*

X

Aprovecha el día: el 'carpe diem' es tu mejor forma de estar en el presente

Buena Vida

Por: pijamasurf - 09/15/2017

Yoga, meditación, mandalas: ¿todo ello nos acerca mejor a vivir en plenitud aquí y ahora?

En años recientes, ciertas ideas espirituales netamente orientales se han mediatizado y popularizado en Occidente, en específico aquellas que, de inspiración budista, nos llaman a “estar en el presente”. La cultura actual, tan llena de ansiedad y distracciones, ha sido especialmente receptiva a esta invitación, en la medida en que a cambio de aceptarla se nos promete que así disfrutaremos de la vida en tranquilidad, felicidad o plenitud, cualidades que parecen hacer mucha falta en las sociedades y a los individuos de nuestra época.

Cursos para aprender a meditar, tutoriales de yoga en línea, libros para dibujar mandalas: los productos en torno a esta tendencia se multiplican día con día, tanto como las voces que dictan consejos y métodos para lograr en unos pocos días estados del espíritu que a otras personas les ha tomado años alcanzar. Si bien la necesidad de “estar en el presente” puede ser auténtica, la manera con que en Occidente se ha buscado satisfacerla podría no ser la mejor ni la más adecuada.

Como reseña Roman Krznaric en el sitio de la revista TIME, uno de los principales críticos de este interés desbordado por las disciplinas y doctrinas de Oriente es, curiosamente, Matthieu Riccard, conocido como “el hombre más feliz del mundo” y de quien nos hemos ocupado antes en Pijama Surf. Riccard, francés de nacimiento, es también un monje budista que luego de varios años de práctica ha ejercido la labor de vínculo entre las enseñanzas del budismo tibetano y Occidente. Sin embargo, ante la oleada de “atajos” que se ofrecen para alcanzar la conciencia plena (mindfulness), la tranquilidad de mente o la concentración absoluta, Riccard no tiene reservas en describir esta situación como “meditación budista sin budismo”.

El riesgo, según el monje, es que al no tener en cuenta nada más que el estado de la mente, la persona se vuelva “mental” en extremo. Y Riccard propone una comparación con un francotirador o un psicópata: ambos necesitan estar concentrados, sin distracciones, tan calmados como sea posible, enfocados netamente en su presente y, para colmo, sin sentir la necesidad de juzgar su situación (“matar sin juzgar”, dice Riccard). 

La comparación podría sonar exagerada, pero también es pertinente, pues apunta hacia una de las principales carencias de las adaptaciones occidentales de las prácticas de Oriente: el fundamento espiritual, sin lo cual es impreciso y podría decirse que hasta imposible entender disciplinas como el yoga o la meditación. El cual, por otro lado, es tan sencillo de enunciar, que sorprende que se ignore tanto en el mundo contemporáneo. Dicho fundamento no es otro mas que la compasión. Cuando se entiende que meditar o practicar yoga son ejercicios que se practican con el objetivo de ser más compasivos, pierden entonces cualquier cariz individualista que pudieran adquirir.

Krznaric, por cierto, cita en su texto otra postura frente a la existencia que aunque fue sostenida en Occidente durante muchos siglos, hoy en día parece totalmente olvidada: el carpe diem de los antiguos clásicos, ese “aprovecha el día” que durante casi 2 mil años se tomó como un recordatorio amable sobre la finitud de la vida. 

“Aprovecha el día” y “estar en el presente” son prescripciones afines y, salvo por el contexto cultural al que pertenecen, podría decirse que equivalentes. La diferencia, quizá, podría establecerse en el nivel de familiaridad o cercanía con que escuchamos cada una y, a partir de esto, podemos hacerla parte de nuestra vida.

Quizá, antes que meditar, hacer yoga o dibujar mandalas, para algunos sea mucho más sencillo y natural recordar que cada día, cada hora, cada minuto y cada segundo que pasan son irrecuperables, y que nuestra única alternativa como humanos frente a esa fatalidad es aprovechar lo mejor posible el tiempo que nos fue dado. Entregarte de lleno y siempre en todo lo que haces, admirar y disfrutar lo invaluable de la vida, recibir con todos tus sentidos las experiencias que la existencia te depara… Eso, quizá, sea aprovechar lo mejor posible tus días.

Finalizamos con este poema de Horacio, el mismo poeta romano que usó el carpe diem en otra de sus odas y que, en este caso, nos legó una reflexión sobre la plenitud que, como una semilla, yace en cada instante, y que espera pacientemente a que la descubramos para que florezca ante nuestros ojos:

Odio, muchacho, el lujo de los persas 
y tampoco me gustan las guirnaldas
que se trenzan con fílira.
Deja ya de buscar
dónde se ha demorado una tardía rosa.
No quiero que, solícito, le añadas
nada al sencillo mirto: no nos desdora el mirto
ni a ti, mi escanciador, ni a mí, que estoy bebiendo
bajo la espesa parra.

("Persicos odi, puer, apparatus", Odas, Libro I, XXXVIII; traducción de Enrique Badosa)

 

También en Pijama Surf: Amor fati: si amas tu vida, no tendrás nunca de qué arrepentirte

Te podría interesar:

Tolstói sobre el amor: ¿Cuánto se debe amar a una persona?

Buena Vida

Por: PijamaSurf - 09/15/2017

"¿A quién debería amar más y hacia quién debería dirigir mis actos de bienestar–a mi esposa o a mis hijos–, a mi esposa e hijos, o a mis amigos?"

Conocido por sus obras Guerra y Paz y Ana Karenina, León Tolstói fue uno de los principales promotores tanto del realismo ruso como de la “no violencia activa”. Para él, nacido en la comodidad de la aristocracia rusa y fallecido en el desprendimiento de todo bien material, “la práctica de la violencia no es compatible con el amor como ley fundamental de la vida”.

Para él, el amor es comúnmente malinterpretado. En su libro On life (1888), Tolstói examina las principales creencias irracionales del amor; por ejemplo, considera que “el conocimiento confuso del hombre” ha provocado que crea que “en el amor se encuentra el remedio para todos los misterios de la vida”. Pues según él, “el amor, en su sentido más grandioso, nunca es un juego en donde nos extendemos hacia un ser a expensas de un otro”. Sin embargo, ¿qué es el amor?

Tolstói expresa que “cada hombre conoce que en el sentimiento de amor hay algo especial, capaz de resolver todas las contradicciones de la vida y de dar al hombre un bienestar completo, el esfuerzo que constituye la vida”. Sin embargo, la definición pura del amor sólo llega a las personas que a su vez son capaces de entender la vida. Para estos hombres, según el ruso:

el amor aparece no sólo como la única y legítima manifestación de la vida, como la conciencia razonable, pero sólo como una de las miles de diferentes eventualidades de la vida; como una de las miles de las varias fases por las que atraviesa un hombre durante su existencia.

Es decir, que si bien es una actividad que “ofrece tantas dificultades pues sus manifestaciones se pueden convertir en dolorosas y en ocasiones en imposibles”, debe experimentarse sin razonarla porque “todo razonamiento sobre el amor lo destruye”. Especialmente porque las personas “que  han usado ya su raciocinio para entender la vida y han renunciado al bienestar de la existencia individual, pueden entender al amor”. No obstante:

aquellos que no han entendido la vida y que existen por el bienestar de una individualidad animal, no pueden evitar razonar sobre el amor. Necesitan una razón para ser capaces de entregarse a este sentimiento que llaman amor. Cada manifestación de este sentimiento es imposible para ellos, sin razonar, y sin resolver preguntas sin respuestas.

El humano, al enfrentarse a la paradoja central de reconciliación con su inherente solipsismo con el Ethos del amor universal, necesita contemplar lo siguiente:

En realidad cada hombre prefiere su propio niño, esposa, amigos, país, en lugar de los niños, esposas, amigos y países de otros, y a eso es a lo que le llama amor. Este amor significa en general hacer bien. Es por lo tanto lo que todos entendemos como amor, y no sabemos cómo comprenderlo de otra manera. Por ello, cuando amo a mi niño, mi esposa, mi país, quiero decir que deseo el bienestar a mi hijo, esposa y país más que el de otros niños, mujeres y países. No sucede, y nunca podrá suceder, que yo ame sólo a mi hijo, esposa y país. Cada hombre ama al mismo tiempo a su hijo, esposa, país, y hombre en general. No obstante, las condiciones del bienestar que desea para los distintos seres amados, en virtud de su amor, se encuentran íntimamente conectadas, tanto que cada acto de amor para cada uno de estos seres amados no sólo disminuirá los actos de amor hacia los otros, también será perjudicial para ellos.

[…] ¿En el nombre de qué tipo de amor debería actuar y cómo debería actuar? ¿En nombre de qué tipo de amor debería sacrificar otro amor? ¿A quién debería amar más y hacia quién debería dirigir mis actos de bienestar –a mi esposa o a mis hijos–, a mi esposa e hijos, o a mis amigos? ¿Cómo debo servir a un país tan amado sin dañar el amor que tengo a mi esposa, hijos y amigos?

Finalmente, ¿cómo debo resolver este problema, dosificar el sacrificio de mi propia individualidad, el cual es necesario para servir a los otros? ¿Hasta qué grado puedo ocuparme a mí mismo con mis propios asuntos y aun así ser capaz de servir a aquellas personas que amo? Todas estas preguntas parecen ser simples para las personas que no han tratando de explicar este sentimiento que llaman amor –pero, más allá de simples, son realmente imposibles de resolver.

De modo que para enfrentar estas preguntas sin respuesta, Tolstói sugiere tomar conciencia y, finalmente, aceptar que el amor es vasto y diverso, que existen diferentes tipos de amor y que para vivirlo se requiere un estado activo del ser:

Las demandas del amor son tantas, y todas están tan entretejidas, que la satisfacción de las demandas de algunas privan al hombre de la posibilidad de satisfacer otras. Pero si admito que no puedo vestir a un niño entumecido por el frío, con la pretensión de que mis hijos un día necesitarán ropa provista por mí, puedo también resistir a otras demandas de amor en nombre de mis futuros hijos.

[…]

Si un hombre decide que lo mejor para él es resistir a las demandas de un amor débil, en nombre del otro y de una manifestación a futuro, necesita comprender que tanto puede decepcionarse a sí mismo o a otras personas, como amarse a nadie más que a sí mismo sobre todas las cosas.

El amor a futuro no existe. El amor es sólo una actividad en el presente. El hombre que no manifiesta el amor en el presente, no posee amor realmente.