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¿Dónde se encuentra la felicidad? La obra maestra de Fellini nos ofrece una posibilidad de respuesta

Como buena obra clásica o maestra, La dolce vita (Federico Fellini, 1960) es una de esas expresiones artísticas para las que es necesario estar preparado. Si bien no es una película que podría considerarse compleja (como podría decirse, por ejemplo, del cine de David Lynch o de Lars von Trier), su recepción está mediada por la experiencia vital del propio espectador, pues tanto su tema general como otros secundarios (y el desarrollo de cada uno) exploran una noción que toca profundamente al ser humano pero que al mismo tiempo no permanece igual a lo largo de la vida, sino que cambia al hilo del tiempo y de las circunstancias presentes y que se modifica a la par de la existencia en sí. Dicha noción no es otra más que la felicidad.

La dolce vita tiene como protagonista a Marcello (Marcello Mastroianni), un hombre de mediana edad, instalado ya en sus cuarenta y tantos años, periodista de profesión y que sostiene una relación de pareja visiblemente insatisfactoria. En parte por su trabajo, Marcello frecuenta bares, cabarets, restaurantes, fiestas y otras ocasiones de encuentro social donde puede sorprender a celebridades en las situaciones polémicas o bochornosas que después se convertirán en noticia. En este sentido, podría decirse que vive rodeado de cierta forma del placer. ¿Cuál en específico? Si atendemos una idea sobre el ser humano que ha prevalecido por siglos, tendríamos que pensar en esa división que se encuentra ya en Platón, que se retomó después en la teología cristiana y llegó al menos hasta las nociones de “sensualidad” y “estética” que se encuentran en la filosofía de Søren Kierkegaard, aquella que sugiere que el ser humano se debate entre lo terrenal y lo ideal, entre sus apetitos y sus aspiraciones, entre el instinto y la razón, entre lo elemental y lo elevado. Marcello, desde el inicio de la película, se nos presenta como un hombre dominado por esos “apetitos sensuales” pero al mismo tiempo considerando en su horizonte una salida hacia un estado distinto, quizá no sublime ni bello, pero sí de realización, plenitud o al menos una percepción de satisfacción más auténtica de cara a su propia vida. 

Esa lucha interna del héroe de La dolce vita se expresa a lo largo de la película, en cada uno de los episodios que la integran. Sin embargo, en tanto hombre moderno (posterior, además, al trauma de la segunda guerra mundial en Europa), el conflicto no es nítido, sino más bien confuso. Mejor dicho, quizá el conflicto entre ambas fuerzas es claro, pero no así la “síntesis” que podría esperarse del choque de ambas. 

Por ejemplo, su trabajo como periodista, que Marcello parece disfrutar pero que también se sugiere como una postergación o un sucedáneo más bien pobre del deseo de devenir escritor al que alude su amigo Steiner (Alain Cuny), intelectual que ha rodeado su vida de belleza y de inteligencia. Su situación sentimental y sexual es parecida: Marcello tiene una pareja, Emma (Yvonne Furneaux), y también una amante, Maddalena (Anouk Aimée); su relación con Emma parece satisfacer algunas necesidades suyas (¿de compañía? ¿de estabilidad?) y con Maddalena parece satisfacer otras (de tipo sexual, pero quizá también de desenfreno o de permisividad); en una encuentra dependencia y “amor maternal”, con las que parece estar conforme una parte suya; en la otra sensualidad y placer, que también busca. Sin embargo, con ninguna de las dos es claramente feliz.

Habrá quien piense que esa es la condición propia del ser humano: ser feliz sólo por algunos escasos momentos, tener que “resignarse” ante determinadas circunstancias, renunciar a sus propias ambiciones a cambio de una situación mucho más cómoda o aun pretendidamente valiosa. Con todo, vale la pena preguntarse si en efecto esto es así o se trata únicamente de una entre las muchas formas posibles de entender y experimentar la existencia.

“El lenguaje, antes de significar algo, significa para alguien”, escribió Jacques Lacan en 1936 en Más allá del principio de realidad, a propósito de la labor del psicoanalista y el valor del lenguaje en el campo del psicoanálisis. Si nos tomamos unos pocos minutos para entender la frase nos daremos cuenta de que su entendimiento del lenguaje es radicalmente distinto a aquel que solemos tener en la vida diaria. La mayoría de nosotros se encuentra ante el lenguaje en una situación de inconsciencia que, por un lado, se refleja en el uso irreflexivo que hacemos de él y, por otro, en la noción más o menos vaga que podemos tener de que las palabras han significado y significan siempre lo mismo, sin importar con quién hablemos ni cómo las usemos.

Cierta dimensión del lenguaje, en efecto, requiere una especie de zona franca donde el significado es relativamente compartido, misma que hace posible la “comprensión” entre dos o más personas en un contexto de interacción social. Esa es la dimensión del “significar algo” que se encuentra en la frase de Lacan. 

Lacan sin embargo nos dice que antes hay otra cosa, una etapa o fase previa que parece admisible imaginar como un momento en que el lenguaje no ha cobrado la forma definitiva que solemos atribuirle (aunque ésta es más bien ficticia) y en la cual se nos presenta más bien un tanto salvaje, tosco, delineado quizá en algunos de sus límites pero en muchas otras zonas amorfo y desbordado. En ese momento, nos dice Lacan, el lenguaje más que significar algo, significa para alguien. 

Tomar conciencia del lenguaje, en este sentido, no es tanto tomar conciencia de sus significados generales como de sus significados subjetivos; es cambiar el Diccionario de la Academia por ese diccionario personal que también conceptualizó Lacan en otro momento de su trayectoria. El primero puede darnos las definiciones de las palabras que usamos a diario, su origen etimológico y la forma correcta de emplearlas; con el segundo, en cambio, nos daremos cuenta de las palabras que hasta este momento de nuestra vida han conformado nuestra realidad, recordaremos las palabras que escuchamos y que tal vez sin querer se arraigaron en lo profundo de nuestra historia, descubriremos también hasta qué grado esas palabras se han ramificado y si en su extensión han dejado espacio para nuestras propias palabras (no las heredadas, sino aquellas que elegimos usar), podemos ver si éstas crecen y florecen o si más bien se mantienen tímidas a la sombra de otras que se imponen quizá hasta sofocarlas; finalmente, nos daremos cuenta que como en cualquier lexicón, nuestro diccionario subjetivo también es susceptible de cambio y mejora, de adiciones y supresiones, de actualizaciones, y que como el lenguaje de una cultura también el nuestro se encuentra en cambio constante, con la diferencia de que en este caso el sujeto mismo puede ser el artífice de dicho cambio. 

¿Cómo se relaciona esto con el personaje de Marcello Mastroianni en La dolce vita del que hemos estado hablando? Como cualquier otro ser humano, Marcello también busca la felicidad. La cinta es el viaje un tanto dantesco del “hombre en busca de sentido”, como dijo algunos años antes Viktor Frankl. Del trabajo y el sexo Marcello pasa al arte y la religión, a la fiesta y a la embriaguez, a las relaciones personales (con su pareja, pero también con su padre), e incluso hurga un poco entre la fama y la fortuna. Pero en todos los casos su búsqueda resulta infructuosa. Nada de todo ello parece conducirlo a un estado donde se le mire sinceramente feliz. 

Hacia el final de la cinta, envejecido y maltratado, se le escucha decir que ha renunciado tanto a sus ambiciones literarias como al periodismo y que ha cambiado éstas por la publicidad, en donde es capaz de decir lo que sea si el pago recibido a cambio es suficiente. No es casualidad que cierta jovialidad y desfachatez del personaje al inicio de la película cedan su lugar al final a la decadencia y el cinismo, lo cual puede mirarse también como la derrota última de la posibilidad de vida ante la entrega completa a la pulsión de muerte. Incapaz de encarar la responsabilidad de “hacer realidad su sueño” (por decirlo de alguna manera), Marcello opta por plegarse a las circunstancias ya existentes y apenas mínimas que le permitan seguir existiendo.

En este sentido, para retomar la idea de los diccionarios de la que hablábamos antes, podemos decir que ese es el verdadero dilema que encara el ser humano a lo largo de su existencia. No es, como quisieron el platonismo y el cristianismo durante tanto tiempo, entre la sensualidad y la inteligencia, o entre el instinto y la razón. Para el ser humano, esa es una falsa dicotomía. La elección ocurre al nivel del lenguaje: optamos por el significado recibido o nos atrevemos a conformar un significado propio de la realidad. Usamos las palabras de nuestros padres, de nuestros jefes, de la cultura en que nos formamos, de la época en que crecimos o las figuras que admiramos; o nos atrevemos a mirar más de cerca ese vocabulario hasta encontrar las raíces de lo que siempre hemos querido decir y de la vida que siempre hemos querido llevar.

¿Qué significa la felicidad? ¿Tener un trabajo estable? ¿Vivir con una pareja? ¿Sostener una relación que gira en torno al placer sexual? ¿Cultivar el intelecto y las habilidades creativas? ¿Seducir y enamorar? Esas son las primeras preguntas que pueden plantearse cuando queremos conocer el significado que damos a una palabra, pero la siguiente es decisiva: ¿por qué pensamos eso? ¿Por qué creemos que, por ejemplo, seremos felices al tener una pareja o al conseguir un buen trabajo? ¿Es un significado de felicidad propio o que recibimos de alguien más y que nunca hasta hoy hemos cuestionado?

Marcello persigue el significado de la felicidad a través de los muchos ámbitos que recorre, aun cuando quizá lo conocía ya; quizá había mirado sus contornos en su deseo de escribir, por ejemplo, en la tranquila soledad de un restaurante a la orilla del mar, mismo que sin embargo no quiso reconocer ni descubrir plenamente, confundido por tantas otras palabras recibidas y escuchadas, por otros muchos lugares donde quizá le dijeron y creyó que ahí encontraría la felicidad. 

 

Del mismo autor en Pijama Surf: ¿Seducción o angustia? ¿Qué elegir en los momentos cruciales de la vida?

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

 

Imagen de portada: La dolce vita (Federico Fellini, 1960)

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No importa qué, el ser humano es capaz de convertir casi cualquier cosa en distractor de su propia angustia y en máscara de su malestar. Religión, política, arte, sustancias como el alcohol o las drogas, banalidades como las que circulan a cada instante en la televisión y ahora en las redes sociales, seducción en todas sus formas, tanto trabajo como pueda soportar, la “ciencia” y el “conocimiento”… Y es capaz también de entretenerse así toda su vida, en espera de que le llegue su hora. 

Pero por alguna razón encuentra sumamente difícil parar por un momento y mirar esa angustia de frente e interrogar su malestar, preguntarse de dónde vienen o por qué se han asentado en su vida y si acaso podría vivir de otro modo. Pareciera que el ser humano prefiere perder su tiempo así, en eso, que “perder” algunos minutos de su día no para conocerse a sí mismo, porque eso también puede convertirse en un entretenimiento, sino para vivir realmente, tomar conciencia plena de la vida, experimentar este flujo imparable que llama vivir y preguntarse al instante siguiente si eso que que sintió, si eso que percibió es la experiencia que desea. 

A eso se refiere Kierkegaard: la vida no es un problema que deba resolverse, es una realidad que necesita experimentarse. 

A eso se refiere Nietzsche: si esta noche un demonio llegara a tu habitación y te revelara de pronto que todo lo que has vivido hasta ese instante lo volverás a vivir una y otra vez, por los siglos de los siglos, ¿qué pensarías? Tu vida, tal y como la has vivido y conducido hasta el momento, ¿soportaría esta condena del eterno retorno de lo mismo? ¿La soportaría a tal grado que escucharías el dictado del demonio no como una condena, sino sólo como una nueva circunstancia de tu existencia que enfrentarías incluso con cierta alegría?

Hasta ahora, ¿puedes decir que has vivido realmente? La hora que acaba de transcurrir, la mañana de este día, la semana pasada, el mes que terminó, los últimos 5 o 10 años… ¿puedes decir que has aprovechado plenamente tu vida? Tu vida. No la vida de tus padres o de alguien más en tu familia, no la vida del capitalismo, no la vida del patriarcado, no la vida del país o la época o la cultura en que naciste. Tu vida. ¿Qué experiencia te devuelve tu propia vida?

El ser humano debe tomar conciencia de la vida y vivir, o tomar conciencia de la muerte y vivir. Todo estado intermedio es estar muerto en vida.

 

Del mismo autor en Pijama Surf: Desamor y reconquista del instante: una fórmula contra el miedo a la libertad de nuestra época

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

 

Imagen de portada: Pedro Tapa