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La seducción nos entretiene y nos distrae; la angustia, en cambio…

Todos, en algún momento de nuestra vida, enfrentamos esta decisión. 

Por un lado tenemos el dolor o el sufrimiento, quizá el deber o la obligación, posiblemente la renuncia, el duelo, una responsabilidad que debemos asumir o una decisión que sabemos que tenemos que tomar, el miedo o el temor, las dudas, la crítica severa a uno mismo, la intranquilidad o la impaciencia… En una sola palabra: la angustia.

Por otro lado, se nos ofrece la seducción. ¿Quién, ante un trabajo, no ha preferido evadirlo con algún tipo de placer? ¿Quién no ha hecho lo mismo con el dolor y con el sufrimiento? Necesitamos escribir y de pronto sentimos hambre. Nos sentimos solos y tomamos el teléfono para buscar una persona con quién estar. Hay algo en nuestra vida que no está marchando como quisiéramos y nos regalamos a nosotros mismos una compensación: una compra que sale de nuestro presupuesto, una comida que va más allá de la saciedad, una borrachera. Un deber nos apremia pero preferimos distraernos con las redes sociales, en una conversación trivial o con tareas que bien podríamos dejar para otro momento… Las formas de la seducción son muchas y seguramente cada persona conocerá la propia y el camino por el cual llega a ella.

El dilema, sin embargo, no es moral. Por favor, no se entienda de esa manera. No es que el consumo de alcohol, las drogas, el sexo o la comida sean "malos", o que elegir la angustia sea "bueno" por sí mismo. En modo alguno. El dilema es más bien existencial, pues seguir uno u otro camino tiene efectos específicos en el curso que toma la vida.

La seducción nos atrae porque parte de su fuerza se encuentra en un patrón inconsciente de pensamiento y de conducta relacionado con la adversidad. Frente a aquello que parece adverso, es probable que todos tengamos miedo, la diferencia es que algunos, con miedo y todo, deciden encarar la adversidad y otros prefieren evitarla. Y, de nuevo, ninguna conducta es mejor que otra. De nuevo también, cada una tiene derivaciones distintas. 

El problema con los patrones inconscientes es que se vuelven incontrolables fácilmente. De algún modo, ese es el origen de las adicciones de todo tipo. Quien no puede dejar de "trabajar", de comprar, de "conquistar" mujeres o lo que sea que tenga como comportamiento adictivo, en una medida importante se debe a que no ha hecho consciente el patrón de pensamiento que sostiene dicha compulsión. No conocemos la fuerza que nos lleva a actuar de determinada manera y por ello la obedecemos ciegamente. 

Ahí se descubre otra característica importante de la seducción: es insaciable. Tanto en la forma como en el fondo. Tanto en la manifestación que adquiere –la bebida, la comida, el afán de sentirse acompañado, etc.–, como en su carácter de entidad para la que nunca nada será suficiente. Siempre demandará más y por principio su mandato será siempre inapelable. 

De ahí también que la seducción sea, paradójicamente, insatisfactoria. ¿Quién puede decir que de verdad disfruta estar en Facebook? ¿Quién puede decir que disfruta procrastinar? ¿Quién no ha sentido de nuevo ese hueco que parecía haber sido llenado con una fiesta o con el sexo y que, al acabar la fiesta o el sexo, reaparece, tan vacío como estaba antes? La seducción no nos complace verdaderamente porque en última instancia no es lo que queremos, sino algo que aprendimos a aceptar como reemplazo de lo que queremos. 

En este sentido, la seducción es equiparable a las nociones de goce y deseo del Otro que se encuentra en el psicoanálisis de Sigmund Freud y de Jacques Lacan. En términos muy sencillos pensemos en estas imágenes: un bebé llora porque siente frío, pero su madre piensa que tiene hambre y lo alimenta; un niño habituado a sentirse atendido llora porque se siente descuidado, y su madre o su padre, que no lo pueden atender en ese momento, le brindan algo colorido o ruidoso con lo cual pueda entretenerse y distraer así ese malestar. Poco a poco las cosas se vuelven un tanto más complejas, pero la esencia del goce está ahí: sentir que disfrutamos lo que otro nos da a cambio de lo que en verdad queremos. Por eso Lacan contrapuso el goce al placer, pues la satisfacción que creemos encontrar en el goce es una farsa que aprendimos a montar para complacer al Otro, mientras que el placer es auténtico porque surge espontáneamente de la condición deseante del sujeto. 

Por eso, cuando hacemos algo que sí queremos hacer, nos sentimos de inmediato llenos de vida. No importa que esa tarea requiera esfuerzo físico o mental, no importa el tiempo que necesite, no importa que al menos de inicio parezca apabullante: hay algo que nos impulsa a seguir, que nos mantiene con alegría o con esperanza en medio de la contrariedad, que por momentos parece capaz de neutralizar el cansancio y el desgaste; y cuando la tarea termina, incluso a pesar de toda la energía volcada en ella, nos deja no sólo satisfechos, sino además con cierta sensación de más vida aún, con la sorpresa de que cedimos parte de nuestra vida y a cambio ésta no sólo no se redujo, sino además se multiplicó.

¿Así nos sentimos después de entregarnos a la seducción? Lo cierto es que no. Pero entonces ¿por qué lo hacemos? ¿Por qué, aunque el goce de la seducción no nos satisface ni nos hace sentirnos así de vivos, seguimos cediendo a su mandato? ¿Y por qué, en otro sentido, parece que no podemos sentirnos siempre así, inundados de vida? ¿Es que de verdad no es posible?

Una respuesta a esas preguntas es relativamente sencilla: porque no conocemos nuestro propio deseo. Muchos de nosotros sabemos que deseamos pero no sabemos qué deseamos. Es decir, tenemos (relativa) conciencia de nuestra condición de sujetos deseantes pero no hacia dónde o de qué maneras está encauzada dicha condición, y en esa ignorancia repetimos el patrón de conformarnos con lo que aprendimos a aceptar como satisfactorio. 

Tanto Freud como Lacan nos mostraron que el deseo humano es como un nuevo lenguaje que el sujeto debe aprender si quiere formular claramente lo que desea. "No sé lo que quiero", dicen algunas personas cuando se descubren confrontadas a ese dilema propio de la existencia humana. Justificadamente, pues en la formación del ser humano no es común que se le brinden los recursos para emprender un aprendizaje que debe hacer por sí mismo: el de las palabras y la gramática de su propio deseo.

¿Cuál es, en este escenario, en el plató de la vida humana, el papel de la angustia? En psicoanálisis, de Freud a Slavoj Zizek, se sostiene que la angustia es la única emoción auténtica, la única emoción que se presenta sin disfraces ni fingimientos y por ello mismo es la única señal que no engaña. A esto podría sumarse también la consideración de Søren Kierkegaard, quien entendió la angustia como el vértigo de la libertad.

La angustia, en este sentido, es eso que nos invade cuando percibimos vagamente que podemos ser libres pero esta misma sensación nos perturba e incluso nos aterra. Puede sonar paradójico, pero así es: nos da miedo ser libres. En buena medida porque asumir nuestra libertad no es tanto una decisión como un recorrido, una "obra en proceso" que pasa necesariamente por darnos cuenta de que mucho de lo que aprendimos es falso o cuestionable; que implica poner en duda lo que aprendimos de nuestros padres, de la cultura en la que crecimos e incluso de la época en la que nos encontramos; abrir algunas habitaciones largamente abandonadas; implica confrontarnos con nosotros mismos, desesperarnos con nosotros mismos, reconciliarnos con nosotros mismos; implica una de las tareas más difíciles de la existencia: conocer nuestras propias emociones y lo mismo las heridas que los afectos de donde surgieron; implica descubrir que muchas de las ideas, hábitos, creencias y todo aquello que creemos más propio de nuestra "identidad" es fruto del azar, la circunstancia y el accidente; en última instancia, implica darnos cuenta de que la vida en sí misma es absurda y está sostenida apenas y frágilmente sobre el vacío de la muerte. Y hasta cierto punto parece muy natural y muy humano que todo ello nos angustie. Desde la seguridad de la orilla, ¿quién querría atravesar ese abismo?

Sin embargo, para vivir en libertad, para vivir conscientemente como seres deseantes, del lado de la vida y la satisfacción auténtica, en la plenitud de la que se ha hablado en Occidente desde la Grecia antigua, donde el sujeto no es Esclavo pero tampoco Amo, es necesario enfrentar esa angustia o, dicho de manera menos tremebunda, hacerle caso a esa señal.

¿Qué elegir entre la seducción y la angustia? Para esto no hay una respuesta. "El camino del exceso lleva al palacio de la sabiduría", escribió William Blake; y san Agustín, durante los años de juventud que entregó a los placeres sensuales, rezaba así a Dios: "Señor, dame castidad y templanza ... pero no ahora". No menos cierto es que el camino puede terminar antes de arribar al palacio y la templanza puede convertirse en el propósito incumplido de la oración. 

A veces hay que elegir la seducción y a veces la angustia, me parece. En todo caso, en conciencia plena de las implicaciones de una y otra elección. La seducción nos entretiene y nos distrae. La angustia, con cierto trabajo de por medio, puede llevarnos a una vida fuera de la obediencia, posiblemente libre y en la cual nuestra condición ineludible de seres deseantes no vive censurada; una vida llena de vida: una vida auténtica.

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N. B. En parte este texto tiene como inspiración la idea de la fase "estética" de la existencia que desarrolla Kierkegaard en Lo uno o lo otro (1843), particularmente en la primera parte, en donde expone ese momento en que se vive bajo el imperio de los sentidos y los placeres. La editorial Trotta publicó Lo uno o lo otro por primera vez íntegro en español entre 2006 y 2007, pero desde hace tiempo varios de sus ensayos han circulado como piezas sueltas y relativamente autónomas. En este sentido, quien desee profundizar en la idea de seducción en oposición a la angustia o en la oposición entre estética y ética que propuso Kierkegaard (y no tenga a la mano la versión completa de Lo uno o lo otro) puede acudir a Diario de un seductor, In vino veritasLa rotación de los cultivos, entre otras. Para la idea de angustia en relación con la libertad, los títulos son fáciles de descubrir. Esta emisión de France Culture también es ilustrativa al respecto.

 

Del mismo autor en Pijama Surf: El fin de la transferencia y el comienzo del amor

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

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No importa qué, el ser humano es capaz de convertir casi cualquier cosa en distractor de su propia angustia y en máscara de su malestar. Religión, política, arte, sustancias como el alcohol o las drogas, banalidades como las que circulan a cada instante en la televisión y ahora en las redes sociales, seducción en todas sus formas, tanto trabajo como pueda soportar, la “ciencia” y el “conocimiento”… Y es capaz también de entretenerse así toda su vida, en espera de que le llegue su hora. 

Pero por alguna razón encuentra sumamente difícil parar por un momento y mirar esa angustia de frente e interrogar su malestar, preguntarse de dónde vienen o por qué se han asentado en su vida y si acaso podría vivir de otro modo. Pareciera que el ser humano prefiere perder su tiempo así, en eso, que “perder” algunos minutos de su día no para conocerse a sí mismo, porque eso también puede convertirse en un entretenimiento, sino para vivir realmente, tomar conciencia plena de la vida, experimentar este flujo imparable que llama vivir y preguntarse al instante siguiente si eso que que sintió, si eso que percibió es la experiencia que desea. 

A eso se refiere Kierkegaard: la vida no es un problema que deba resolverse, es una realidad que necesita experimentarse. 

A eso se refiere Nietzsche: si esta noche un demonio llegara a tu habitación y te revelara de pronto que todo lo que has vivido hasta ese instante lo volverás a vivir una y otra vez, por los siglos de los siglos, ¿qué pensarías? Tu vida, tal y como la has vivido y conducido hasta el momento, ¿soportaría esta condena del eterno retorno de lo mismo? ¿La soportaría a tal grado que escucharías el dictado del demonio no como una condena, sino sólo como una nueva circunstancia de tu existencia que enfrentarías incluso con cierta alegría?

Hasta ahora, ¿puedes decir que has vivido realmente? La hora que acaba de transcurrir, la mañana de este día, la semana pasada, el mes que terminó, los últimos 5 o 10 años… ¿puedes decir que has aprovechado plenamente tu vida? Tu vida. No la vida de tus padres o de alguien más en tu familia, no la vida del capitalismo, no la vida del patriarcado, no la vida del país o la época o la cultura en que naciste. Tu vida. ¿Qué experiencia te devuelve tu propia vida?

El ser humano debe tomar conciencia de la vida y vivir, o tomar conciencia de la muerte y vivir. Todo estado intermedio es estar muerto en vida.

 

Del mismo autor en Pijama Surf: Desamor y reconquista del instante: una fórmula contra el miedo a la libertad de nuestra época

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

 

Imagen de portada: Pedro Tapa