*

X

Las experiencias cercanas a la muerte son más "reales" que las normales, según estudio

AlterCultura

Por: pijamasurf - 05/22/2017

Investigación muestra que las experiencias cercanas a la muerte son mejor recordadas incluso que las experiencias normales, pese a que las zonas del cerebro en las cuales supuestamente se registra la experiencia no están activas

Hace poco más de 4 años un neurocirujano de la Universidad de Harvard, Eben Alexander, generó gran polémica al postular que "el cielo es real" sobre la base de una profunda experiencia cercana a la muerte. Alexander cuenta en su libro Proof of Heaven que, después de estar 7 días en coma y con el neocórtex desactivado, experimentó una serie de visiones que le otorgaron "una razón científica para creer en la conciencia después de la muerte". 

Si bien no puede considerarse como prueba de la vida después de la muerte, una investigación reciente demuestra el gran realismo que tienen estas experiencias para las personas que las experimentan.

El doctor Bruce Greyson y Lauren Moore hicieron un interesante estudio sobre la capacidad de recordar de las personas que dicen haber tenido experiencias cercanas a la muerte. Analizando estos recuentos, los investigadores notaron cinco factores que parecerían hacer que los recuerdos de estas experiencias no sean muy nítidos ni muy detallados:

1. Las experiencias cercanas a la muerte suelen ocurrir en presencia de paro cardíaco, lo cual generalmente produce amnesia del evento.

2. Pueden suceder bajo la influencia de medicamentos psicoactivos que alteran la memoria.

3. Usualmente ocurren en situaciones traumáticas, que influyen en la memoria.

4. Generalmente son asociadas con emociones fuertes, que influyen en la memoria.

5. A veces son reportadas mucho tiempo después del evento.

Greyson y Moore administraron un examen estándar de características de memoria a 122 personas que habían tenido un encuentro cercano con la muerte. El examen está basado en el hecho comprobado de que las memorias de eventos reales tienden a tener más información de color, sonido y demás datos sensoriales, más información del contexto y más soporte de detalles e información emocional. Al realizar el cuestionario se les pidió que proporcionaran información sobre tres tipos de eventos: el roce con la muerte, otro evento que vivieron cerca de ese período y un episodio imaginario de ese periodo. Los resultados mostraron que los eventos cercanos a la muerte tenían más coeficiente de realidad. Los autores señalan:

Las memorias de estos eventos tuvieron mayor calificación en el examen que las memorias de eventos reales, que a su vez tuvieron mejor calificación que las memorias de eventos imaginarios... el hecho de que los registros en el examen fueron más altos en las experiencias cercanas a la muerte sugiere que son recordadas como 'más reales' que los eventos reales, lo que coincide con cómo son descritas. 

Aunque esto no puede considerarse como una prueba de que los sucesos que experimentan las personas que tienen una experiencia cercana a la muerte son reales (no bajo la noción de una realidad supuestamente objetiva consensual), al menos nos revela que tienen una nitidez y una consistencia que sugiere que algo especial está pasando en la mente de estos individuos y que no es solamente una fantasía común y corriente. Por otro lado, el hecho de que sean más reales en relación con la riqueza de información que se inscribe en la memoria permite hacernos la pregunta de si esto no es suficiente para considerarlos como reales, como eventos significativamente existentes, en tanto que la misma realidad no puede ser considerada algo que existe más allá de nuestra percepción y de nuestra capacidad de encontrar sentido y configurar una imagen del mundo. Es decir, ya que la realidad es siempre relativa a nuestra observación de la misma, por qué no pensar que estas experiencias son reales y quizás, como señalan los científicos, incluso más que las vivencias cotidianas.

 

Con información de Daily Grail

Te podría interesar:

Pese al culto a la felicidad, la ciencia muestra que la tristeza nos beneficia

AlterCultura

Por: pijamasurf - 05/22/2017

En un mundo que huye de la tristeza y gasta millones buscando la felicidad, es necesario recordar que estar triste es un estado muy rico, tanto en sensaciones como en aprendizaje e inteligencia

El mundo moderno parece exigirnos que seamos felices. La felicidad se ha convertido en una gran industria en un doble sentido. Por una parte se nos dice que nuestro éxito en diferentes ámbitos depende de que seamos felices, de que estemos en un estado de ánimo positivo para que podamos producir en el trabajo y ser agradables y así las personas nos quieran --se nos ha dicho que las personas tristes, melancólicas o negativas no suelen tener éxito social ni laboral (la depresión es el principal causante de faltas al trabajo en el mundo). A la par la publicidad, los medios masivos y la misma sociedad nos hacen sentir inadecuados si no somos felices, si no cumplimos con la imagen del póster de la felicidad.Y es que en ese estado de vulnerabilidad, en ese sentimiento más o menos perenne de ser inadecuados o insuficientes para cumplir este estándar (que es una fantasía) somos el consumidor perfecto, presa fácil de los productos y experiencias que nos prometen transformarnos externa o internamente para ahora sí poder acceder a la felicidad, que al negársenos nos niega la participación en la fiesta de la existencia y nos quita el sentido de nuestra vida... productos y experiencias que van del último iPhone o el viaje de ayahuasca hasta el cuerpo perfecto y la novia o novio ideal. Y así surgen la lista innumerable de remedios: la terapia, la espiritualidad, el desarrollo personal, la misma ciencia e innumerables actividades más que se difunden con un discurso que promete hacernos felices --si tan sólo vamos a ese curso o aplicamos sus últimos descubrimientos. Todo esto es parte del culto a la felicidad.

Por supuesto, ser feliz, gozar, evitar el sufrimiento, es algo que todos los seres humanos desean. Esto hace que sea tan fértil esta industria. Pero, paradójicamente, la misma búsqueda de la felicidad es uno de los principales factores que contribuyen a la infelicidad de nuestra sociedad (las estadísticas muestran que la felicidad no ha aumentado en las últimas décadas, pese a toda la maquinaria del progreso). Esto puede ser un tanto confuso: si aceptamos que el ser humano quiere ser feliz, entonces, ¿no es lógico pensar que debería buscar la felicidad? El problema yace en que el ser humano es un ser complejo, tanto en sus estados emocionales como en las influencias y relaciones con las que convive. La imagen de la felicidad que se ha difundido y los mecanismos que se han promovido para encontrarla postulan una visión irreal de la felicidad. Fundamentalmente, se ha creado un reduccionismo en el cual la tristeza y el dolor son opuestos radicales a la felicidad y deben ser evitados a toda costa. Evitar la tristeza y huir del dolor, sin embargo, no es algo que conduzca a la felicidad, ciertamente no a la felicidad duradera.

La versión de la felicidad que promueve nuestra cultura es una felicidad mayormente hedonista y superficial que proviene de satisfacer nuestros deseos materiales y de básicamente poder hacer lo que queramos. Es la versión del ser humano que conquista el mundo externo, del rey, estrella de cine, superhéroe o CEO. Ante esta felicidad, filósofos como Aristóteles y más recientemente el maestro budista Alan Wallace han planteado la alternativa de una felicidad sostenible, que no depende de estímulos y posesiones, llamada eudaimonía, la cual podríamos decir que es el estado de integración de la psique con una vida llena de significado que se interesa por y abarca la variedad de la existencia, placer y dolor, vida y muerte. Una felicidad sostenible, una vida con significado no sólo no rechaza la tristeza y las emociones negativas sino que las abraza y la estudia, sabiendo que además de ser inevitables en un mundo cambiante, contienen profundas enseñanzas. Son los síntomas que revelan parte de la condición humana que yace oculta por las apariencias y el querer ajustarse a los paradigmas dominantes. Síntomas que no deben ser suprimidos sin antes ser sentidos y analizados. El descontento con la existencia puede llegar a ser el inicio de la motivación más grande, no para encontrar la felicidad, sino para establecer una vida significativa que trascienda las contingencias y los vaivenes del placer y el dolor.

Un estudio científico reciente sugiere que la tristeza o los estados de ánimo negativos, cuando no son crónicos, tienen funciones adaptativas que nos permiten aprender y resolver situaciones difíciles. Asimismo, los estados de tristeza mandan señales a los demás de que no queremos competir, lo cual puede brindar cierta protección y hacer que otras personas nos ayuden. De otra forma podríamos decir que la tristeza dice a los demás que estamos en un estado vulnerable, lo cual puede producir relaciones más íntimas, menos basadas en pretender que todo está bien siempre.  

Se ha descubierto también que la tristeza en ocasiones favorece la sensibilidad estética y moral. Esto evidentemente ocurre cuando la tristeza no se convierte en un estado de indolencia y depresión profunda; al contrario, el hecho de sentir el dolor, el descontento y demás es un acto que tiene mucha vitalidad. Muchos artistas lo son justamente porque no niegan este aspecto de la vida. Negarlo es como sólo vivir de día y no disfrutar de todo lo que tiene la noche.

En algunos estudios basados en estados de ánimo de tristeza moderada se notó que las personas tristes exhibieron mejor comunicación, memoria y capacidad de hacer juicios.

Hemos dicho que la ciencia muestra que la tristeza tiene algunos beneficios, y en nuestra sociedad la ciencia tiene una especie de aura mágica de verdad. Sin embargo, hay que decir que es sobre todo el arte el que ha mostrado largamente que la tristeza nos beneficia, esto es, beneficia a nuestra alma, algo que la ciencia no considera. El alma, ha dicho el psicólogo James Hillman, se desarrolla echando raíces y viajando al inframundo, no creciendo hacia el Sol solamente o volando ligero como una mariposa. El alma es flor y mariposa, pero también pantano y cueva. 

 

Lee también: El origen de la melancolía, el genio que viene de la tristeza