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Fotos de los muxes, el tercer sexo reconocido desde la época precolombina

Por: María José CA - 02/13/2015

"Ser muxe es una manera de ser, como el ser mujer, como el ser hombre, nada más que tiene otro comportamiento muy distinto al del gay"

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El tercer sexo supone una manera de vivir donde se libera el binomio genérico a partir de la convivencia cotidiana con la diversidad sexual. A pesar de su antigüedad, este fenómeno no siempre fue reconocido como parte de una cultura tradicionalista… En especial, en la occidental. 

Sin embargo, en Oaxaca (México) existe el caso de los muxes (que viene del español del siglo XVI, y quiere decir mujer), el cual es un ancestral tercer sexo de origen indígena que forma parte de la estructura social del lugar. Según los textos históricos, antes de que el manto católico de la colonización española abrasara a las culturas indígenas, existían sacerdotes aztecas travestis y dioses hermafroditas. Para ese entonces la flexibilidad de género era inherente a la cultura, lo que ayudó a convertir a los muxes en símbolo de buena suerte. 

Actualmente, la cultura de los muxes en las comunidades zapotecas alrededor de la ciudad de Juchitán ha hallado su autonomía y libertad. Por ejemplo, los muxes tienden a formar parejas monógamas con hombres, aunque hay quienes se casan con mujeres y tienen hijos o deciden vivir en grupos. 

De acuerdo con Mandis, fundador de Las Auténticas Intrépidas Buscadoras del Peligro, esta experiencia sólo puede definirse como un fenómeno estructural y ambivalente al mismo tiempo: 

Ser muxe es una manera de ser, como el ser mujer, como el ser hombre, nada más que tiene otro comportamiento muy distinto al del gay. Es más apegado a la mujer, a las costumbres, a su manera de comportarse. En el caso de los gays, andan unos con otros. En el caso de los muxes, ellos no son pareja de otros. Nunca tienen una pareja muxe, ellos andan con hombres. Lo que sí es que a algunos desde que nacen se les nota.

Este modo de ser, ajeno a la cultura machista que envuelve al país, rehabilita constantemente el estado efímero entre dos géneros que brinda fortuna a los implicados. Por ello, el fotógrafo Nicola Ókin Frioli se dedicó a capturar las experiencias de 3 mil muxes de Juchitán. En sus fotografías, bajo el nombre de We are Princesses in a Land of Machos, se observa la intrigante dinámica del tercer sexo nunca reconocido, nunca respetado. 

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Encarcelar a más personas no equivale a tener menos crímenes

Por: pijamasurf - 02/13/2015

Entidades que tuvieron que reducir su número de presos vieron también disminuir los niveles de criminalidad

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Generalmente, como si se tratara de un protocolo de buró, cuando un gobierno enfrenta un fenómeno de criminalidad, su primer respuesta es apuntar al encarcelamiento de las personas que presuntamente cometen tales crímenes. Y si bien está históricamente demostrado que la impunidad es uno de los peores adversarios de la justicia, también parece que el inflar las prisiones de criminales no implica la reducción de crímenes. 

Estados Unidos es el epítome de la cultura carcelaria. En 2011 había casi 2 millones 300 mil presos en cárceles de ese país, algo así como 770 adultos por cada 100 mil habitantes, lo cual es una proporción difícil de concebir en un país que presume civilidad  –por ejemplo, en Japón la taza es de 51 y en Alemania de 78.

Al analizar el caso estadounidense se puede notar que, sin caer en el vicio del conspiracionismo, existen múltiples agendas alrededor de esta cultura, encabezadas por las corporaciones que abastecen de servicios al gigantesco circuito de prisiones de EE.UU. Pero incluso si dejamos este tipo de variables para otra ocasión, existe un argumento contundente que cuestiona esta filosofía del gobierno estadounidense, y en general del encarcelamiento como recurso predilecto de autoridades para combatir la criminalidad: el hecho de que los índices de delincuencia no necesariamente se reducen conforme aumenta el número de presos.

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Recién se publicó un reporte elaborado por el Brennan Center for Justice de la Escuela de Leyes de la Universidad de Nueva York que advierte que, después de cierto punto, no es costeable continuar encarcelando a más personas ya que ello no necesariamente se traduce en menos crímenes. 

Oliver Roeder, quien participó en la elaboración del informe, enfatiza en lo siguiente:

Una vez que los peores criminales están en prisión, cada prisionero adicional representará un menor beneficio en términos de reducción de crímenes. El aumento de encarcelamientos –y su efecto para incapacitar delincuentes– pierde su principal sentido.

El propio Roeder refiere al caso de diversos estados que se han visto obligados a reducir, por sobrepoblación, su número de reos. Por ejemplo, en California se tuvieron que aplicar medidas de este tipo, por mandato de la Suprema Corte, desde el año 2000. Sin embargo, durante los 13 años siguientes se registró una reducción de los niveles de criminalidad –es decir, menos presos se tradujo en menos crímenes. En otros 14 estados, incluidos Texas y Nueva York, ocurrió algo similar, mientras que sólo dos casos vieron sus niveles delincuenciales elevarse ante la depuración de presos. 

Y ante estos datos surge una interrogante obvia: si encarcelar personas es nuestro principal recurso para reducir la criminalidad, entonces, ¿cómo podemos explicarnos que reducir el número de presos no elevó el número de crímenes sino, aún más sorprendente, también implicó una reducción?

La pregunta está en el aire, y la respuesta a los problemas de crimen que enfrenta casi cualquier sociedad contemporánea parece estar mucho más cerca de la educación que de la coerción.