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En el Día de las Madres, volver al arquetipo materno de Carl Gustav Jung permite entender cómo la maternidad se convirtió en una de las imágenes más poderosas de la cultura: una figura que atraviesa mitologías, política, feminismo, publicidad y hasta la inteligencia artificial

Cada 10 de mayo la maternidad vuelve al centro; aparece en campañas, discursos, homenajes, canciones, promociones y publicaciones que repiten una misma imagen: la madre como refugio, entrega y origen. Detrás de esa figura cotidiana existe, sin embargo, una historia intelectual mucho más compleja. La idea de la madre, antes que una experiencia puramente privada, también ha sido una de las grandes construcciones simbólicas de la cultura occidental.

Jung y el momento en que la madre se volvió arquetipo

Ahí entra Carl Gustav Jung. El psiquiatra suizo fue quien dio forma a una de las nociones más influyentes de la psicología del siglo XX: el arquetipo de la madre. No hablaba de una madre concreta, ni de la madre biológica de cada persona; hablaba de una estructura profunda de la psique, una disposición humana a imaginar lo materno como algo cargado de sentido incluso antes de cualquier experiencia personal.

La intuición apareció temprano. En 1912, en Transformaciones y símbolos de la libido, Jung todavía no utilizaba el término “arquetipo” de manera definitiva, pero ya hablaba de “imágenes primordiales”: formas psíquicas que emergen en sueños, mitos y fantasías. La madre ya estaba ahí. La formulación clara llegó entre 1938 y 1939, durante las conferencias de Eranos en Ascona, Suiza; después, en 1954, esa reflexión quedó fijada en la versión que hoy se considera canónica dentro de sus Obras completas.

Lo que Jung propuso fue algo simple de decir y difícil de agotar. La madre, como arquetipo, representa al mismo tiempo lo que da vida y lo que puede absorberla.

La Gran Madre y la sombra de la Madre Terrible

Por un lado está la Gran Madre: la que nutre, protege, cobija, sostiene el crecimiento y encarna la fertilidad. Por otro aparece la Madre Terrible: la que retiene, asfixia, devora, impide la separación y convierte el cuidado en encierro.

Esa tensión es central porque rompe con la idea sentimental de la maternidad como un territorio exclusivamente luminoso. Para Jung, lo materno siempre tuvo esa ambivalencia; dar vida implica también poder contenerla demasiado. Proteger puede convertirse en controlar, amar puede volverse posesión.

La madre real no siempre coincide con el símbolo

Jung también hizo una distinción que sigue siendo útil. La madre real no es lo mismo que el arquetipo. Una persona puede proyectar sobre su madre biológica expectativas, miedos o conflictos que en realidad pertenecen a esa estructura simbólica mucho más amplia. Muchas veces no reaccionamos sólo ante una persona, sino ante todo lo que culturalmente hemos aprendido a cargar en la idea de “madre”.

Después de Jung, otros autores expandieron esa intuición. El más importante fue Erich Neumann, quien en La Gran Madre profundizó en la manera en que este símbolo aparece en las etapas más antiguas de la conciencia humana. Marie-Louise von Franz lo rastreó en cuentos de hadas, donde la madrastra, la bruja o el hada madrina encarnan distintas facetas de lo materno. James Hillman fue más crítico y advirtió algo que todavía resuena: reducir demasiadas experiencias humanas a la relación con la madre puede terminar simplificando la complejidad de la vida psíquica.

Diosas, mitos y una misma pregunta atravesando culturas

Lo interesante es que el arquetipo no se quedó dentro de la psicología; se volvió una herramienta para leer mitologías enteras. En distintas culturas aparecen figuras que, aunque muy distintas entre sí, comparten una lógica parecida.

En la antigua Mesopotamia, Inanna reunía fertilidad, guerra y muerte. En Isis aparece la madre sabia que restaura la vida. Deméter concentra el vínculo entre maternidad, pérdida y ciclos naturales. Kali encarna una fuerza creadora y destructora al mismo tiempo. En México, Coatlicue quizá sea una de las imágenes más intensas de esta ambivalencia: madre primordial, ligada a la vida y a la muerte con la misma radicalidad. Más tarde, en el cristianismo, Virgen María condensó una versión purificada, compasiva y protectora de esa misma potencia simbólica.

Lo que cambia no es la necesidad de la imagen, sino la forma que adopta.

La maternidad como lenguaje político, comercial y tecnológico

Esa persistencia explica por qué el arquetipo sigue operando hoy, incluso donde parece que ya no hablamos de mitos.

En la política, por ejemplo, Angela Merkel fue llamada “Mutti”, una figura de estabilidad y contención nacional. Margaret Thatcher, en cambio, activó otra variante: una autoridad severa, disciplinaria, casi inflexible.

En el mercado ocurre algo parecido. Marcas como Johnson & Johnson, Nivea o Volvo venden protección, suavidad, seguridad y cuidado. No venden sólo productos; venden una promesa emocional que toca algo muy antiguo.

Quizá uno de los ejemplos más inquietantes aparece en la tecnología. Asistentes virtuales con voces femeninas, disponibles todo el tiempo, diseñadas para atender, resolver, acompañar y nunca reclamar. La inteligencia artificial doméstica empieza a parecerse demasiado a una nueva versión de la madre servicial: una presencia siempre disponible para las necesidades de otros.

Lo que el feminismo puso en duda

Simone de Beauvoir cuestionó de raíz la idea de una maternidad universal. Para ella, convertir el cuidado en esencia femenina podía volverse una trampa cultural. Luce Irigaray sostuvo que muchas teorías sobre lo materno hablaban más del imaginario masculino que de la experiencia real de las mujeres. Julia Kristeva replanteó el tema desde el lenguaje y el cuerpo. Gloria Anzaldúa señaló algo decisivo: muchas figuras maternas de culturas no occidentales fueron leídas desde categorías europeas que, a veces, borraban sus sentidos propios.

La crítica feminista no negó que estas imágenes existan; lo que puso en duda fue quién las define, para qué sirven y a quién terminan ordenando.

Pensar a la madre más allá del homenaje

No sólo qué sentimos frente a la madre, sino qué idea de madre hemos heredado; qué parte de ese símbolo nos acompaña, qué parte nos protege y qué parte todavía nos exige demasiado.

Porque la maternidad real ocurre entre personas concretas, con historia, contradicciones, cansancio, afecto y límites. Pero la palabra “madre” sigue cargando una memoria mucho más antigua; una que atraviesa religiones, mitos, discursos políticos, películas y pantallas.


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Imagen de portada: Madre Campesina, Siqueiros, (1929)