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En el diálogo "Fedro", Platón nos transmite la opinión que Sócrates tuvo de la escritura y los criterios que deberían guiar cualquier discurso escrito

La escritura en relación con el pensamiento platónico ha sido uno de los temas más estudiados por los lectores, intérpretes e investigadores de la obra del filósofo, en buena medida porque su postura al respecto resulta un tanto sorprendente para nosotros, herederos de la revolución cultural impulsada por la impresa de tipos móviles de Johannes Gutenberg, invención que hizo a las sociedades occidentales transitar de lleno a la escritura y la lectura como medios predilectos para la transmisión y la conservación del conocimiento. 

Para Sócrates, sin embargo, no era así, y de hecho es más o menos famoso el fragmento del diálogo Fedro en el que el filósofo condena la escritura por considerar que, en primer lugar, su uso debilita la memoria y, en segundo término, condena la sabiduría a una existencia inerte, pues aquel que se acerca a una página escrita encontrará el mismo mensaje siempre, a cada momento, sin ninguna variación como las que se tienen cuando se habla y se discute con alguien (aun cuando se trate del mismo tema y se converse con las mismas personas, al menos en teoría es de suponerse que siempre se dirán cosas diferentes). Sobre ambas suspicacias esto es lo que podemos leer en el diálogo referido:

[la escritura] no producirá sino el olvido en las almas de los que la conozcan, haciéndoles despreciar la memoria; fiados en este auxilio extraño abandonarán a caracteres materiales el cuidado de conservar los recuerdos, cuyo rastro habrá perdido su espíritu. Tú no has encontrado un medio de cultivar la memoria, sino de despertar reminiscencias; y das a tus discípulos la sombra de la ciencia y no la ciencia misma. Porque cuando vean que pueden aprender muchas cosas sin maestros, se tendrán ya por sabios, y no serán más que ignorantes, en su mayor parte, y falsos sabios insoportables en el comercio de la vida.

Y un poco más adelante:

Este es, mi querido Fedro, el inconveniente así de la escritura como de la pintura; las producciones de este último arte parecen vivas, pero interrogadlas y veréis que guardan un grave silencio. Lo mismo sucede con los discursos escritos; al oírlos o leerlos creéis que piensan; pero pedidles alguna explicación sobre el objeto que contienen y os responden siempre la misma cosa. 

¿Cómo ponderar la postura de Sócrates? Sobre el primer temor, aquel que concierne a la pérdida de la memoria, debemos tener en cuenta que durante buena parte de la historia de la humanidad, recordar fue casi la única manera de acceder a conocimientos que se transmitían de generación en generación. Como explicó Carl Sagan con agudeza, la escritura nos permitió tener un medio de almacenamiento fuera de nuestro cerebro que potenció dicha capacidad, pero recordemos que la literalidad (es decir, la capacidad de leer y escribir) se masificó sólo en una época muy reciente. De ahí que en la antigüedad, en la Edad Media e incluso hasta períodos que podríamos considerar cercanos como el siglo XIX, la memoria fuera sumamente valorada. 

Puede comprenderse que para alguien como Sócrates, cuya visión de mundo estuvo basada además en la idea de que "saber es recordar", cualquier recurso que atentara contra la capacidad memorística del ser humano se viera como una amenaza, pues su efecto se podría ver como la erosión de una de las cualidades más propias de nuestra naturaleza.

En cuanto a la idea de la existencia inerte de lo escrito, ahora sabemos bien que la lectura dista mucho de ser una actividad pasiva, ni la página escrita es una suerte de monolito que siempre nos dice lo mismo. Quienes, siendo lectores, han tenido la ocasión de leer un mismo libro en distintos momentos de su vida, sin duda han experimentado ese carácter vivo de la letra escrita, esa especie de energía que late en las palabras, modesta quizá, a veces apenas perceptible, pero la cual, cuando uno se acerca con la disposición adecuada, es capaz de liberarse y transformarnos. La frase de San Pablo, aunque referida a la lectura de las enseñanzas cristianas, apunta a esa cualidad de la página escrita: "la letra mata, pero el espíritu vivifica", es decir, quizá sea cierto que la escritura fija en el tiempo las lecciones de un maestro, la inspiración de un poeta, el testimonio de un historiador, la sabiduría de un rey, la escritura les arrebata a todos ellos el vigor que alguna vez tuvieron al hablar y exponer y defender lo que pensaban, la escritura los conduce a la mudez y el silencio, pero el espíritu que está pronto, la mente advertida de un lector atento es capaz de vivificar esas páginas y restituir en este mundo parte del ingenio del que surgieron. Borges, en la conferencia de las Siete noches que dedicó a la poesía, consignó así esta experiencia:

Emerson dijo que una biblioteca es un gabinete mágico en el que hay muchos espíritus hechizados. Despiertan cuan­do los llamamos; mientras no abrimos un libro, ese libro, literalmente, geométricamente, es un volumen, una cosa entre las cosas. Cuando lo abrimos, cuando el libro da con su lector, ocurre el hecho estético. Y aun para el mismo lector el mismo libro cambia, cabe agregar, ya que cam­biamos, ya que somos (para volver a mi cita predilecta) el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana. Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro, que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto. También el texto es el cambiante río de Heráclito.

Ni Sócrates ni Platón pudieron considerar de este modo un texto porque en su tiempo la práctica de lectura se realizaba de modo muy diferente y más bien marginal. Las formas orales de circulación del saber y el conocimiento eran más bien las preferidas en la época y la sociedad en que vivieron. 

De hecho, dicho al paso, cabe hacer notar que ya desde el inicio del Fedro, Sócrates hace alusión al hecho de que a su amigo le ha agradado tanto el discurso sobre el amor de Lisias (el cual motiva todo el diálogo), le ha interesado tanto, que seguramente le pidió a éste repetirlo varias veces en su presencia, lleva una copia en pergamino consigo pero además para ese momento lo sabe ya de memoria. Es decir: la memorización era tan importante en el tiempo de Sócrates y Platón que entonces era perfectamente posible que una persona, luego de escuchar un discurso de varios centenares de palabras, tuviera la educación y la capacidad para aprenderlo y después recitarlo teniéndolo guardado en su memoria. ¿Quién de nosotros podría hacer hoy algo parecido? 

Sea como fuere, en el Fedro no se encuentran únicamente consideraciones negativas hacia la escritura por parte de Sócrates o de Platón. En vista de que la escritura ya existía y convivía con la oralidad y, como es el caso del discurso de Lisias del que se habla en el diálogo, muy probablemente un discurso acabaría también por escribirse, Sócrates indaga junto con Fedro las ventajas y desventajas de este instrumento (porque a fin de cuentas, para el filósofo, la escritura no es más que una herramienta), a partir de lo cual ofrece algunas reflexiones interesantes sobre las motivaciones que pueden llevarnos a escribir o, dicho en otro sentido, a propósito de cierto dilema que podría enfrentar una persona que se decide a llenar una página con sus palabras. Un cuestionamiento que, en breve, podría resumirse sencillamente en esta pregunta: ¿por qué escribir? 

Esto consignó Platón al respecto:

Sócrates: Pero supóngase un hombre que piensa que en todo discurso escrito, no importa sobre qué objeto, hay mucho superfluo; que ningún discurso escrito o pronunciado, sea en verso, sea en prosa, debe mirársele como un asunto serio (a la manera de aquellos trozos que se recitan sin discernimiento y sin ánimo de instruir y con el solo objeto de agradar), y que, en efecto, los mejores discursos escritos no son más que una ocasión de reminiscencia para los hombres que ya saben; supóngase que también cree que los discursos destinados a instruir, escritos verdaderamente en el alma, que tienen por objeto lo justo, lo bello, lo bueno, son los únicos donde se encuentran reunidas claridad, perfección y seriedad, y que tales discursos son hijos legítimos de su autor; primero, los que él mismo produce, y luego los hijos o hermanos de los primeros, que nacen en otras almas sin desmentir su origen; y supóngase, en fin, que tal hombre no reconoce más que estos y desecha con desprecio todos los demás; este hombre podrá ser tal, que Fedro y yo desearíamos ser como él. 

Fedro: Sí, yo lo deseo, y así lo pido a los dioses. 

Sócrates: Basta de diversión sobre el arte de hablar; y tú vas a decir a Lisias, que habiendo bajado al arroyo de las ninfas y al asilo de las musas, hemos oído discursos ordenándonos que fuésemos a decir a Lisias y a todos los autores de discursos, después a Homero y a todos los poetas líricos o no líricos, y, en fin a Solón y a todos los que han escrito discursos del género político, bajo el nombre de leyes, que si, componiendo estas obras, alguno de ellos está seguro de poseer la verdad, y si es capaz de defender lo que ha dicho, cuando se le someta a un serio examen, y de superar sus escritos con sus palabras, no deberá llamarse autor de discursos, sino tomar su nombre de la ciencia a la que se ha consagrado por completo. 

Fedro: ¿Qué nombre quieres darles? 

Sócrates: El nombre de sabios, mi querido Fedro, me parece que sólo conviene a Dios; mejor les vendría el de amigos de la sabiduría, y estaría más en armonía con la debilidad humana. 

Si nos permitimos citar el fragmento in extenso es porque en buena medida es en sí mismo ejemplo de lo que recomienda. Sócrates hace de la verdad, la justicia, la belleza y el bien los únicos criterios que deberíamos tomar en cuenta a la hora de pergeñar un texto. Si bien, para nosotros, la escritura pasa también por el tamiz de la técnica o la claridad, desde un punto de vista platónico bastaría con que nuestro espíritu fuera honesto para que la página en cuestión adquiriera por añadidura otras cualidades suplementarias. Pero, por encima de todo, la verdad.

¿Una postura muy ideal? Sin suda, particularmente en una época como la nuestra, tan anegada en la mentira y la irreflexión. De cualquiera manera, una actitud frente a la página en blanco que vale la pena cultivar, sostener y defender.

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

 

Del mismo autor en Pijama Surf: Las 3 experiencias decisivas para una conciencia verdaderamente libre, según Hegel

 

Imagen de portada: Leonello Spada, San Jerónimo (ca. 1610)

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Aristóteles y Dante y la suprema imagen de un dios que magnetiza al cosmos hacia la actualización de su esencia a través del amor

Muchos de los más prominentes filósofos de la antigüedad consideraron a las estrellas como seres vivos o animales (vida según la definición antigua de aquello que tiene alma, aquello animado o dotado de movimiento y no en la definición biológica moderna que es igualmente arbitraria). Hasta el punto de que ya entrado el Renacimento, el mismo Kepler consideraba al cosmos como una gran armonía inteligente, en la que los planetas y estrellas eran comparables a grandes animales. Esta idea sería ridiculizada por la modernidad científica, que, siguiendo a Descartes, creyó ver un cosmos meramente material en el que el ser humano era el único animal consciente, y en el cual la conciencia era un epifenómeno de la materia, que tenía en el cerebro humano, por primera vez, la complejidad necesaria para generar la sensación cualitativa de un yo que experimenta (experiencia subjetiva, que, por lo demás, algunos científicos y filósofos contemporáneos creen que se trata de una especie de ilusión generada por el cerebro).

Este panorama, que nunca fue aceptado por la filosofía, pues no es del todo racional (siguiendo el principio de Parménides de que un universo inteligible es necesariamente un universo racional, es decir, existe una identidad entre el ser y la razón o la conciencia), recientemente ha sido puesto en entredicho por la ciencia cognitiva y las filosofías de la mente. Algunos de los científicos y filósofos más reconocidos en el campo, como Christof Koch, David Chalmers o Galen Strawson, se han convertido al panspiquismo, o la noción de que la conciencia -o una cualidad mental de menor o mayor grado- debe permear el cosmos material, ya que de otra manera es inexplicable cómo ésta brotó de la materia, siendo radicalmente distinta e irreducible a procesos emergentes. "La conciencia es una propiedad fundamental del universo. Donde hay información integrada, hay experiencia", ha dicho Christof Koch. Lo notable del panpsiquismo es que, como ha notado el biólogo Rupert Sheldrake, implica cosas extravagantes como que el Sol y los planetas sean conscientes, aunque no necesariamente superinteligencias, sino que tengan una forma de experiencia subjetiva: se siente de cierta forma ser una estrella.

Ahora bien, el panpsiquismo nos sirve como excusa para reintroducir y reconsiderar una poética noción cosmológica que fue extensamente difundida en la antigüedad y en la edad media. Esto es, que las estrellas son almas movidas por el amor, o más precisamente por el eros, por el deseo de actualizar su ser. Esta idea fue introducida por Aristóteles en su Metafísica, e influyó en toda la cosmología y filosofía natural de la antigüedad y la edad media, arribando finalmente a la hermosa teología de Dante, donde la visión de Dios en el paraíso es una mezcla de la teología y la cosmología platónica y aristotélica con la teología cristiana.

En el cosmos geocéntrico de Aristóteles, la Tierra y los planetas eran movidos por las estrellas fijas, de locomoción circular eterna, que a su vez eran movidas por el Motor Inmóvil. Este Motor Inmóvil, que Aristóteles identificó como Dios, es lo que le permite al filósofo evitar un regressus ad infinitum, donde una cosa es movida por otra, que necesita ser movida por otra y así ad infinitum. Esta divinidad siempre ha existido y es pura actualidad, es lo que es por siempre, inmutable y libre de toda afección. Su actualidad es el pensamiento de sí misma, la pura autoconciencia: "Dios es la actualidad misma de la inteligencia [...] vida perfecta y eterna." El Dios de Aristóteles no es no es la causa material ni eficiente del cosmos, sino su causa final, el propósito o objetivo hacia el cual las cosas tienden (su telos), y la forma de formas, el bien supremo. Mueve no a través de una acción material, sino a través de lo que diversamente se ha entendido como amor o asombro (o admiración). La naturaleza de Dios es tan maravillosa que las estrellas son movidas a imitarlo, queriendo actualizar su potencial. Son las estrellas fijas las que en cierta forma están más cerca de Dios e imitan el movimiento perfecto de la deidad con su locomoción circular, la cual es una respuesta de amor (o asombro) a la divinidad.

Aristóteles no deja claro que éstas estrellas sean seres conscientes o que exista en el cosmos una especie de alma racional (si bien en De Anima hay un misterioso pasaje en el que habla de una inteligencia activa que existe en la forma humana pero que trasciende la muerte del cuerpo y la cual identifica con Dios), sin embargo, esto no impide que las estrellas sean almas, de la misma forma que se considera, por ejemplo, que las plantas son seres vivos, almas vegetales, precisamente porque actualizan su potencial, florecen y dan fruto (siendo el alma en su maestro Platón el principio de movimiento). Para Aristóteles todo el cosmos está imbuido por un causa formal y una causa final -las dos causas que han sido extirpadas por la visión mecanicista de la ciencia moderna-; las cosas buscan actualizar su potencial y de alguna u otra manera imitan a Dios. Así la flor crece hacia el Sol y el Sol -esa flor celestial- se mueve en círculos en imitación de Dios, como si fuere, impulsado por un erotismo que es un magnetismo divino. Este principio teleológico que es intrínseco a la forma es lo que le permite a Aristóteles decir que todas las cosas son almas; el cosmos mismo está animado por un sentido o propósito, el cual tiende hacia el Bien (su actualización) o Dios. Para el hombre, la actualización o cumplimiento de su propósito existencial, es, en imitación a Dios, la contemplación, específicamente la contemplación del ser en sí, de la inteligencia pura, de la divinidad. Y en esto también, podemos decir, está movido, como las estrellas, por el amor -o el asombro, del cual nace la actividad filosófica.

La culminación más bella de esta idea -una de las más bellas e intuitivamente poderosas de la historia- la encontramos en la Divina Comedia de Dante, la cual cierra su último canto con versos inmortales:

 

ma già volgeva il mio disio e ’l velle

sì come rota ch’igualmente è mossa,

l’amor che move il sole e l’altre stelle.

 

Pero mi deseo y voluntad ya habían sido movidos-

como una rueda que gira uniformemente-

por el Amor que mueve al Sol y a las otras estrellas.

 

El ascenso de Dante al más alto cielo, donde se le concede la contemplación de Dios, pasando por el infierno y el purgatorio, guiado por Virgilio (la sabiduría, la virtud) y Beatriz (la belleza, el amor), se revela como un modelo prototípico, una via ascensionis universal, un mismo amor que mueve a los astros y los hombres. La actualización de aquello que somos, una finitud en la que la divina infinitud se hace inteligible, es un dejarse mover por el amor, un entregarse a ese misterioso principio magnético que nos hace buscar lo bueno e imitar lo que es eterno. Aquí (y en todo su Paradiso) Dante, como antes Plotino, sintetiza de manera magistral la filosofía de Aristóteles con la de Platón y nos muestra que Aristóteles, pese a criticar a su maestro, comparte una identidad profunda que permite leerlo, también, como un filósofo platónico. Pues, que el amor mueve a todas las cosas hacia Dios -o que Dios provocando el deseo mueve hacia sí al cosmos- es ciertamente una idea que encontramos en Platón (si bien primero parece haber sido formulada por Empédocles). Quizá en el silencio y en la quietud contemplativa el verdadero filósofo (o poeta) descubre que existe una danza, una eterna danza circular, que es la revelación de la divinidad como amor: su pura actualidad magnetizando a actualizarnos. Dante había sido heredero de una rica tradición que había comentado y hermanado El Timeo y El Banquete de Platón con la Metafísica de Aristóteles. Plotino escribió: "El alma existe en revoluciones alrededor de Dios a quien se aferra en su amor, manteniéndose, en el uso de su más alto poder, lo más cerca a posible a él, el ser del cual todo depende: y ya que no puede coincidir con Dios da círculos en torno a él". Y Boecio, el filósofo platónico cristiano, en su Consolación de la filosofía: "Feliz es el ser humano, si el amor que rige la estrellas en el cielo, rige también su corazón." Una frase de la cual hará eco Dante pero que incluso reaparecerá luego en Kant: " Dos cosas llenan la mente con siempre nueva admiración y asombro, entre más reflexionamos sobre ellas: arriba de mí el cielo estrellado y adentro de mí la ley moral." Kant no usa el término amor, pero al menos en esta frase parece alejarse de su característica sequedad y con cierta licencia poética nos habla del asombro que provoca esta coincidencia de una ley moral -es decir el bien ordenador- que existe tanto en el cosmos como en el corazón, asombro que, recordemos, es también usado por la tradición como aquello que mueve a las estrellas y a las almas en general a la imitación de Dios (y que además es la sentimiento filosófico por antonomasia). Dante entiende, como Kant y Boecio, que una misma ley rige al cosmos y al ser humano, y que su felicidad es alinear su voluntad con esta voluntad o ley superior que, para el poeta, es el amor. Y es que, ¿qué otra cosa es el poeta que quien reconoce que en el amor se accede a lo divino y en su deleite, de manera natural e irresistible, como la flor que crece hacia el sol, se desborda en canto y alabanza a este misterio?

Twitter del autor:@alepholo

Imagen: Ilustración del Paradiso de Botticelli