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'Amor es cuando sé que soy todo; sabiduría cuando sé que no soy nada'

AlterCultura

Por: pijamasurf - 11/18/2018

Un comentario a una de las frases más profundas y hermosas del gran santo indio Nisargadatta Maharaj

El jnani Nisargadatta Maharaj fue uno de los grandes maestros espirituales en la India del siglo XX. Maharaj es conocido por su método de la autoindagación, hacerse la pregunta básica dentro de la práctica del advaita vedanta: "¿Quién soy yo?". Según el maestro, que recibía visitas todo los días en su casa de Bombay, está claro que "soy", pero no que "soy esto" o esto otro. La enseñanza consiste en un camino negativo o apofático en el cual el practicante investiga todo lo que no es hasta llegar, en un proceso eliminativo, al "Yo soy eso... eso por lo cual sé que soy". Lo cual parafrasea una Upanishad: uno no es lo que piensa o ve sino aquello por lo cual las cosas son pensadas o vistas. O como diría el maestro budista Chögyam Trungpa, uno es el cielo y todo lo demás es el clima -las nubes, la lluvia, el frío, etcétera-.

Nisargadatta no escribió nada, pero sus alumnos grabaron sus conversaciones con las personas que lo venían a visitar solicitando enseñanzas. Una de sus frases memorables -y son realmente muchas- es la siguiente: "El amor dice 'Yo soy todo'. La sabiduría dice 'Yo soy nada'. Entre estas dos mi vida se mueve". Este es el aspecto paradójico del conocimiento místico más alto. La frase merece comentarse a fondo. Antes, veamos el contexto de la misma:

Me doy cuenta de que, al cambiar el foco de mi atención, me convierto en aquello que observo, y experimento el tipo de conciencia que tiene; me convierto en el testigo interno de la cosa. Llamo a esta capacidad de entrar en diferentes puntos focales de conciencia, amor; aunque puedes darle el nombre que quieras. El amor dice "Yo soy todo". La sabiduría dice "Yo soy nada". Entre estas dos mi vida se mueve. Ya que en cualquier punto del espacio y el tiempo puedo ser tanto el sujeto como el objeto de la experiencia, expreso esto diciendo que soy ambos, y ninguno, y más allá de los dos.

Nisargadatta aquí parece combinar los dos aspectos fundamentales del conocimiento, el camino positivo o catafático que se caracteriza por el amor, y el camino negativo o apofático, que en este caso se caracteriza por la sabiduría. Hay que notar que para el advaita vedanta la percepción convencional de un mundo material separado e independiente de la propia conciencia es una ilusión. La propia luz de la conciencia es el ser del universo, todas las cosas son una en esencia, esto es, Dios o Brahman. El mundo, se podría decir, no existe, sólo la conciencia (Dios) existe. El alma que encuentra la liberación, un jivanmukti, como Nisargadatta, experimenta la realidad de manera no dual. En cierta forma él no es nada, la persona individual, el ego, el nombre y el cuerpo adherido a una identidad, dejan de existir. Pero a la vez, él es todo, pues experimenta todas las cosas como la unidad de la conciencia divina (eso es el amor), un eterno sujeto que goza de todas las sensaciones de todos los seres sin verse afectado por ninguno. 

El amor y la sabiduría son también dos de los caminos principales del yoga o, en general, del misticismo de la India; el bhakti yoga y el jnana yoga son dos vías que llegan al mismo sitio, como las dos alas de un mismo pájaro -de un ave fénix o de un Garuda que cruza el universo en un único aletazo-. En términos del absoluto, son en realidad exactamente lo mismo, no hay diferencia: uno enfatiza más el carácter de lo manifiesto, el otro de lo inmanifiesto. Si bien es cierto que Shankara, el gran fundador del advaita, considera el jnana yoga, el camino de la contemplación, superior a la devoción y a la adoración, pues para él la realidad absoluta no tiene forma, el Brahman es impersonal, y el mismo Nisargadatta enseña un sendero similar, también debe mencionarse que Nisargadatta considera la devoción al gurú y a la deidad personal como esencial para alcanzar el conocimiento más alto. Él mismo practicaba bhakti antes de alanzar la liberación y esto mismo fue lo que le llevó a postrarse ante su maestro, y como tantas veces narra, a creer en sus palabras cuando le dijo que él era la conciencia absoluta e inmortal que había tomado un cuerpo a causa del maya.

Por último, tal vez no sea infecundo voltear hacia Pseudo Dionisio Areopagita, quien es el gran referente del misticismo apofático en el cristianismo pero además fue enormemente influenciado por el neoplatonismo -hasta el punto de que algunos, como Lutero, lo consideraron un pensador más platónico que cristiano-. Como Nisargadatta, Dionisio enseñó un camino apofático para llegar a esa divinidad supraesencial que está más allá de todas las cosas, trascendente a todo ser e incognosible (en el sentido dual de un sujeto que conoce un objeto). Pero a la vez, el Areopagita notó que esa divinidad trascendente era todas las cosas, no era ninguna cosa sino el ser de toda las cosas, y todas las cosas no eran más que ella y por sí solas no eran nada. Dionisio sostiene que, por ello, "los teólogos lo alaban con todos los nombres y como el Uno Innombrable". Todas las cosas y todos los títulos lo invocan: la luz, la vida, la verdad, la belleza, la sabiduría... "dicen que él está adentro de nuestra mente y nuestra alma, en el cielo y en la tierra", y al mismo tiempo "por encima del cielo y de todo ser... él es todo, y él es nada". Dios, el Uno, el Bien, es "todo en todas las cosas y nada en ninguna". Esta descripción, que aparece en Los nombres divinos, recuerda notablemente algunas de las descripciones que se hacen del Atman en las Upanishad, si bien está aún más cargada al lenguaje negativo y paradójico. El todo que es Dios en todas las cosas es el deseo -el eros- de cada cosa de ser Dios, de regresar al Uno, al Bien supraesencial que les ha dado su ser y su intelección. Así podemos entender de nuevo esta frase: el amor es saber que el Uno es todo y la sabiduría es saber que uno es nada. Esta intuición mística también ha sido experimentada, acaso más como un atisbo que como una realización, por algunos poetas. Emerson escribió: "Desde adentro o desde afuera, una luz brilla a través de nosotros hacia las cosas, y nos hace conscientes de que no somos nada, pero esa luz es todo". Y la poeta chilena Teresa Wilms Montt, dijo: "Amo la Nada, porque la Nada es Todo, y el Todo soy yo cuando pienso y amo".

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Recurriendo al budismo y al misticismo de Simone Weil, vemos cómo la compasión es la vía regia hacia el despertar o a la deificación

La compasión constituye la esencia de toda práctica espiritual, pues permite liberarse del egoísmo y profundizar en una forma de autoconocimiento que trasciende al propio individuo en su identificación con los demás, con el prójimo, Dios o el mismo universo.  En el budismo la compasión es llamada karuna o maha-karuna (la gran compasión), y en el mahayana y el vajrayana es incluso vista como una especie de sustancia o energía espiritual llamada bodhicitta, la mente o espíritu del despertar. En otras palabras, la compasión -el bodhicitta- es aquello que permite alcanzar la iluminación o el despertar, es estrictamente el método o arte (upaya) para liberarse del sufrimiento del samsara.

Según el gran santo del budismo mahayana, Shantideva: "Ponderando por múltiples eones, los grandes sabios notaron sus beneficios, por los cuales innumerables multitudes son llevadas con suavidad a la alegría suprema”. Los sabios notaron cómo la compasión iba suavizando el corazón y haciendo más flexible y dócil a la mente, hasta el punto de que el bodhicitta es entendido literalmente como una sustancia alquímica:

Como la suprema sustancia de los alquimistas,

toma nuestra carne impura y hace de ella

el cuerpo del Buda, una joya suprema.

Así es el Bodhicitta, en él encuentra tu morada.

Lo que para el budismo es la compasión, para el cristianismo es el "amor al prójimo", como se expresa en el Sermón del Monte, donde Jesús incluso hace referencia a amar a los enemigos y a aquellos que hacen mal. Esta visión es recogida de manera notable por Simone Weil, la filósofa y mística francesa, quien literalmente murió de compasión al solidarizarse de manera radical con las personas que estaban viviendo la ocupación nazi en Francia y comer lo mismo que ellos, en un acto de empatía trascedente. En sus Cahiers -una de las obras maestras del siglo XX- Weil sugiere también que la compasión es un sendero hacia la divinidad, pues lleva a la persona al estado mismo de la divinidad, y "Dios sólo se ama a sí mismo... él quiere, con nuestra cooperación, amarse a sí mismo en nosotros". Weil, quizá influenciada por la Bhagavad Gita que leyó atentamente, señala que la conciencia de que hemos realizado un acto bueno nos produce una recompensa natural, pero nos impide recibir una recompensa supernatural. Es decir, el orgullo, el apego y la satisfacción por lo que hacemos nos impide resonar con la auténtica compasión, que es un vaciarse que hace posible la presencia divina; la recompensa sobrentaural viene del acto desinteresado, de la mano izquierda que desconoce  lo que hace la mano derecha.

Weil escribe: "quien sea que ame auténticamente al prójimo, incluso si niega la existencia de Dios, ama a Dios". Y una "compasión sin preferencia" logra lo que la belleza en el sentido platónico, "transfigura la sensibilidad por la iluminación de lo universal", universaliza a la persona. Al concebir la desgracia o mala fortuna de un individuo como miseria humana -y no individual-, sin preferir a uno por sobre otro, entonces "todo hombre se asemeja a Cristo". "Amar al prójimo como a uno mismo, implica que uno lee en cada ser humano la misma combinación de naturaleza y vocación supernatural", una misma tendencia hacia la divinidad, un destino universal. 

La compasión se revela como una forma de autoconocimiento, pues "el prójimo es un espejo en el que hallamos el conocimiento de nosotros mismos si es que lo amamos como a nosotros mismos. El autoconocimiento es amor de Dios. ¿Por qué? El silencio de Dios nos fuerza al silencio interior". Ya Platón, el gran maestro de Simone Weil, había equiparado el autoconocimiento con el conocimiento de Dios y esta es la base de una de las sentencias más conocidas del hinduismo -Atman es Brahman-, el alma es igual a Dios, de la cual Weil era consciente, ya que estudiaba sánscrito cuando escribió esto. Pero nos habla de algo más, de un "silencio interior" de un aspecto místico, una "nudité d'esprit" que la compasión permite al vaciarnos de nosotros mismos, y la cual es "una condición suficiente" para el amor de Dios, un vacío que, como escribió Eckhart, obliga a Dios a amarnos, pues en ese estado de kénosis que es la compasión nos hacemos como Dios, y la pura actualidad de Dios es su amor a sí mismo.

 

Twitter del autor: @alepholo