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Poemas para estar en Pijama: ¿Por qué la gente aplaude cuando el avión aterriza?

Arte

Por: Tufillo de Poeta - 11/15/2020

Viajar en avión es toda una hazaña para pilotos, técnicos, azafatas y pasajeros. Ciajamos con miedo, con incertidumbre y con expectativa de llegar a nuestro destino. Al final, aplaudimos para reconocer la confianza que tenemos en la tripulación por habernos llevado con éxito a nuestro destino

Los aviones son como un teatro sin tarima en el que cada personaje tiene un papel y un destino inevitable.

Hay un anuncio del auxiliar de vuelo. En seguida llega el ruido mecánico del tren de aterrizaje, los cinturones que se abrochan, el vacío en el estómago y al fin, el contacto con la tierra. La velocidad, que parecía suspendida cuando el avión estaba en el aire, ahora es la mano que no se ve pero que empuja las cabezas contra el espaldar de los asientos. Más de trescientas toneladas de metal, cuerpos y equipaje, que viajaban a cientos de kilómetros por hora, terminan en un paseo soso al que le dicen carreteo. A veces allí, ocurren los aplausos. 

Podríamos decir, sin complicar mucho las cosas, que esa celebración está dirigida a la cabina de pilotos, al tino con el que lograron ponernos en la pista. Sin embargo, esa especulación es tan sosa como el carreteo y desconoce el drama que comienza cuando las azafatas (y los) hacen su performance de flotadores y salidas de emergencia. Los aviones son como un teatro sin tarima en el que cada personaje tiene un papel y un destino inevitable. Quienes nos metemos a fondo en el melodrama aéreo sabemos que nuestro destino no está impreso en el pase de abordaje. Ignoramos cualquier tipo de estadística y nos convencemos de que nuestro destino es la catástrofe. Nuestras líneas en esta puesta en escena suelen ser oraciones resignadas, perfectamente intercambiables por los versos de Jeanne Murray Walker: 


Esta vez nadie puede salvarme,
es real, el rugido, las llamas,
y luego las paredes tutelares del avión
se deshacen como leña,
la silla resistente se viene abajo,
mi maleta se abre de un salto, volcándose,
mi calendario revolotea como un gorrión,
cables de los audífonos un garabato negro
en el aire encima de mí. Me desplomo,
agachada, bocabajo, pesada como oro,
hacia los árboles pequeños, hacia
las punteadas tranquilas colinas café,
de repente sintiendo tanto cariño por este
cuerpo pesado como por un familiar moribundo
pero estoy girando hacia
el paisaje invernal: árboles/cielo/
árboles/cielo una y otra vez.

Al final no hay rugido, ni llamas, ni maletas asesinas. Puro carreteo, pero esperemos un poco antes de volver a los aplausos. 

Si tienen la sensación de que este drama todavía puede dar mucho más de sí, es porque nos falta hablar de los otros pasajeros. Entre quienes decidimos ignorar los datos que nos dicen que es mucho más probable morir en un accidente de autopista están quienes, enfrentados al desastre, encarnan en el rincón menos pensado lo que Bruegel y Carmen Berenguer retrataron en “El triunfo de la muerte”: 


La muerte viene entrando vestida de novia
Trae un ramo de alelíes y en un suspiro la corona
Hacemos el amor en un cajón de tablas, trémulos
Brindando por lo que fuimos clavándonos la tapa.

¿Podemos juzgar a quienes, pensando que el aterrizaje va a salir mal, se entregan en los últimos segundos a sus fantasías más fogosas? Probablemente no, como tampoco podemos negarle nada a quienes, con ánimo un poco más estoico, atraviesan este simulacro la muerte deslumbrados por el paisaje que se asoma por las ventanillas. En ese asombro, encajan los versos de José Manuel Arango: 

Dame, dios,
mi dios,
mi diosecito pequeño,
rústico:
tú,
a quien creo acariciar
cuando le paso por el lomo
la mano a mi perro,
dame
esta dura apariencia de montañas
ante los ojos
siempre.

No importa lo mucho o lo muy poco que exageremos en un vuelo. Cada vez que aterrizamos, la fragilidad de nuestros cuerpos y lo imponente del paisaje hacen que el resto de nuestros asuntos aparezcan en una escala diferente. Tal vez eso, y el hecho de que aterrizar nos da oportunidad sobre la tierra, sea lo que al final se lleva los aplausos.

 


Si quieres escuchar más sobre Poemas para aterrizajes de emergencia​ (y escuchar estos poemas completos), no te pierdas el décimo capítulo de la tercera temporada de Tufillo de poeta.

 

Encuentra aquí la columna anterior de Tufillo de poeta en Pijama Surf: Poemas para estar en Pijama: Disfrazarnos de nosotras mismas

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Imagen de portada: Hermanos Wright, primer vuelo (1903)​