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El estado neural del LSD es similar al de un niño y tiene la característica de disolver el ego

Una interesante conclusión de un reciente estudio fondeado por el público y que por primera vez realizó imágenes de resonancia magnética en un cerebro bajo los efectos del LSD es que este psicodélico coloca al usuario en un estado mental similar al de un niño.

Anteriormente se habían comparado los resultados del experimento con un estado meditativo y una menor actividad de las zonas neurales que producen la sensación de un yo fijo, por lo que se describe el efecto como de "disolución del ego". Significativamente, la pérdida de actividad que existe normalmente entre el parahipocampo y el córtex retrosplenial podría ser la causante de uno de los efectos más característicos del LSD: la sensación de pérdida de identidad subjetiva que se experimenta y que, acto seguido, muchas veces es reemplazada por una “fusión” con una especie de “unidad primigenia” que puede tomar la forma de la naturaleza, Dios, el Ser.

Según uno de los autores de la investigación, el doctor Robin Carhart-Harris, conocido por reactivar los estudios neurocientíficos con psicodélicos, el estado del LSD semeja el estado cerebral libre e irrestricto del cerebro infantil, altamente imaginativo e hiperemocional: "Nuestros cerebros se constriñen y se vuelven más compartimentalizados al desarrollarnos y pasar de la infancia a la adultez, nos volvemos más enfocados y rígidos en nuestro pensamiento al madurar". En otras palabras, la mente del niño es más abierta e impresionable, al igual que la del estado psicodélico, en el cual uno puede pasar horas admirando la belleza del contorno de una silla o cosas así.

Otra característica interesante es que bajo los efectos de LSD diversas áreas del cerebro contribuyen al procesamiento visual y no sólo el llamado córtex visual, lo cual puede explicar ciertas experiencia oníricas o alucinatorias.

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Los videos de Ben Ridgway tienen que ser los más psicodélicos que has visto

Psiconáutica

Por: pijamasurf - 08/15/2016

Los videos de Ridgway son artefactos para explorar el espacio interno y captan la la esencia de los viajes psicodélicos en imágenes

Ben Ridgeway es un animador digital de lo que el llama "Inner Space Art", se especializa en generar imágenes hipnagógicas y psicodélicas muy estimulantes. Sus videos pueden considerarse artefactos para establecer exploraciones de los mundos internos. 

 

En su último video Ridgeway muestra un flujo similar a las arquetípicas secuencias iniciales de un viaje de DMT, que marcan el cruce del umbral hacia la fortaleza de las entidades que Terence Mckenna describió como "self-transforming machine elves" (elfos mecánico autotransformativos) o lo que los usuarios de DMT Nexus llaman "El Crisantemo", la bóveda cósmica de la geografía triptamínica que marca la entrada al reino, la explosión pura de la conciencia enteógena. Los fractales marcan el camino -como migajas en el bosque del hiperespacio-- hacia el núcleo enjoyado del dios en la máquina. No hay duda que el trabajo de Ridgeway capta la esencia de lo que podemos llamar el "approach" del estado, ese comienzo hipnótico que lleva hacia el insondable corazón del estado psicodélico, y que en este caso nos lleva por una caleidoscópica cuadrilla como por dentro de una máquina tragamonedas, un casino cósmico, lenta y deliciosamente... La experiencia se agudiza si vemos el video en pantalla completa y dejamos de pensar, sólo nos dejamos absorber por la posibilidad del trance.

 Anteriormente habíamos reseñado otra obra maestra de Ridgeway, Cosmic Flower Unfolding,: 

En menos de 2 minutos podemos entrar al corazón de la materia submarina, en donde cobra vida la información de seres que evocan anémonas, dinoflagelados, medusas, moléculas de sal, algas y flores eléctricas y son también mandalas, glifos, arabescos y partículas de un superorganismo que nos recuerda a una especie de fauno marino o una ondina psicodélica cuyo rostro está compuesto de flores azules transparentes y cuyo cuerpo es un portal como la boca abierta del océano. 

El flujo emergente de la animación parece estar sincronizado con un patrón de olas, como la respiració de un mar cibernético o un silencio enteógeno que nos permite escuchar la palpitación de la vida misma, el universo vegetal y mineral con sus secretos. La animación, al final, no es sólo una bella estampa decorativa o una distracción más; cumple la función de revelarnos y hacernos adentrar en la noción de que la materia está hecha de un código, que contiene joyas secretas, y las formas geométricas son un puente de conciencia a la integración de la unidad entre todas las cosas.