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El cerebro del mal: la neurociencia explica los comportamientos criminales, ¿pero los justifica?

Por: pijamasurf - 05/09/2013

La línea de la responsabilidad sobre los propios actos interesa tanto a los neurólogos como a los abogados responsables de ejecutar sentencias contra personas que, muchas veces, no pueden responder por su propio comportamiento.

En 1848 un tranquilo trabajador de ferrocarriles sufrió un extraño cambio de personalidad luego de que parte de una viga de hierro se le incrustara en la parte superior de la cabeza y saliera por un costado de la boca. Phineas Gage de 25 años no sufrió daños en la movilidad del cuerpo, y hasta entonces había sido tranquilo y reservado, pero desde que un médico le extrajo el pedazo de hierro su comportamiento se volvió agresivo y volátil, y su lenguaje cambio de amable a maldiciente. Este caso es el primero que registra la medicina moderna sobre la relación entre el cerebro y la conducta abiertamente criminal, un asunto que nada tiene que ver con la ciencia ficción, y es de interés no solamente para la neurociencia sino también para las leyes, en la medida en que necesitan saber hasta qué punto una persona mentalmente trastornada es incapaz de diferenciar el bien del mal.

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Tomemos el caso de Charles Whitman, tristemente célebre por haber asesinado a su esposa y a su madre, y posteriormente a 17 personas y herido a otras 32 en un tiroteo desde la torre del reloj en la Universidad de Texas, en 1966 (en la imagen). Antes de ser asesinado por la policía, Whitman dejó una nota que decía lo siguiente:

Realmente no me entiendo a mí mismo estos días. Se supone que soy un joven promedio, razonable e inteligente. Sin embargo, últimamente (no puedo recordar cuándo empezó) he sido víctima de muchos pensamientos inusuales e irracionales... Por favor paguen mis deudas [y] donen el resto anónimamente a una institución de salud mental. Tal vez la investigación pueda prevenir futuras tragedias de este tipo.

Whitman probablemente intuyó una veta de la investigación forense que continúa hasta nuestros días: con autorización de su familia, los científicos llevaron a cabo una autopsia; en su cerebro se encontraron tanto un tumor como una malformación vascular presionando su amígdala, una pequeña y primitiva región que controla las emociones. Por primera vez la ciencia moderna tenía un caso sustancioso para relacionar la fisiología con el comportamiento criminal, pero pasaron muchos años hasta que la tecnología pudiera avanzar en el conocimiento biológico, por así llamarlo, de la maldad.

¿Cerebro pedófilo?

En el 2003 se publicó un caso en la revista Archives of Neurology sobre un maestro de escuela de Virginia que desarrolló de la noche a la mañana un interés excesivo en la pornografía infantil, al grado de acosar sexualmente a su hijastra. Su esposa lo denunció pero el comportamiento del hombre no cambió, haciendo avances sexuales a los miembros del staff, por lo que fue sentenciado a prisión. Un día después fue internado en una sala de emergencias debido a un fuerte dolor de cabeza y otros síntomas. Los doctores aplicaron resonancia electromagnética y descubrieron un tumor del tamaño de un huevo en la corteza orbitofrontal, la zona que procesa la toma de decisiones. El tumor fue removido y el comportamiento pedófilo desapareció. Sin embargo, un año después el tumor reapareció, y con él su violenta necesidad. 

Stephen J. Morse, psiquiatra y especialista en leyes de la Universidad de Pennsylvania no cree que exista una zona del cerebro asociada necesariamente con la pedofilia; sin embargo, "el daño en la región orbitofrontal se asocia con la deshinibición. Sabemos que varias formas de lesión cerebral pueden provocar dificultades para guiarse por la razón."

En el reciente y sonado caso de los hermanos Tsarnaev, los presuntos responsables de los bombardeos del maratón de Boston, se sospechaba que el hermano mayor, Tamerlan, pudo haber tenido daño cerebral debido a sus años como boxeador. Sin embargo, las lesiones a las que la neurociencia suele referirse como "criminales" tienen que ver con el comportamiento impulsivo y volátil, y en el caso de los Tsarnaev se trató (según el reporte oficial) de un ataque programado desde hacía meses con toda premeditación --incluso se encontró que el ataque estaba planeado para el 4 de julio, pero decidieron adelantarlo debido a la mortal eficiencia de los preparativos.

Genes de la maldad

Otros estudios han relacionado los brotes de violencia con las enzimas conocidas como monoamina oxidasa (MAO) y sus funciones para controlar el comportamiento humano. Los bebés que nacen con deficiencias en el gen relacionado con las MAO (conocido popularmente como "gen del guerrero") parecen tener hasta nueve veces mayores probabilidades de comportarse de manera antisocial al crecer. Sin embargo, el comportamiento está sólo en parte regulado por la fisiología: el entorno de crecimiento y los valores con los que una persona aprende a tomar decisiones también deberían entrar en juego.

La pregunta es, ¿puede una persona mentalmente inestable ser juzgada legalmente por sus actos? Por un lado, las anomalías cerebrales y las mutaciones genéticas podrían explicar el comportamiento criminal, pero es mucho más probable que niños con deficiencias en las MAO que se expongan a entornos violentos o traumas infantiles tengan una vida criminal, con antecedentes genéticos o no. Para los científicos y eruditos legales, se trata de un callejón sin salida: ¿qué fue primero, el daño cerebral o el impulso disparador de drogas, alcohol y malas relaciones interpersonales con su entorno?

 Morse no cree que el diagnóstico médico deba ser excusa o atenuante en la responsabilidad legal: "Lo llamo el error fundamental psicolegal. La creencia de que si descubres la causa has mitigado o excusado la responsabilidad. Si tienes a un ladrón de bancos que puede probar que comete crímenes sólo en un estado hipomaníaco, eso no significa que merezca perdón ni mitigación."

Sin embargo, el neurocientífico de la Universidad de Madison-Winsconsin, Michael Koenigs, tiene otro punto de vista: "He sido parte de un proyecto del Departamento de Justicia para ayudar a los jueces a imputar responsabilidades. El sistema legal actualmente está enfocándose erróneamente, confiando en si los criminales pueden diferenciar lo correcto de lo incorrecto. Tal vez puedan hacerlo, pero el tipo de cosas que harían que otras personas se detuvieran [antes de actuar] algunos de ellos simplemente no lo registran."

¿Debería ser una rutina normal el que cada convicto fuera escaneado con resonancia electromagnética para saber si podría cometer otros crímenes al salir bajo libertad condicional o si su sentencia puede ser reducida debido a sus genes? ¿Los niños con deficiencias en las MAO deberían ser vigilados para asegurarse de que crezcan en entornos que no disparen la violencia irracional? El mejor entendimiento del cerebro solamente abre más preguntas para el debate, pues habría que preguntarnos también si el mal es algo inherentemente incontrolable o si existe en cada cerebro un momento, apenas un instante de reflexión antes de cometer el más brutal de los crímenes, en el cual podemos negarnos --es decir, controlarnos y hacernos responsables de nosotros mismos.

[TIME]

 

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El sorprendente caso de la mujer que no puede reconocer su propio rostro

Por: pijamasurf - 05/09/2013

La prosopagnosia también conocida como "trastorno de reconocimiento de rostros" es uno de los desórdenes neurológicos más interesantes que la ciencia haya registrado.

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La mente humana es uno de los más complejos sistemas que podamos concebir: su hiperconectividad neuronal, su relación con las emociones, el procesamiento de información a través de la percepción, son solo algunos de los prodigios que incluye nuestro diseño mental. Pero también es cierto que su sofisticada ingeniería mantiene innumerables secretos que aún pasan desapercibidos o inexplicables a nuestro propio análisis racional. 

Entre los múltiples ‘desórdenes’ neurológicos que se tienen registrados, muchos de ellos bastante extravagantes, la prosopagnosia es uno de los más intrigantes –popularmente se le conoce como "trastorno de reconocimiento de rostros". Este fenómeno consiste, precisamente, en padecer una gran dificultad para reconocer rostros desconocidos, familares y, en algunos casos, incluso el propio reflejo en un espejo –cada caso tiene sus propias variables.

Heather Sellers es una mujer que padece prosopagnosia severa, de lo cual se enteró hasta que tenía 36 años –y gracias a que ella misma sugirió que tal vez correspondía a su padecimiento. Previo a esto fue diagnosticada con ansiedad y otros trastornos, ninguno de los cuales justificaba su condición.

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A pesar de lo exótica que parece este desorden, se calcula que el 2.5% de la población sufre en algún grado de prosopagnosia. Lo que sucede es que en muchos casos pasa desapercibida, ya que el cerebro utiliza un amplio mapa referencial para distinguir a una persona: “En muchos sentidos es un desorden sutil. Es fácil para tu cerebro compensar la falta de información con muchas otras cosas que puedes utilizar para identificar a alguien, por ejemplo el color del cabello, el movimiento corporal, o cierta vestimenta. Pero cuando te encuentras a esa persona fuera de contexto, entonces resulta socialmente devastadora” advierte Heather en entrevista para la revista New Scientist.

Si bien para una persona 'promedio' el reconocer a alguien representa un proceso automatizado (con elementos referenciales de por medio), lo cierto es que este 'simple' acto involucra el trabajo diversas regiones cerebrales: la corteza de asociación visual (construcción de imagen), los Hipocampos y regiones frontotemporales (comparación y activación de una sensación de familiaridad), las regiones temporo-parietales (encargadas de la memoria semántica) y el hemisferio izquierdo (activación de estructuras lingüísticas que codifican el nombre de la persona). 

Más allá de los neuro-tecnicismos, creo que la prosopagnosia resulta especialmente interesante porque el hecho de auto-reconocernos físicamente –fenómeno en el cual el rostro juega un papel fundamental–, se ve afectado directamente por está particularidad. De acuerdo con el neuropsiquiatra italiano Vittorio Guidano, la experiencia humana se procesa mediante dos conceptos: el “yo” y el “mí”[1]. Anteriormente Jung había referido al “yo” como “el centro del campo de la consciencia y, en la medida en que este campo comprende la personalidad empírica, el yo es el sujeto de todos los actos conscientes”[2].

“He estado en un elevador repleto de personas, con espejos a nuestro alrededor. De pronto una mujer se mueve, yo me aparto para cederle el paso hasta que compruebo que esa mujer soy yo” confiesa Heather, refiriéndose a su incapacidad de reconocerse a sí misma.

El cómo afecta el "trastorno de reconocimiento de rostros" a la formación del yo, sobre todo cuando no se es capaz de reconocer el propio, es un asunto que aún se encuentra en proceso de ser determinado (afortunadamente ya existen centros de investigación exclusivamente dedicados al estudio de este fenómeno, por ejemplo en la Universidad de Harvard y la Universidad College London). Lo que sí sabemos, gracias al testimonio de personas como Heather, es que la autorreferencialidad influye significativamente en el mapa de realidad individual. De hecho, ante la posibilidad de ser curada, ella recalca que ello implicaría reconfigurar su cartografía existencial por completo –aunque no por ello dejaría de celebrar la cura:

No puedo imaginar lo que tú ves cuando observas un rostro, y eso puede ser espeluznante. Reviso todo lo que he hecho, me ha costado mucho trabajo encontrar una manera de acomodar mi mundo. Y esto (curarse) implicaría reescribirlo todo. Pero también sería fascinante.

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En Pijama Surf hemos publicado un buen número de notas sobre la relación entre realidad (como algo independiente, per se) y percepción (como un filtro entre ese ‘absoluto’ y lo que nosotros captamos de él). El texto más reciente al respecto concluye que “La realidad no es tan falsa ni tan verdadera como pensamos” , es decir, se trata de un mix entre estos dos componentes fundamentales. El punto es que la percepción forma, al menos, la mitad de lo que conocemos como realidad. Y en esa dinámica el “yo”, cuya representación material encabeza nuestro propio rostro, actúa como una especie de brújula –algo así como el faro desde dónde observamos el gran teatro cósmico.

Aún después de conocer el caso de Heather, así como la existencia de esta neuroparticularidad llamada prosopagnosia, confieso que aún me cuesta trabajo el solo concebir la imposibilidad de mirarme a los ojos. A fin de cuentas ese arquetípico ejercicio de pararme frente a un espejo a observar mi propia mirada, sabiendo que es un encuentro de “mí conmigo mismo”, algo así como un tête-a-tête con el centro de mi auto-mandala, es una de las herramientas existenciales que más agradezco en la vida.

Twitter del autor: @paradoxeparadis



[1] El Sí-mismo en proceso: hacia una terapia cognitiva posracionalista. Ediciones Paidós. ISBN 9788475099750.

[2] «I. El yo». Obra completa. Volumen 9/2: Aion. Contribuciones al simbolismo del sí-mismo. Madrid: Editorial Trotta. pp. 7, § 1. ISBN 978-84-9879-219-5.