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El silencio es más que la mera calma o quietud, es aquella espaciosidad que disuelve los constructos y revela la naturaleza verdadera de la mente: libre, diáfana, radiante

En muchos lados se habla del silencio, de sus beneficios para la salud mental como su importancia para toda práctica espiritual o camino que busque la sabiduría, pero, ¿qué es realmente el silencio?

El silencio, por una parte, nos sirve para descansar de los estímulos -de la misma manera que el cielo o el espacio abierto nos hace descansar, refresca nuestra mirada y hace que la conciencia se amplifique y respire de alguna manera. El silencio, en su aspecto de quietud o estabilidad, es fundamental para poder conocer algo, ya que de otra forma la mente se mueve mucho, y el ruido de los pensamientos -o sus propias proyecciones- impiden observar un objeto puramente, tal como es. El silencio, como aquello que está más allá de los conceptos y del lenguaje discursivo, es el modo de conocer -una forma de conocer que es una forma de ser- que más asociamos con la gnosis o la intuición (noesis), con la función más alta del conocimiento, aquella con la que la mente va más allá de sí misma, de la dualidad sujeto-objeto y de la identificación con un yo separado del universo, o de la divinidad, o de la nada radiante que es todo. El silencio es la "casa sosegada" que permite el vuelo del alma hacia su amado en "la noche oscura" del poema de San Juan de la Cruz. 

Pero mejor que hable yo de este silencio, que uno empieza a desear con un cierta calma ardiente, es dejar que los que saben hablen. Meister Eckhart, es sin duda uno de los más grandes místicos cristianos. Su pensamiento teológico, a veces cercano a una vía negativa, ha sido incluso comparado con el del mismo Buda o de pensadores budistas tan influyentes como Nagarjuna. Eckhart escribió:

¿Qué es una mente silenciosa? Una mente silenciosa es una mente en no tiene ningún peso encima, ninguna preocupación; una mente que, libre de toda búsqueda egoísta, está completamente unida con Dios y muerta para sí misma. 

El silencio se vuelve como el espacio de la anulación o aniquilación del yo. Aniquilación del yo que es la divinidad misma.

David Chaim Smith uno de los pocos autores verdaderamente místicos en Occidente hoy en día, escribe en su libro The Awakening Ground:

La práctica contemplativa empieza con el amor al silencio. Silencio en este caso no se refiere a la mera ausencia de sonidos audibles, aunque este es uno de los aspectos que invitan a la mente a la gran expansión de su naturaleza esencial. El gran silencio es pleno, resonante y habla a través de todas las cosas. Puedes empezar llamándolo en tu interior, donde reside sin interrupción.

El amor al silencio es una especie de hambre o sed. Cala profundamente hondo. La urgencia de unirse a él es como el fuego que intensifica la aspiración gnóstica. 

 

Para David Chaim Smith el silencio es como un fuego profundo en el que se disuelve y purifica la mente y que permite que se manifieste la luminosidad primordial del espacio, luz que es la conciencia más allá de la muerte o el nacimiento, eterna llama cognitiva, vela inmóvil. Smith agrega que en el silencio el “contacto directo con el misterio siempre es posible, en tanto que el silencio del espacio básico [la base de todo, En Sof, Brahman, etc.] llama a través de su miríada de apariciones”. El silencio aquí no significa tampoco la ausencia de fenómenos, de apariciones. Se trata de una creatividad luminosa inmaterial en la que no existe tal cosa como solidez, separación o identidad,  en la que se “reside más allá del muro colocado entre los pensamientos internos y las sensaciones y las percepciones externas”. En el silencio se esclarece el estado indiferenciado, la falsa diferencia entre interior y exterior, la inseparabilidad de la luminosidad y el espacio.

 El hermetista cristiano Valentin Tomberg escribe en sus Meditaciones sobre los arcanos del tarot:

La concentración sin esfuerzo –es decir, ese lugar en el que no hay nada que suprimir y en donde la contemplación se vuelve tan natural como la respiración y el latido del corazón– es el estado de conciencia (i.e., pensamiento, imaginación, sensación y voluntad) de calma perfecta, acompañada de la completa relajación de los nervios y los músculos del cuerpo. Es el profundo silencio de los deseos, las preocupaciones, de la imaginación, de la memoria y el pensamiento discursivo. Uno podría decir que todo el ser se vuelve como la superficie quieta del agua, reflejando la inmensa presencia del cielo estrellado y su armonía inefable.¡Y las aguas son profundas, tan profundas! Y el silencio crece, perpetuamente… ¡qué silencio! Su crecimiento se lleva a cabo a través de ondas regulares que pasan, una tras otra, a través de tu ser: una onda de silencio seguida por otra onda de silencio más profundo y luego otra vez una onda de silencio aún más profundo… ¿Algunas vez has bebido silencio? Si tu respuesta es afirmativa, entonces ya sabes lo que es la concentración sin esfuerzo. 

Con el tiempo, el silencio o la concentración sin esfuerzo se vuelve un elemento fundamental siempre presente en la vida del alma. Es como el servicio perpetuo en la Iglesia del Sagrado Corazón en Montmartre que se realiza en París mientras uno trabaja, uno interactúa, uno se divierte, uno sueña, uno muere… De la misma forma que “un servicio perpetuo” de silencio se establece en el alma, esto continua siempre aunque uno esté trabajando o cuando uno está conversando. Esta “zona de silencio”, una vez establecida, es un manantial del cual uno puede tomar tanto para el trabajo como para el descanso.

Por último, hay que mencionar que el mismo Tomberg compara este silencio, esta concentración sin esfuerzo que es un perpetuo servicio en la catedral del alma, con el famoso axioma del yoga de Patanjali: yogaś-citta-vr̥tti-nirodhaḥ. El yoga es el estado silencioso de la mente, libre de perturbaciones psicoemocionales; el cese de la mente burda en el que se puede separar la conciencia o espíritu (purusha) de la materia (prakriti) y su onerosa ilusión mundanal. Como explica el traductor Óscar Pujol en su versión del Yogasutra, cuando la mente cesa se presenta:

una purificación y un mayor resplandor de la conciencia, que se manifiesta prístina en toda su cristalina pureza libre de los lazos oscuros de la materia. Brilla, entonces, la energía de la conciencia del purusha, establecido en la cúspide del mundo, eterno, ilimitado, puro, sin ningún dolor o impedimiento, gozando de su propia grandeza, en un estado de excelsa beatitud (atishobhana).

Twitter del autor: @alepholo

 

 

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Morir así debería ser la meta de todo individuo (sobre la muerte de Suzuki Roshi)

AlterCultura

Por: pijamasurf - 12/14/2017

La muerte del gran maestro zen Shunryu Suzuki es una inspiración para vivir

Shunryu Suzuki fue uno de los primeros grandes maestros zen que llegaron a occidente y dejaron su marca. Suzuki Roshi fundó el San Francisco Zen Center, parte del linaje zen Soto que tiene en Eihei Dogen su fundador y que traza su linaje hasta Mahakasyapa, discípulo del Buda que habría alcanzado el despertar en el silencio que sería la esencia del zazen, cuando el Buda sonrío y mostró una flor a sus seguidores. Fue autor de uno los libros más populares sobre el budismo zen, "Zen Mind, Beginner's Mind".

Suzuki Roshi llegó a Estados Unidos en 1959 y murió el 4 de diciembre de 1971, hace justamente 46 años. Aunque Suzuki Roshi tuvo muchos discípulos, lo único que hizo realmente, fue abrir su templo y sentarse todas las mañanas solo a practicar zazen. Siguiendo su ejemplo, luego, muchos estudiantes se sentaron con él. Esta es la esencia del zen.

Uno de sus alumnos, Lewis Richmond, lo recuerda en la revista Lion's Roar, particularmente la enseñanza de su muerte. El maestro murió de cáncer, pero como dice Richmond, mientras esto colapsó el mundo de sus discípulos, no el del maestro. Aunque estaba sufriendo seriamente y no tomaba medicamentos, Suzuki Roshi seguía con su vida como si no estuviera pasando nada fuera de lo ordinario. Bromeaba sobre su enfermedad y seguía practicando. Suzuki Roshi, según narra su alumno, murió durante un rohatsu sesshin, un retiro tradicional de sietes días. En el primer día del retiro el maestro anunció que moriría.

No sé cómo arregló morir en el momento exacto que lo hizo, de manera tan considerada, dándonos siete días de meditación en el cojín para absorber su partida... ¿Cómo podía estar Suzuki Roshi tan tranquilo enfrentando la muerte? Me pregunté eso mucho en los meses que siguieron. ¿Qué le dio ese poder? ¿Por qué no se lamentaba, no por sí mismo, no por su trabajo -todo lo que había creado en Estados Unidos, todo lo que había hecho durante su vida-? La respuesta era clara. Estaba listo para morir. Encarnaba su propia enseñanza suprema. No te apegues a nada, ni siquiera a la verdad. Todo momento fresco. Ese era su dharma.

En gran medida las religiones y la misma filosofía -según la definición de Sócrates de un entrenamiento para la muerte- nos enseñan a morir. Esto no es necesariamente una búsqueda de la trascendencia, renunciando a la vida inmediata, puesto que la mejor forma de estar listos y en paz cuando llegue la muerte es practicar constantemente, atender al presente, no tener esperanza o miedo. Estar frescos y atentos. Esto es lo que enseña un maestro zen como Suzuki Roshi. Para el budismo, lo único que importa a la hora de la muerte es el estado en que se encuentra nuestra mente, el cual depende de haber llevado una vida virtuosa y haber practicado dharma. No nos podremos llevar nada de la vida, ninguna cosa: sólo lo que somos, nuestra conciencia. La muerte no acaba con la causalidad: somos responsables de lo que seremos. Así todo lo demás, todas las cosas que no contribuyen a esto son innecesarias y hasta estúpidas. La filosofía y la religión son fundamentalmente pensar la muerte y para quien descubre que la mente no tiene principio ni fin, la vida se convierte en un permanente entrenamiento para alcanzar un estado libre de confusión que permita superar esta prueba, que es también la posibilidad de la verdadera libertad.