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"The Awakening Ground" de David Chaim Smith es una de las obras esenciales dentro del misticismo contemporáneo: un profundo destilado de alquimia contemplativa

David Chaim Smith es uno de los pocos artistas y escritores que podemos considerar como verdaderamente místicos y visionarios en la actualidad. En los últimos años ha amasado una de las obras más profundas dentro del esoterismo occidental contemporáneo. The Awakening Ground: A Guide to Contemplative Mysticism (El terreno del despertar: Una guía al misticismo contemplativo1) es su más reciente obra publicada en lo que se confirma como un proceso de destilación cada vez más refinado, en el cual se explora el sendero de la contemplación no-dual. Su obra está fincada sobre una base de imágenes y símbolos cabalistas —tanto en el texto como en los misteriosos artefactos geométricos que lo acompañan, reminiscentes de antiguos diagramas alquímicos— pero se huelga en diversas tradiciones esotéricas, incluyendo “un linaje de realización gnóstica nunca interrumpido”. 

Si consideramos a Chaim Smith dentro de la tradición cabalista, debemos decir que su visión resulta un tanto radical ya que plantea una visión no-teísta y no-emanacionsta de la cábala, en la cual la mónada (la divinidad suprema) es en realidad la última ilusión o reificación dentro del sendero, vista como el “Todo”, un metaobjeto, y por lo tanto el último obstáculo en la comprensión no-dual de la totalidad de la manifestación del universo como solamente conciencia (awareness2) pura, luminosa e impersonal. David Chaim Smith sostiene que Ein Sof (lo Absoluto, literalmente: lo que no tiene fin) es igual al terreno o base de los fenómenos, esto es, el espacio mismo y su despliegue de energía creativa. “La esencialidad trascendente de Ein Sof se expresa como manifestación inmanente”, dice DCS. Tenemos entonces un sistema que reconcilia la aparente paradoja de lo trascendente y lo inmanente, como dos aspectos de una misma naturaleza todoabarcante en la cual se aniquila todo concepto como afuera o adentro y se ecualiza lo absoluto con lo relativo. Esto hace que el universo manifiesto no sea más que la luz abierta y nunca disminuida de Ein Sof —es nuestra percepción delusoria, resultado del hábito de reificación u objetificación, la que hace que percibamos un universo de cosas, objetos separados, concretos, opacos y contenidos que son aprehendidos por un sujeto igualmente separado, concreto, opaco, contenido… “Ein Sof nunca desciende de su pureza, sin embargo, se puede interactuar con su luz tanto desde el lado de lo contenido como de lo incontenible”. De cualquier manera todo con lo que interactuamos no es más que Ein Sof, pero podemos tener una percepción dual y relativa (contenida) dentro de una dinámica sujeto-objeto o una no-dual, absoluta, de pura conciencia sin límites. 

El sistema que establece The Awakening Ground es ciertamente sofisticado y un tanto complejo pero no es uno que carezca de integridad, coherencia interna y belleza. En sí mismo dispone la totalidad del sendero de la autoliberación a través de un entrenamiento de la mente. Lo esencial aquí es liberar a la mente de la coagulación en la que se encuentra, enfrascada en una lógica reificante sujeto-objeto. Esto puede hacerse dirigiendo la atención al punto exacto en el que la dualidad primero surge y en el que la apertura luminosa de la creatividad se ve contenida. Lo que percibimos como un mundo sustancial e impermeable puede que no sea más que la resultante de nuestro hábito de aferrarnos a las apariencias como si fueran objetos concretos —repetir este hábito perceptual estaría solidificando la propia conciencia y re-presentándola como un sujeto con sus objetos. Esto es lo que en la cábala se conoce como una cáscara o klipá, la cual, según algunas interpretaciones, se erige como un límite que restringe nuestro acceso a la sagrada luz primordial. Pero hay buenas noticias: este proceso de concretizar la cognición y separarse de la luz primordial puede desandarse, incluso sin que tengamos que añadir algo a nuestra propia naturaleza esencial. No hay nada que hacer, sólo aprender a ver. La contemplación no conceptual en sí misma corta la raíz de esta reificación básica que polariza el mundo en un ente que conoce y una serie de objetos que son conocidos. DCS sugiere que este largo proceso de confusión y sufrimiento —puesto que la separación es la raíz del sufrimiento— se suspende en la práctica contemplativa que permite a la mente reconocer que aquello que se despliega como fenómenos aparentemente externos son en realidad las “centellas” de su propia conciencia. “La práctica de la contemplación sagrada está basada en el entendimiento de que la mente comparte su naturaleza esencial con todo aquello que observa, y dentro de esa confluencia todas las cosas pueden ser directamente reconocidas”. La labor contemplativa no es una acción como tal, es sólo reconocimiento, pero hay un cierto esplendor en ello, una especie de re-co-ignición, que es la energía primordial creativa vuelta sabiduría. The Awakening Ground es sobre todo una invitación a participar en el perenne matrimonio entre la manifestación del cosmos como fenómeno y la cognición de esta manifestación, o lo que es lo mismo, la indivisibilidad del espacio y la luz. Vale la pena detenernos a meditar un poco en esto: el espacio, que es lo que permite que se manifiesten los fenómenos (que son fundamentalmente luz), no es distinto de esa misma luminosidad que permite que los conozcamos, que, de hecho, es la cognición misma.

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Al inicio de todo sendero místico yace un profundo anhelo y un ardiente amor al silencio. Como escribe DCS:

La práctica contemplativa empieza con el amor al silencio. Silencio en este caso no se refiere a la mera ausencia de sonidos audibles, aunque este es uno de los aspectos que invitan a la mente a la gran expansión de su naturaleza esencial. El gran silencio es pleno, resonante y habla a través de todas las cosas. Puedes empezar llamándolo en tu interior, donde reside sin interrupción.

El amor al silencio es una especie de hambre o sed. Cala profundamente hondo. La urgencia de unirse a él es como el fuego que intensifica la aspiración gnóstica. 

David Chaim Smith hace eco del lirismo de grandes maestros de la tradición mística de Occidente, los cuales han alabado poéticamente los virtudes del silencio, la quietud y el sosiego. Este silencio henchido de una especie de ardor está en el umbral de "La noche oscura del alma" de San Juan de la Cruz; "a oscuras, y en celada,/ estando ya mi casa sosegada". Mientras el silencio disuelve los constructos conceptuales en sus aguas calmas, la mente puede empezar a vislumbrar la pureza virginal del espacio, siempre encinto de la luz, en donde se revela siempre la belleza prístina del mundo. Este mero anhelo expandido por el silencio es suficiente para emprender el largo y solitario viaje de regreso del místico hacia su amada, “el vuelo del solo al Solo” de Plotino. “El amor al silencio y a la belleza del espacio base es la marca de la aspiración que libera el significado”, escribe DCS.

El silencio es la matriz para nutrir el anhelo místico, mientras que el mismo anhelo de lo esencial silencia los deseos mundanos que mantienen a la mente agitada. El hermetista cristiano Valentin Tomberg escribe en sus Meditaciones sobre los arcanos del tarot:

Con el tiempo, el silencio o la concentración sin esfuerzo se vuelve un elemento fundamental siempre presente en la vida del alma. Es como el servicio perpetuo en la Iglesia del Sagrado Corazón en Montmartre que se realiza en París mientras uno trabaja, uno interactúa, uno se divierte, uno sueña, uno muere… De la misma forma que “un servicio perpetuo” de silencio se establece en el alma, esto continua siempre aunque uno esté trabajando o cuando uno está conversando. Esta “zona de silencio”, una vez establecida, es un manantial del cual uno puede tomar tanto para el trabajo como para el descanso. 

Se puede llamar a este "servicio perpetuo" del silencio en medio de cualquier cosa que aparezca. Como dice Chaim Smith: “Contacto directo con el misterio siempre es posible, en tanto que el silencio del espacio básico llama a través de su miríada de apariciones”. La aspiración raíz que se enciende en el silencio es “residir más allá del muro colocado entre los pensamientos internos y las sensaciones y las percepciones externas”. En el silencio se esclarece el estado indiferenciado, la falsa diferencia entre interior y exterior, la inseparabilidad de la mente y el cielo.

El silencio es parte del "campo acrisolado", la primera puerta en el sistema de seis puertas de The Awakening Ground, todas presentadas dentro de un simbolismo alquímico. Es a partir de esta puerta que el contemplativo puede lograr el estado del tzadik, el maestro realizado del misticismo  judío, al cual podemos aspirar en este sendero (pero que tiene su equivalente en el sufí, el santo, el arhat, el mahasiddha, entre otros). Este tzadik, nos dice DCS, está más allá de la identificación y el apego, “no tiene una psique individual, esto en el sentido de que ya no hay más apego al significado de los fenómenos relativos”. Habita en el reconocimiento de lo absoluto y para él cada centella de la luz de Ein Sof (Aur Ein Sof, la creatividad autoluminosa) es la “totalidad completa”, instantáneamente liberada. “El tzadik no es más que esta centella del silencio asumiendo forma, la cual anula la separación entre su singularidad y su infinita variación”. Como un héroe en el drama cósmico del Tzimtzum (la contracción de la luz que se produce para vaciar espacio y dar lugar al mundo manifiesto), el tzadik ha alzado las centellas y liberado las cáscaras, simplemente al reconocer que “las fronteras implicadas en el proceso del Tzimzum, como la jerarquía de los mundos y sefirot, sólo concierne a una distinción relativa. Lo absoluto siempre es sólo Ein Sof”. Todo lo que podemos medir, definir y conceptualizar desde la perspectiva de Ein Sof, de lo absoluto, es una ilusión, sin embargo, puede ser útil durante el sendero. En realidad la totalidad del mundo manifiesto y cada una de sus capas nunca dejan el terreno de la esencialidad, sólo aparentan dejarlo “dentro del klipot de la percepción”; la luz es una unidad simple que irradia “la totalidad en sí misma” y, como las enseñanzas judías sostienen, “la divinidad es perfectamente íntegra y no puede ser interrumpida”. Es justo por esto, debido a que las apariencias son primordialmente puras y restan más allá de las máculas de la conceptualización y la fijación que uno puede alcanzar la “destilación alquímica de la gnosis” a través del reconocimiento de “una sola centella del terreno dentro del campo perceptual… Como la luz de un rayo, el que conoce y lo conocido colapsan juntos en el mismo instante, e infinitas centellas le siguen en el estremecimiento de la apertura. Cada una consume al mundo entero, y sin embargo el mundo nunca desaparece”. Este es el misterio de que la totalidad exista sin disminución en el fragmento y de que el mundo, aunque en realidad sea siempre unidad simple y luminosa, de todas maneras siga apareciendo como una multiplicidad de fenómenos.

Dijimos que The Awakening Ground es un amor al silencio, pero también puede pensarse como la oda de un contemplativo al espacio y a la luz, o a ese “campo de centellas” que desdobla la paradoja de un “terreno inmutable que siempre se manifiesta como cambio constante”. Es la más grande maravilla que este “terreno  [o base] inmutable”, que es sólo absoluta esencialidad se vea propulsado en “una continua variación más allá de origen, destino o sustancia”. Siendo una “nada luminosa”, de todas maneras se manifiesta como todo, “la sustancia aparece, pero no como un hecho —sino sólo como ‘opinión”’. Desde la perspectiva del contemplativo, el mundo es visto como el juego de la conciencia y las apariciones, como un símbolo viviente que lleva el significado de lo absoluto “inherente en su despliegue relativo”, como “un doble onírico” que surge de la cohesión dinámica de las centellas o incluso, en términos teístas, como “el cuerpo viviente de una deidad” (una deidad que es también una bestia, un magnífico puerco kosher, que debe sacrificarse en el altar del espacio).

Las centellas nunca dejan de surgir, ya que la naturaleza del terreno es una incontenible creatividad. Esto en términos cabalísticos es el aspecto de B’reshit, “la esencia dinámica de la totalidad” que siempre está desprendiendo las centellas de una fuente siempre fluyente. B’reshit es la primera palabra del libro del Génesis, que DCS dice que debe traducirse como “en-inicialidad” (la expresión “in-beginningness” difícilmente puede traducirse al español). Esto para mostrar que la creatividad divina siempre —en este mismo momento— está dando a luz al mundo (el espacio es descrito como el vientre divino embarazado de luz). Pero lo que llama aún más la atención es que este continuo pulso creativo colapsa en el mismo exacto espacio y en el mismo instante en el que surge. Místicos de todas tradiciones e incluso científicos modernos han notado que el tiempo es una ilusión (aunque una “persistente”, según Einstein). Una cita del Sefer Yetzirah viene a colación: “El final está embebido en su principio, y el principio en su final, como una llama en un carbón ardiente”. Cada instante, la totalidad en sí misma puede verse a la vez como el Génesis y el Apocalipsis, el Manvantara y el Pralaya, el Tzimztum y el Tikkun Olam. Un surgir-en-su-disolverse, como el flujo y el reflujo de las mareas, como la inhalación y la exhalación que yacen implicadas en toda vida. 

Contemplar la procesión de la manifestación no-dual y su instantánea disolución trae una cualidad estética a la vida y un sentido íntimo de lo sagrado. El universo se vuelve un enorme ritual mágico. Es a través de este descubrimiento que todos nuestros gestos cobran significado, y resuenan como tonos cintilantes del “terreno del despertar”. “Disolviéndose-en-aparecer es el gesto gnosémico quintaesencial: un continuo autoconsumo que surge como todas las cosas sin nunca contradecirse a sí mismo. Se le conoce como la simultaneidad de solve et coagula”. La conciencia unipuntual de este proceso, que vincula a través de la analogía hermética al hombre y al cosmos (“la tierra y el cielo colapsan en un solo gesto sacrificial”), permite que nuestra existencia encarne el significado más profundo al que puede aspirar, aquel de un sacrificio sin final.

Como escribe el escritor italiano Roberto Calasso en El ardor, parte de una única obra en múltiples volúmenes que tiene como uno de sus temas principales el estudio del sacrificio: “El sacrificio es una alternancia, una combinación, una superimposición de dos gestos —dispersar y reunir—… es inevitable e inmediatamente concebido como respiración, sístole y diástole, el solve et coagula alquímico”. En otras palabras, cuando miramos atentamente, todas las cosas están desempeñando un sacrificio, todo está “erguido en su propia disolución”, todo arde, todo está intercambiando energía, y por ello, “está en proceso de transformarse de una condición a otra”, según dice DCS. Lo notemos o no, nuestros propios cuerpos están siendo ofrecidos en este momento al fuego que todo lo consume del terreno (ground). Pero notarlo permite que sigamos el ritmo y disfrutemos del espectáculo; hace que la aspiración se convierta en íntima participación, disolviendo el yo en el gran cuerpo cósmico de “la bestia sacrificial embarazada”. 

El cuerpo entero es una ofrenda, que se sacrifica a sí misma a través del proceso alquímico. Inmersión, absorción y entrega unifican a la bestia, y envían sus espasmódicos impulsos revestidos en nubes de variación, perfumados con el humo de la aspiración. Su carne quemante fenece cada momento. Todos los constructos son impermanentes, y su desaparición es usada por el practicante como un sacrificio. La disolución de los fenómenos es inherente en cada momento de cualquier manera, así que, ¿por qué no imbuirla de una intención gnóstica? ¿Por qué no hacer oración de lo que ya está pasando?

El sacrificio se convierte en un baño lustral, una purificación que es a la vez una intoxicación gnóstica. David Chaim Smith sugiere que el proceso de la contemplación —los eventos de la percepción, el reconocimiento del terreno— libera un destilado alquímico, lo que en un libro previo llamó “el néctar intoxicante de la visión”. En cierto sentido lo que ocurre al contemplativo imita el despliegue creativo del universo: mientras que la luz de Ein Sof se derrama y atraviesa las sefirot, se puede decir que secreta gotas de shefa (“resplandor de la sabiduría”,”luminosidad insustancial”). Estas son las mismas centellas de entendimiento gnóstico que, metafóricamente, en el éxtasis del contemplativo, forman una especie de “sustancia” de la sabiduría. Esto no debe tomarse literalmente (el elixir es inmaterial), pero la imagen que dibuja DCS merece saborearse. Uno puede imaginar el universo antropomórficamente como el Anciano de los Días, un majestuoso ser etéreo (también llamado Atika Kadisha) hecho de las 10 sefirot (el también llamado "árbol de la vida") con las que se mapea el proceso de manifestación, las cuales son al mismo tiempo la anatomía divina y el algoritmo divino del universo. En la cúspide de las sefirot “el shefa fluye como un rocío cristalino, que se derrama de entre el cráneo de Atika Kadisha (keter) y lo que el Zohar llama lo ‘arriba-arriba’ (Ein Sof)”.

Este proceso, que se despliega continuamente en una escala cósmica, resuena con la transformación psicoquímica de la alquimia interna y el yoga que se produce en el cuerpo cuando un adepto logra cruzar un umbral de realización mística. La sustancia alquímica que se produce en un laboratorio alquímico tiene un paralelo en una sustancia interna que se genera en el laboratorio del cuerpo humano en el éxtasis contemplativo. Esta sustancia etérea que DCS describe como “un rocío cristalino” da nombre a uno de sus libros, The Blazing Dew of Stars, en el cual se dice: “la luminosidad vierte los rocíos de estrellas a través de sus capas oscurecedoras”. Evoca el rocío de la mañana de los alquimistas, el Spiritus Mundi, la materia impregnada de espíritu, usada en la producción de la medicina universal. Esta es la materia prima con la cual se logrará la piedra filosofal, de la cual se dice, sin embargo, que está en todas partes y que si no fuera en sí misma ya esa naturaleza áurea o perfecta no podría lograr “el trabajo del Sol”. Es también, en su múltiple poder metamórfico, el llamado “mercurio secreto”, el disolvente universal que borra todas las fronteras y conecta todo con todo. Tiene algo así como una naturaleza holográfica a través de la cual Ein Sof puede ser reconocido donde sea. Es una gota, un único destello de la mente, pero es la totalidad entera. 

Este es el sueño que se sueña a sí mismo despierto, incansable en la convulsión de sus cualidades. Brisas de rocío cristalino se arremolinan y fluyen en corrientes de primordialidad no fabricada. Cada cúmulo es una gota, cada gota esparce un universo; una corona en la cabeza y un reino sobre el cual caminar, lloviendo, mezclándose, aleándose, disolviéndose, batiéndose en perpetua permutación. El rayo de luz de la aparición es su ofrenda. 

 

 

Si Borges situó el punto que contiene todo el universo ocurriendo simultáneamente en una esfera tornasol en un sótano en Buenos Aires, DCS sabe que ese punto (esa esfera, esa gota, esa letra) está en todas partes, que el Aleph es esencialmente ubicuo —este es el sello de Ein Sof. 

“La naturaleza sólo usa los hilos más largos para urdir sus patrones, para que así cada pequeña pieza de su tejido revele la organización de todo el tapiz”, escribió el físico Richard Feynman. La cartografía esotérica de The Awakening Ground coincide con esta perspectiva de cosmología fractal. “Cada proyección es un hilo que no puede ser separado del terreno que lo presenta” y también "Cada aspecto mueve a todo otro aspecto en un infinito despliegue. El campo de las conexiones es literalmente el espacio mismo. Está tan lleno que está abierto: infinitamente vasto: un tapiz viviente de apertura apareciendo”.

Cada gota es también una puerta, nos dice DCS, y cada gota es también una vocal, aleph (“la totalidad que fluye adentro”), el punto en donde todos los otros puntos convergen simultáneamente, el centro ubicuo del universo. Las vocales son la escritura en el muro del espacio, que van labrando mundos en su juego centelleante (Aryeh Kaplan comenta en su versión del Sefer Yetzirah que el número de estrellas en el universo es igual al número de permutaciones del alfabeto hebreo). El rocío cristalino que se vierte del cráneo, derramando la incontenibilidad de Ein Sof a través de las cáscaras, es la dicha del contemplativo reconociendo el despliegue energético de los fenómenos como su propia conciencia, holgándose en la pirotecnia mágica de “mil soles de colores más allá del espectro ultravioleta”. Es lo que ansía todo místico: ha sido descrito como néctar, ambrosía, amrita, mana, elixir, el misterioso análogo de la iluminación. Es tal vez el eterno deleite de la energía (como escribió Blake) en su autoliberación, anulando la diferencia entre Keter y Malkut y revelando el cuerpo del tzadik como un jardín gnóstico. Es la “incesante energía del paraíso visionario conocido como El Edén". “El trabajo ‘abajo’ trae consigo la lluvia de 'arriba'", escribe DCS en The Kabbalistic Mirror of Genesis. Esta lluvia es shefa, “una fuerza bendita”, la vida misma que es luz. La percepción se depura y entonces vemos todo como es: “El mensaje central de la alegoría edénica es que cuando la percepción no oscurece a la divinidad, todo es dicha. De hecho, la palabra Edén significa ‘delicia’… Cuando no son oscurecidos por el interés egoísta y la percepción delusoria, todos los fenómenos son el Jardín del Edén”.

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David Chaim Smith va volando en el Merkavah (el vehículo del servicio a domicilio de la gnosis) —la cortina celestial ya ha sido descorrida por Metatron y nos lleva con él en un viaje hacia la gota-universo de la contemplación mística, invisiblemente zurciendo los hilos esenciales del corazón de varias tradiciones esotéricas. Lo hace más que con la mente de un filósofo con el ojo de un artista y con el corazón de un místico. El filósofo quiere comprender “la mente de Dios”, pero el poeta siente la cualidad de la luz y en ella descubre una dicha que es igual a la creatividad incesante del universo y el místico celebra el despliegue resonando con su canto la propia luz que hace el espacio: un campo enjoyado con el brillo del rocío de las estrellas. Juego, oración y práctica se hacen uno.

En cada centella están todas las cosas, nos parece decir DCS. Y al reconocer la naturaleza verdadera de sólo una centella, una gota, un pensamiento, conocemos la luz de todas las estrellas, el significado de todos los fenómenos y en un santiamén todo este edificio espectral e insustancial sostenido sólo por el miedo y la esperanza se colapsa. Y, sin embargo, “una perfecta y cintilante radiación permanece… erigida-disolviéndose en su variación”, interminablemente deshaciendo todos los constructos, libre luminosa abierta “sin un destino o meta específica, es el sello viviente sin (Ein) final (Sof)”. Cuando brota la autoluminosidad de Ein Sof, siempre existe la posibilidad de la reificación o el reconocimiento (sabiduría); cuando la reificación ocurre, sujeto y objeto nacen, y lo que es sólo conciencia se reviste a sí mismo como un cuerpo, un mundo, un reino… con  todas sus costras, cáscaras, capas y hábitos que esmaltan y concretizan. Ya que no hay límites en cómo se puede presentar el pulso creativo del Infinito (Ein Sof), la mente puede confundirse y dudar de su naturaleza verdadera. Cubre su luminosa desnudez con cosas que no dejan verla, pero que no son a fin de cuentas más que su propia piel. Pero aunque este mundo concreto emerge, todo es sólo luz-conciencia abierta, el universo sólo un adorno de la sabiduría. Como dice DCS: “la materia es sólo una opinión, la sustancia un rumor”. Si no tomamos demasiado en serio los fenómenos y los objetos que nos rodean, el mundo entero se vuelve una obra de arte y todos los fenómenos son sólo el condimento estético de una obra maestra que ya ha concluido y sin embargo siempre está en progreso.

The Awakening Ground traza un camino de “práctica espiritual dedicada”, más allá del mero filosofar. Argumenta con palabras y diagramas intoxicantes que “obtenemos el universo que merecemos”, el mundo que experimentamos es un despliegue externo de nuestro estado cognitivo interno. Es por esto que no hay forma de darle la vuelta a la purificación de la percepción y el entrenamiento de la mente si se quiere tomar un camino espiritual y vivir el estado de dicha incondicional que describen los místicos. El genuino estudiante de esoterismo y filosofía mística hará bien en estar atento al trabajo de David Chaim Smith. Realmente no hay muchos otros como él que estén profundamente involucrados en andar el sendero y a la vez trazar y compartir el mapa. A fin de cuentas nadie puede andar el camino por ti, pero encontrar alguien que pueda señalarte la dirección es una bendición. 

 

Twitter del autor: @alepholo

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en Cadena Áurea

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1 El concepto clave de este texto que aparece también en el título del libro, “ground”, es de difícil traducción; no existe un término exacto para “ground” en español, especialmente como lo usa Chaim Smith. Los dos más cercanos, me parece, son “terreno” y “base”; ambos deben complementarse para entender lo que propone el texto. Quizás una traducción más elaborada pero útil sería “espacio base”. Lo central es que este “ground” es a la vez la base o el espacio de la manifestación fenomenológica y la manifestación misma. 

El término awareness tampoco tiene un equivalente en español. Traduzco “conciencia” simplemente porque este es el término paraguas que se ha utilizado popularmente para englobar la cognición primordial. En otras ocasiones lo he traducido como cognitividad, siguiendo a Elías Capriles. Estrictamente, ambos términos son deficientes, ya que conciencia y cognición connotan una dualidad: “con-ciencia”, “co-gnición”, y de lo que se habla realmente es de una gnosis no-dual. 

Esta habilidad es sumamente importante en el mundo moderno, donde todos estamos sujetos a la agitación y al estrés colectivo.

En todas las tradiciones, la meditación y la práctica espiritual están ligadas al cultivo del silencio. El silencio y la relajación tienen una relación de retroalimentación muy importante con la práctica. Para avanzar más rápido es muy útil poder acceder a un espacio propicio en el que predomine la tranquilidad y la mente no se vea agredida por constantes estímulos externos difíciles de controlar. El silencio es realmente una bendición. 

Dicho eso, todos sabemos que las condiciones de la vida moderna no proveen fácilmente un espacio silencioso y tranquilo para meditar. Ante la marcha frenética de la productividad y el progreso, el silencio se ha convertido en una rareza, en una especie de lujo que en realidad es una necesidad. Y es justamente por esto —por el enorme estrés al que estamos sometidos que más debemos meditar y buscar crear al menos un silencio interno. Como se dice popularmente: medita 20 minutos al día y si ni siquiera puedes encontrar 20 minutos al día entonces medita una hora, porque realmente lo necesitas.

Así las cosas, ya que no es fácil y ni siquiera deseable renunciar del todo al mundo, debemos de incorporar nuestra meditación al ruidoso tren de la existencia cotidiana. El monje theravada alemán Nyanaponika Thera, en su clásico The Heart of Buddhist Meditation, explica que uno debe no debe irritarse o molestarse por la ocurrencia de pensamientos indeseables”, sino que debe tomarlos en sí mismos como los objetos de la meditación o de la atención plena (mindfulness). Y si la irritación surge y persiste entonces uno debe darse la oportunidad de contemplar en estas reacciones los propios obstáculos o venenos de nuestra mente. Esto puede parecer una tortura: meditar sobre aquello de lo cual justamente queremos liberarnos —y por lo cual probablemente empezamos a meditar en primer lugar. Sin embargo, hay una gran diferencia entre el estado de autoobsevación de la meditación y el estado de verse sacudido por una emoción como el enojo, la lujuria o la aversión. Lo que la meditación budista instruye es a observar las aflicciones de nuestra mente cuando surgen, como un científico observaría desapegadamente el torrente sanguíneo en su laboratorio o algún otro objeto bajo el microscopio (en este caso el microscopio es la atención plena, el samadhi). El científico no se convierte en aquello que observa. Así uno va creando una sana distancia entre su atención y sus emociones y se permite notarlas sin frustración ni involucramiento.

Todo esto aplica de igual manera a los ruidos y fenómenos irritantes externos y es que para el budismo no existe una separación absoluta entre lo externo y lo interno, ambos son correlativos, expresiones de la naturaleza de la mente que todo lo engloba. Dice Nyanaponika Thera:

Si, por ejemplo, hay un ruido perturbador, uno puede notarlo brevemente como un “sonido”; si fue inmediatamente seguido por una molestia por la perturbación, uno debería de registrar esto también como “mente con enojo”. Después de eso uno debería de regresar a la meditación que fue interrumpida. Pero si uno no logra hacer esto en el primer intento, el mismo procedimiento debe ser repetido, Si el ruido es muy alto y persistente y evita que te mantengas atento al tema de tu meditación, uno puede, hasta que el ruido cese, continuar tomándolo como el objeto de la meditación, específicamente como una de las bases de los seis sentidos dentro de la Contemplación de Objetos Mentales: “El meditador nota el oído y el sonido y se da cuenta de la molestia que surge en dependencia de ambos…” En las fluctuaciones del sonido uno puede observar el surgimiento y la disolución; en su ocurrencia intermitente, su originación y desaparición, y su naturaleza condicionada se vuelve clara.

La clave está en la capacidad de no fusionarse cognitivamente con el ruido o con algún tipo de perturbación externa, sino solo notarla. Si podemos darnos cuenta de ella y volver a concentrarnos en nuestra meditación, esto es lo que debemos de hacer, ya que avanzaremos más rápido en ese tema o técnica que estamos empleando. Si no podemos hacer esto por cuestiones de la magnitud de la perturbación o por nuestra falta de absorción meditativa, al menos debemos de ser capaces de mantener cierta distancia con el objeto y no perder nuestra atención. No debemos de olvidar que estamos meditando, que estamos ejerciendo el control de nuestra atención; si tenemos este “mindfulness”, realmente no es muy importante hacia que objeto lo dirigimos, ya sea el ruido de una máquina en la calle o de nuestra respiración o de un símbolo sutil. Lo fundamental es no añadir de nuestra propia cosecha mental a los fenómenos, por ejemplo, no estar escuchando el ruido de un martillo y a la vez estar pensando que “miserable soy, quiero meditar pero hay un maldito ruido de un martillo que no me deja, es tan fuerte y molesto”. En este caso el fenómeno captura nuestra atención. En cambio, si uno es capaz de observar de manera desapegada, estos fenómenos aparentemente inconvenientes pueden ser muy instructivos. Por ejemplo se puede apreciar la impermanencia de todas las cosas o la ausencia de una existencia inherente en un sonido como el de una bomba de agua que aparentemente es constante pero que si se observa minuciosamente uno se dará cuenta que está compuesto de muchas oscilaciones, que lo que es constante es su surgir y su desaparecer y que de hecho el sonido no está en la bomba en sí misma, sino en toda una serie de condiciones que contribuyen a que nuestro cerebro así lo perciba, es interdependiente toda una serie de causas y condiciones y sin ellas no existiría. Asimismo, lograr establecer una meditación en un ambiente poco favorable sirve como base para hacer de la meditación un estado continuo, mantener el flujo de la atención plena en las actividades diarias, lo cual es uno de los objetivos esenciales, ya que de poco sirve si uno sólo puede alcanzar un estado de paz mental sentado meditando aislado e inmediatamente lo pierde al entrar en contacto con el mundanal ruido. 

Dice Nyanaponika Thera:

En la conciencia de las sensaciones perturbadoras uno se detiene en el mero acto de darse cuenta de su presencia sin nutrir estas sensaciones y así fortalecerlas con lo que uno añade a los puros hechos, esto es, las actitudes mentales de autorreferencia, excesiva sensibilidad, auto-conmiseración, rencor, etcétera. 

Aquí el venerable Nyanaponika Thera claramente distingue entre aquello que puede ser perturbador —el ruido de una sierra eléctrica, una migraña, el recuerdo de la muerte de alguien, etcétera y nuestra elaboración y ruminación sobre este evento dentro del espacio de nuestra conciencia. En realidad el sufrimiento no existe en los meros fenómenos, ya sean externos o internos, es siempre el resultado de nuestro merodeo sobre los mismos, de nuestra identificación con ellos y de nuestro aferramiento conceptual vinculatorio a los mismos. Según Nyanoponika Thera, tomando por supuesto del Canon Pali, el gran escollo que enfrentamos y que nos mantienen en la rueda del sufrimiento es nuestra falta de capacidad de ver la impersonalidad de las cosas —es sólo porque nos identificamos con un yo fijo y estable, el cual oponemos a todos los objetos del mundo, que abrimos toda una dimensión de sufrimiento, sin ese yo sólido y separado nada se puede adherir a nosotros: somos libres.

Para complementar esta práctica se recomienda estudiar el eslogan de entrenamiento de la mente lojong del budismo tibetano conocido como "tomar las adversidades como el sendero".  

Twitter:@alepholo