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Esta es quizás la más grande enseñanza de los maestros iluminados de distintas tradiciones: la sabiduría es bondad; la bondad, sabiduría. Y en ellas yace una sustancia alquímica o medicina universal

Durante el momento de la iluminación, cuando veo la faz original de la mente, una compasión ilimitada emerge. Entre más grande la iluminación, más grande la compasión. Entre mayor mi compasión, más profunda la sabiduría que siento. Este inequívoco camino de no-dualidad es la incomparable práctica del Dharma. (Vow of the Mahamudra, traductor Evans-Wentz)

En este mundo, hasta la fecha
el odio nunca ha disipado el odio.
Sólo el amor disipa el odio: ésta es la ley.

(Dhammapada)

 

 

 

Para la mayoría de las personas ser inteligente es más atractivo que ser bueno. Creo que actualmente la mayoría de las personas elegiría ser inteligente a ser bueno si les dieran a escoger. La forma en la que está construida nuestra sociedad —basada en el éxito económico, en la búsqueda de notoriedad y en la percepción del mundo como competencia— parece priorizar la inteligencia sobre la bondad y tiene profundamente inculcada la noción de que la inteligencia es más valiosa para conseguir el éxito que desea y "salir adelante". En este artículo argumentaré que la compasión y la inteligencia (o la bondad y la sabiduría) están estrechamente ligadas, existen en una permanente retroalimentación y, en realidad, una persona no puede ser verdaderamente inteligente si no es también compasiva y, por una alquimia emocional, una persona bondadosa se vuelve naturalmente una persona sabia. Esto es algo que han descubierto numerosos maestros espirituales, y de hecho conforma el núcleo exotérico de sus enseñanzas: es el entendimiento profundo de la llamada “ley de oro” o reciprocidad.

La compasión es el sentimiento de empatía, de experimentar en carne propia el sufrimiento que otro experimenta, el cual motiva a la acción para erradicar ese sufrimiento. Como tal, es esencialmente altruista, libre de egoísmo. De alguna manera, la compasión requiere de una cierta sabiduría para poder sostenerse continuamente. La persona compasiva actúa desde la integración, de la noción de que no existe separado del otro, de que el bienestar de los demás es su propio bienestar y que la existencia de un yo individual fijo, estable, autónomo y separado del mundo es una ilusión. Si no sabe o no cree esto será difícil que encuentre una motivación para seguir actuando con compasión. Sin embargo, la compasión, a su vez, virtuosamente engendra inteligencia y sabiduría, en un bucle de retroalimentación positiva. La razón por la cual los actos bondadosos nos hacen más inteligentes es lo que intentaremos explicar aquí.

 

CAUSA Y EFECTO EN MENTE Y CUERPO

El fundamento que sustenta este argumento es que vivimos en un mundo regido por ciertas leyes universales. La más básica de ellas es la ley de la causa y el efecto. Los efectos son proporcionales a sus causas: una semilla de mostaza no dará un árbol de mangos. Desde una perspectiva moral esto se formula con la famosa "ley de oro", que se manifiesta de alguna u otra forma en todas las religiones y tradiciones filosóficas. Comparemos sólo algunas. San Pablo escribe a los gálatas:

Lo que cada uno haya sembrado, eso cosechará. Porque el que siembra para su propia carne, de la carne cosechará corrupción, pero el que siembra para el Espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna.

Algo similar puede encontrarse en varios libros de la Biblia, y de aquí se desprende la fórmula básica, repetida como sabiduría popular, de que lo que sembramos (específicamente el aspecto cualitativo de nuestros actos, ya sea que sean justos o injustos, que tengan como intención beneficiar a los demás o beneficiar a uno por encima de los demás) eso cosecharemos. Una visión similar es expresada por Jesús según Mateo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, aquí se introduce de manera más explícita el elemento de compasión. Podemos añadir que amarás a tu prójimo como a ti mismo, y así cosecharás lo que siembras –sin división entre lo interno y lo externo, lo propio y lo extraño, lo mío y lo tuyo.

El filósofo Manly P. Hall, hablando sobre la ley que se expresa en el conjunto de los textos sagrados, dice: “Tal vez no exista prueba alguna del origen divino de las escrituras, pero una forma de prueba puede encontrarse en el desastre que acontece cuando se rompen”. Es decir, una vez que violamos las leyes de la naturaleza, que son el espejo de la inteligencia divina, existe naturalmente una consecuencia y esto puede apreciarse generalmente en el estado de salud de un individuo o en el resultado de las cosas que emprende, tarde o temprano. En esta visión de las leyes de la naturaleza como el libro en el que se conoce a la deidad, Hall sigue a filósofos y científicos como Paracelso y Francis Bacon. Bacon famosamente escribió que Dios no necesita hacer milagros para probar su divinidad ya que la maravilla de su obra y la divinidad misma del mundo se revelan en la grandeza de las leyes de la naturaleza. Curiosamente Bacon es uno de los padres de la ciencia moderna, lo cual muestra que la religión y la ciencia no tienen que estar en contradicción. 

KARMA Y DHARMA

Ahora veamos cómo aparece esto en el budismo. En el Dhammapada, el Buda famosamente enuncia: “Si uno habla o actúa con una mente impura, entonces el sufrimiento le sigue del mismo modo que la rueda sigue a la pezuña del buey”. En esta frase está la esencia del buddhadharma y  lo que Alan Wallace ha llamado una “ciencia contemplativa”, y es que los budistas nos dirán que esto no es solamente una conjetura que existe en un rango de subjetividad que aplica a veces sí y a veces no, sino que puede comprobarse inexorablemente, tanto física como mentalmente. Una lúcida ampliación de este entendimiento de las leyes del karma puede observarse en la explicación que hace el gran enciclopedista tibetano Jamgon Kongtrul de los 4 pensamientos que hacen girar la mente hacia el Dharma:

 

Los efectos de mis actos me siguen como la sombra sigue a mi cuerpo.

[…] Experimentaré los efectos de todos mis actos.

No experimentaré los efectos de las acciones que no he realizado.

Mis acciones siguen evolucionando en los resultados que experimento.

La virtud inevitablemente madura como felicidad y el mal como sufrimiento.

Si bien el objetivo budista es liberarse de todo karma, es el karma positivo, los actos positivos, los cuales nos colocan en un posición adecuada para hacerlo. El Buda precisó que no todos los actos generan karmas que tienen que "pagarse", por decirlo vulgarmente, es decir, que forman sankharas o compuestos psicofísicos; es la intención (cetana) la que tiñe el acto, la que genera karma positivo o negativo. El bodhicitta  —la mente despierta, la mente del bodhisattva cuya característica esencial es la compasión— es el método supremo para cultivar karma positivo y purificar el karma negativo y así poder alcanzar la sabiduría (el prajna) que revela la realidad del samsara como nirvana (en la parte final del artículo exploraremos más este bodhicitta, el sublime hallazgo de la ciencia budista). Aquí yace en buena medida la importante innovación que hace el budismo mahayana, a diferencia del llamado hinayana; se le llama el gran vehículo (el mahayana) porque sostiene que la compasión es el método principal para la liberación e introduce el camino del bodhisattva, aquel que ha jurado permanecer en el mundo (samsara) hasta que se liberen del sufrimiento todos los seres sensibles. Es difícil concebir una posición ante la vida más compasiva que ésta.  

Es importante entender que el budismo ni el hinduismo sostienen que el karma —o la intención que lo in-forma— sean trascendentes o que se efectúen por la intervención de alguna deidad o proceso ulterior (tipo un Juicio Final). No hay nadie que castigue o premie. En el pecado se lleva la penitencia pero también en la virtud se lleva la recompensa. En realidad todo ocurre en el mismo instante. Esto significa necesariamente que la intención debe tener un componente energético sutil, lo cual está en concordancia con la cosmología budista, en la cual se mantiene una identidad entre la mente o la conciencia y la energía, siendo la energía (o el prana) el soporte de la mente, el caballo de viento que usa la conciencia para andar. Escribe en este sentido Allan Wallace, maestro de meditación y físico: “El espacio absoluto de los fenómenos [dharmadatu] es permeado no sólo por la conciencia primordial, sino por la infinita energía vital de esa conciencia (jnana-prana), que tiene la misma naturaleza”.  

Así, el karma, todos nuestros actos y su intención, ese aspecto cualitativo a través del cual imprimimos energía psíquica, se registran en nuestro cuerpo-mente, permanentemente, en cada percepción, en cada pensamiento, aquí y ahora. “Trabajar con el cuerpo es abrir una reserva de karma almacenado", dice el maestro de meditación Reginald Ray, quien sugiere también que el karma es similar a lo que hemos llamado el inconsciente. Existe un karma entonces que opera desde las sombras, hay semillas que tardan en germinar, que necesitan de ciertas condiciones para salir a la superficie —algo que se evidencia en el caso del trauma—.

Podemos hablar del budismo como una “ciencia contemplativa”, justamente en este sentido. Por más de dos milenios, los contemplativos budistas han observado los efectos de las acciones en su propios cuerpos-mentes y han llegado a la conclusión de que no hay verdadera división entre lo interno y lo externo, entre lo físico y lo mental. Las semillas que sembramos se cosechan igualmente en la tierra que en nuestra conciencia. La ciencia occidental moderna, por el contrario, ha hecho una tajante y mayormente arbitraria división entre lo material y lo mental —siendo lo mental una mera ilusión generada por el cuerpo— y así sólo atribuye causalidad a la materia. Un pensamiento puede correlacionar con cierta actividad neuronal e incluso generar ciertas hormonas y sustancias químicas, pero en ninguna medida se cree posible que pueda tener un efecto sobre algo que no sea el mismo cuerpo que lo genera y mucho menos ser la causa de un fenómeno externo (como por ejemplo los fenómenos de sincronicidad estudiados por Carl Jung). Así, bajo este marco cientificista, los eventos y fenómenos que experimentamos son resultados del azar o de procesos estocásticos y existen independientemente de la conciencia que los observa (claro que ésta es la visión clásica y un tanto obsoleta de la ciencia, la física cuántica parece sugerir que no se puede dividir la conciencia o el observador del fenómeno que se observa). 

LA IDEA DEL BIEN EN LA FILOSOFÍA PLATÓNICA

En el caso de la filosofía platónica, la idea del bien (agatho) y la noción de que el universo está sujeto a una ley eterna e inmutable son dos de sus elementos esenciales. Los griegos hicieron de este principio legal intrínseco al cosmos algo incluso superior a los dioses y lo llamaron Ananké, la necesidad. Es por Ananké que incluso los dioses están encadenados a sus actos y es a través de Ananké y sus hijas, las Moiras, que las almas reciben su lote, su destino, aquello que han cosechado con sus actos en vida. El Buda hace girar la rueda del Dharma, las Moiras tejen el huso de la Necesidad. En La República, antes de relatar el mito de Er y explicar la teoría de la transmigración, Sócrates señala: 

Cabe suponer respecto al varón justo que, aunque viva en la pobreza o con enfermedades o con algún otro de los que son temidos por males, esto terminará para él en el bien, durante la vida o después de haber muerto. Pues no es descuidado por los dioses el que pone su celo en ser justo y practica la virtud, asemejándose a Dios en la medida que es posible para un hombre.

En el Fedón, Sócrates sugiere que la inmortalidad es necesaria e indispensable para mantener la legitimidad del universo, su orden perfecto. "Ya que si la muerte fuera una escapatoria final, sería una recompensa para los que han hecho mal, puesto que al morir se liberarían de su cuerpo y de toda su maldad con sus almas. Pero debido a que el alma es inmortal no puede escapar”. Si existe la justicia, si el universo es esencialmente moral, entonces necesariamente somos inmortales (en este sentido existe una diferencia entre la visión platónica-cristiana y la budista; en la primera se habla de una inmortalidad individual, en la segunda la inmortalidad es impersonal y de hecho innata).

Ahora veamos cómo la idea del bien está ligada también a la inteligencia. Platón concibe un el universo sensible como un reflejo o una sombra del mundo inteligible o mundo de las ideas, y en la cumbre de este mundo del intelecto está la Idea del Bien, de la cual derivan subsecuentes ideas como la belleza y la verdad. En La República habla del “bien que está más allá del ser” y la compara con el Sol. De la misma manera que el Sol es lo que nos permite ver, pero no es la visión en sí misma, la idea del bien es la que nos permite conocer —y podemos agregar que de la misma manera que el Sol nutre el cuerpo y la vida en la tierra, el Bien nutre el alma y la vida del intelecto. “El bien es aquello que hace verdaderos a los objetos del conocimiento y da el poder de conocer a quien conoce”. El Bien es el Sol de lo Inteligible. La bondad es la verdad y es la belleza —palabras que serán entendidas como sinónimos, incluso en su derivación etimológica (por ejemplo, la palabra “bonito”, que describe belleza y bondad). El poeta Keats cantó “beauty is truth; truth is beauty” y podemos agregar con seguridad verdad es bondad; bondad, verdad y así sucesivamente.

De la altiva concepción platónica del Bien se derivó buena parte del concepto cristiano de Dios, a quien siempre se referirá como el Bien. God is Good, una interpretación etimológica intuitiva sostiene que en inglés “dios” (God) y “bien” (good) tienen la misma raíz, esto ha sido discutido y no se acepta generalmente, pero de cualquier manera permite una “divina confusión” que ha alimentado la imaginación de numerosos poetas y místicos.

Para vincular la noción del bien con la compasión y el amor, quizás sea oportuno citar a Diotima, la sacerdotisa de Eros, quien le dice a Sócrates en El Banquete que el amor es el deseo “de ser bueno para siempre”, es decir, de residir en el conocimiento de la Idea del Bien (aquello que hace que crezcan de regreso las alas del alma).

En el taoísmo, lo que nosotros concebimos como el bien es entendido como la virtud, una conducta que sintoniza o armoniza con el orden insondable de la naturaleza, el Tao. “Aquél que actúa en armonía con el Tao, se hace uno con el Tao. Aquél que sigue el sendero de la Virtud se hace uno con la Virtud... Si el Tao perece, entonces la Virtud perece”. Son numerosas las referencias que hace el misterioso Tao Te King a la virtud, la cuales podríamos vincular con nuestro argumento de que la virtud, la bondad o la compasión son iguales a la sabiduría o a la inteligencia verdadera. En el caso del Tao, el énfasis está más en una quietud, en un dejar que las cosas sucedan naturalmente, sin embargo, para que esto ocurra el individuo debe de perder importancia personal y dejar de intervenir desde sus deseos de ambición y beneficio personal. Así tenemos una compaginación con el sendero universal que es una forma de compasión que va más allá de lo humano y abraza silenciosamente a todos los seres y procesos de la naturaleza. Podríamos seguir haciendo este ejercicio con el islam, con el judaísmo, con el hinduismo, pero haría esto demasiado largo. Sin embargo, debido a la importancia que se le suele dar en nuestra sociedad a la ciencia —científico es hoy en día una palabra mágica que confiere verdad—, intentaremos formular desde una perspectiva también científica esta idea de que la compasión o la bondad producen inteligencia y de que en realidad una persona inteligente, que entiende la naturaleza y las leyes del universo, es necesariamente una persona buena o compasiva.

Esto tal vez sean malas noticias para quienes dividen sus aspiraciones profesionales y creativas de su conducta fuera de este ámbito, pero según Howard Gardner, neurocientífico de la Universidad de Harvard y una de las principales autoridades en el estudio de la inteligencia en la pedagogía, una persona realmente no puede alcanzar los niveles más altos de excelencia en una disciplina sin ética. "En realidad, las malas personas no puedan ser profesionales excelentes. No llegan a serlo nunca. Tal vez tengan pericia técnica, pero no son excelentes... no alcanzas la excelencia si no vas más allá de satisfacer tu ego, tu ambición o tu avaricia . Si no te comprometes, por tanto, con objetivos que van más allá de tus necesidades para servir las de todos. Y eso exige ética", dijo en una reciente entrevista. 

Desde una perspectiva fisiológica, lo anterior puede apreciarse en la congruencia que manifiesta el cuerpo —sujeto también al Dharma— al reaccionar a diversas emociones produciendo hormonas que corresponden a la cualidad de dicha emoción. Sabemos, por ejemplo, que el miedo, el enojo, la ansiedad, inundan el sistema inmune de hormonas como la adrenalina y el cortisol y que si se cronifican invariablemente llevan a la enfermedad y en el corto plazo generan malestar. En cambio, el amor, la alegría y la compasión generan cascadas de hormonas y neurotransmisores como la oxitocina, la serotonina, GABA, dopamina etc. (el Dr. Joel Roberts, en su libro Natural Prozac cita los actos altruistas como una forma de generar serotonina, la compasión es un antidepresivo natural). Llama la atención que estas hormonas y neurotransmisores —como la serotonina y la dopamina— no sólo nos hacen sentirnos bien, también facultan la cognición. Manly P. Hall intenta explicar esto desde una teoría de la vibración: “La emoción del amor se mueve con la naturaleza y genera un patrón soportado por la vida”. Novalis escribió que “todas las enfermedades son un problema musical; y toda cura es un solución musical”. Algo que ciertamente supo Pitágoras, quien, según cuenta Jámbico, utilizó ciertos ritmos y cierta métrica como parte de un tratamiento de cuerpo, mente y alma en su legendaria escuela de Crotona. 

Evidentemente es un tanto reduccionista decir que todos los actos positivos aquí señalados generan siempre las mismas sustancias con los mismos efectos —el organismo es más complejo que esto y los cócteles químicos del amor o de la compasión son mezclas policromáticas de múltiples ingredientes, excitativos e inhibitorios. Dicho eso me parece evidente —con una mezcla de sentido común y empirismo científico— que emociones designadas casi universalmente como positivas claramente están correlacionadas con el bienestar y la sanación, prueba de ello es que científicos han encontrado que el placebo funciona incluso cuando sabemos que es placebo.

En el budismo se habla de tres aflicciones de la mente, las cuales se consideran literalmente venenos. Los tres venenos son la confusión o la ignorancia, la ambición, avaricia o apego sensual y  el odio o la ira (según distintas traducciones). Estas aflicciones de la mente envenenan el organismo como si tomáramos una droga que no sólo intoxica nuestro cuerpo si no también nuestra mente y nos hacen cometer actos que nos mantienen atrapados en el samsara

En una reciente plática, el lama tibetano Chökyi Nyima Rinpoche dijo que la causa esencial del sufrimiento en este plano de existencia es la ignorancia que tenemos los seres humanos de cómo funciona la mente. Fundamentalmente, de que "las emociones negativas producen infelicidad y las emociones positivas producen felicidad". Siendo conscientes de esto, es evidente que somos responsables de nuestra salud y la causa de nuestras enfermedades yace en nuestra conducta y en nuestra ignorancia. Lo cual significa también que tenemos en nosotros todo lo necesario para sanar y ser felices sin que dependamos del azar, la fortuna, la divinidad o alguna otra causa contingente o fuera de nuestro control. El cuerpo es un crisol alquímico y las emociones y las intenciones son la materia prima de la transformación hacia la gran obra que es la existencia disuelta en sabiduría. 

BODHICITTA, LA ALQUIMIA DE LA COMPASIÓN 

 

Su actitud iluminada, un océano de inmensa bondad,

que busca llevar a todos los seres a un estado de felicidad,

y actúa siempre por el beneficio de los demás,

tal es mi regocijo y mi dicha.

-Shantideva

 

El nirvana se obtiene al darlo todo.

-Shantideva

 

El punto esencial de este artículo es que la compasión (o el bien) es igual a la inteligencia en su acepción más amplia —de la misma manera, entonces, el mal es igual a la ignorancia (el budismo enseña que no existen personas malas, sólo existen personas que ignoran su verdadera naturaleza, la cual es la "budeidad" y por lo tanto detrás de la aparente ignorancia que manifestamos todos somos omniscientes)—. El método supremo que ha encontrado el budismo, específicamente el budismo mahayana, para descubrir la naturaleza búdica inherente es el cultivo del bodhicitta. Bodhi tiene la misma raíz que la palabra Buda y generalmente se traduce como “despierto”, citta significa mente o conciencia. Bodhicitta entonces es la mente del despertar o la mente despierta. Ésta es la traducción más aceptada y la más cercana literalmente, sin embargo, esta palabra suele traducirse también simplemente como compasión. Aquí yace lo que me parece es el sublime legado de los bodhisattvas (de todas las religiones): haber entendido que la compasión es la energía del despertar, es la semilla que hace florecer la luminosidad pura de la conciencia y elimina los obstáculos y oscurecimientos. En el mahayana hay una clara correspondencia entre la sabiduría y la compasión, puesto que la filosofía budista (principalmente siguiendo el madhyamika o camino medio) asegura que todas las cosas se originan de manera interdependiente, lo cual significa que ninguna puede existir por sí sola, y por lo tanto no tienen existencia inherente, esto incluye fundamentalmente a los individuos y a la noción del yo fijo y estable. Como la personalidad realmente no existe —existe solamente a través de sus relaciones— es la más crasa ignorancia actuar solamente para nuestro beneficio personal; y, en el sentido opuesto, actuar para el beneficio y liberación de todos los seres es una demostración de sabiduría, es sabiduría en acción. Lo cual puede ser una definición funcional del amor y de la compasión: sabiduría puesta en práctica. 

El texto clásico sobre el bodhicitta es el Camino al Despertar (Bodhicharyavatara) de Shantideva. A grandes rasgos aquí se expone que el bodhicitta es la receta a la sabiduría del Tathagata, aquél que conquistó la ilusión y el sufrimiento; y es el vehículo superior a la liberación, puesto que espera a que todos entren a la nave. En la introducción a la traducción inglesa del texto se hace una interesante correlación entre el aspecto de compasión y el aspecto de sabiduría que componen la esencia del bodhicitta. En la tradición mahayana, la sabiduría es fundamentalmente la comprensión de la vacuidad, o la ausencia inherente de existencia (la ausencia de un ego sólido, la ausencia de un mundo físico independiente de la mente, etcétera). Esta comprensión de la vacuidad, como Shantideva revela, está ligada estrechamente a la compasión. "La verdadera comprensión de la vacuidad es imposible sin la práctica de la compasión perfecta, mientras que ninguna compasión puede ser perfecta sin la sabiduría de la vacuidad".

Shantideva explica que es el bodhicitta lo que permite contrarrestar el mal que caracteriza al samsara, el plano en el que, debido a la ignorancia, se perpetúa el sufrimiento, la enfermedad, el nacimiento, la muerte… "Ponderando por múltiples eones, los grandes sabios notaron sus beneficios, por los cuales innumerables multitudes son llevadas con suavidad a la alegría suprema”. Podemos imaginar cómo durante siglos la observación de campo de la ciencia contemplativa budista fue apilando evidencia de que el cultivo del bodhicitta iba transformando a las personas para bien, como una medicina universal. El bodhicitta trabaja en el cuerpo como una sustancia alquímica, dice Shantideva:

Como la suprema sustancia de los alquimistas,

toma nuestra carne impura y hace de ella

el cuerpo del Buda, una joya suprema.

Así es el Bodhicitta, en él encuentra tu morada.

La acción alquímica del bodhicitta puede entenderse también desde el budismo tántrico, donde se considera —en consistencia con lo que enseña el yoga— que el ser humano cuenta con tres canales principales. Un canal masculino, de esencia blanca, ligado a la compasión o el método (upaya) y otro canal femenino, de esencia roja, ligado a la sabiduría (prajna). Este también es el simbolismo de las imágenes de los budas y bodhisattvas con sus consortes unidos en yabyum. La alquimia ocurre cuando las dos esencias confluyen en el canal central, derritiendo las obstrucciones y secretando el elixir (amrita) que derrama su energía despierta sobre el cáliz del corazón. Tenemos aquí el matrimonio sagrado de la compasión y la sabiduría, el vajra (de cuya raíz crece el loto) y la campana (ghanta), análogos a la rosa y la cruz (símbolos del amor y la sabiduría para la escuela mística cristiana de los Rosacruces). Y así podemos añadir a la formula platónica de Keats: amor es sabiduría; sabiduría es amor. Este es el gran sello de la unidad del mundo. Lo que los maestros iluminados entendieron.

Queda sólo preguntarnos y asombrarnos por la maravilla de habitar en un mundo que exhibe tal perfección, tal misteriosa armonía, tal justicia poética. Podemos comprender esto de diversas perspectivas. Desde una teísta, el hecho de que el mundo refleje en su esencia justicia e inteligencia, puede interpretarse como el reflejo de la divinidad —la ley, el patrón arquetípico de la voluntad divina que se inscribe en cada átomo—. Para la perspectiva budista no hay diferencia entre el Dharma (la verdad, la realidad, los fenómenos) y la naturaleza. La naturaleza es la expresión directa e idéntica del Dharma, de la legalidad y de la perfección del universo. Asimismo, este orden es el que garantiza que todos los seres eventualmente se liberarán de la ilusión del samsara y reconocerán su naturaleza búdica (tathagatagarbha), lo cual es el resultado natural de seguir el sendero del Dharma. Pero también podemos explicar esto desde una forma que concilie la visión científica: la forma moral, o de acondicionamiento para la supervivencia de lo más apto, en la que la ley de la causalidad está embebida en el universo parece ser lo que permite la evolución de formas cada vez más maravillosas y diversas y complejas, haciendo posible que el universo tome conciencia de sí mismo —haciendo eco de la forma en la que el astrónomo Carl Sagan entendió la evolución humana: “somos la forma en la que el cosmos se conoce a sí mismo”. Lo cual no desentona de la visión budista, gnóstica, cabalista, hinduista y demás: el universo es en su más pura esencia sabiduría (y la alegría es el sabor de saberse). Lo que logra hacer de la vida una experiencia pura de gnosis, es, según lo que nos ha enseñado la filosofía y la religión, proceder conforme a la ley y el ritmo de la naturaleza, lo cual a fin de cuentas es igual a ser buenos, a practicar la compasión con nosotros mismos y los demás. 

En la alquimia se dice que la vocación de todos los metales es el oro, es decir, el destino de todas las cosas es la perfección. Esta condición moral embebida en el tejido mismo de la naturaleza es lo que asegura el cumplimiento de este destino. Actuar correctamente es en el nivel más básico de la naturaleza igual a seguir creciendo, y esta ley que retribuye la acción correcta de manera inmanente es el garante que establece las condiciones para la perpetuación de los seres vivos. "La naturaleza tiene una gran solución, el ser humano debe crecer o sufrir", dice Manly P. Hall.  

La vocación de los metales es convertirse en oro, lo cual es lo mismo que decir que todo los seres sensibles serán budas.

Una bella leyenda budista dice que cuando brota genuinamente la compasión en el corazón de un ser sensible —una gota de bodhicitta—, en ese preciso instante se desprende una semilla de una flor de loto y cae en el estanque de la Tierra Pura del buda Amitabah. De esa semilla invariablemente crecerá un Buda. Eso que siembras, eso cosechas.

 

Twitter del autor:@alepholo

 

 

 

Un recorrido por la historia del hermetismo, una de las tradiciones más difundidas de todo el esoterismo occidental

El hermetismo es una de las tradiciones más difundidas de todo el esoterismo occidental, siendo al mismo tiempo muy mal entendida por el público afín. La necesidad de distinguir entre sus diferentes niveles de representación nos mueve a realizar este recorrido por la historia oculta de nuestra civilización. “No todo lo que brilla es oro”, afirma un conocido refrán. Asimismo, entre las diversas interpretaciones sobre la filosofía hermética nos encontramos de todo, desde rendiciones rigurosas y de muy buena calidad, hasta propuestas de tinte comercial que dejan mucho que desear. Se ha dicho de todo, quizás demasiado, respecto de la sabiduría de Hermes. En las líneas que siguen intentaremos clarificar el panorama de forma honesta y meticulosa, sin otra cautela que el apego a los documentos en los que se presenta su enseñanza.

Históricamente hablando, el hermetismo es un movimiento filosófico y religioso de raigambre alejandrina, nacido al alero de la cultura helénica de Egipto durante la dominación romana, en los alrededores del siglo II d. C. Su producción literaria fue casi siempre atribuida a la legendaria figura de Hermes Trismegisto, quien fusionó al Thot egipcio con el Hermes griego. No existe rastro alguno de la corriente hermética antes de la conquista griega de Egipto, por lo que las idealizaciones sobre su antigüedad sólo constituyen romanticismos sin base histórica. El hermetismo no es lo mismo que la antiquísima religión egipcia, si bien comparte algunos puntos importantes con ella. Los contenidos filosóficos de los escritos herméticos son imposibles de hallar antes de los cambios culturales sufridos por el país del Nilo con la avalancha del helenismo, y como se verá más adelante, sus semejanzas con las doctrinas de Platón son mucho mayores que con el culto egipcio.

Aunque el movimiento tuvo un amplio alcance cultural, su estructura interna parece haber sido reducida, limitándose a pequeños grupos de filósofos compuestos por un maestro y dos o tres discípulos, cuestión que puede inferirse por la cantidad de interlocutores presentes a lo largo de los diálogos del corpus filosófico. Para el siglo IV d. C. estos grupúsculos habían sido absorbidos en la marea de cristianización del Imperio romano, aunque sus textos se preservarían durante toda la Edad Media, en el lado oriental de la cristiandad.

La mayoría de los eruditos en el campo, como Nicholas Goodrick-Clarke, Wouter Hanegraaff o Antoine Faivre, están de acuerdo en que el hermetismo surgió como un intento de síntesis del pensamiento greco-egipcio tardío, un compost tremendamente fértil, casi tanto como el fango del Nilo. Allí cohesionó la sensibilidad místico-religiosa del pueblo egipcio con la racionalidad filosófica griega, junto a trazas de monoteísmo judío. Los antecedentes intelectuales del movimiento pueden ser hallados en el platonismo medio, con Eudoro de Alejandría, y sus bases morales en el estoicismo de Zenón de Citio, pero articulando dichos elementos desde el trasfondo cultural egipcio, que aportó un sentimiento religioso que no podemos encontrar con la misma intensidad entre los griegos.

La propuesta doctrinal de la filosofía hermética deslumbra por su gran belleza. En ella el alma es protagonista de un drama de dimensiones cósmicas, con una posibilidad maravillosa de reintegración a sus majestuosos orígenes. En el Corpus Hermeticum, obra fundamental que contiene los 18 tratados filosóficos fundamentales de la escuela, encontramos la exposición completa del origen, naturaleza y destino del hombre. Se nos describe un universo hilozoísta, lleno de alma, con imágenes teológicas, cosmogónicas y escatológicas que se asemejan a la gnosis cristiana primitiva, pero que difieren de ella en varios puntos sustanciales. Para entender la enseñanza hermética debemos situarnos en un universo geocéntrico, bajo el modelo ptolemaico, en el que la Tierra está rodeada de siete esferas de cristal en perpetuo movimiento. En la primera transita la Luna, en la segunda Mercurio, en la tercera Venus, en la cuarta el Sol, en la quinta Marte, en la sexta Júpiter y en la séptima Saturno. Sobre ellas se mueve muy lentamente la octava esfera, que sostiene a las estrellas fijas, y más allá nos encontramos con el empíreo, el cielo infinito donde reside la esencia divina.

De acuerdo con la doctrina de Hermes, Dios creó un cosmos armonioso por medio del Nous, el supremo Intelecto o Mente Divina, a la que el Corpus Hermeticum otorga también el título de Padre. Este Intelecto es el soberano universal, regente de todo lo visible e invisible, y manifestación suprema del Ser en cuanto tal. La divinidad es descrita como macho-hembra, bajo los atributos de luz y vida. A partir de ella emerge el Logos o Verbo, emanación de la luz primordial, con el título de Hijo. La manifestación de la luz da origen, por oposición, a las tinieblas, en cuya oscuridad aparece la naturaleza húmeda que produce fertilidad, una idea central en el pensamiento mítico del antiguo Egipto. En las regiones superiores del cosmos se separan los elementos sutiles del fuego y el aire, en las inferiores los elementos densos del agua y la tierra. Por su parte la luz se refracta en un mundo espiritual de innumerables Potencias, que se corresponden a los Dioses y arquetipos organizados en torno a la Mente Divina. En ese mundo luminoso residen las matrices o Ideas que permitirán posteriormente el surgimiento del mundo sensible, imitación de la belleza del mundo espiritual.

La luz en lo alto origina, junto al Verbo, un segundo Intelecto con función creadora, el Demiurgo. Es él quien, al igual que en la teoría platónica, actuará de artífice, ordenando los elementos preexistentes para dar inicio al mundo. El Demiurgo hermético es una deidad del fuego, y se corresponde con el principio del Anima Mundi, generadora de todos los seres y madre universal que infunde la vida en la materia del cosmos por medio del pneuma o hálito vital. El Demiurgo creará las esferas celestes arriba, dominadas por los siete gobernadores del destino, y a los animales irracionales abajo, sometidos al tiempo y la destrucción. El Demiurgo, junto con su hermano el Verbo, pondrá en movimiento las siete ruedas de fuego que en su movimiento circular dan nacimiento a los seres sensibles de la Tierra, generados a partir de sus mismos elementos.

A continuación la Mente Divina creará a su tercer hijo, el Anthropos u Hombre Arquetípico, hecho a imagen del Padre y a quien Dios hará soberano de todo el universo. Deseando crear al igual que el Demiurgo, le será permitido descender a través de los cielos, siendo acogido por los gobernantes planetarios. Este principio arquetípico de lo humano rasgará los siete velos de las esferas celestes, asomándose sobre la naturaleza húmeda, que ya personificada, se enamorará de la gran belleza del Hombre. Éste, viendo su sombra sobre la tierra, y su imagen reflejada en las aguas, se sentirá atraído por la materia, abrazando los elementos inferiores. De este trágico enlace emergerán los siete primeros seres humanos, revestidos con un cuerpo físico sujeto a decadencia, y sus almas contaminadas con las pasiones de los siete planetas. De estos siete, hermafroditas al igual que su principio creador, surgirán las generaciones que poblarán la superficie terrena. Dios los separará en hombres y mujeres al cabo de un primer ciclo cósmico, partiendo el andrógino original. Lo mismo hará con los animales, dividiéndolos en machos y hembras. El humano es así un ser de naturaleza doble: mortal en virtud de los cuatro elementos sublunares que lo componen, pero inmortal gracias al principio espiritual de origen divino que encierra su alma, bajo la forma de un intelecto semejante a la mente de Dios.

En el pensamiento hermético la inteligencia es un principio espiritual que asemeja a los hombres con la Divinidad. Recurriendo a la jerga aristotélica, podríamos decir que del intelecto agente deriva la condición inmortal del hombre y su capacidad para referirse a los primeros principios, mientras que del intelecto paciente procede su capacidad pensante, pero mortal. La porción divina del ser humano aspira a retornar allende las estrellas, junto a la Mente Divina y los arquetipos que la pueblan. El hombre que orienta su mente y corazón hacia el bien, se dirige hacia la luz y la vida, pero el que se apega a las sensaciones del cuerpo se pierde en la grosería de su parte animal, y termina atrapado en las tinieblas de la muerte, transmigrando su alma por distintos cuerpos y formas en un círculo incesante. La metempsícosis le asegura, tras la muerte, una nueva oportunidad de trascender las limitaciones de su caída en la materia, pero quedando condenada a repetir las penurias de los cuatro elementos una vez más.

Es así que al morir, el cuerpo es entregado al cambio y la corrupción, mientras que los elementos psíquicos del carácter moral van a dar a manos de los daimones (genios), entidades semidivinas del plano astral, encargadas de intermediar con los siete gobernadores planetarios, así como con las Potencias situadas en las regiones superiores de la octava esfera. Los cinco sentidos suben a confundirse con la energía de la naturaleza, mientras la parte irascible y concupiscible del alma se pierde en la naturaleza irracional. Pero la parte inteligible e inmortal del alma asciende de regreso al origen, si aquel hombre ha reconocido su naturaleza divina, viviendo según el principio rector del bien. En su ascensión se irá liberando de las pasiones y accidentes de los que fue revestido en su descenso por las siete esferas planetarias. Despojado de sus pesadas vestiduras, se zafará de la cadena del tiempo, de la materia y el devenir, alcanzando el fin último de su propia divinización, reintegrándose al estado de gracia. Allí llevará una vida eterna y bienaventurada junto a las Potencias celestes, ya no como un esclavo, sino como señor de las estrellas. Esta antropología mística constituye el núcleo de lo que debe considerarse como hermetismo, pues está en la raíz de su tradición escrita.

Los tratados del Corpus Hermeticum parecen haber sido compuestos por diversos autores, ya que presentan estilos diferentes y puntos de vista ligeramente distintos. Tras la decadencia de la provincia romana de Egipto, los textos se salvaron de la desaparición gracias al ambiente cultural de Bizancio, particularmente al trabajo de preservación que realizó Miguel Psellos, monje, político, filósofo e historiador adicto al misticismo neoplatónico. Eventualmente una de las copias bizantinas fue conseguida por Cosme de Medici, siendo traducida al latín por Marsilio Ficino, quien dio el puntapié inicial para la tremenda influencia que el hermetismo tuvo sobre el Renacimiento. Se dice que Ficino suspendió temporalmente sus traducciones de Platón para concentrarse exclusivamente en la traducción de los textos herméticos. Gracias a su trabajo pudimos contar de nuevo con los escritos de Hermes Trismegisto en Occidente, que inyectaron una poderosa solución de esoterismo y magia en el rico nicho cultural de la Italia renacentista.

Sin embargo, junto a los textos filosófico-religiosos del Corpus nos encontramos también con una literatura hermética de carácter técnico, con instrucciones específicas sobre alquimia, astrología y magia debidamente atribuidas al gran Hermes. El ejemplo más famoso, y a la vez el más breve, es el de la Tabla Esmeralda, cuya receta para alcanzar la piedra filosofal es de tal reputación que ningún alquimista pudo darse el lujo de ignorarla. Hasta Isaac Newton le hizo una traducción. También se podría citar como ejemplo el Liber Hermetis, un destacado tratado astrológico sobre natividades, o el Cyranides, un texto sobre medicina y herbolaria mágica. Por lo general estos libros suscitan el desprecio de los historiadores, que les asignan poco valor pese a representar una buena parte de la producción hermética. Esta literatura tuvo un auge importante durante el Medioevo, especialmente en el mundo islámico, que en aquel entonces incluía a España y Portugal. Existe además una literatura hermética en árabe que compendia aforismos y máximas, pero que a diferencia de los papiros griegos, no ha recibido hasta el momento la suficiente atención por parte de los estudiosos. Debido a que los musulmanes nunca han querido limitar el número de los profetas reconocidos, no les resultaba difícil identificar a figuras legendarias con alguno de los enviados de Dios mencionados por el Corán. Así, cabe destacar el papel que jugó el astrólogo árabe Al-Kindi junto a su discípulo Abu Mashar en la identificación del profeta bíblico Enoc —el Idris coránico— con el Hermes Trismegisto de los antiguos textos herméticos.

En el período que discurre entre la caída del Imperio romano y la recuperación de los textos herméticos por parte de Miguel Psellos en Constantinopla, transcurren más de 500 años en los que el hermetismo declina en Occidente. Será una región distante la encargada de mantenerlo vivo. Se trata de la ciudad pagana de Harrán, al noroeste de Mesopotamia, cerca de la frontera actual entre Turquía y Siria. Allí se asentó la secta de los sabeos, último brote del paganismo babilonio en versión helenizada. Su religión astral se caracterizaba por el culto a los siete dioses planetarios, mismos que menciona el Corpus; por unas prácticas de culto similares a las del mitraísmo, y por su famoso templo de la luna en el que los sacerdotes oficiaban para el dios Sin. Siendo constantemente amenazados por el fanatismo musulmán, decidieron acogerse a la designación de sabeos dada la mención que hace el Corán de cierta religión aceptable a ojos de Allah, pero de la cual la escritura no da detalle alguno que permita su identificación. Atendiendo a esta treta, escogieron como su profeta a Enoc y por libro sagrado al Corpus Hermeticum, que poseían tanto en griego original como en traducción al siríaco. En virtud de la gran respetabilidad existente hacia la figura de Hermes Trismegisto en el ambiente intelectual de Bagdad, los sabeos de Harrán no tuvieron mayor problema en ser aceptados como una religión válida por el califa abásida. La transmisión de la doctrina hermética dentro del mundo árabe se debió en gran parte a estos últimos paganos del Medio Oriente, que terminaron por incorporarse al Islam hacia el siglo XI.

Durante la Edad Media la filosofía hermética pasa a ser sinónimo de alquimia, producto de la respetabilidad de los textos técnicos sobre el tema atribuidos a Hermes, y difundidos por todo el territorio musulmán. Pero para evitar confusiones, la alquimia debe ser entendida correctamente de acuerdo con la práctica de sus adeptos. Sea por vía seca o húmeda, empleando cinabrio, estibina, galena, rocío u otras substancias, la alquimia es el arduo camino de retrogradación de la materia bruta, que separa sus componentes primarios, los purifica bajo la acción del fuego secreto y los vuelve a reunir bajo una nueva forma física de propiedades maravillosas. Tan arduo y complejo es el sendero para obtener la piedra filosofal, que el alquimista alcanza una gran sabiduría por el solo esfuerzo y la enorme paciencia que requiere tal empeño. La alquimia es, en buenas cuentas, una operación material de consecuencias espirituales, no una forma singular de imaginería artística o una insólita protopsicología. Que sus procesos hayan sido velados bajo el lenguaje de los símbolos no hace de ella algo subjetivo, ni la incorpora al campo del surrealismo onírico, si bien la mutación de la materia va acompañada de una profunda transformación en el alma del operador.

La alquimia hermética llegó presurosa a la península ibérica por mediación de los árabes, y desde allí se expandió por el resto del continente. En relación al hermetismo y la alquimia en Europa, es imposible no hacer aquí una mención a los célebres hermanos de la Rosa Cruz, alquimistas consumados de quienes se han escrito tantas cosas, la mayoría de ellas bastante descabelladas. La historiadora Frances Yates realizó un gran trabajo de esclarecimiento para acercarnos a su verdadera naturaleza, y aunque sostiene algunas tesis controvertidas con respecto al papel que jugó el nacimiento de la ciencia moderna en el surgimiento de este grupo hermético, es claro que el ambiente de la reforma luterana y las guerras de religión en Alemania propiciaron su aparición y el sentido de sus manifiestos. Pero es el mismísimo Fulcanelli quien mejor desmitifica el asunto al hablar de ellos en sus Moradas filosofales. En esta monumental obra, el misterioso alquimista francés afirma:

La pretendida fraternidad de la Rosa Cruz jamás ha tenido existencia social. Los adeptos que llevan este título sólo son hermanos por el conocimiento y el éxito de sus trabajos. Ningún juramento les liga, ningún estatuto los vincula entre sí, y ninguna regla influye su libre arbitrio. Los rosacruces no se conocen. No tenían lugar de reunión ni sede social, ni templo, ni ritual, ni marca exterior de reconocimiento… Fueron y son aún solitarios trabajadores dispersos por el mundo. Como los adeptos, no reconocen ningún orden jerárquico.

Es incuestionable el conocimiento que al respecto podía tener Fulcanelli. Su afirmación deslegitima un montón de órdenes y fraternidades de cuño reciente que pretenden, bajo impostura, representar una corriente cuyos fundamentos no han comprendido en lo absoluto. El error interpretativo que cayó sobre el hermetismo rosacruz nos permite comprender el proceso de distorsión que se produce con respecto al esoterismo en general, producto del excesivo entusiasmo que despiertan estas cuestiones en algunos espíritus algo afiebrados. Ya en aquella época, en pleno siglo XVII, se decían tantas sandeces sobre ellos que sería agobiante intentar un listado aquí. La traducción al inglés de la Fama Fraternitatis, hecha por Thomas Vaughan en 1652, disparó un fenómeno mundial que aún no ha cesado, pues cada cierto tiempo aparece una nueva organización con el rótulo de rosacruz.

En la misma comedia de enredos, existen muchos libros populares que utilizan el paraguas conceptual del hermetismo para albergar bajo su sombra un montón de enseñanzas completamente ajenas a él. De todos ellos, el más famoso y difundido es el Kybalion, publicado por primera vez en 1908 bajo la editorial norteamericana Yogi Publication Society. Esta obra es la principal fuente de confusiones y malos entendidos sobre lo que es y no es la filosofía hermética. En el Kybalion encontramos un compendio de aforismos y explicaciones que, en su gran mayoría, no guardan relación alguna con la verdadera instrucción hermética. Sus tres incógnitos autores proponen una catequesis peculiar, expresada en la forma de siete leyes ocultas, que no se asemeja ni de lejos a la doctrina de Hermes Trismegisto. Pero si lo que hallamos en el Kybalion no es filosofía hermética, ¿qué es entonces? Analizado cuidadosamente, el contenido del libro es una amalgama de tres ingredientes distintos, ninguno de los cuales tiene raigambre hermética. El primer componente es el New Thought americano. Esta corriente de pensamiento emergió a mitad del siglo XIX en Estados Unidos a partir del mesmerista y sanador Phineas Quimby. Su filosofía, también conocida como Ciencia Mental, sostenía la idea de que el propio pensamiento determina la realidad, siendo posible alterar favorablemente las circunstancias del entorno por medio de una actitud mental positiva sostenida sobre el ejercicio constante de afirmaciones. Uno de sus representantes más conocidos fue Emmet Fox, el inspirador de Alcohólicos Anónimos y maestro de la venezolana Conny Méndez. Ésta última fue la responsable de propagar dichas ideas en el mundo de habla hispana. A ella debemos el conocimiento del “mentalismo” y de los siete principios “herméticos” que difundió a través de su afamada Metafísica cristiana. Todos estos términos resultan sumamente equívocos, pero son los que el movimiento utilizó y divulgó a lo largo de varias décadas de actividad. El New Thought fue el antecedente directo de la Nueva Era, que continuaría con estos planteamientos bajo una forma descristianizada y más cercana a los grupos neopaganos y hippies que brotaron en California.

El segundo elemento del Kybalion son algunas nociones generales de física, sobre todo de la teoría electromagnética de Maxwell. También se presentan de forma explícita las concepciones del filósofo inglés Herbert Spencer, sobre una energía universal, infinita y eterna, como fiel exposición de los principios herméticos. En realidad Spencer, a quien el Kybalion pretende la reencarnación de Heráclito de Éfeso, es parte del positivismo y del darwinismo social que marcó la era victoriana. El tercer elemento constatable aparece en el tono de las sentencias que el texto propone al principio de cada capítulo. Se trata de una emulación del Libro de Proverbios del Antiguo Testamento. En algunos casos, como en la sentencia hallada al comienzo del capítulo VI, la imitación resulta demasiado evidente. Desgraciadamente el Kybalion es el libro más asociado en el ideario popular con la palabra hermetismo. 

Ésta y otras obras “herméticas” similares, reflejan mucho de esa comprensión moderna y americana que, pese a conservar elementos del espíritu original, representan en realidad una mirada distinta, más en sintonía con el espíritu de los movimientos ocultistas que surgieron entre 1850 y la Segunda Guerra Mundial. Personajes como Samuel MacGregor Mathers, Paschal Beverly Randolph, Joséphin Péladan o Franz Bardon encarnan ideas novedosas en el mundo de la magia, en paralelo a los movimientos rupturistas en el mundo del arte y al floreciente psicoanálisis, convicciones que luego plasmaron en distintas agrupaciones y sociedades “herméticas” que reflejan más las peculiaridades psicológicas de sus respectivos creadores que los principios propios del hermetismo original. Encarnan reverberaciones del ánimo creativo, pero individualista, que se vivía en el marco de la segunda revolución industrial y la cultura del avant-garde. Con todo esto, las sucesivas reinvenciones de la tradición hermética muestran un alejamiento progresivo de la doctrina primitiva para proponer, bajo el mismo nombre, algo que se le asemeja sólo superficialmente.

Un caso más reciente es el de Darío Salas Sommer, alias John Baines, cuya organización “hermética” ha dado un giro desde lo esotérico hacia una forma renovada de cosmismo ruso. No negamos que desarrollos teóricos como el de su “física moral” puedan tener alguna utilidad, pero evidenciamos su escasa o nula relación con el pensamiento hermético y la tradición sapiencial que le da sustento. Algo semejante ocurre con las versiones populares y comerciales de la cabalá, negocio que sigue al alza dentro del próspero mercado de la autoayuda. Creo que estas críticas son necesarias, pues debemos ser conscientes de que la necesaria asepsia académica en el campo de la esoteriología, impide a los estudiosos del tema realizar juicios de valor conducentes a discriminar la calidad y autenticidad del material abordado. El análisis crítico nos permite distinguir la sabiduría tradicional, frecuentemente anónima o pseudoepigráfica, de la fulgurante inventiva personal de los últimos siglos, que suele plasmarse en forma de vistosas organizaciones con nombre pomposo, pero que lamentablemente suelen acabar subordinadas a fines comerciales. 

La doctrina hermética es una perla preciosa para quien se adentra profundamente en ella. Su visión del viaje del alma, narrada en el Poimandrés, se renueva en la ascensión del profeta Muhammad a través de los siete cielos en la noche del miraj, para reaparecer en la genialidad narrativa de La divina comedia de Dante, así como en las doctrinas cabalísticas de las sefiroth. Se la encuentra por doquier como el sustrato invisible de muchos hitos culturales. ¿Cómo no enamorarse de ella? De Alejandría a Harrán, de Bagdad a Córdoba, pasando por Constantinopla y llegando hasta Florencia, la sabiduría hermética ha iluminado el camino de filósofos y místicos, traspasando las fronteras religiosas y lingüísticas. No obstante, el mono de Thot persigue al escriba de los Dioses por todas partes, imitando sus palabras y distorsionando su sentido. En estos párrafos hemos querido hacer algunas precisiones para despachar al simio y escuchar al maestro.

 

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