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10 películas de terror poco conocidas que son obras maestras del género

Arte

Por: pijamasurf - 10/06/2018

Una selección de 10 cintas que manejan magistralmente los recursos del suspenso y el terror

El género del terror es uno de los más populares del cine, probablemente, como han especulado algunos, porque nos provoca las emociones que la vida civilizada nos ha arrebatado. Una buena película de terror, en efecto, nos infunde miedo, nos hace sentirnos amenazados o en peligro, hace fluir la adrenalina por nuestros sistemas… pero todo en la comodidad del cine o de nuestra casa, por un tiempo muy limitado y en condiciones sumamente controladas.

Debido a esa misma popularidad, sin embargo, se ha vuelto difícil encontrar buenas películas que nos entreguen eso que buscamos. En general no es sencillo alcanzar el equilibrio delicado de elementos como el grado de ficción, el manejo de la trama, las actuaciones o la historia que, combinados, resulten en una cinta que disfrutemos y que logre el efecto buscado. No obstante, esas cintas que rozan la perfección existen.

A continuación compartimos 10 cintas que cumplen con ese objetivo aunque, paradójicamente, no son muy conocidas. Se trata de películas de culto que son muy apreciadas por los conocedores y están a la espera de nuevos públicos que las valoren.

 

Noroi: The Curse, Koji Shiraishi (2005)

El director de esta cinta, Koji Shiraishi, se ha ganado una reputación peculiar y un tanto underground por sus películas que oscilan entre la pornografía, el gore y el sadismo. De hecho, en el 2009 su cinta Grotesque fue rechazada terminantemente para ser exhibida públicamente en el Reino Unido.

En Noroi, Shiraishi cuenta la historia de un periodista que se dedica a documentar fenómenos paranormales hasta que una de sus investigaciones lo conduce misteriosamente a una racha de “mala suerte” y sucesos trágicos.

Entre otras virtudes, la cinta destaca por su narrativa, de un grado de complejidad destacado para un género que en Japón ha alcanzado una sofisticación notable.

 

Antiviral, Brandon Cronenberg (2012)

La opera prima de Brandon Cronenberg fue criticada en su momento por apoyarse en varios elementos que caracterizaron a las primeras películas de su padre, David Cronenberg. Sin embargo, con el tiempo, es posible mirar la cinta con otros ojos y descubrir un buen trabajo tanto en la dirección como en el guión.

La cinta gira en torno a Syd March, un hombre que trabaja ordinariamente como vendedor pero paralelamente sostiene una actividad muy peculiar: ofrecerle a personas obsesionadas con ciertos personajes públicos información sobre las enfermedades que éstos padecen. 

El contexto no suena del todo a una película de terror, pero es ahí donde el ingenio de Brandon Cronenberg se mostró capaz y suficiente.

 

Over Your Dead Body, Takashi Miike (2014)

El nombre de Takashi Miike quizá no le diga mucho a la mayoría, pero se trata de uno de los directores de culto más conocidos dentro del género del terror. También es uno especialmente prolífico, pues hace no mucho tiempo filmó su centésima película, algo no muy usual en nuestra época.

La cinta que reseñamos retoma la historia de Yotsuya Kaidan, una de las más conocidas de la tradición literaria japonesa, escrita originalmente en el siglo XIX por Tsuruya Namboku IV, que ya entonces gozó de una enorme e inesperada popularidad y ha sido adaptada al cine cerca de 30 veces.

La historia es una trama compleja de celos, traición y asesinatos en torno a un ronin caído en desgracia (los ronin, recordemos, eran los samuráis carentes de un señor feudal a quien servir), el cual mata a su suegro, a su esposa y a otras personas cercanas a él, lo cual a su vez resulta en una visión fantasmagórica que lo acecha dondequiera que va, provocándole sufrimiento de las formas más inesperadas.

 

Rabies, Aharon Keshales & Navot Papushado (2010)

Esta cinta tuvo la buena fortuna de haber sido notada por Quentin Tarantino, quien en su momento la elogió por su calidad y su propuesta. 

Rabies destaca, sin duda, por el tratamiento que se le da al terror: inesperadamente cercano al humor y la risa. Entre otros recursos, Keshales y Papushado recurrieron a la mezcla de elementos de distintos géneros (el spaghetti western, la comedia romántica y otros), tejidos con fina ironía.

 

The Nightmare, Rodney Ascher (2015)

Cuando se habla de películas de terror casi siempre se piensa en historias ficticias y, en ese sentido, se espera poco que un formato como el documental pueda adaptarse también a ese género. 

The Nightmare es uno de los mejores ejemplos de que eso es posible. Para construirlo, su director tomó un fenómeno relativamente sencillo y hasta común: la parálisis del sueño, que usualmente está asociada con pesadillas y sueños pocos agradables. 

A través de entrevistas y recreaciones de dichos episodios, Ascher elaboró un documental no sólo informativo o estimulante, sino también perturbador. 

 

Moebius, Kim Ki-duk (2013)

Si bien Kim Ki-duk es un director al que se le reconoce cierto talante poético, la voluntad iconoclasta también es un elemento importante de su estilo cinematográfico. En este sentido, Moebius se presenta como una cinta que explora y experimenta con emociones asociadas con la violencia, el terror y en general, la naturaleza impulsiva del ser humano.

 

The Battery, Jeremy Gardner (2012)

Entre las muchas películas y series de zombis que se produjeron hace algunos años (como resultado de una inesperada atracción por este subgénero del terror), The Battery destaca por la frescura de su propuesta. La cinta descansa sobre todo en el trabajo actoral del propio Jeremy Gardner y Adam Cronheim, quienes conforman una mancuerna excelente para la pantalla, carismática y amistosa, lo cual ofrece un contraste sumamente elocuente con respecto a la historia de zombis que protagonizan.

 

Found, Scott Schirmer (2012)

Una cinta que explora con inteligencia el efecto que puede tener una película de terror sobre la mente de un niño. La premisa suena sencilla, pero si se le mira con atención no lo es tanto, pues por un lado ofrece una oportunidad para que el cine medite sobre sí mismo y, por el otro, presenta preguntas interesantes sobre la percepción y el vínculo de ésta con la realidad. 

 

Lake Mungo, Joel Anderson (2008)

Una película sumamente apreciada por los conocedores del género, tanto por su originalidad como por la manera en que maneja los elementos del suspenso y el terror para crear el efecto emocional preciso. Bajo la forma de un documental ficticio, Lake Mungo sigue la historia de una niña que muere accidentalmente ahogada en un lago de Ararat, Australia, evento trágico que da lugar a una serie de fenómenos paranormales que su familia empieza a notar en casa.

 

Toad Road, Jason Banker (2012)

El consumo de drogas, la adolescencia y la rebeldía frente a la autoridad y las normas parecen motivos para una película dramática, emotiva, de descubrimiento o quizá hasta cómica, pero ciertamente no para una cinta de terror. No obstante, este es el caso de esta cinta, primera del director Jason Banker. Un grupo de jóvenes que comparten esas circunstancias hacen caso a la leyenda de Toad Road, según la cual existe un camino en un bosque cercano a donde viven, que contiene siete entradas al Infierno, la última de las cuales lleva a la desaparición definitiva de este mundo.

 

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'El grito' que se sigue escuchando: Documental del movimiento estudiantil del 68 en Arcadia

Arte

Por: Alejandra Arrieta - 10/06/2018

El documental "El grito" de Leobardo López Arretche es el único testimonio fílmico del movimiento del 68 desde la trinchera estudiantil

Articular históricamente el pasado no significa

conocerlo “tal como verdaderamente fue”.

Significa apoderarse de un recuerdo tal como

éste relumbra en un instante de peligro.

Walter Benjamin, “Sobre el concepto de historia

 

La arqueología encuentra en vestigios y ruinas, historias de nuestro pasado. Así como el descubrimiento de fósiles nos dice quiénes habitaron el planeta antes de nosotros, cuando nuestra civilización desfallezca, ¿qué dirán de nosotros los objetos olvidados? Los próximos habitantes de la tierra encontrarán cosas como cámaras de seguridad, con horas y horas de estacionamientos y terrenos estáticos grabados; pantallas de todos los tamaños retratando la obsesión del humano consigo mismo; y, entre muchas otras cosas, miles de películas y videos caseros, que revelen historias de amor y de guerra. Más allá de un registro veraz acerca de la vida humana, las ruinas del medio cinematográfico guardarán sus deseos: lo que nos faltó, lo que se buscó, lo que en ocasiones se logró y en otra, nunca se alcanzó.

Para los pensadores que se suscriben al materialismo histórico, los cambios tecnológicos definen la relación que sostenemos con nuestra propia historia. El uso del archivo en el medio cinematográfico es, en muchos sentidos, un reflejo de esta idea. En una época en donde el uso incansable de aparatos tecnológicos ha materializado la visión de Marshall McLuhan de volverlos extensiones de nuestros propios cuerpos, la memoria fílmica se funde con la personal. Sin embargo, el medio cinematográfico se distingue por su capacidad arqueológica de –en palabras del filósofo alemán Walter Benjamin– “cepillar la historia a contrapelo”, a diferencia de la labor de la historia oficial que registra la visión de los “ganadores” de la historia y no necesariamente de quienes pelearon por cambiarla.

El documental El grito de Leobardo López Arretche es el único testimonio fílmico del movimiento del 68 desde la trinchera estudiantil. Junto con un grupo de otros estudiantes del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos, que incluye a José Rovirosa, Alfredo Joskowics, Tony Kuhn, Arturo de la Rosa y Juan Mora, entre otros grandes del género documental en México, López Arretche registró cada etapa del movimiento con cámaras de 16 mm, desde sus inicios en el mes de julio hasta su consumación el trágico de octubre. Estos documentalistas, tanto en sus acciones políticas como en su quehacer cinematográfico, se suscribieron a la idea de la función arqueológica del séptimo arte: el registro del momento histórico a través de imágenes que muestren el sentir de quienes estuvieron en el combate.

A 50 años de este evento fundamental en la historia de nuestro país, hace su debut Arcadia: Primera muestra internacional de cine rescatado y restaurado de la Filmoteca de la UNAM. La proyección de la versión restaurada de El grito inauguró esta muestra el pasado 25 de septiembre en la Sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitario, junto con la entrega de la Medalla Filmoteca UNAM a Geraldine Grebot, la viuda de López Arretche. La película de casi horas de duración, fue antecedida por un cortometraje en homenaje al “cuec”, como le decían al director de El grito, donde se señala que su lema personal en el movimiento era el de luchar “con amor y flores”.

Este impulso pacifista resuena con el sentir de este importante movimiento alrededor de todo el mundo – en México, París, Praga, Varsovia, Belgrado y muchas ciudades más –que emanaba tanto del desencanto con el mundo de la posguerra, como de un ferviente idealismo por cambiarlo–. Aunque en cada lugar la rebelión tuvo sus especificidades, algunas de sus consignas compartidas se muestran en El grito escritas en pancartas: “Libertad a los presos políticos”, “No más opresión”, “La lucha nunca termina”, “¿Triunfaremos?”. Esta última pregunta delata que el movimiento no estaba exento de incertidumbre, si bien no de entrega y pasión, y los ecos de esta púdica pregunta resuenan fuerte a medio siglo de haber perdido esta batalla a la opresión.

La restauración de imágenes de marchas pacíficas y mítines estudiantiles con exigencias fundamentadas, así como el importante discurso de Javier Barros en la UNAM, tejen en la mente y cuerpo del espectador memorias personales necesarias y fundamentales para la memoria histórica colectiva del país. Pero sin duda, las imágenes de violencia son lo más poderoso del documental: la evidente injusticia retratada en imágenes de jóvenes encañonados por militares, haciendo, con sus dedos índice y medio, un llamado a la paz. Tal como señala el texto de Oriana Fallaci en voz de Magda Vizcaíno, aquella no era una guerra con dos lados armados, se trataba de un deliberado y unilateral abuso de poder.

“Amor y flores”, decía Leobardo, era la forma de combatirlos. Quizá fue una declaración ingenua ante los sanguinarios políticos mexicanos que no vieron otra forma de atender un grito de dolor más que con violencia desmedida. Pero la lucha de “nuestros muchachos”, como atinadamente les llama Hugo Villa Smythe, Director de la Filmoteca UNAM, a estos combatientes de la justicia que por siempre serán jóvenes idealistas en la memoria nacional, no puede ser en vano. “ de octubre no se olvida” no puede convertirse en una frase vacía de significado después de tanta repetición. El acto de recordar es un acto político. Y documentos como El grito son especialmente importantes ante la comprensión de que, a medio siglo de esta masacre, las injusticias, la violencia, los desaparecidos, la censura y el abuso unilateral de poder no son cosa del pasado.

Geraldine Grebot, quien recibió la medalla Filmoteca UNAM por el trabajo de su difunto esposo, fue consistente y certera en su discurso de aceptación: “Si Leobardo viviera, vería que el país se desmorona. Pero les aseguro que nunca se imaginó el horror en el que vivimos. ¿Qué cambió? Que tuvimos votaciones y que renació la esperanza, esperemos que funcione”.

En el materialismo histórico de Walter Benjamin se establece que los únicos sujetos históricos son la clase oprimida en el instante del combate. Cualquier otra mirada hacia el pasado ya está intervenida: la historia siempre está mediada de antemano. Pero quienes vivieron la noche del 2 de octubre, quienes dieron un grito ¡por la justicia son indudablemente sujetos históricos de cambio y su memoria, en la forma de un archivo personal que deviene cinematográfico, se inscribe en la memoria del espectador.

La iniciativa de por recuperar el mismo del grito, su hogar, su motivación original y fundamental, al igual que el documental mismo de López Arretche, no puede cambiar la historia: el 2 de octubre perdimos la batalla contra la opresión. Sin embargo, sí puede lograr que los ecos de este grito resuenen en nuestra memoria más fuerte que el estrépito de los disparos. Y, junto con la presencia del espectador que completa la acción de la memoria, puede volver a movilizar aquellas consignas que hace 50 años impulsaron a “nuestros muchachos” a querer cambiar el mundo con “amor y flores”: la lucha nunca termina, ¿triunfaremos?

 

Twitter del autor: @aleluuu