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La sinestesia del doctor Joel Salinas le permite formar un empático rapport con sus pacientes, algo que en la medicina moderna industrializada es un fenómeno sumamente raro y por eso todo lo más necesario
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Photo: Mark Ostow http://www.psmag.com/health-and-behavior/is-mirror-touch-synesthesia-a-superpower-or-a-curse

La revista Pacific Standard publica un interesante perfil de un médico que tiene una rara condición conocida como sinestesia táctil de espejo, la cual le permite sentir --aunque sea con menor intensidad-- lo que siente otra persona. Esta facultad, me parece, es una especie de superpoder médico, especialmente en una época donde la percepción y el juicio parecen estar completamente supeditados al uso de un sofisticado equipo médico, a riesgo de perder la propia sensibilidad.

Hoy en día la mayoría de los médicos depende de los aparatos y de los manuales médicos para diagnosticar y determinar un tratamiento. Su sensación del paciente y de la enfermedad, su intuición o incluso la compasión que podría generarle, pasan a un segundo término; son demasiado imprecisos y palidecen ante el reino exacto (aunque helado) de los aparatos de auscultación y los estudios y la imagenología que generan.  

El imperio tecnológico --de la mano del capitalismo: la salud como negocio: el saber como poder-- ha hecho que la medicina abandone un origen menos científico pero quizás más noble. Todavía podemos ver en diferentes tradiciones la importancia de que el doctor sea una persona que no sólo sabe mucho de su especialidad sino que es en general docto en la vida y en el trato de las personas. Los doctores originalmente eran también sacerdotes, filósofos o chamanes y sobre todo sentían un llamado a sanar, no a obtener beneficios personales por su conocimiento. Servir era un privilegio.  Necesitaban del aval de la comunidad --y tenían que ser individuos especiales, más no especialistas-- justamente porque la comunidad dependía de su esfuerzo desinteresado. Hoy en Occidente tenemos algunos resabios de esta concepción, aunque un tanto desvaídos, venidos a menos, meros tramites. Por ejemplo el código hipocrático que busca inculcar una serie de principios éticos a todo aspirante a ser médico. Sin embargo, este juramento --basado en principios universales como la ley de oro-- ejerce poco régimen en un mundo en el que ha permeado tanto la mentalidad capitalista e individualista. Y donde los doctores no pueden disociarse del paradigma socioeconómico en el que trabajan, tan estrechamente ligado a las farmacéuticas y a una medicina acostumbrada a suprimir rápidamente los síntomas sobremedicando a los pacientes, evitando el difícil camino de encontrar las causas de las enfermedades (muchas de las cuales tiene que ver con emociones y hábitos, que por lo menos requieren tiempo e interés de parte del doctor, lo cual es malo para el negocio cuando se concibe al tiempo como dinero).

Con esto no quiero ser alarmista, ni sugerir que se deje de utilizar la tecnología en la medicina. Solamente llamar la atención sobre un exceso: y es que la salud, como han dicho los filósofos, es equilibrio y moderación. No es sólo mi percepción; este exceso ha sido "diagnosticado" por muchas personas más calificadas que yo en este sentido. Por ejemplo, Abraham Verghese, profesor de medicina de la Universidad de Stanford, en su artículo "Trata al paciente, no a la tomografía". O aquí y aquí y aquí. Esta deshumanización o mecanización de la medicina es padecida por los enfermos, los cuales para sanar no sólo necesitan un medicamento preciso, necesitan el calor de la comprensión, creer en que pueden sanar y reforzar su motivación y voluntad. Se dice que esto es placebo, pero no por ello deja ser un protocolo de salud, y posiblemente incluso pudiera ser una ciencia del tratamiento médico: despertar la fuerza de autosanación del cuerpo a través del espejo empático del médico o del familiar.  

Consideremos el caso del doctor Joel Salinas. Este joven médico explica: "Cuando una persona es tocada, lo siento, y reconozco ese toque". Cuando alguien es pellizcado, Salinas siente un leve cosquilleo; cuando un paciente recibe una inyección, siente un aguijoneo en la misma parte del cuerpo; cuando un paciente tiene un episodio psicótico, siente tensión, y cosas así. Para leer los rostros de sus pacientes y ver lo que sienten, se enfoca en la boca, la cual, dice, registra detalladamente las emociones detrás de las palabras. Salinas también ve letras y números en colores: asocia estos caracteres de colores con características de personalidad y sentimientos. Por ejemplo, cierta persona puede sentirse como un 5, lo que para Salinas es un color anaranjado que asocia con orgullo y egoísmo. "Las personas con 4s y 7s fuertes tienen un gris azulado --azul celeste con azul ruso. Muy calmado". 

Esta capacidad perceptual, sin embargo, no necesariamente significa que las asociaciones que hace sean siempre exactas. No necesariamente porque siente que una persona es "azul 7" esta persona está en calma y tranquila, pueden ser también errores de su neurocórtex ultrasensible. Lo que es indudable es que hay una pronta respuesta neuronal a las sensaciones de otra persona, no que esa respuesta sea la misma sensación sólo que en otro cuerpo: el filtro y la traducción del pensamiento y la propia experiencia podrían intervenir Sin embargo, hay una conexión mucho más clara y evidente que en la mayoría de las personas, lo cual de entrada tiende un puente de empatía. Y no hay nada que pueda motivarnos más a ayudar a una persona cómo sentir "en carne propia" su pena. Es en este sentido que la empatía es una herramienta fundamental para la práctica médica, indispensable para que el médico se involucre con sus pacientes y entienda que cada enfermedad es distinta en su manifestación individual: cada persona es un universo.

La sinestesia de espejo táctil está siendo estudiada por neurocientíficos y es considerada una forma extrema de empatía humana, activada por las neuronas espejo en el córtex premotor. En el caso de Salinas puede ser muy útil. Después de seguirlo un par de días para realizar un reportaje, la periodista Erika Hayasaki notó que su capacidad de diagnóstico se ve altamente beneficiada por su sinestesia. Y concluye que "estar cerca de él es relajante". Sin embargo, en algunos casos es una tortura. Por ejemplo el caso que cita Pacific Standard de una joven mujer británica que se ve completamente debilitada con sólo ver escenas violentas en la TV.

En la medicina china y en otras tradiciones antiguas existe gran cantidad de relatos sobre el poder de diagnóstico del médico. Médicos que podían diagnosticar todo tipo de enfermedades sólo sosteniendo el pulso; médicos que podían adivinar la dieta (los hábitos y vicios) de una persona solamente viendo sus ojos; médicos que podían "sentir" cual era la causa de la enfermedad de una persona con sólo sentarse a un lado. ¿Habría que preguntarnos si no creemos en esto porque realmente es imposible o porque nuestro paradigma de conocimiento no lo admite? ¿Puede el aparato de percepción humana descubrir verdades veladas de la misma forma que los aparatos médicos penetran lo que oculta la epidermis? ¿Cuál es el límite de la información que podemos obtener tocando a alguien, mirándolo o incluso compadeciéndolo, extendiendo nuestra generosidad y nuestro deseo de sanación?

Más allá de esta especulación --ciencia ficción estilo X-Men o verdadera apelación a nuestra más profunda naturaleza, lo que sí creo que se puede afirmar sin temor a equivocarse, es que la medicina necesita más empatía, ya sea que venga a través de la sinestesia, del sincero interés por el prójimo o del convencimiento filosófico y la obligación profesional y hasta legal. Podríamos obligar a nuestros médicos en un futuro a pasar un examen de empatía como el Voight-Kampff que imaginó Philip K. Dick, aunque esto sería una paradoja, una posible trampa, recurrir a una máquina para que no perdamos nuestra esencia humana. Digo esto un poco en broma, pero de cualquier forma es interesante que para Dick la cualidad suprema del ser humano es la empatía, justamente aquello que nos hace humanos. Nos subestimamos a nostros mismos cuando no creemos en el poder de la empatía y de la compasión --en comparación con el poder de los aparatos-- para sanar.

 

Twitter del autor: @alepholo 

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Con el psicoanálisis, la llamada revolución sexual y la liberación femenina, culturalmente el sexo ha sido representado como una necesidad ya no solo biológica sino sobre todo psicológica y actualmente es pieza angular de la cultura del wellness --ciertamente no solo porque el sexo sea muy sano sino porque vende. En muchos países occidentales las personas no solo sienten la urgencia de tener sexo como una respuesta natural a los estímulos de su cuerpo y los cuerpos con los que se encuentran, existe una presión social y una presión mediática (en la invasión de imágenes sexualizadas) para tener sexo. Generalmente asumimos tácitamente que tener más sexo es mejor --especialmente en el caso de los hombres, donde confiere también estatus: es el signo del macho alfa por excelencia, pero también para las mujeres que tienen pareja estable, ya sea como ejercicio o porque potencialmente nos acerca a la energía erótica y a la intimidad emocional (confiere conexión y sentido). Sin embargo, más no siempre es mejor.

Un reciente estudio se preguntó si el aumento de la frecuencia sexual también aumentaba la percepción de la felicidad. Los investigadores de la Carnegie Mellon University concluyeron que "el incremento en la frecuencia no lleva a un aumento de felicidad, tal vez porque conduce a un declive en el deseo y disfrute del sexo". Los resultados fueron recibidos con cierta sorpresa por varios medios, muchos de los cuales son responsables de promover la idea de que el sexo es una especie de Santo Grial secular. Paradójicamente en este juego de anzuelos, y como el sexo tiene el toque del rey Midas, un encabezado sobre las falencias del sexo, también obviamente genera mucho tráfico. 

Oliver Burkeman atribuye los resultados a que "cuando cuatro académicos te dicen que debes tener más sexo, y llenar todos los días un reporte, no te hace más feliz... En otras palabras, cualquier cosa puede perder su encanto cuando se vuelve una obligación". La mecanización de cualquier cosa le quita su chispa --en tanto a que todavía somos más humanos que robots-- y esto es especialmente significativo en el sexo, que, a diferencia de lo que tal vez sucede con la mayoría de los otros animales, no es solo un intercambio conducido por fuerzas automatizadas, sino que tiene un componente importante de creatividad y espontaneidad.  

Burkeman cita un estudio que muestra la gran importancia que tiene para el ser humano la sensación de mantener su autonomía. Cuando alguien nos dice que hagamos algo y sentimos que lo que se nos presenta es una obligación, eso modifica completamente nuestra percepción del acto a realizarse. Es necesaria, aunque sea ilusoria, la noción de que hacemos las cosas libremente, por nuestra propia voluntad. Algo que amas hacer por tu propia cuenta puede transformarse rápidamente en una labor tediosa si una persona te lo ordena.

Nuestro sentido interno del derecho a la autonomía absoluta, sin embargo, se ha convertido en un problema. En el extremo individualismo de nuestra época, cualquier cosa o cualquier persona que nos quite nuestro tiempo personal o que nos exija modificar nuestros planes está violando nuestra integridad, porque, después de todo, nosotros no pedimos nada de nadie, somos independientes. El filósofo Matthew Crawford, cuenta Burkeman, argumenta que "hemos valuado tanto nuestra autonomía que leer el capítulo de un libro, o detenernos a escuchar a un amigo, se acaban sintiendo como una imposición; mientras que el subrepticio constante chequeo de nuestro smartphone es una aserción de nuestra independencia". 

Es un problema porque la autonomía tiende a ser --aunque no necesariamente-- una falta de involucramiento y compromiso con el destino colectivo, con las vidas de las demás personas y con aquellas actividades que exigen de nosotros que sigamos haciéndolas una vez tras otra, aunque sean enormemente tediosas o molestas, que requieren de esfuerzos extraordinarios, pero que posiblemente también entregan recompensas extraordinarias.

Lo anterior, por supuesto, no significa que el sexo deba ser visto como algo en lo que hay que "cumplir", como se dice popularmente. Evidentemente las relaciones de pareja deben trabajarse y existen momentos y actividades que deben ser realizadas pese a que no son exactamente las que elegiríamos si solo fuera por nosotros. Lo que resulta natural en este sentido es el ejercicio de la empatía y la concordia, el sistema operativo de las relaciones afectivas. Quizás la cuestión del sexo más que una cuestión de cantidad sea de calidad, de la calidad de la experiencia y la derrama de sus efectos en la consolidación de lazos afectivos y en la generación de energía. Como el estudio citado muestra, no resulta muy favorable forzar cierta cantidad de actos sexuales; sin embargo, organizar un plan para aumentar la calidad de los mismos podría ciertamente mejorar la experiencia y aumentar los indicadores de satisfacción o felicidad. Claro que es importante no mecanizar demasiado el plan de exploración erótico, puesto que lo natural al sexo, que es esencialmente creación de vida, es la creatividad, el impulso espontáneo de la profundidad del cuerpo, que llega a reconocer su raíz en un fondo aún más profundo y misterioso.  

Por eso para las parejas que se encuentran en una etapa en la cual podría surgir la pregunta sobre organizar su vida sexual para tener más sexo, una alternativa más interesante sería estudiar técnicas orientales y místicas ligadas a la sexualidad pero que no necesariamente son específicamente sobre sexo, como el tantra o el nei dan, la alquimia interna china. Recordamos aquí que dentro de estas tradiciones, ya sea en el budismo o en el taoísmo,  es central el cultivo de la energía y por lo tanto se practica la retención de la esencia vital o incluso la abstención ritual del coito. Menos en estos casos suele ser más, puesto que lo que se quiere es alcanzar la unidad y la energía de la unión, ante la cual el mero placer palidece.

La cantidad es el signo de nuestros tiempos materialistas, explica René Guénon, sin embargo aquello que es más humano, más íntimo y significativo, es lo cualitativo, la riqueza de la experiencia que no puede reducirse a una estadística, sino que debe ser vivida en toda su plenitud. El sexo, entendido como el espacio de conocimiento erótico (el altar de la alteridad), entraría en esta dimensión irreductible de lo cualitativo, el reino de la esencia.

 

Twitter del autor: @alepholo

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