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A 20 años de su estreno, 'El club de la pelea' es aún una película capaz de suscitar preguntas pertinentes sobre el modo en que conducimos nuestra vida

En septiembre de 1999 se estrenó Fight Club, conocida en los países de habla hispana como El club de la pelea. La cinta estuvo dirigida por David Fincher y sus protagonistas fueron Helena Bonham Carter, Edward Norton y Brad Pitt. Cabe mencionar asimismo que El club de la pelea fue la adaptación de la novela homónima del escritor estadounidense Chuck Palahniuk, publicada originalmente en 1996.

Grosso modo, El club de la pelea sigue la historia de un hombre de aproximadamente 30 años de edad que vive insatisfecho con su trabajo. El sujeto es empleado en una aseguradora y su tarea principal es valorar autos accidentados para determinar si la firma está obligada o no a pagar a los beneficiarios. Sobra decir que tácitamente el hombre debe privilegiar siempre los intereses de la empresa, por lo cual su trabajo no es ni noble ni generoso, en modo alguno.

Conforme avanza la película se descubre que el trabajo no es su único problema. Incluso podría decirse que a pesar de todo lo ruin que pueda considerarse un trabajo de esa naturaleza, no es ahí de donde mana la insatisfacción general que de hecho cubre toda su vida. El sujeto sufre insomnio crónico, no tiene pareja ni alguna otra relación significativa y vaga de un grupo de ayuda a otro con la esperanza de recibir afecto. El trabajo, más que un problema, es un recipiente en donde el hombre vacía el malestar que siente con respecto a su existencia.

Un primer punto de inflexión en la historia se presenta cuando el protagonista se encuentra con Tyler Durden (Brad Pitt), un hombre de más o menos la misma edad, pero radicalmente opuesto en casi todos los aspectos de su persona. Ahí donde el protagonista es más bien apocado, silencioso y retraído, Durden se muestra excéntrico, ágil en sus movimientos y en sus palabras, arriesgado y hasta cínico e irreverente. El traje oscuro y la camisa deslavada del protagonista contrastan con el abrigo ostentoso y colorido que porta Durden. O qué decir del cuerpo, espejo fiel de nuestros hábitos y nuestro estado de ánimo: el cuerpo ejercitado y lustroso de Durden nada tiene que ver con la escasa masa muscular en el cuerpo sedentario del protagonista.

Con todo —o quizá precisamente debido a esas diferencias— ambos personajes simpatizan entre sí. Ya desde ese primer encuentro se adivina una conexión incipiente en la forma de ser y de pensar de cada uno. 

Poco después en el filme, el protagonista pierde súbitamente su casa, luego de que una fuga de gas hace explotar su apartamento. Sin saber muy bien por qué, el personaje busca la tarjeta de presentación que le dio Durden durante su encuentro y lo llama, pensando que quizá este amigo recién conocido pueda brindarle alojamiento al menos por esa noche.

El resto es historia: la relación con Durden sume al protagonista en una espiral de autodestrucción que desciende cada vez un poco más en cada giro de la historia. “La superación personal es masturbación. Ahora… la autodestrucción es la respuesta”, dice en cierto momento Durden, lo cual de algún modo es el equivalente moderno de lo dicho hace un par de siglos por William Blake: “El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría”. Y según se muestra en la cinta, Durden está empeñado en llevar a la práctica dicha consigna.

Al aceptar el hospedaje de Durden, el personaje de Edward Norton termina viviendo en una casa abandonada y en ruinas. También es en el marco de esa relación que ambos fundan el “club de la pelea”, un grupo clandestino de hombres que se reúnen cada tanto con el único propósito de pelear a mano limpia entre sí. Sin apuestas de por medio, sin una clasificación de los mejores o los peores peladores, sin nombres ni premios. Nada más que el solo hecho de pelear. A este respecto, cabe detenerse un momento en el “acto inaugural” del club de la pelea.

Después de beberse unas cervezas y hablar un poco en un bar de mala muerte (uno de los intercambios más memorables del filme, en donde el protagonista se queja de su forma de vida y Durden le hace ver con cinismo las falacias sobre las que se asienta la sociedad de consumo), ya para despedirse Durden le pide al protagonista que lo golpee “tan fuerte como pueda”. Éste escucha la petición con extrañeza, pues no hay razón alguna para agredir a alguien con quien acaba de pasar un momento amistoso. Durden insiste, sin embargo, y eventualmente el protagonista cede: lo golpea y como respuesta recibe a su vez un golpe de Durden; el intercambio se repite una, dos, tres veces más, hasta que la escena se convierte en una pelea un tanto anticlimática, violenta sin duda, con cierta dosis de agresividad, pero al mismo tiempo absurda, sin razón de ser evidente y por ello hasta un poco cómica o ridícula. 

La voz en off que desde el inicio cuenta y comenta toda la película (que es la voz del protagonista, como si se tratase de un monólogo recapitulativo), dice después que peleando con Durden encontró aquello que vanamente había estado buscando en los grupos de ayuda por los que pasó, cuando fingía padecer una enfermedad terminal o ser alcohólico sólo para tener un círculo donde sentirse acompañado. La pelea fue para la vida gris e insatisfactoria del protagonista una liberación, un punto de contacto crudo con su energía más elemental, como si de pronto se hubiera embriagado con una sobredosis de vida en su estado más crudo o más puro.

Para quienes han visto en la dupla Protagonista/Durden una relación homosexual (una interpretación sugerida ya desde la publicación de la novela), esa primera pelea podría verse como un intercambio erótico perverso, esto es, como un intercambio sexual que en vez de ocurrir “directamente”, en el ámbito de lo estrictamente sexual, tiene que “andarse por las ramas” y encontrar otras formas de realizarse. En el marco de esa interpretación, frente a la imposibilidad del protagonista de aceptar y ejercer “libremente” el impulso sexual que le atrae a un hombre como Durden, su atracción se decanta no sólo hacia la pelea que le propone éste, sino en general hacia toda la forma autodestructiva de existencia instigada siempre por Durden, como si la sumisión a éste fuera para el protagonista la única forma de realizar su deseo.

Si existe o no esa atracción homosexual es en realidad un asunto de poca importancia, pues aun la homosexualidad podría considerarse (como antes el trabajo del protagonista) la expresión sintomática, simbólica, de una realidad mucho más profunda. Con todo, esa interpretación sí ofrece una pista interesante para entender una de las ideas centrales de la cinta.

Es posible pensar que sí existe una atracción del protagonista por Tyler Durden, sin embargo, no se trata de una atracción erótica o sentimental, sino de una en un sentido casi físico, como la de los imanes o la de la fuerza gravitacional. El protagonista se siente atraído por todo aquello que Durden es o representa y que él mismo, por distintas razones, no se siente capaz, apto o merecedor de tener en su propia vida. Por un lado la rutina, el trabajo odiado, el statu quo, la insatisfacción sexual; por otro, el riesgo, el arrojo, la vida como una sucesión continua de eventos improbables e inesperados, las decisiones tomadas de último minuto, la irreverencia, la entrega a la vida de forma irracional e irreflexiva (y por ello absoluta), el disfrute del sexo sin culpas. Incluso en términos cinematográficos la elección de los actores no pudo ser más afortunada para expresar este conflicto: un pálido y escuálido Edward Norton tiene a su opuesto perfecto en el Ares hollywoodense que Brad Pitt fue para la cinta. 

Como se sabe, el gran giro de la trama, la famosa “vuelta de tuerca” que destaca a toda gran historia, es el hecho de que el protagonista y Durden son la misma persona. O, dicho con más precisión, que Durden es una creación psicótica del protagonista, un alter ego surgido de su delirio, precisamente con todas esas características que él desearía para sí mismo. 

En la película comienza a sugerirse que existe un único Tyler Durden cuando el protagonista vaga por Estados Unidos en busca de su amigo, quien en cierto momento se ausenta sin que nadie pueda localizarlo, y algunas de las personas a quienes pregunta por él lo miran confundidas, pues a ellas les ha dicho que su nombre es Tyler Durden. Esto es notable porque parece ser que, en medio de su delirio, el protagonista se deshace de su nombre, como si él mismo se tuviera en tan poca estima que ni siquiera mereciera distinguirse con un apelativo único y propio, mientras que el otro, la creación de su delirio, tiene para sí todas las recompensas: el nombre, la reputación, el reconocimiento e incluso cierta admiración clandestina.

En este punto cabe hacer algunas preguntas con respecto a este conflicto presente en el protagonista, esa especie de impasse entre la forma de vida que tiene (insatisfactoria) y la forma de vida con aparentemente todo lo que desea. ¿Qué le impide moverse hacia esa otra manera de vivir? ¿Qué le impide tener lo que desea? ¿Por qué el personaje no puede simplemente renunciar al trabajo que aborrece, acostarse con Marla desde la primera noche que se encuentran o vivir su vida con tanto desenfreno como al parecer quiere? ¿Por qué la vía de la autodestrucción parece ser la única alternativa para transitar hacia ese deseo? ¿Por qué el protagonista encuentra únicamente en la locura una vía de escape para su malestar?

En este punto, las respuestas tocan las circunstancias más propias de la condición humana y específicamente la relación que el ser humano sostiene con su deseo. Como se explica sobre todo en el psicoanálisis, en el ser humano el deseo no puede realizarse “simplemente” o “llanamente”, sino que está obligado a sostenerse de toda esa amplia estructura intersubjetiva y simbólica (pero existente porque el género humano cree en ella), que puede denominarse la civilización, cultura o realidad humana. Ahí es donde nuestro deseo puede encontrar su lugar. Esa es la arena de sus posibilidades y sus limitaciones. El ser humano desea naturalmente, pero para poder realizar su deseo y que sea a su vez un deseo reconocido (y cabría decir, tolerado) por otros, la realización tiene que ocurrir dentro de esos límites de lo humano.

Sin embargo, el paso del deseo in abstracto, o como una representación subjetiva, a la realización, puede ser especialmente difícil para algunas personas, por razones comprensibles pero no del todo evidentes. En alguno de sus escritos, Sigmund Freud hace un comentario sobre el proceso que se opera sobre el niño en sus primeros años de vida para convertirlo de un “salvaje primitivo” a un sujeto capaz de formar parte de la humanidad, lo cual supone enseñarle conocimientos y habilidades que a nuestra especie le tomó siglos desarrollar. Como es de suponerse, ese proceso no se logra sin acotar aquí y allá los impulsos naturales del niño, a veces incluso a través de la violencia. En otros ámbitos, pensadores como Thomas Hobbes o Jean-Jacques Rousseau propusieron también la idea de que sólo a través de la contención de ciertas “pasiones” el ser humano puede convivir, cooperar y en suma hacer posible el mundo de lo humano. De algún modo, los mecanismos represivos han sido históricamente el precio que nuestra especie pagó por desarrollar la civilización.

En ese sentido, es propio de un estado infantil (de una subjetividad que carece de un sentido del yo fuerte, para retomar lo dicho por Freud) intentar ignorar el deseo propio, supeditarlo sistemáticamente a las exigencias o demandas de otros, relegarlo a una posición secundaria, subestimarlo o considerar que "no tiene derecho" a ser tomado en cuenta. Para el niño, por su condición, puede parecer que no hay otra alternativa más que someterse al mandato de los mayores, y en esa circunstancia puede ocurrir que la fantasía acuda en auxilio de la sensación de satisfacción de un deseo y mitigar así la posible frustración de sentirlo truncado. El adulto, sin embargo, está llamado a dejar ese mundo de la imaginación y actuar en la realidad para dar cauce a su deseo de una manera provechosa para sí.

La historia de El club de la pelea es un buen ejemplo de lo que puede llegar a suceder cuando el deseo existe predominantemente como fantasía psicológica en la vida adulta. En estos casos, la energía que supone desear algo se usa casi exclusivamente para alimentar el fantaseo y la imaginación, a tal grado que esas elucubraciones pueden llegar a suplantar la experiencia de la realidad. Por supuesto estamos hablando de una obra de ficción, pero la locura funciona en parte de esa manera. Un delirio es la experiencia psicológica extrema en la cual la capacidad de nuestro cerebro para codificar la realidad a partir de significantes específicos pierde del todo contacto con ésta y descansa casi exclusivamente en la “idea de realidad” que existe sólo en la mente del sujeto. Por eso se ha dicho que la locura es un encierro, pues el delirante no es capaz de salir de su idea de realidad ni tomar en cuenta la idea de realidad de otros.

En este sentido, es por lo menos peculiar que el personaje protagónico de El club de la pelea realice su deseo por la vía de un delirio en vez de por el camino de las decisiones y la acción. Cabe preguntarse cuántas personas lidian así con el malestar que les provoca sentir frustrado su deseo, inventándose una “realidad” paralela en donde sí tienen lo que al parecer tanto quieren, en vez de hacer lo necesario para intentar obtenerlo realmente.

Actuar, es cierto, no asegura la realización de un deseo, pero al menos nos acerca más a ésta que la sola elucubración estéril (“¡Oh inteligencia, soledad en llamas / que todo lo concibe sin crearlo!”, dice el poeta). Más aún, el acto nos hace gravitar en un sentido muy distinto con respecto a la fuerza de nuestro deseo: ya no hacia la autodestrucción martirizante de quien quiere algo pero no se atreve a obtenerlo, sino más bien hacia la construcción paulatina de realidad, ese hacer cotidiano, constante, por medio del cual el ser humano ha transformado históricamente sus condiciones de existencia.

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

 

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