*

X
¿Qué es la transferencia, uno de los conceptos fundamentales del psicoanálisis?

I

¿Qué es es el psicoanálisis?

De las varias respuestas que podrían darse a esta pregunta, esta: el psicoanálisis es una preparación para el encuentro con el otro.

¿Y por qué necesitaríamos prepararnos para eso? En breve, porque nadie nos prepara para uno de los hechos más elementales de la vida: el encuentro con el otro ocurre siempre bajo la forma del desencuentro.

Podría decirse que la única formación que recibimos al respecto se presenta justamente en sentido opuesto: del otro aprendemos a esperar comprensión, entendimiento, correspondencia. En suma, todo aquello que no puede darnos.

 

II

El ser humano nace frágil y nace débil. Para que sobreviva, es necesario protegerlo y cuidarlo. Es único entre los animales también por eso. No hay ningún otro animal sobre la faz de la Tierra en el que dicha etapa de vulnerabilidad dure tanto. Desde sus primeros minutos de vida y pasados varios años, el ser humano necesita verdaderamente de otros para sobrevivir. Después también, pero en menor medida o de formas menos cruciales. Muchos incluso, por elección o por obligación, llegan a prescindir de los otros (o así lo creen). No así al inicio, cuando es imposible para el individuo vivir sin la asistencia que brindan los demás.

El ser humano nace frágil y débil por causa de su “inteligencia superior”. Una denominación pomposa que alguien de nuestra propia especie ideó para hablar sobre el tamaño de nuestro cerebro y las razones por las cuales nuestro desarrollo anatómico y fisiológico culmina fuera del vientre materno. Entretanto…

 

III

Quién sabe: quizá un día un primate tiró un fruto desde lo alto de un árbol y otro primate que lo veía probó el líquido o la pulpa que sólo así, rota la cáscara, descubrió al interior.

Quizá un día en la cabeza de otro primate surgió de pronto la percepción del día y de la noche y de los cambios que la sucesión de uno y otro traía consigo.

Quizá un día… después de muchos días y de muchos hallazgos de ese tipo, el primate se convirtió en homínido y comenzó a vivir en comunidades cada vez más numerosas, a comer mejor y a enfermarse menos.

 

IV

Un día, muy lejano ya de aquellos primeros, el primate tuvo conciencia real de la vida y, por ende, de la muerte. No pudo entender una sin la otra.

Es posible quizá que el verdadero descubrimiento haya sido darse cuenta de que moriría. De que todo muere. Las plantas, los animales, el día, la noche. Él mismo, su progenie y sus antecesores. Todo muere.

Pero él estaba vivo. Y estaría vivo también al instante siguiente y al siguiente y al siguiente, hasta que la muerte sobreviniera, un día impensado.

¿Se daría cuenta aquel primate ya desde ese momento de que la muerte es impredecible? Tal vez.

Como sea, el primate tuvo conciencia de la muerte y, acto seguido, de la vida.

 

V

–Todos vamos a morir, de cualquier manera; todo va a terminar.

–Sí, pero no ahora.

–¿Entonces?

– …

–¿Qué hacemos?

 

VI

Los primates que se dieron cuenta de ello y sus sucesores construyeron todo esto que vemos. Todo eso que llamamos Historia y que nos trajo a este instante presente. Todo se deriva de ese primer momento, imposible, en que unos animales astutos probaron el fruto del Árbol del Conocimiento y se volvieron como dioses, no porque a partir de ello supieran distinguir el bien y el mal, sino sólo porque aprendieron a distinguir la muerte en medio de la vida, su presencia constante, disimulada quizá, pero permanente, imbatible.

 

VII

El ser humano inventó el amor para no morir y también para evitar el fin de la especie. La vida, después de todo, busca preservarse. También para animar la búsqueda de sentido sobre su tiempo en este mundo. En pocas palabras, para justificar la existencia.

El amor nos hace cuidarnos unos a otros. El amor hace a la madre, al padre y a la familia y la comunidad cuidar de un hijo. Podemos también preocuparnos de un mero semejante, de alguien con quien no tenemos relación alguna pero que es un ser humano, una persona, alguien como nosotros.

¿Y del resto del mundo? ¿De todo lo demás que también existe en el mundo? El momento de inteligencia de aquel primate fue decisivo también para eso. Somos los únicos animales que necesitan transformar su entorno para sobrevivir y aunque al principio el entorno fue peligroso y temible, con el tiempo aprendimos a aproximarnos y a domesticarlo –es decir: a volverlo nuestro hogar, nuestra casa–. Y eso, en cierta forma, necesitó del invento del amor. La curiosidad, el deseo de investigar, el interés que demostramos por un fenómeno del mundo… todas estas son expresiones de amor. O impulsos de conocimiento y exploración sobre el mundo que aprendimos a entender bajo la forma del amor para oponer así un contrapeso suficiente al miedo que la realidad nos inspiraba.

 

VIII

Ahí donde el mundo existe –límpido, elemental, sencillo acaso–, se erige poco a poco, día a día, un mundo paralelo, simultáneo, que toma las formas de aquel pero otros nombres.

Semejante, idéntico a primera vista, pero ligeramente desfasado, como si entre la calca de uno hacia el otro el papel o la copia se hubieran movido apenas, lo suficiente para provocar una distorsión, una variante, general pero también reproducida en cada uno de sus elementos y los detalles de ese otro mundo.

 

IX

¿Qué es el mundo del niño si no el mundo del Otro?

 

X

El ser humano crece en un mundo que no es exactamente el mundo, sino una versión de éste que otro ha elaborado durante su tiempo de vida y que ahora se la transmite mientras lo forma. El niño no lo sabe y aunque se le explicara, ¿lo entendería? ¿Entendería que no existe la verdad sino interpretaciones de los hechos que percibimos como verdad? ¿Entendería que todo esto que vemos es el resultado de millones de circunstancias combinadas entre sí, accidentalmente, que resultaron en fenómenos que llamamos vida, cultura, sociedad, países, creencias, opiniones, fe, filosofía, religiones, espíritu, mente, inteligencia y otros afines? ¿Lo entendemos nosotros mismos? ¿Lo entienden otros en nuestra especie?

 

XI

Es nuestra propia vulnerabilidad la que nos lleva a crecer en el mundo de otro. No es un otro cualquiera, sin embargo, sino un otro de quien aprendemos a ser amados, a recibir amor prácticamente sin dar nada a cambio, por la sola razón de nuestra existencia. En pocas palabras, aprendemos a percibirnos como objetos de amor y al otro como una fuente inagotable de amor.

En el mundo del Otro, la alteridad se experimenta bajo las impresiones engañosas de la completud, la comprensión, el entendimiento y a veces incluso bajo la promesa del amor infinito e incondicional. El señuelo del Amor es poderoso en el mundo del Otro porque, a cambio, antes de que el sujeto descubra su capacidad de desear, su propio impulso de vida, antes de que se reconozca como sujeto deseante, el Otro impone su propio deseo, limita esa condición de sujeto que desea a desear sólo dentro de los límites de ese mundo.

El Otro, quizá, no miente: su Amor es infinito y es incondicional, pero sólo en las coordenadas de ese mundo, sólo bajo esas condiciones.

Fuera de ahí, la realidad es otra.

 

XII

La experiencia psicoanalítica puede mirarse como una preparación para el des-encuentro con el otro, esto es, para salir de una forma de relacionarse con la alteridad basada en la expectativa de acuerdo, comprensión y acaso incluso de cierto grado de devoción.

La experiencia psicoanalítica hace ver al sujeto que con el otro se encuentra siempre en diferencia, en desequilibrio y, eventualmente, también en desacuerdo y en conflicto.

 

XIII

Los padres creen conocer a sus hijos y de tanto en tanto les transmiten esa suposición: “¿Quién puede conocerte mejor que yo?”, “Te conozco como la palma de mi mano”, “Te conozco mejor que tú mismo”, etcétera.

El sujeto supone que el Otro lo conoce, que sabe algo de sí que él mismo ignora. Ese es el fundamento de la transferencia en psicoanálisis. El sujeto llega al consultorio como llega a todos los lugares: llevando a su Otro a cuestas, al “sujeto del supuesto saber” según la fórmula lacaniana, a quien por un tiempo sienta en el sillón del Analista –sin darse cuenta–.

Habla con el Otro, discute, rebate, cuestiona sus mandatos, se pliega a sus órdenes, se rebela, le teme, se alza de nuevo contra él, lo interroga, lo mira, lo escucha, aprende a conocerlo, lo mira más de cerca, lo escucha mejor…

Hasta que un día la máscara del Otro se quiebra, sus pies de barro se desmoronan y la estatua tremebunda cae.

El sujeto ve entonces, ahí donde estaba habituado a encontrar al Otro, a nadie más que a su analista: un otro, un semejante, alguien que nunca le prometió nada, ni amor incondicional ni comprensión ni consejo ni ayuda. Alguien que únicamente lo escuchó y lo acompañó y que aun con esto que al principio parecía poco, fue más que suficiente para entablar una relación.

Una relación con otro fuera de los lineamientos que alguna vez pareció fijar el Otro. Una relación distinta, diferente. Una relación con otro establecida también de otra manera.

 

XIV

La experiencia psicoanalítica es una preparación para ir al encuentro del otro a sabiendas de que ese encuentro es en realidad, siempre, un desencuentro: no es en el otro donde el sujeto encontrará comprensión, entendimiento, etc.; posiblemente sí escucha, compañía, pero nada más, no puede esperar nada más que eso –que es más que suficiente–. En una palabra: del otro, el sujeto no puede esperar Amor.

Pero, a cambio, en el proceso de análisis ha descubierto algo más. El sujeto se da cuenta de que ha dejado de ver al Otro como objeto de amor y que él mismo ha salido de ese lugar de veneración inmóvil en donde se encontraba con respecto al amor.

Como ha señalado Slavoj Zizek siguiendo a Lacan, cuando el sujeto se da cuenta de que el otro no puede darle lo que pide, porque no lo tiene, no hay otro movimiento posible más que pasar de ser objeto de amor a convertirse en sujeto de amor, esto es, a devolver amor.

El sujeto que ha visto al Otro derruirse, que mira en el Analista no al sujeto del supuesto saber sino a un ser humano, en el objeto de amor a otro con su propio deseo, su falta y su historia, no tiene otra alternativa más que devolver amor; es decir, amar.

 

XV

No es posible amar al Analista del mismo modo que no era posible amar al Otro. Pero entonces el sujeto no lo sabía. Ahora sabe.

Por eso el fin de la transferencia implica también dejar atrás el complejo de Edipo. Pasar, finalmente, a otra cosa.

 

XVI

El fin de la transferencia es el fin de la obligación de Amor con el Otro y el comienzo de la posibilidad de amar a alguien más, de otras maneras.

 

XVII

¿Estamos aquí para ser objetos de amor o devoción? Quizá el propósito de la existencia sea convertirnos en sujetos de amor, es decir, en sujetos no en espera de ser amados, sino capaces de amar, de hacer del amor una acción, una disposición, un salir al encuentro.

 

Coda

“Al principio de la experiencia analítica, recordémoslo, fue el amor”.

Jacques Lacan, Seminario VIII

 

Del mismo autor en Pijama Surf: Qué es el complejo de Edipo y por qué podría estar gobernando tu vida

 

Twitter del autor: @juanpablocahz

Te podría interesar:
Buscar un maestro espiritual o gurú es algo sumamente complicado. Aquí una buena guía del maestro budista Dzongsar Khyentse Rinpoche

Es difícil rebatir que vivimos en tiempos materialistas. La visión materialista de la ciencia es altamente efectiva y el mundo se ha secularizado en parte por la hegemonía de la visión científica de la realidad -lo real es lo que se puede medir- y en parte porque las religiones organizadas se han vuelto en muchos casos instituciones decadentes, que no sólo han sido vinculadas con crímenes recurrentes sino que no han logrado brindar una visión coherente actualizada del mundo y, aún más, mantener vivas tradiciones que provean experiencias verdaderamente religiosas, es decir, que reconecten al ser humano con una realidad trascendente.

Aunque el valor de la ciencia es indiscutible, justamente en los beneficios materiales que provee hay algo de lo cual carece y de lo cual el mundo está hambriento: de sentido o propósito para la existencia. La ciencia describe el mundo de manera precisa y transforma la materia para producir herramientas que nos benefician, pero no puede en sí misma responder a las grandes interrogantes existenciales y explicar cosas cómo por qué y para qué estamos en el mundo. O, si es que acaso llega a responder a esto, sus respuestas no suelen ser satisfactorias, porque la visión materialista no encuentra sentido en la vida -más allá de pasarla bien mientras se diseminan nuestros genes-, ni directriz o inteligencia en el universo. El ser humano no tolera mucho tiempo un mundo sin sentido, inerte, ciego y azaroso. Para motivarse suele necesitar sentir un espíritu en las cosas, una conexión con algo más grande que él o ella, y tiende a querer encontrar una visión que le permita creer que podrá seguir existiendo y que sus actos tienen consecuencias más allá de la muerte. Algunas personas creen que por eso la idea de la divinidad y de la vida después de la muerte es tan poderosa y está tan enraizada en nuestra mente. De cualquier manera es natural que, pese a la llamada "muerte de Dios" y con el alma extraviada, el hombre recurra a la espiritualidad para encontrar sentido, si bien ahora suela deslindarse de lo religioso. 

El problema de esto es que en un mundo en el que las viejas tradiciones religiosas pierden poder, en el vacío que dejan, surge una espiritualidad diluida, asociada con el new age y con el mercado de bienes consumibles. Un materialismo espiritual, como lo llamó Chögyam Trungpa, en el que surgen innumerables ofertas, y los buscadores son consumidores que van de un producto a otro, generalmente buscando sólo afirmar su ego o cayendo en las redes de charlatanes y demás.

Algunas personas buscan lidiar con esto defendiendo la idea de que que no es necesario un gurú; fieles al individualismo moderno, creen que lo pueden hacer ellos mismos y no aceptan abrirse y entrar en una relación con un maestro espiritual, que los vuelve altamente vulnerables. Sin embargo, todas las grandes tradiciones espirituales de la humanidad han postulado la importancia fundamental de una maestro espiritual o preceptor, y no sólo, como suele creerse, las orientales, si bien es cierto que en el budismo o en el hinduismo, por ejemplo, el maestro espiritual no sólo es esencial sino que a veces es el sine qua non para poder practicar dentro de ciertas tradiciones, donde incluso puede llega a reemplazar la idea de una divinidad. Evidentemente existe con ello un gran riesgo, pero también una gran oportunidad de avanzar más rápido. En lo que se basa esto es en que si una persona es capaz de tener fe en el estado de iluminación o despertar de otra persona, nada será más poderoso e íntimo para que ella misma pueda conseguir este estado.

El budismo llama al tiempo de decadencia espiritual en el que vivimos "una época degenerada" y el hinduismo habla del Kali Yuga, la era oscura, la era de la ignorancia. En estos tiempos seguramente es muy difícil encontrar un maestro espiritual, pero quien realmente tiene una convicción de que existe una realidad espiritual y de que es vital trabajar la propia conciencia para poder descubrir la verdad, entenderá la necesidad de encontrar un maestro espiritual. En este sentido, creemos que las recomendaciones que hace el maestro budista Dzongsar Khyentse Rinpoche para la búsqueda de un maestro espiritual son relevantes.

Dzongsar Khyentse hace estas recomendaciones para las personas que buscan un maestro particularmente dentro del budismo tántrico vajrayana, y aunque este tipo de budismo tiene ciertas características muy especiales (entre ellas, que el alumno debe ver a su maestro como el mismo Buda y confiar absolutamente en él), creemos que pueden servir para cualquier tipo de practicante, ya que hablan en su mayoría de puntos que son comunes a todo tipo de senderos espirituales. Lo importante para estas tradiciones y lo que puede causar una disonancia cognitiva es hacer que una persona despierte, no seguir las buenas costumbres. En este hacer que una persona despierte hay puntos sumamente finos, donde se pueden violar las normas sociales con comportamientos que oscilan, a veces de una forma imperceptible, entre el abuso y la gran compasión.

En el budismo vajrayana es sumamente importante que el alumno evalúe a su maestro antes de tomarlo como gurú raíz; es aquí donde debe aplicarse el espíritu crítico que enseñó el Buda; luego, y siempre y cuando el discípulo tenga profunda fe en los principios básicos de las enseñanzas (como es, por ejemplo, creer en el hecho de que el despertar es posible, que la budeidad es algo que todos los seres tienen como naturaleza esencial y, por lo tanto, una persona puede encontrarse con un auténtico maestro que le sirve como un espejo para él mismo destapar estas cualidades), el alumno se entrega al maestro y decide hacer todo lo que éste le diga. Lo importante aquí, ya que esto es algo tan extraordinario, es que el alumno sea capaz de primero ejercer la razón crítica y luego suspender la duda. Ya que lo que solemos ver en el mundo son nuestras propias proyecciones, es imposible que se progrese mucho si no se tiene una fe clara y constante.

Dzongsar Khyentse señala en su libro The Guru Drinks Bourbon? que es casi imposible encontrar a un maestro que tenga todas las cualidades de un verdadero maestro de vajrayana, pero con que tenga varias de estas cualidades uno podría darse por bien servido.

El buen gurú:

1. Ha entendido la visión última [de la realidad]

Esto es, el gurú debe comprender las enseñanzas más altas (y bajas) de su tradición y vivir conforme a ellas.

2. Debe tener una mente abierta

Un buen gurú debe entender las diferencias culturales y sociales y tener cierta flexibilidad. "Un gurú de mente abierta debe entender (por ejemplo) por qué una estudiante lesbiana tiene problemas imaginando un consorte masculino" (en el tantra se visualiza a las deidades masculinas y femeninas en unión).

3. Es reluctante a enseñar

Generalmente, un buen gurú no hace proselitismo y se reserva para alumnos realmente dedicados.

4. Tiene muchos conocimientos

Un buen gurú debe conocer los textos clásicos y tener una buena formación tradicional, si bien el método y la práctica son igualmente o más importantes que la teoría.

5. Tiene disciplina

Es difícil que alguien haya alcanzado un gran estado de realización sin cultivar la disciplina. Aunque existen historias de grandes yoguis vagabundos o mahasiddhas, que no hacían nada o que se la pasaban bebiendo y demás, estos casos son especiales -y están fundados en que estas personas han alcanzado un estado de conciencia que trasciende lo que nos parece normal- y no quitan en ningún sentido la importancia del autocontrol y la práctica constante.

6. Es amable

Esta es una cualidad admirable y fundamental en un ser humano que ha progresado espiritualmente en la vida. Hay que tener cuidado, sin embargo, porque la amabilidad aparente puede ser una forma de teatralidad.

7. Tener un linaje

Dentro del budismo vajrayana un linaje es indispensable porque esto es lo que significa el tantra, la continuidad de una transmisión de maestro a discípulo de ciertas prácticas, muchas de ellas esotéricas, con las que se asegura que el estado que define a esta escuela -el vajra- sea perpetuado. Ahora bien, hoy en día existen muchos "rinpoches", que tienen las credenciales pero no tienen el estado. Así que si encuentras un auténtico maestro que no tiene el linaje, obviamente es mejor que un seudotulku con todas las iniciaciones.

8. Es progresivo

Dzongsar Khyentse cree que las enseñanzas deben ser capaces de adaptarse a los tiempos y a los contextos de las personas. El gran ejemplo en esto fue Chögyam Trungpa.

9. Es humilde

Generalmente un buen gurú no se autolisonjeará  sobre todos sus logros y virtudes, sino que atribuirá su conocimiento a su propio gurú y mostrará su devoción a su maestro y respeto por las enseñanzas.

10. No está interesado en tu cartera, ni en tus piernas, ni en tus pies

Su interés debe ser erradicar la ignorancia; no tu dinero o tu sexo.

11. Tiene un gurú y una tradición viva

12. Es devoto de las tres joyas

En el caso del budismo esto es refugiarse siempre en el Buda, en el dharma y en la sangha (la comunidad de monjes o practicantes); en otros casos, puede extrapolarse perfectamente con la importancia de que el maestro siga los principios básicos de su tradición.

13. Confía en la ley del karma

En el budismo existen enseñanza esotéricas sobre la naturaleza última de la realidad que podrían sugerir que en la realidad absoluta el karma, en tanto la cadena de causa y efecto, deja de tener eficacia, ya que se existe de manera no-dual, perfectamente libres desde siempre. Pero un maestro debe enseñar a sus alumnos dando un buen ejemplo, desde la realidad relativa en la que éstos se mueven y bajo un sendero progresivo.

14. Es generoso

Debe ser generoso e inspirar a la generosidad.

15. Te lleva a un entorno virtuoso

Un buen gurú debe buscar desenredarte del samsara, no darte fama y poder y demás.

16. Ha dominado cuerpo, palabra y mente

17. Es gentil y cuidadoso

18. Tiene percepción pura

Esto es un término técnico del vajrayana que significa que el gurú ve el mundo de manera pura, como si todo fuera sagrado, divino. Y debe ver en sus mismos alumnos su naturaleza luminosa o búdica, debajo de la personalidad y de las apariencias.

19. No te juzga

Si bien el gurú debe ser capaz de ver los aspectos de tu personalidad que te obstruyen el camino y debe ser implacable en buscar que elimines esas obstrucciones, no debe juzgar si sus alumnos son buenos o malos o tener preferidos. Y no debe ser intolerante a las fallas.

20. Vive bajo los principios budistas

21. Se cuida de no hacer daño

El gurú debe tener cierta moralidad.

22. Perdona

23. Tiene medios hábiles

Este es otro término técnico, que significa que un buen gurú es creativo y compasivo y capaz de encontrar los medios para que sus alumnos avancen.