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Un experimento con roedores mostró cómo la música puede convertirse en un detonante de conductas adictivas al asociarse con estímulos químicos en el cerebro.

No es una novedad pero siempre es interesante descubrir que los seres humanos tenemos una predisposición genética a actuar como ratas. no por nada las malvadas farmacéuticas experimentan primero con ellas para anticipar cómo puede reaccionar una persona a “X” o “Y” medicamento.

Y esto es justamente lo que ocurrió con un grupo de roedores que –una vez más– fueron partícipes de una prueba científica que buscaba entender qué es lo que ocurría con sus diminutos cuerpos al ser expuestas a un consumo módico de cocaína. El resultado y para sorpresa de nadie fue que sí, se volvieron adictas. Pero aquí viene lo más interesante: las ratas “periqueras” mostraron una mayor afinidad a escuchar música de Jazz que las que no consumieron. La historia es la siguiente:

El experimento, respaldado por el Instituto Nacional del Abuso de Drogas de Estados Unidos y conducido por los investigadores J. E. Polston y S. D. Glick, partió de la premisa de observar si la música podía convertirse en un detonante conductual asociado al consumo de sustancias. Bajo esa lógica, se diseñó un entorno controlado en el que los roedores podían elegir qué tipo de estímulo auditivo escuchar, o incluso optar por el silencio.

Antes de cualquier intervención, las ratas mostraban un patrón predecible: preferían permanecer en ambientes sin sonido. Cuando se les ofrecía música, tendían a inclinarse por composiciones clásicas, como “Für Elise” de Beethoven, por encima de piezas de jazz como “Four” de Miles Davis. Este punto de partida fue clave para medir cualquier cambio posterior.

La fase decisiva llegó cuando los científicos comenzaron a asociar el consumo de pequeñas dosis de cocaína con la reproducción de jazz. La repetición de este vínculo generó un condicionamiento progresivo. Así, tras varias exposiciones, el comportamiento de las ratas comenzó a modificarse de forma evidente.

Lo revelador ocurrió después: aun sin la presencia de la sustancia, los animales mostraron una preferencia marcada por permanecer en los espacios donde sonaba el jazz. La música, en este caso, dejó de ser un estímulo neutral para convertirse en un disparador asociado a la recompensa química.

De acuerdo con los investigadores, este fenómeno confirma que ciertos estímulos sensoriales —como el sonido— pueden activar circuitos neuronales relacionados con la adicción cuando han sido previamente vinculados con sustancias. No se trata, aclaran, de que las ratas desarrollen un gusto estético por el jazz, sino de una respuesta condicionada del cerebro.

Por supuesto que el estudio no estuvo exento de controversia. Diversas organizaciones defensoras de los derechos animales cuestionaron tanto el uso de roedores en este tipo de pruebas como los costos asociados a la investigación. Además, especialistas subrayan que extrapolar estos resultados al comportamiento humano requiere cautela, aunque sí abre una ventana para entender cómo ciertos hábitos o estímulos cotidianos pueden reforzar patrones adictivos.

En el fondo, el experimento nos hace cuestionarnos ¿cuántas de nuestras propias preferencias están moldeadas por mecanismos similares que operan, silenciosamente, fuera de nuestra conciencia?


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Imagen de portada: Free pik