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Toriz trafica con su infancia y canjea su memoria por algunas pocas monedas, pero consigue que brillen como cristales en el sol del desierto

Para el escritor, especialmente para el narrador, la memoria es la materia prima. Incluso se podría decir que la memoria es la esencia del ser humano. Ya San Agustín la entronizó como la mente misma, el asiento del alma. Rafael Toriz, en una versión actual del género que inauguró el santo de Hipona, afirma: "soy hombre en la medida en que recuerdo". Para Toriz, sin embargo, la memoria no es una esencia, es pura existencia que fluye "en una vorágine de inmediatez", un maremágnum de trazos viscosos que se presentan sin el ancla beatífica de ideas y soportes universales, pues somos "seres en obra negra". La memoria es más bien líquida e inconsistente, está sujeta a nuestros deseos e infirmezas: se distorsiona. La realidad es para Toriz, entonces, distorsión y esta es la licencia que toma el escritor: traficar con la memoria -con esa naturaleza amorfa que es él mismo- para presentar una realidad que tiene orden, sentido y que por momentos nos inspira a creer que la vida merece vivirse con un cierto entusiasmo. Alcahuete de sí mismo, tomando la mezcalina de los otros, el escritor escribe sobra una fosa una falsa historia que, no obstante, por momentos brilla con más verdad que el mundo real. 

La distorsión (2019, Penguin Random House) es el texto donde Toriz acaba de madurar un género con el que ya coqueteaba largamente -la autoficción o, por usar el término de Pessoa, la "autopsicografía"- y acaba también de establecer su idea fundamental: la antropología tropical. En realidad todos los escritores sólo tienen una idea y todas sus tentativas son rodeos que adornan o depuran el tema único. Toriz sabe, con Pessoa, que el escritor es un fingidor. El narrador comercia con su propia vida, trafica con su infancia, exprime su intimidad por algunas cuantas palabras donde se concentra la linfa vital; es víctima de ese ímpetu irracional de exteriorizar "la furia que lo habita". "Arte es magia liberada de la mentira de ser verdad", dijo Adorno memorablemente. La autoficción es la memoria liberada de tener que ser verdadera. Todos esos seres que uno no fue, los napoleones que se soñó Pessoa, acostado, viendo el Tajo en el crepúsculo, o los mezquinos hombres que reticentemente nos habitan, pueden, a través de la memoria transfigurada, alcanzar una cierta dosis de fuerza irreversible, una cierta redención, cobrar un cierto sentido y a veces actuar sobre el mundo, conseguir que una mujer sonría, algo que nunca hicieron. Ya Benjamin notó que la literatura es la principal forma de telepatía.

Si es labor poco honorable escribir sobre la propia vida, es peor aún escribir sobre la propia escritura, el horror pedante de la conciencia autorreferencial. "No hay fuera del texto", exclaman las voces afrancesadas. Pero Toriz sale bien librado, pues actúa desde la "campechana mental", pudiendo, como el otro Marx, decir que si no les gustan sus principios, no importa, pues tiene otros. Tiene "de chile, de dulce y de manteca”. Reírse de sí mismo lo hace un hábil y simpático mercenario. Ese es el secreto del showman (o del escritor como barman, Toriz prepara bebidas tropicales en el lobby). Lo que importa es desnudarse, pero el que se desnuda con arte y confianza al final genera admiración y empatía, más allá de si se es o no una bella figura. 

Nada es verdad; todo está permitido, es la enseñanza esotérica de los fumadores de hachís de Hassan-i-Sabbah en el castillo de Alamut, y el grito caótico y anticatólico de guerra de nuestra era inaugurada por Nietzsche. Dentro de este orgiástico desierto moral, en el cual se puede bailar a ritmo nihilista, con melancolía o abandono, donde nada es verdad, "la literatura es una de las formas más nobles del engaño". Dentro del inescapable egoísmo del escritor que trafica con sus recuerdos, está al menos el atenuante de los instantes que dejan pasar la luz del Sol como cristales. Ningún filósofo puede matar el deseo intrínseco de rodearse de belleza, el telos del eros. La única religión que nunca puede apostatarse es la de la belleza, la brasa última -y quizá también la primera chispa- en el fuego de la religión. Ya sea en el lupanar o en el albañal, en el sórdido sótano de la propia miseria, en el azur empíreo del amor o en el adytum de la conciencia virginal, siempre puede aparecer, al menos para quien pone atención, un grano de arena que resplandece con una luz divina. Para Toriz esta belleza no es el "esplendor de la verdad" o la imagen de una realidad eterna, sino que es el puro fragor de la piel. "Lo más profundo es la piel", dijo Deleuze, y tal es el lema de la antropología tropical de Toriz. Una ontología de la epidermis. Una escritura que no aspira al saber o al poder sino al placer. No el Sol del Bien, sino la piel dorada de la más buena.

"Un mandamiento del señor... antes de ponerse a escribir, primero aprender a bailar". Sólo se puede creer en un dios que sabe bailar y sólo se puede querer a un escritor que tiene ritmo. El que baila, dice Nietzsche, lleva "los oídos en los pies" y el que escribe, acaso aprobaría Toriz, lleva la lengua en la piel (¿o lleva la lengua a la piel?). Es la poesía el lenguaje original, el lenguaje oral, el lenguaje que aún tiene potencia y eficacia (aunque llegamos demasiado tarde, como dice Hölderlin). Todo escritor vive bajo la sombra del poeta, il miglior fabbro, y toda palabra aspira al ritmo, al numen de la poesía. Toriz, aunque en alguna parte vitupera encarnizadamente a los poetas, se expone con obscenidad descarada e intercala su texto con algunos versillos. Acepta su fracaso musical, sin embargo sabe que es alguna música perdida la que le ha granjeado una cierta miel sexual. Y en otra parte reconoce que los poetas ya no existen o si existen son como las aves que sobrevuelan por los picos glaciales de los Himalayas. Como Bach, que es Dios, son estos artistas los únicos que se elevan más allá de la distorsión y nos envían desde las alturas algunos rayos celestes. Son como la radiación de fondo del universo. El escritor, nos dice cuando recuerda algún episodio de su adolescencia, es "guiado por el murmullo de un río invisible y los cantos de tantos pájaros como estrellas en el cielo".

Toriz aspira a la música y se agradece su olfato por la expresión popular, por la suculencia de la lengua; caza la palabra rica, la forma sabrosa. Dueño de una locuacidad geminiana, pero afecto también a la sentencia lacónica, se apuntala como un estilista; no un preciosista, más entrón que elegante, pero que, en su arrojo, logra abrir los poros a la belleza del mundo -lux et voluptas- o al menos a ese sello rutilante de la inteligencia que es el humor. Cuando es reclutado por los masones xalapeños acepta la invitación pues entiende que se trata de un club de lectura de libros raros. Y cuando es sometido por el gran maestre de la logia, un lépero de primera que lleva los asuntos del Arquitecto del Universo que atañen a ese rincón veracruzano, ya de cuclillas, usando un mandil del medievo, tiene la epifanía irrefutable de que el universo es una broma, una tragedia que luego se revela como farsa. Sus amistades lo espían detrás de una cortina y los masones, con su teosofía de baja vibración, son sólo "albañiles metafísicos". Cuando en un campo de café, surcando la neblina y en la apoteosis de la primera cannabis, el escritor ve el verde arquetípico, el verde universal, el verde de Platón y García Lorca y se abre un pasadizo "a míticos parajes donde se solazan encuerados los chanaques". La esencia grotesca de altura sublime y fondo churrigueresco... como él mismo dice de su padrino Pitol, Toriz no teme que irrumpa en la escena la vulgaridad. No importa, o siempre y cuando tenga ritmo o uno se pueda pitorrear agusto. 

No comparto la visión metafísica de Toriz (y el materialismo es una metafísica), pero en su prosa se deja sentir una cierta luminosidad de la conciencia, y no importa si esta sea la danza ciega de las moléculas o la idea de la divinidad en el mundo, el espíritu en el tiempo. La actitud del filósofo es también la del poeta, la admiración ante el misterio de la existencia (thaumazein). Y ahora vemos que también la del antropólogo tropical, que quiere descubrir misterios, observar estrellas enterradas en la piel, descubrir la gran vagina musical. La frase de Tales "todas la cosas están llenas de dioses", admite una lectura materialista y sobre todo inmanentista. En todo caso, lo que le importa es que haya lumbre y revelaciones en las piedras, en lo palpable, en la piel.

He dicho que Toriz no tiene vergüenza en ficcionar su experiencia. He dicho también que su postura es la que predomina hoy en día en la sociedad secular, donde nada es sagrado, pero aun así -y detrás del hedonismo y el cinismo y la distancia irónica del escritor- hay algo que parece tener un valor casi místico, absoluto. Una especie de ternura, la sustancia misma en la que se erige el Bildungsroman, lo único que traspasa la infancia hacia la cifra del adulto. Una ternura que se pierde en la infancia y que reaparece en el amor erótico pero que se confunde con la voluptuosidad. Y esa es la distorsión, y esa es la claridad: que el placer y el amor y el bien se vuelven indistinguibles.

En el pasaje definitivo -que es necesariamente la infancia- se representa una obra. Una metamorfosis ocurre en un mundo de espuma y fantasía. El león, que es el más valiente de los animales y un pequeño Sol, quiere seducir a la Luna, la más bella de las mujeres celestiales. Osado como es, el léon arregla sus melenas como rayos y se hace pasar por el Sol. En el fervor de la noche, la Luna lo confunde con su esposo y engaña así al ingente Sol con una bestia selvática. La seducción, por definición, es engaño, pero, ¿qué hay mejor que el gozo, que el logro de hacer bajar a la Luna, con una rastrera canción? Eso, conjeturo, es a lo que aspira el escritor.

 

Twitter del autor: @alepholo

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Un elemento ausente y quizá subestimado por la industria del entretenimiento

Como es sabido, Game of Thrones llegó a su final en medio de una gran decepción para sus espectadores, buena parte de los cuales resintió sobre todo una falta de pericia en la manera de cerrar tanto la historia general de la serie como las historias particulares de algunos de los personajes más destacados. Si, en su momento, Game of Thrones destacó por su nivel narrativo, para la octava temporada poco o nada quedó de aquella gloria, lo cual hace sin duda comprensible el enojo o la frustración de los fans.

Desde su séptima temporada, Game of Thrones avanzó sin tener como respaldo las novelas de George R. R. Martin que le dieron origen y que, a la fecha, están todavía por completarse e incluso por escribirse. Es cierto que, según se publicó en medios, al menos para la penúltima temporada los guionistas de la serie contaron con la guía de Martin respecto de cómo desarrollar la historia a partir de sus planes para los libros, pero parece ser que para la última temporada David Benioff y D. B. Weiss, los principales adaptadores de A Song of Ice and Fire, tuvieron carta blanca y, salvo por algunos pocos detalles ofrecidos por Martin, resolvieron por sí mismos el desenlace de la serie.

En cierto momento es posible que esto hubiera parecido una buena idea. Después de todo, tanto Benioff como Weiss (junto con el resto del equipo de guionistas) parecían haber demostrado una habilidad suficiente para hacer de Game of Thrones una de las series más vistas de los últimos años.

Pero quizá el pronóstico fue más optimista de lo debido. Uno a uno, cada capítulo de la octava temporada acumuló pequeñas o grandes deficiencias que terminaron por entregarnos apenas la sombra de la grandeza que la serie tuvo sobre todo al inicio. Las secuencias de diálogos conmovedores, los giros inesperados de la trama, la emotividad construida meticulosamente… ésas y otras cualidades narrativas, capitales para cautivar la atención o el gusto de millones de personas de todo el mundo, simplemente desaparecieron y, en contraste, la temporada final estuvo llena de descuidos, decisiones narrativas equivocadas o incomprendidas, desenlaces improvisados y arcos narrativos despreciados, entre otras fallas.

¿De qué manera podría explicarse este fracaso y, más importante aún, qué podría aprenderse de ello? Entre otros factores, parece posible pensar que Benioff y Weiss incurrieron en el error de desestimar una de las cualidades principales de la narrativa original de Martin y, específicamente, de la construcción tanto de la historia general como de la historia particular de los personajes más importantes. 

Por la manera de plantear la historia, Game of Thrones tuvo hasta la séptima temporada una especie de recursividad que la hizo construirse como un ciclo abierto y en busca desesperada por completarse. De alguna manera, uno de los elementos más satisfactorios de la sexta y la séptima temporadas fue el haber dado a los espectadores algunas de esas conclusiones tan esperadas y, sobre todo, tan cuidadosamente construidas con elementos bien dispuestos en las temporadas previas. En este sentido, la trama podría considerarse compleja (pues no se trata precisamente de una narración linear simple y clásica) y, por la misma razón, fue también profunda, pues con ese mecanismo narrativo Martin llevó a sus libros nada menos que la experiencia humana que surge de nuestra acción en el tiempo y que, entre otros nombres, llamamos biografía, Historia o existencia. 

De ahí la profundidad de la trama en Game of Thrones. Martin construyó un mundo ficticio en donde el tiempo cumple el mismo efecto que en toda vida humana. Secretos que repercuten años después y de formas inesperadas, problemas que entendemos mucho después de haberse iniciado, palabras escuchadas hace mucho y que sin embargo persisten en nuestra memoria: de todo ello podría encontrarse un ejemplo lo mismo en algún episodio de Game of Thrones que en nuestra propia vida. 

En los personajes, la complejidad y la profundidad es similar. Contrario a lo que sucede con cierta frecuencia en la industria del entretenimiento, los personajes de Martin destacaron de inmediato por sus claroscuros, sus dilemas morales y los diversos registros tanto de su carácter como de su devenir. Los arcos narrativos de los que se ha hablado tanto en los últimos días son expresión de esa capacidad para construir personajes que no son ni podrían ser de “una pieza”, sino que están hechos de contradicciones y conflictos, tanto internamente como en relación con el mundo en donde desarrollan sus acciones, como ocurre también con todo ser humano.

Con todo, a juzgar por lo visto en pantalla, es posible que esa complejidad y esa profundidad hayan sido los desafíos mayores para Benioff, Weiss y el resto de los guionistas de la temporada final de Game of Thrones, ninguno de los cuales parece haber estado a la altura de la capacidad narrativa y literaria de George R. R. Martin.

En una columna publicada recientemente en The Guardian con motivo del final de Game of Thrones, el periodista Nick Cohen defiende una tesis muy interesante al respecto. Según él, la decepción ante el desenlace de la serie hace ver que, después de todo, el escritor desempeña un oficio irremplazable en el marco de nuestra cultura. En una época como la nuestra en que las actividades creativas suelen encontrar dificultades para hacerse de un lugar o ser reconocidas socialmente; ahora que toda actividad se valora en primer lugar y casi exclusivamente por las ganancias económicas que genera; en una cultura en donde se cree que todo puede medirse, planificarse y racionalizarse, resulta que el oficio del escritor es imprescindible. El escritor, que puede pasar días enteros sin escribir nada (y por lo tanto, sin “producir”); el escritor, que suele necesitar de varios años antes de que considere terminada una obra; el escritor, cuyo oficio necesita dar lugar al azar y a lo imprevisible para ejercerse, tanto como a la paciencia y la perseverancia. 

Ese personaje tan marginal, tan extraño a los valores dominantes de nuestra cultura, es justamente el que hizo falta en un producto tan apreciado de la industria del entretenimiento como Game of Thrones.

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

 

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