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Los sueños son símbolos que no pueden ser definidos unívocamente

En tiempos recientes, dentro de la cultura de la información rápida de Internet y la espiritualidad new age, han proliferado diccionarios de sueños que presentan definiciones específicas para tipos de sueños o para elementos que aparecen en los mismos. De esta forma, por ejemplo, soñar con una serpiente tiene tres o cuatro significados definidos o estáticos: deseo sexual (lo fálico), muerte/transformación, sabiduría esotérica, instintos arcaicos. Aunque estos pueden ser algunos de los principales significados de la serpiente como símbolo, sus irrupciones son mucho más ricas y diversas y deben contextualizarse. Además los diccionarios de símbolos suelen ser monolíticos, y hacen de la psique que es, según James Hillma, politeísta, un monoteísmo, basado en la literalidad y en el reduccionismo. Pero como los mismos padres de la Iglesia y los cabalistas judíos notaron, las escrituras tienen múltiples capas de significados, desde lo literal y lo alegórico hasta lo anagógico y lo místico.

La principal discípula de Carl Jung, Marie Von Franz, alerta en contra del uso de diccionarios de sueños, argumentando que otorgan interpretaciones estáticas a algo que es eminentemente dinámico y cuyo significado surge en la interacción entre el soñador, su contexto y en ocasiones el plano simbólico de los arquetipos del inconsciente. Von Franz menciona que se dice, por ejemplo, que soñar que se caen los dientes significa perder a los padres, pero esto es un significado fijo que limita la riqueza del sueño. Uno puede informarse de estos lugares comunes, pero siempre con una mente abierta. Quizás por ello, más que consultar un diccionario de sueños, la persona interesada en interpretar las manifestaciones de su inconsciente estaría mejor servida consultando un diccionario de símbolos, y más aún, haciéndose fluyente en mitología. Por ejemplo, podría notar que los dientes son tradicionalmente regidos por Saturno y connotan las estructuras, la rigidez, etc. Pero esto debe también cotejarse con el proceso que está viviendo el individuo. Los sueños son de alguna manera manifestaciones de nuestra propia mitología, alimentándose de la mitología colectiva del ser humano. 

Jung, a quien le debemos mayormente el moderno interés positivo en los sueños (si bien Freud es el progenitor del interés moderno negativo), en reiteradas ocasiones manifestó que la interpretación de los sueños no podía ser reducida a una técnica aplicable indistintamente: "No existe regla, y menos una ley, para interpretar los sueños, si bien parece que en términos generales el propósito de los sueños es la compensación". Compensación es el término para establecer la relación interdependiente entre el inconsciente y la conciencia. Jung sugiere que nos preguntemos sobre el sueño "¿qué actitud consciente compensa?". El inconsciente compensa en los sueños los aspectos unilaterales o desiguales de una persona. Por ejemplo, una persona que no es consciente en absoluto de su sombra, de sus aspectos negativos, tendrá sueños que le comunican esto, al menos si pusiera atención. Buena parte de las compensaciones se manifiestan a través de los opuestos. Las compensaciones se pueden entender, desde la perspectiva total de la psique en la psicología de Jung, como manifestaciones de un instinto por integrar el inconsciente al ego, y finalmente de encarnar el sí mismo (el Selbst o Atman), esto es, la totalidad que es el individuo, cuyas manifestaciones históricamente han sido vistas como irrupciones de lo divino o numinoso.

Jung sostiene que el inconsciente se comunica a través de símbolos; tal es su naturaleza, la cual está más asociada con lo oscuro y lo profundo que con lo luminoso y lo superficial. Los sueños son los símbolos del alma que quiere manifestarse, de un enigma que yace en el centro de nuestra existencia -como la esfinge de la antigüedad, cuyo enigma era el hombre mismo-. Un símbolo es  "un término, un nombre, o una imagen que puede ser familiar en la vida cotidiana, pero que posee connotaciones específicas adicionales a su significado obvio y convencional. Implica algo vago, desconocido u oculto", escribe Jung en el ensayo introductorio del libro Man and his Symbols. Podemos ver, entonces, que lo simbólico conlleva misterio. Y el misterio, a su vez, está asociado con el mito. De nuevo, este aspecto misterioso y mítico -que nos introduce a lo arquetípico- no puede ser reducido a una definición estática. Sabemos que los míticos no son lógicos. La realidad humana es que, por más que la ciencia quiera explicar todo racionalmente, siempre existen elementos desconocidos, siempre hay misterios en nuestras vidas. Y de aquí los símbolos, "que representan conceptos que no podemos definir o comprender completamente". El ser humano mismo produce espontáneamente símbolos, dice Jung. Y por lo tanto, debemos vernos como un misterio, como un mito viviente.

Los sueños pueden ser nuestras guías para descifrar el misterio, el mito que se quiere manifestar en nosotros. No podemos afirmar desde una perspectiva científica, racionalmente convincente, que esta sea la realidad del ser humano: el proceso a través del cual un mito, una misteriosa fuerza arquetípica -un dios- brota hacia la conciencia. Esta no puede ser una definición aceptada de la antropología. Pero moral y simbólicamente -y el hombre es, después de todo, también esencialmente un homo symbolicus- resulta significativo e incluso útil concebirse así. Los sueños y los mitos dan sentido al ser humano, le abren una dimensión de belleza y numinosidad que no es accesible a través de un paradigma meramente mecanicista. Es posible que la ciencia misma no sea más que un nuevo y poderoso mito: el mito materialista de un cosmos sin espíritu. Casi como una elección de estilo, como una inclinación de su amor al arte, el ser humano puede elegir poner atención a sus sueños y concebir su vida como la revelación de un misterio, en el cual todo habla, todo llama, todo es un símbolo viviente. La psicología profunda se encuentra con la poesía: una base poética de la mente, dice Hillman. Y las imágenes de los sueños y las fantasías son la materia prima de esta opus. Jung, aunque fue reacio a formular una teoría de la interpretación de los sueños, nos guía: "Si contemplas el sueño larga y acuciosamente, si lo llevas contigo a donde vas y le das vueltas una y otra vez, algo casi siempre viene de él". Borges nos cuenta de una enigmática interrogación que se hizo el poeta inglés Samuel Taylor Coleridge: qué ocurriría si un hombre sueña que va al paraíso y recibe una flor blanca; cuando despierta, la flor está en sus manos. Yo interpretó esto simbólicamente y conjeturo que esta es de alguna manera la labor del soñador: extraer una flor onírica, una flor que evoca a un mandala -o la manifestación de la totalidad del ser-. Pero antes de ir al cielo debemos ir al infierno -a la tierra negra de los alquimistas- y utilizar el limo y la escoria de nuestro propio ser para producir la flor. Tal vez esa flor sea la sombra inconsciente que se vuelve consciente y se cristaliza en la luz. Una flor que luego nos recibe como confirmación en el paraíso. Este es el mito que Jung nos ha compartido y que tal vez podemos hacer nuestro.

 

Twitter del autor: @alepholo

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¿Quién fue realmente María Magdalena, 'la mujer que conoció al Todo'?

AlterCultura

Por: pijamsurf - 05/12/2018

La fascinante y misteriosa historia de María Magdalena, contada usando fuentes gnósticas, apócrifas y bíblicas

El eterno femenino nos atrae hacia lo alto. 

Goethe

La vida de María Magdalena es sin duda una de las más comentadas, polemizadas y mistificadas en la historia de la humanidad; objeto de culto, veneración u oprobio, según el bando al que se pertenezca. A partir del hallazgo de textos gnósticos y cristianos apócrifos -primero en el Cairo a finales del siglo XIX y luego en Nag Hammadi en 1945- María Magdalena ha sido redimida ante la opinión popular y elevada como una de las figuras arquetípicas centrales del movimiento feminista. Una reciente película -basada en parte en estas versiones apócrifas- la muestra en una luz más favorable haciendo, en cierto sentido, una vindicación histórica de su figura. 

María la Magdalena (es decir, María la nacida en Magdala, nombre que significa "torre" o "castillo") es una figura prominente en los Evangelios del Nuevo Testamento. Ciertas versiones manejadas por la Iglesia, particularmente por el papa Gregorio I, identificaron a María Magdalena con la mujer del "jarro de alabastro" del famosos pasaje de Lucas (7:37), en el que se habla de una prostituta ("una mujer del pecado") que besa los pies de Jesús y encuentra redención en el Mesías -no sin quedar en cierta forma mancillada por su pasado y, según interpretaciones feministas, contribuyendo a la idea eclesiástica de que las mujeres albergan el mal y el vicio. En realidad, el pasaje de Lucas no menciona el nombre de esta mujer. En el libro 8 se menciona a las mujeres que siguen a Jesús, y entre ellas a María Magdalena, pero no se le liga de manera específica con la mujer del capítulo anterior. Según fuentes judías, Magdala era una región que tenía mala reputación, por lo que se podría también haber extrapolado la interpretación de María como prostituta por esta región. Aunque no parece haber pruebas de esta aseveración y la imputación ha sido señalada fuertemente por el feminismo, existe una cierta riqueza mítica en la misma, en el sentido de que María Magdalena cobra así una dimensión de totalidad si le añadimos sus múltiples manifestaciones: es la prostituta, pero también es la amada (la preferida), la santa, la sabia, la luz y la oscuridad, la mujer total que encarna el principio divino femenino. En contradistinción a la interpretación eclesiástica existe también la interpretación académica moderna de que María era una mujer rica que ayudaba a mantener al movimiento de Jesús y sus discípulos, esto con base en que se tienen referencias de mujeres que donaban en templos judíos. En los Evangelios se habla de María Magdalena como la mujer que había sido poseída "por siete demonios" y fue curada por el Salvador. Esto podría ser una metáfora de que había sido llevada a la sabiduría de Dios, habiendo eliminado los siete pecados (aunque tampoco puede descartarse que haya sido algún exorcismo o cura física (siendo que las enfermedades solían atribuirse a demonios; sin embargo, el 7 parece ser un número simbólico). La palabra que se usa para "salvador" en griego, soter, significa "sanador", y esta es la noción que parece tener también Jesús, el sanador, el que lleva a las personas a la salud, a la totalidad de sí mismos, hasta salvarlos de la muerte.  

Los Evangelios narran que María Magdalena presenció la crucifixión de Cristo a la distancia junto con otras mujeres. Existe, asimismo, consenso en que fue la primera en descubrir que su tumba estaba vacía. En el Evangelio de Marcos se dice que, en la tumba, un hombre vestido de blanco (que será un ángel en otros evangelios) le reveló a María Magdalena y a otras dos mujeres que Jesús había resucitado. Mateo cuenta, por su parte, que María Magdalena y la "otra María" vieron la tumba vacía de Jesús, al tiempo que la tierra tembló y recibieron la noticia de la resurrección del ángel. Justo después, Jesús se les apareció y les dijo que anunciaran a sus discípulos que los encontraría en Galilea. En el Evangelio de Lucas, la primera aparición de Jesús acaece a Cleopas y a otro discípulo. El Evangelio de Juan, que no es parte de los evangelios sinópticos (ya que describe los hechos desde una perspectiva distinta), aumenta el protagonismo de María Magdalena. En el relato joánico, María es la única que presencia la tumba vacía. Le cuenta lo visto a Pedro, quien junto con otros discípulos corrobora que la roca de la tumba ha sido movida. Los discípulos regresan a casa, pero María permanece llorando y tiene una epifanía de dos ángeles en el jardín afuera de la tumba. Se le aparece entonces Jesús, primero no lo reconoce, y sólo luego entiende que es el maestro, se refiere a él como "rabbouni". Jesús le instruye que no lo toque, ya que no ha ascendido aún con el Padre: "ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios".

 

En este sentido, el Evangelio de Juan representa a María Magdalena como "la apóstol de los apóstoles". El Evangelio de Pedro (evangelio no canónico) se refiere a María Magdalena como "discípula" y hace un relato de la resurrección incompleto como el de Marcos. Un joven hombre de blanco le avisa a María Magdalena y a otras mujeres que Jesús se ha levantado y ya no está allí. No hay aquí visiones del cuerpo glorificado.

 

Fuentes apócrifas y gnósticas

En el texto gnóstico Pistis Sophia, Jesús se refiere a María Magdalena como la más perfecta, lo cual genera la ira de Pedro. María Magdalena es representada aquí como aquella que entiende la sabiduría de Pistis Sophia, un aspecto femenino de la divinidad que confiere sabiduría y que en el gnosticismo de Valentino es considerada como la consorte del Cristo cósmico o arquetípico, que descendió al mundo material (por la ignorancia) y que fue liberada (por la gnosis), reuniéndose con el Salvador en calidad de su divina consorte (algo así como la Shakti de Cristo).

En el Evangelio de Tomás se cita a Jesús diciendo que hará a María Magdalena hombre y que "toda mujer que se haga hombre entrará al reino del cielo". Esto podría ser una referencia a uno de los sacramentos gnósticos -"la cámara nupcial"- con el que presumiblemente se realizaba una suerte de unión hermafrodítica interna o conjunción de los principios masculinos y femeninos, lo que luego los alquimistas llamarían la coniunctio oppositorum y que sería reformulada por Carl Jung como el proceso psicológico de individuación. El pasaje más famoso de este evangelio explica esta transformación:

cuando hagas de los dos uno, cuando hagas de lo interno lo externo y de lo externo lo interno, y hagas lo de arriba como lo de abajo, y cuando  establezcas lo masculino y lo femenino como uno solo, para que lo masculino no sea masculino y lo femenino no sea femenino... entonces entrarás al reino del cielo.

Jung, quien puede considerarse algo así como el más reciente profeta gnóstico, expresó esto de manera psicológica en su inmersión al inconsciente durante la primera guerra mundial, la cual documentó en el Libro rojo:

Eres esclavo de lo que tu alma necesita. El hombre más masculino necesita a la mujer, y por lo tanto es su esclavo. Conviértete en mujer tú mismo, y serás salvado de la esclavitud a la mujer... La aceptación de la feminidad lleva a la completud. Lo mismo es válido para la mujer que acepta su masculinidad.

El Evangelio de Felipe se refiere a María Magdalena como la koinonos de Jesús; el término puede ser traducido como "pareja", "acompañante", "camarada", así que deja cierta especulación. En otra parte, el texto señala: "Cristo amaba a María más que a sus otros discípulos, y la besaba [en la boca] frecuentemente. Los otros discípulos se ofendían por esto y mostraban su reprobación". El beso no tenía la connotación romántica que tiene en la modernidad; sin embargo, este texto y otros sí sugieren que existe una cierta unión especial entre Jesús y María Magdalena. "El guiño de una relación erótica entre Jesús y María Magdalena podría intentar indicar una comunión mística; a lo largo de la historia, místicos de múltiples tradiciones han elegido metáforas sexuales para describir sus experiencias", explica la doctora Elaine Pagels. Compárese por ejemplo con el Cantar de los Cantares: "¡Que me bese con los besos de su boca! Porque mejores son tus amores que el vino". 

Otro de los textos encontrados en Nag Hammadi, El diálogo del Salvador, elogia a María y se refiere a ella como "la mujer que conocía al Todo"; el Todo puede ser el pléroma de los gnósticos, el estado de absoluta integración con la divinidad.

Encontrado antes que los textos de Nag Hammadi, en 1896 en El Cairo, el Evangelio de María cuenta algunas de las historias de la vida de Jesús desde la perspectiva de María Magdalena, quien aparece como la discípula más avanzada, algo así como el Shariputra del Buda, aquella que pudo comprender los aspectos teóricos de la cosmología. En algunos pasajes María explica la cosmología gnóstica basándose en las visiones que tuvo y los discípulos dudan de sus explicaciones, mostrando la conocida misoginia que es en cierta forma denunciada por los gnósticos.

El relato más extraño, sin duda, es el que hace uno de los perseguidores de herejes de la Iglesia, Epifanio, en su Panarion. Se narra allí que la secta gnóstica de los borborianos (o borboritas) tiene la creencia de que después de la resurrección Jesús llevó a María Magdalena a la cima de una montaña y produjo de la mitad de su cuerpo una mujer con la cual tuvo sexo. Al eyacular, Jesús bebió su propio semen y le reveló su eucaristía: "Esto es lo que debemos hacer, para vivir". Al ver esto María se habría desmayado, y luego el Salvador la habría confortado. Según Epifanio esta historia era la base de los ritos orgiásticos de esta secta, quienes bebían sangre y semen, curiosamente de manera similar a los rituales erótico-místicos de los alquimistas tántricos de la India.

En la cosmología gnóstica de Valentino -la más completa dentro del gnosticismo- María Magdalena es considerada imagen de la Sophia inferior, de la misma manera que Jesús, el ser humano, es una imagen del Salvador o Cristo cósmico. Juntos forman un eterno hierosgamos, una unión sagrada que muestra míticamente el sendero de la redención a través de una operación gnóstica, que puede describirse en términos más modernos como una alquimia interna o conjunción de los opuestos. Para ciertas corrientes gnósticas, de la misma manera que Jesús fue una encarnación del principio masculino divino, María Magdalena puede considerarse una encarnación del principio divino femenino, que en otras culturas es Isis, Astarte, Venus, Shakti, Radha, Lakshmi, Prajnaparamita, etc., pero que en el cristianismo representa una enorme ausencia. Igualmente, Sophia es para ciertas corrientes gnósticas una de las tres personas de la Trinidad. El cristianismo estaba incompleto sin la imagen de María Magdalena (y sin la asunción de la virgen María). Y quizás por ello -por su omisión y demora- sólo el gnosticismo puede dotar a la conciencia moderna occidental de un mito viviente e incluyente que catalice la imaginación religiosa contemporánea.