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Jung, en el 'Libro Rojo', sobre el instante en el que encontró su alma: el momento más importante de su vida

AlterCultura

Por: pijamasurf - 08/12/2018

Uno de los pasajes clave para entender la psicología profunda de Jung

Aunque publicado póstumamente, el Libro Rojo (o Liber Novus) es el libro seminal de la psicología de Carl Jung. Previo a la primera guerra mundial, Jung entró en un estado de agitación mental en el que experimentó una serie de visiones, incluida la visión de montañas inundadas de sangre (lo que algunos han interpretado como una visión profética de la guerra que se avecinaba). Durante esta época empezó a trabajar en lo que sería este libro, utilizando el método que luego denominaría "imaginación activa". Jung llamó a este período "mi confrontación con el inconsciente". En una nota introductoria al Libro Rojo se lee:

Los años de los que te he hablado, cuando perseguí las imágenes internas, fueron los años más importantes de mi vida. Todo lo demás se deriva de esto... Mi vida entera consistió en elaborar lo que irrumpió del inconsciente y me inundó como una corriente enigmática que amenazaba con quebrarme. Esa fue la sustancia y la materia para más de una vida. 

Su "confrontación con el inconsciente" fue una especie de esquizofrenia controlada e incluso nutrida cuidadosamente. De las visiones que se le presentaban constantemente al utilizar el método de imaginación activa, Jung derivó sus principales aportaciones a la psicología y el método que usó para tratar a los pacientes mediante la búsqueda de que el inconsciente produzca imágenes de numinosidad que lleven al paciente a la integración. Lo que encontró en estos ejercicios de introspección sería equivalente a lo que era la prima materia para los alquimistas, el germen espiritual de su obra. 

Uno de los pasajes más memorables de este hermoso y controversial libro -en el cual Jung se atreve a proferir ciertas profecías religiosas- es sin duda aquel que se titula "Reencontrando el alma". El pasaje, que traducimos aquí, habla por sí solo. Solamente es necesario comentar de manera breve lo que Jung llama "el espíritu de los tiempos" y "el espíritu de las profundidades". A grandes rasgos, podemos decir que el espíritu de los tiempos es algo así como la mentalidad colectiva -la sociedad misma-. Es el espíritu racional, que todo lo concibe con premura en su búsqueda de satisfacer sus deseos. De manera general, el espíritu de los tiempos se identifica con el ego. En otra parte del libro, Jung dice que este espíritu le hace creer en lo meramente racional y hace que el hombre se conciba como el maestro de la realidad. Por el contrario, el espíritu de las profundidades le enseñó que es un sirviente, que su voluntad está sumida en una voluntad superior. Asimismo, le reveló la importancia central de los sueños y de un conocimiento que llama "conocimiento del corazón", en oposición al conocimiento académico. Este espíritu lo podemos vincular con el Sí mismo, el Selbst o Atman y con el "maestro" que se le manifestó en sueños y fantasías: Filemón, el arquetipo del viejo hombre hospitalario que recibe a los dioses en su casa. Aunque hay que decir que estas no son definiciones exactas, pues son imágenes que ocurren en la imaginación de Jung de manera fluida. En resumen, Jung señala que el balance de los dos espíritus es lo que produce la encarnación de lo divino en el hombre: 

Cuando tuve la visión de la inundación en octubre de 1913, ocurrió en un momento muy significativo para un hombre. En ese tiempo, en el año 40 de mi vida, había logrado todo lo que había deseado. Había logrado honor, poder, riqueza, conocimiento y todas las alegrías humanas. Entonces mi deseo por el incremento de estas trampas cesó, el deseo se disolvió y el horror sobrevino. La visión de la inundación se apoderó de mí y sentí el espíritu de las profundidades, pero no lo entendí. Sin embargo, él siguió agitándome con insoportable anhelo y dijo:

"Mi alma, ¿dónde estás? ¿No me escuchas? Te hablo, te estoy llamando. ¿Estás ahí? He regresado, estoy aquí de vuelta. He sacudido el polvo de todas las tierras de mis pies y he llegado a ti. Estoy contigo. Después de muchos años vagando, he regresado a ti. ¿Debería contarte todo lo que he visto, experimentado y bebido? ¿O quieres escuchar sobre todo el ruido de la vida y el mundo? Una cosa debes saber: lo más importante que aprendí es que debes vivir esta vida".

"Esta vida es el camino, el arduamente buscado camino a lo insondable, a eso que llamamos lo divino. No hay otro camino, todo otro camino es un sendero falso. Encontré el camino correcto, me llevó a ti, a mi alma. Regreso templado y purificado. ¿Todavía me conoces? ¡Cuánto tiempo duró la partida! Todo se ha vuelto tan diferente. ¿Y cómo te encontré? ¡Cuán extraño fue mi viaje! ¿Qué palabras debería usar para contarte de los caminos torcidos a través de los cuales una buena estrella me ha guiado hacia ti? Dame tu mano, mi casi olvidada alma. Qué cálida la alegría de verte otra vez, a ti alma abandonada. La vida me ha llevado de regreso hacia ti. Permítenos dar las gracias por la vida que he vivido, por todas sus horas felices y todas sus horas tristes, cada alegría y cada tristeza. Alma mía, mi viaje debe continuar contigo. Iré contigo y ascenderé a mi soledad".

El espíritu de las profundidades me obligó a decir esto y al mismo tiempo a padecerlo, ya que no me lo esperaba en ese momento. Todavía actuaba extraviadamente bajo el espíritu de este tiempo, y pensaba de otra manera sobre el alma humana. Hablaba y pensaba mucho sobre el alma. Sabía muchas palabras eruditas para ella. La había juzgado y la había convertido en un objeto científico. No había considerado que mi alma no puede ser objeto de mi juicio y conocimiento: en realidad son mi juicio y mi conocimiento los que son objetos de mi alma. Por ello, el espíritu de las profundidades me obligó a hablarle a mi alma para llamarla como un ser vivo autoexistente. Tenía que darme cuenta de que había perdido mi alma. 

De esto vemos cómo el espíritu de las profundidades considera al alma: la ve como un ser vivo autoexistente, y con esto contradice al espíritu de este tiempo, para quien el alma es una cosa que depende del hombre, que se deja ser juzgada y organizada, y cuya circunferencia podemos sujetar. Tenía que aceptar que aquello que previamente había llamado "mi alma" no era para nada mi alma, sino un sistema inerte. Por lo tanto, debía hablarle a mi alma como algo lejano y desconocido, que no existía a través de mí, mas yo existía a través de ella. 

Aquel cuyo deseo se aleja de las cosas externas, alcanza el lugar del alma. Si no encuentra el alma, el horror de la vacuidad lo abrumará, y el mundo lo controlará con un látigo azotándolo una y otra vez en una desesperada empresa y con un ciego deseo por las cosas superficiales de este mundo. Se convierte en un tonto a través de su interminable deseo, y olvida el camino del alma, para nunca volver a encontrarla. Perseguirá todas las cosas, y las obtendrá, pero no encontrará su alma, ya que sólo la podría encontrar en sí mismo. En verdad, su alma yace en las cosas y en los hombres, pero el ciego se aferra a las cosas y a los hombres, pero no ve su alma en las cosas y en los hombres. No tiene conocimiento de su alma. ¿Cómo podría distinguirla de las cosas y los hombres? Podría encontrar su alma en el deseo en sí, pero no en los objetos del deseo. Si poseyera su deseo y su deseo no lo poseyera, él podría asir a su alma, ya que su deseo es la imagen y la expresión de su alma.

Si poseemos la imagen de una cosa, poseemos la mitad de esa cosa.

La imagen del mundo es la mitad del mundo. Quien posee el mundo pero no la imagen posee apenas la mitad del mundo, ya que su alma es pobre y no tiene nada. La riqueza del alma existe en imágenes. Quien posee la imagen del mundo posee la mitad del mundo, incluso si su humanidad es pobre y no tiene pertenencias. Pero el hambre hace del alma una bestia y devora lo insoportable y se envenena por ello. Amigos, es sabio nutrir el alma, de otra forma engendrarán dragones y demonios en su corazón.

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-Rilke, Sonetos a Orfeo

 

El ser humano ha utilizado sustancias para alterar su conciencia desde tiempos inmemoriales y seguramente lo seguirá haciendo. Esto sugiere que hay una búsqueda perenne en su consumo, que, si bien es vivido de manera diferente según el  contextos cultural, parece tener un carácter universal y podría revelar algo intrínseco a la naturaleza humana y a la naturaleza del mundo.

Hace unos años publicamos aquí una nota sobre el trabajo de Johan Harari quien ha teorizado que detrás de las adicciones a las drogas se encuentra como causa verdadera una necesidad de conexión. Harari basa su argumento en casos clínicos, incluyendo ratas que sólo se vuelven adictas a las drogas cuando están marginadas de una población, no reciben la suficiente atención y no viven en un entorno "positivo". Lo que demuestra Harari, en todo caso, es que la causa de la adicción no es la droga en sí, sino los factores psicológicos del individuo.

Lo que queremos argumentar aquí es que este sentido de conexión es otra forma de hablar de lo que la escritora francesa Simone Weil llama "la belleza del mundo". Y que no sólo las personas que se vuelven adictas sino todas las personas que toman sustancias recreativas, como pueden ser los psicodélicos, lo que están buscando es una experiencia de la belleza del mundo. Dicha conexión es inherente a la experiencia de belleza, pues al percibir la belleza uno participa en el orden y la claridad del mundo que se revela y al hacerlo intima algo inefable y trascendente. Dice Weil:

Las diferentes clases de vicios, el uso de estupefacientes en el sentido literal y metafórico de la palabra, todo esto constituye la búsqueda de un estado en que la belleza se haga patente. [...]Todos los gustos de los hombres... están en en relación con un conjunto de circunstancias, con un medio en el que les parece tener un acceso a la belleza del mundo. (A la espera de Dios)

Ahora bien, uno podría decir que esto es una exageración en tanto a que la mayoría de las personas no son estetas o devotos, no parecen tener un sentido de la belleza y se acercan a las drogas por pasiones menos refinadas. Sin embargo, hay que entender qué es la belleza para Weil y en general para la tradición platónica y en general para la religión. 

En términos generales, Platón enseña que la belleza que encontramos en nuestras vidas es una imagen de la belleza eterna de las formas divinas. Por esta razón el cosmos -que es resultado de la impresión de la imagen divina- tiene como esencia la belleza (de hecho "cosmos" significa tanto orden como belleza). La belleza tiene como característica el orden, la integridad, la claridad y la proporción y por lo tanto acercarnos a la belleza es entrar en armonía, entrar en consonancia cósmica. Desde Platón la belleza siempre estará asociada en la imaginación occidental con la verdad y el bien, "los tres trascendentales" -el mismo Platón señala que la "belleza es el esplendor de la verdad". Otra asociación no menos importante es la de la belleza y el amor. En El Banquete Diotima le expone a Sócrates la teoría de la "escalera del amor". En síntesis: la belleza excita el eros por lo divino. La contemplación de formas bellas mortales e individuales suele llevar -al menos en el alma filosófica- a buscar contemplar formas eternas universales.Y es que lo que nos parece bello en el cuerpo de una mujer, en una montaña o en un poema, por ejemplo, es ya una intimación de lo trascendente; en lo contingente la belleza es el translúcido atisbo de lo absoluto. Lo que Platón y Simone Weil sugieren es que cuando nos enamoramos de una persona la energía más profunda que subyace nuestro deseo es un amor hacia lo divino, una sed de encontrar una fuente infinita.

Weil entiende que en nuestra época en la que se ha perdido la fe, la belleza es realmente el único medio que nos queda para acceder fácilmente a lo divino. Esto es algo que experimentos en la actualidad: en una época secular el arte carga casi todo el peso como medio legítimo para espiritualizar la vida. O las drogas psicodélicas. Queda el consuelo, al menos, de que la belleza es un bastión inexpugnable, pues su búsqueda no se trata de algo cultural, sino que es parte de nuestra esencia. Dice Weil que el sentimiento de belleza "aunque mutilado, deformado, mancillado, permanece irreductible en el corazón del hombre como un móvil poderoso. Está presente en todos los afanes de la vida profana." Está presente en todos los afanes pues es algo así como una vulnerabilidad al mundo, una intimidad y una fraternidad con la naturaleza, una capacidad de ser afectados y un deseo hacia el bien. En cada intento de hacer el bien, de conectar con una persona, de buscar conocimiento, de estar presentes y percibir la realidad, hay un móvil de belleza. La belleza "es como un espejo que nos devuelve nuestro propio deseo de bien", dice Weil.

Podríamos seguir poetizando y filosofando sobre la belleza -y ciertamente nos hará bien- pero que baste decir que para Weil "la belleza es al eternidad del mundo", es "esencialmente deseo de Encarnación", es "la única finalidad del mundo"  (una finalidad que no contiene ningún fin, como observó Kant) y que a través de ella descubrimos el secreto de "que lo sobrenatural está presente en todas partes". A algunos les podría parecer contradictorio que lo "sobrenatural" (la belleza) esté presente en todas partes si hemos dicho antes que la belleza se encuentra en las actividades más comunes y terrenales. Pero esto se explica por el hecho de que "la belleza no es atributo de la materia en sí misma. Es una relación del mundo con nuestra sensibilidad". Es decir, la belleza existe porque somos conscientes, es una liga entre el mundo y nuestra alma, una liga que es también una ventana hacia lo que trasciende el mundo. Natural es todo aquello nacido; los griegos utilizaban el término physis, lo físico es la naturaleza. Evidentemente la visión de Weil y de Platón no es una visión materialista. Sería muy largo hacer aquí el argumento sobre por qué es lógico sostener que la conciencia trasciende la materia y por lo tanto la percepción de la belleza es ya un acto de conciencia trascendental (sobre esto recomiendo mucho el trabajo David Bentley Hart). Sólo diré que la forma en la que razonaron Aristóteles y otros teólogos y filósofos antiguos es que es ilógico pensar que la materia es causa de sí misma, ya que esto postula una infinita cadena de causas -el famoso ejemplo es el de un orbe que es sostenido por tortugas en el vacío: abajo siempre tiene que haber otra tortuga ad infinitum-. Así bien, es lógico postular una causa que no ha sido causada y por lo tanto que no está sujeta a las leyes que observamos en la materia, como por ejemplo la potencia (la posibilidad de cambio). Esta causa sin causa -el "motor inmóvil"- generalmente ha sido llamada Dios, y es aquello que dota al mundo de existencia, es el Ser que sustenta el ser de los seres (ya que el ser no puede surgir del no-ser). Implica, además, una conciencia o mente trascendente, la cual brinda al mundo el principio de intelección (pues la actividad propia de Dios, dice Aristóteles, es la contemplación de sí mismo). Es por esto que lo sobrenatural puede considerarse ubicuo, pues el sólo hecho de ser conscientes implica una cualidad que es trascendente a la materia y una participación en la realidad divina. 

Retomando la idea inicial, hay que mencionar que si bien el deseo que mueve a una persona a tomar una droga es un deseo de belleza, éste no será satisfecho en las drogas, si bien evidentemente puede tener una experiencia muy valiosa que transforme su vida y le permita encaminar su vida hacia un estado en el sea sensible a la belleza de manera más constante. "El error consiste precisamente en la búsqueda de un estado especial. La falsa mística es también una manifestación del mismo error", escribe Weil. El deseo de belleza  no puede saciarse con un evento especial, con una situación producida artificialmente, pues justamente la belleza es parte misma de la existencia y reclama estar siempre presente. En realidad ni siquiera puede saciarse con el amor que se siente hacia una persona -y en este sentido el amor carnal y el amor romántico son similares a una droga-. Lo dijo bien Borges "Enamorarse es crear una religión que tiene un dios falible." La belleza lo que pide es enamorarse de un amado infalible y es en este sentido que necesita de la religión y no sólo del arte para consumarse. De hecho este es el logro auténtico de la religión, conseguir que una persona se enamore de un amante infalible (la esencia de la religión es el amor, todo lo demás es prescindible). Es por ello que tenemos figuras como Krishna o Cristo, pues la religiosidad se consuma en el amor y la mayoría de nosotros para amar necesitamos de otra persona con la que podamos relacionarnos. Este es el misterio de la Trinidad, según ha sido explicado por la teología cristiana y por la misma Weil: las personas de la divinidad son lo que permite que se establezca esta relación de amor dentro de la divinidad que entrega su ser al mundo. 

Lo que buscamos, cuando buscamos y nos aferramos a algo (a lo que sea), es la belleza sobrenatural que existe en todas las cosas. Podemos sin embargo, confundirnos y aferrarnos a la belleza mortal -aquella mutilada, deforme, impura, etc.- que es una sombra de la belleza divina. De cualquier manera lo que deseamos es la belleza que trasciende el mundo. Es por ello que Jung entendió que la auténtica cura a las adicciones era la espiritualidad. En una carta que acabaría siendo el origen del método de Alcohólicos Anónimos, Jung le escribió al cofundador Bill Wilson: "Como puedes notar, en latín alcohol es 'spiritus', y usamos la misma palabra para la más alta experiencia religiosa como también para el veneno más depravado. Una buena fórmula entonces sería: spiritus contra spiritum." El espíritu, nos dice la teología, es la unión -esa "conexión" que buscan en el fondo los adictos- entre el Padre y el Hijo (el Logos), el "vínculo de gloria" o amor y en el hinduismo es la unión eterna entre el Ser (Sat) y la Conciencia (Chit) que nos da el Gozo (Ananda), que el profesor Radhakrishnan llama también "espíritu". "Alabado sea el espíritu que puede conectarnos", dice Rilke en su Sonetos a Orfeo.

Twitter del autor: @alepholo 

 

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