florero. No es así. Te miras al espejo y tratas de calcular el daño. Si tu cuerpo pudiera poner en palabras lo que está a punto de salirle por la boca, quizá te reprendería con palabras de Blanca Varela: 

digamos que ganaste la carrera
y que el premio
era otra carrera
que no bebiste el vino de la victoria
sino tu propia sal
que jamás escuchaste vítores
sino ladridos de perros
y que tu sombra
tu propia sombra
fue tu única
y desleal competidora.

La derrota autoinfligida te hace desconfiar de tu criterio.

Llamas a tu amiga. Te cuenta detalles, episodios vergonzosos. ¿Lloraste sin consuelo? ¿Te subiste a bailar sobre una mesa? ¿Llamaste a esa persona? A lo que viene aquí, en Colombia le dicen “guayabo moral”. No te aventuras a entender por qué, pero sabes que ningún árbol le hará sombra a tu vergüenza. Comienzas a recoger tus pasos. La arqueología de la noche te lleva directo al celular y allí buscas un destello de inteligencia, algo audaz o que te salve, algo como el “Telegrama” de Eli Neira: 

Mi amor
malas noticias
choqué el auto
quemé la casa
ahorqué a los niños
degollé al gato
me comí al perro
y
huí
con tu hermana.

Terminas la expedición con las manos vacías, piensas que la búsqueda de  un salvavidas debe continuar en la nevera. Tampoco encuentras nada. 

Te dices que no volverás a beber, que ya no sirves para eso. Te convences de que todo ese exceso era totalmente innecesario y te pasa como a Juan Francisco Moretti en “Si trituro”:

Si cuelgo un banderín del espejo del retrovisor para no olvidarme nunca de quién soy, y no me olvido nunca de quién soy, entonces, y sólo entonces, quizás pueda dejar de necesitar despertarme con resaca para sentirme feliz al mediodía al menos por comparación. Está claro que a la gente le alcanza con eso, está claro que a mí ya me incomoda seguir pagando todo lo que se rompe en tanto carnaval venéreo desprolijo.

En la noche, el rapto del “nunca más” se desvanece. Logras hidratarte y estás de nuevo bajo las cobijas, con el estómago lleno y tu comedia favorita. El balance ya no está mediado por la culpa y se parece más a lo que Gustavo Adolfo Garcés escribió en “Dificultades de la poesía”.

La idea era
beber un poco
ponernos alegres
pero nos emborrachamos
en exceso
y lo que hicimos
fue tener una opinión
demasiado buena
de nosotros mismos.

Descubres que, a diferencia de la resaca, la amistad perdura y que, si nada se echó a perder definitivamente, la resaca es el precio justo por el placer fugaz que aparece cuando nos sentimos mejores de lo que realmente somos. 

 


Si quieres escuchar más sobre Poemas para la resaca​​ (y escuchar estos poemas completos), no te pierdas el onceavo capítulo de la tercera temporada de Tufillo de poeta.

 

Encuentra aquí la columna anterior de Tufillo de poeta en Pijama Surf: Poemas para estar en Pijama: ¿Por qué la gente aplaude cuando el avión aterriza?

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Imagen de portada: Erik Mclean / Unsplash