*

X
G. F. W. Hegel propuso 3 etapas que sigue la conciencia humana en la obtención de su libertad

G. W. F. Hegel es fuera de toda duda uno de los filósofos fundamentales de la cultura occidental. La originalidad de su pensamiento hizo que su influencia se extendiera a prácticamente todas las épocas posteriores a su obra, y ya en su propio tiempo fue reconocido por la pertinencia de sus ideas y sus planteamientos filosóficos. De éstos cabría decir, so riesgo de ejercer una síntesis demasiado salvaje sobre una obra amplia y compleja, que Hegel culminó con su trabajo el desarrollo previo de la reflexión filosófica sobre la conciencia, con lo cual delineó con notable precisión los puntos finos de la que quizá es la cualidad más admirable, más sorprendente y también más misteriosa del ser humano: ser consciente de sí mismo.

En ese sentido, en su obra más conocida y más celebrada, la Fenomenología del espíritu, Hegel elaboró a propósito de tres etapas que conducen a un estado de libertad para el ser humano, siempre desde el punto de vista de la conciencia: el temor a la muerte, la vida al servicio del amo y el trabajo.

Ya en este punto cabe hacer notar que pese a la importancia que todos o casi todos podríamos dar a una idea como la libertad, no es del todo común que la pensemos en relación con nuestra propia vida. Lo más usual es que nos sintamos libres por poder hacer esto o aquello en determinadas circunstancias, por tener cierto poder adquisitivo (económico), porque creemos que ya no vivimos bajo la tutela de nuestros padres o por alguna otra razón similar, sin embargo, pocas personas se preguntan verdaderamente sobre el alcance de esa libertad que suponen en su existencia. ¿Qué decir, por ejemplo, de las prenociones y prejuicios con los que entendemos la realidad y que pueden considerarse también una forma de sujeción? Cuando hay ideas sobre el mundo que no nos permiten movernos, avanzar, tomar ciertas decisiones, ¿podemos decir que somos realmente libres? ¿Qué hace falta para dotar de libertad a la conciencia?

Hegel se propuso responder a esas preguntas en algunas de las partes más interesantes de la Fenomenología del espíritu. En particular, en los fragmentos donde habla de la "dialéctica del amo y el esclavo", el filósofo expone uno de los componentes estructurales más característicos de la conciencia humana: la necesidad de crecer a cargo de otra persona y cómo ello da lugar a una relación desigual en donde un "esclavo" crece bajo las reglas, ideas y formas de ver el mundo que el "amo" le muestra.

Para Hegel, dicha relación es uno de los puntos fundamentales de distintas cualidades de lo humano, de la conciencia, como hemos dicho, pero también de las relaciones intersubjetivas y por ello de la manera en que está conformada nuestra realidad social. Ecos o ejemplos de la relación "amo-esclavo" pueden encontrarse lo mismo en la relación entre padres e hijos, que entre jefe y empleados y aun entre un Estado y la población que lo integra. No únicamente por la subordinación simple que podría señalarse en dichos vínculos, sino sobre todo porque en estos casos los implicados reproducen ciertas prácticas estructurales en donde la visión de uno prevalece sobre los otros o donde el temor sostiene la relación. 

El impacto de esta idea hegeliana sobre la relación entre la conciencia de sí y el otro se debe sobre todo a la exactitud de la metáfora que el filósofo encontró para entender que las relaciones humanas tienen su origen en el reconocimiento de la conciencia. Reconocimiento para sí y reconocimiento del otro. Es decir: descubrirse como un ser consciente y también, en un segundo momento, contar con el reconocimiento que otro hace de nuestra calidad de seres conscientes, un igual o un semejante.

Sin embargo, como bien señaló el filósofo, dicho reconocimiento nunca es terso ni inmediato. El sujeto tiene que luchar para obtenerlo. Más aún: tiene que luchar a muerte por obtener el reconocimiento del otro. Tiene que arriesgar su vida para que el otro lo reconozca como un ser consciente y como un ser libre. Para Hegel, esa apuesta es la única moneda de cambio por la cual un sujeto comienza el camino que conduce a la asunción plena de la conciencia en tanto cualidad constituyente del ser humano y también como condición sine qua non de la libertad. Únicamente los seres conscientes pueden ser seres libres.

Hegel señaló tres etapas que forman parte de ese proceso de encuentro y desarrollo de la libertad de la conciencia. La primera de ellas, como podemos ya anticiparlo, es enfrentar el temor a la muerte. Para el filósofo, el instinto de supervivencia es un impulso netamente animal que en el caso del ser humano puede llegar a frenar o impedir el desarrollo de su conciencia. El temor de pasar hambre, el temor de sentirnos solos y desprotegidos, el temor de que no haya alguien más que nos ayude con nuestros problemas, el temor de hacer algo "indebido" o "prohibido"… de algún modo todo ello es en el fondo expresión del temor a morir, de considerar la vida excesivamente preciosa y, en consecuencia, preferir conservar cierto estado en vez de arriesgarse en busca de nuevos horizontes. 

En la escena primigenia de la lucha a muerte con el otro, entre uno que prefiere conservar su vida y otro al que no le importar alcanzar el punto de no retorno, aquél se convertirá en esclavo y este último en amo, pues será éste quien no dudó en poner en riesgo su existencia con tal de obtener su reconocimiento como ser consciente.

Con todo, esa condición de "esclavo" a la que orilla el temor a la muerte no es del todo negativa ni sus efectos son del todo inútiles en la formación de la conciencia. Para Hegel, estar "al servicio" de otro tiene un efecto particular en la estructuración de la subjetividad: de ese modo se aprende a desplazar el deseo propio en beneficio de otro. Y si bien esto, en un primero momento, podría parecer cuestionable, en el fondo es una cualidad imprescindible para la vida en comunidad propia del ser humano. Cuando el sujeto es capaz de renunciar a la satisfacción de su propio deseo en beneficio, por ejemplo, del bien común, surge entonces la posibilidad de cooperación. Más importante aún, la capacidad de tomar distancia de nuestros propios impulsos separa la conciencia humana de la conciencia animal, nos dice Hegel, pues ahí donde el animal es esclavo de sus necesidades, el ser humano puede en cambio contenerlas, postergarlas o sublimarlas en aras de un bien mayor. Pero esto, nos dice el filósofo, sólo se aprende cuando se está bajo la tutela del amo.

El último gran escalafón en esta adquisición de la libertad es el trabajo. En este punto es posible comprender por qué Karl Marx leyó tan atentamente a Hegel, pues el filósofo de Jena fue uno de los primeros en señalar con contundencia la importancia que el trabajo tiene para la existencia humana. Hasta donde sabemos, el ser humano es la única especie en el planeta que desarrolló la capacidad intelectual de entender su entorno y transformarlo para su beneficio. En términos elementales eso es el trabajo. De ahí que el trabajo sea tan trascendente para el ser humano, pues en última instancia trabajar significa transformar la realidad. 

Dicha transformación, sin embargo, no surge a partir de la nada, sino que siempre, en todo momento y circunstancia, parte de ideas específicas. El ser humano transforma el mundo en función de aquello que habita su conciencia. Dicho en términos hegelianos, el trabajo es el reflejo objetivo de la vida del espíritu. 

Puede decirse, así, que llega un punto en la vida del ser humano en que el desarrollo de la conciencia y el trabajo se encuentran necesariamente, pues el ser humano es un ser de tal orden que necesita que su actividad creativa encuentre su expresión y su lugar en el mundo, su forma, y que como tal sea reconocida por otros. 

Tomar conciencia del temor instintivo a la muerte; tomar conciencia de la capacidad de diferir la urgencia de un deseo; tomar conciencia de la importancia del trabajo en el desarrollo de nuestra vida: he ahí tres momentos capitales para la adquisición de la libertad para la conciencia, la cual se traduce, necesariamente, en una forma más auténtica de libertad general. No únicamente la libertad de quien cree que actúa a su antojo o que se sale siempre con la suya, sino la libertad humana por excelencia, que hace de la vida un ejercicio continuo de transformación de la realidad.

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

 

Del mismo autor en Pijama Surf: Qué es un yo fuerte y por qué es tan difícil desarrollarlo, según Sigmund Freud

Te podría interesar:
De la división tripartita del alma de Platón se desprenden también 3 tipos de hombres que podemos encontrar aún de manera dominante en las ciudades modernas

En La república, el texto que según el traductor y politólogo Allan Bloom marca un momento decisivo en la historia de nuestra civilización, Platón hace una división tripartita del alma y de la ciudad (que es un reflejo macrocósmico del alma). Famosamente, Platón divide el alma en tres principios organizados jerárquicamente: la parte intelectual o racional (nous), la parte irascible o espiritosa (thumos) y la  concupiscible o apetitiva (epithumia). El intelecto debe controlar los otros dos aspectos (que en el Fedro compara con dos caballos, thumos y eros, controlados por el logos) para que se alcance la justicia y el individuo se ordene en relación al bien. Cada aspecto tiene su virtud controladora: la sabiduría o prudencia (sophia o phronesis) son propias del alma racional, la fortaleza o la valentía (andreia) dominan el alma irascible y la templanza o moderación (sophrosiné) la parte concupiscible. Cuando estos tres aspectos funcionan correctamente, cada uno guardando su lugar, eso es la justicia, la cuarta virtud, la cual también puede pensarse como la armonía de las tres. Y esto puede extrapolarse a una ciudad.

Platón, en consonancia con esto, plantea que existen tres tipos de hombres, aquellos que aman la sabiduría, aquellos que aman la victoria y aquellos que aman el lucro. Estos tres corresponden a los filósofos, los guardianes de la ciudad y los comerciantes o hacedores de dinero, respectivamente. Sócrates explica que al hacedor de dinero no le interesa el placer de recibir honores, y menos aún el conocimiento por sí mismo. Este individuo se rige por el aspecto concupiscible del alma. Al guardián o guerrero le parece vulgar regirse utilitariamente por las ganancias económicas y tampoco le interesa el conocimiento en sí mismo, le interesa ser alabado y honrado por los demás. Este tipo de individuos se rigen por el alma irascible, el thumos (también transliterado thymos) que a veces ha sido traducido como "espíritu", en tanto que se relaciona con el aliento, y también como "corazón" en un sentido figurado, ya que se relaciona con la sangre y el coraje. Es esta la emoción que regía a la Grecia homérica, donde se priorizaban los valores heroicos. Los filósofos son los que se rigen por el intelecto (que no significa meramente lo racional en el sentido más moderno, sino también lo intuitivo) y aman la sabiduría por sí misma, sin buscar un provecho ulterior. Son éstos a los que Platón famosamente llama a gobernar la ciudad, pues hasta que no haya un rey-filósofo habrá una sucesión de modelos de gobierno (aristocracia, timocracia, oligarquía, democracia, tiranía, que emulan también estados de equilibrio y desequilibrio del alma) que tienden a una cierta injusticia y a una constante sucesión calamitosa. Sin embargo, pese a lo que suele creerse popularmente, el punto que hace Platón en este diálogo no es que el filósofo debe gobernar la ciudad, sino más bien que la vida filosófica es superior a la vida política, e incluso que la ciudad ideal que imaginan Sócrates y Glaucón (el hermano de Platón) no es una ciudad que pueda realmente materializarse. Como nota Allan Bloom en su ensayo interpretativo, La república es la verdadera apología de Sócrates, el filósofo condenado a muerte por corromper a los jóvenes de la polis y ensalzar la vida filosófica que necesariamente se opone a la vida política. El filósofo debe ser obligado a gobernar por la ciudad -porque no le interesa el poder-, pero la vida filosófica requiere de una dedicación a la búsqueda del conocimiento en sí mismo y a una contemplación de lo eterno, que además no tiene un punto final, por lo cual la vida política interrumpe e incluso niega la vida filosófica. De alguna manera, el primer libro de teoría política es un libro antipolítico. Como dice Bloom, Platón muestra "lo que un régimen debería ser para ser justo y por qué ese régimen es imposible... Sócrates construye su utopía para señalar los peligros de lo que llamaríamos utopianismo; como tal, es la más grande crítica de un idealismo político jamás escrita".

De cualquier manera, el punto que queremos hacer aquí es que esta división de los tres tipos de personas, sin querer hacerla un dogma definitivo, sigue siendo vigente en nuestra sociedad, la cual parece ser dominada por aquellos que se basan en el aspecto apetitivo -lo que refleja un hedonismo- y que no tienen muchos mayores valores que intentar hacer dinero para poder saciar sus deseos. Y donde también abundan aquellos dominados por el aspecto concupiscente, sobre todo en el sentido de que buscan recibir honores y vanagloriarse de los mismos -lo que refleja un cierto narcisismo, tan abundante en las redes sociales-. Ya en la época de Platón, el poder político de Atenas discutía deshacerse de los filósofos, que eran seriamente criticados por no producir nada de valor, por dedicarse a contemplar insectos o, como si fuere, a contemplar su propio ombligo (véase Las nubes de Aristófanes). Hoy en día "los amantes del conocimiento", es decir, aquellos para quienes el saber es una actividad erótica, no instrumental, son cada vez más raros y son marginados, ya no con la cicuta o el exilio, sino con la indiferencia.