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‘Rita, el documental’: un film sobre una figura emblemática del rock mexicano

Arte

Por: Alejandra Arrieta - 06/05/2018

El regreso de Rita no podría ser más oportuno; su arte sigue siendo vigente y sus mensajes, necesarios

El 2018 en México no ha sido todo elecciones electorales, aunque sea difícil de creer. Este año marca también un evento histórico para la cultura y el rock mexicano: el estreno de Rita, el documental, acerca de la fallecida actriz y cantante mexicana, Rita Guerrero.

Producida por el IMCINE y el CUEC, la ópera prima de Arturo Díaz Santana ha convocado a los miembros de toda una generación a reunirse, una vez más, alrededor del fuego que aún emana de esta chamana; para recordarla, revivirla y re-conocerla. Así sucedió en la Rambla Cataluña en el marco del Festival de Cine de Guadalajara; así en las funciones de Ambulante en la CDMX, donde los boletos se agotaron a los pocos días; así en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris, donde cada uno de sus mil asientos estuvo ocupado por un espectador que se dejó tocar por la magia de Rita.

Lo que sucede en la sala cinematográfica es conmovedor por sí solo; el público, viéndose reflejado en la pantalla, corea las canciones que conforman el soundtrack de su otrora vida. Pasan del canto a las risas, a las lágrimas, en un lapso de casi 2 horas, que se sienten como la mitad. Después siguen las pláticas con el equipo del documental donde los fans relatan anécdotas en conciertos, momentos personales con Rita (quienes llegaron a conocerla, como maestra o amiga), y hasta menciones de hijos y casas que llevan el nombre de la vocalista de Santa Sabina.

Pero lo que realmente hace de ver Rita, el documental en el cine una experiencia estética particular es cómo todos estos comentarios, reacciones e interacciones con la película, cuestionan lo mismo que alguna vez cuestionó Rita: los límites entre estar y no estar.

El gran pensador Walter Benjamin teorizó ampliamente sobre esta misma oposición en la obra de arte: ¿qué hay de la reproducción? ¿qué queda y qué se pierde del original?

Yo, que nací el año en que se formó Santa Sabina, nunca pude ver a Rita Guerrero en vivo; claramente, no fui parte de esa generación. Sin embargo, estoy segura de que la experiencia mediada por la pantalla grande no es menos conmovedora, transgresora o impactante que la misma fuerza artística de Rita.

La musicalización, el ritmo y la estética del documental son sumamente elocuentes al transmitir el mensaje de Rita, por una sola razón: usan su mismo lenguaje, el arte como instrumento para alcanzar algo más elevado. De esta manera, Rita, el documental no sólo trasciende la mediación de la obra, sino que extiende el legado de la artista más allá de la muerte, a nuevas generaciones.

Ese es el gran logro arqueológico del documental; el sueño que Benjamin tenía para todo el arte cinematográfico: a partir de la realidad, se crea un imaginario que puede derramarse de regreso a la realidad. Rita, el documental no sólo arma una consecuencia de música e imágenes que releen las historias que nos contaron otros medios y formatos, sino que también recupera las emociones que estaban en la esencia de lo que hacía Rita y vuelve a propagarlas, haciendo uso de su infinito valor nutricional en un momento clave para México. El regreso de Rita no podría ser más oportuno; su arte sigue siendo vigente y sus mensajes, necesarios.   

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En su afán de conquistar política e ideológicamente a otros pueblos, las civilizaciones humanas periódicamente han destruido grandes tesoros de conocimiento, pérdidas que resultan invaluables y trágicas para la que ha querido llamarse una sociedad del conocimiento. En su estudio Historia universal de la destrucción de libros (el gran referente mundial sobre el tema), el escritor Fernando Báez cita a Heinrich Heine: "Allí donde se queman los libros, se acaba por quemar a los hombres". Esta frase nos revela el alcance de esta actividad, que Báez ha denominado "memoricidio".

Por supuesto, el más famoso de estos eventos de destrucción cultural fue la Biblioteca de Alejandría -destrucción que en realidad parece haberse efectuado en varias ocasiones, en otros siglos-. Según el infográfico de Global Data Vault, 500 mil volúmenes fueron destruidos, lo cual equivaldría a 571GB en los que estaba cifrada la sabiduría de la antigüedad, pues es conocido no sólo el tamaño de la biblioteca sino el espíritu ecuménico y la sofisticación de la misma, siendo Alejandría el lugar donde "Oriente y Occidente se encuentran". Sin embargo, tales atrocidades en ninguna medida están confinadas a la antigüedad sino que, de hecho, son más frecuentes en los últimos dos siglos -aunque, evidentemente, tenemos mayores datos para corroborar estos casos-. La más reciente es la destrucción de la Biblioteca Nacional de Bagdad, una de las consecuencias de la invasión estadounidense. 

Existen importantes ausencias, como la destrucción de la biblioteca de la Universidad de Nalanda, una de las primeras grandes universidades en la historia de la humanidad, donde se resguardaban innumerables textos budistas y de otras religiones. Se ha especulado que esta destrucción podría haber sido la más profusa de la historia; no obstante, los académicos modernos no cuentan con fuentes reputables para confirmar estas legendarias afirmaciones. Otras ausencias son la Biblioteca de Antioquía, la biblioteca de Ctesifonte o la Casa de Sabiduría en Bagdad en 1258.