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La película "Backrooms" lleva uno de los fenómenos más extraños nacidos en internet a la pantalla grande con una propuesta visual incómoda, terror psicológico y espacios infinitos que convierten la soledad y el encierro en parte de la experiencia

Cuando internet comenzó a llenar espacios vacíos con historias, teorías y miedos colectivos, era cuestión de tiempo para que alguien intentara convertirlos en cine. Backrooms hace exactamente eso: toma uno de los fenómenos más extraños nacidos en foros y videos de YouTube para transformarlo en una película incómoda, asfixiante y, por momentos, profundamente solitaria.

Para comprender por qué esta película existe, primero hay que entender qué son los "backrooms". El concepto nació a partir de una imagen viral: oficinas amarillas, alfombra húmeda, luces fluorescentes y la sensación extraña de estar en un lugar que parece familiar, pero que claramente está mal. Con el tiempo, internet convirtió esa fotografía en un universo entero; espacios infinitos donde uno puede quedar atrapado después de “salirse” accidentalmente de la realidad.

Ese miedo a los espacios vacíos y a sentirse fuera de lugar encontró en Kane Parsons, conocido por muchos como Kane Pixels, a su mejor intérprete. Resulta todavía más impresionante recordar que el director tiene apenas 20 años. Lo sorprendente no es solo la edad, sino la forma en la que logra construir imágenes tan incómodas. Todo parece demasiado perfecto para sentirse natural: los tonos amarillos, la geometría de los pasillos, la repetición obsesiva de formas, la iluminación uniforme. Nada está roto y, justamente por eso, todo se siente incorrecto.

La película abre con un ritmo lento,  sobre todo para quienes no están acostumbrados a un cine más contemplativo o a historias que prefieren sembrar preguntas antes que respuestas. Desde el inicio aparece una idea interesante: perderse dentro de la propia mente, caminar tantas veces por los mismos caminos que terminas descubriendo puertas que parecían inexistentes. La película intenta conectar esa idea psicológica con los backrooms físicos, usando estos espacios infinitos como una representación del aislamiento, el trauma y la incapacidad de escapar de uno mismo.

Visualmente, Backrooms logra atraparte por completo. Los colores, las formas y la construcción del universo generan una sensación constante de encierro. Lo interesante es que esa soledad no se queda únicamente dentro de los backrooms; termina contaminando también lo que supuestamente es el mundo real. Esa decisión conecta con sus protagonistas, quienes cargan con heridas emocionales profundas y viven desde la desconexión.

Aquí también aparece una diferencia interesante entre personajes. Mientras los protagonistas principales son figuras profundamente solitarias, los otros trabajadores que se involucran en la investigación funcionan distinto: son una pareja, tienen vínculos, tienen compañía. Y curiosamente son quienes sobreviven menos tiempo dentro de ese universo. La película juega discretamente con ciertas reglas del cine de terror clásico, donde algunos personajes simplemente dejan de encajar con la lógica emocional de la historia.

Después de ese inicio pausado, la película encuentra momentos realmente poderosos. Hay escenas que generan ansiedad genuina, sensación de asfixia y una desesperación muy específica: la de saber que probablemente no existe salida. La primera secuencia de muerte es quizá uno de sus mejores momentos. Construye tensión con paciencia, administra muy bien lo que muestra y lo que oculta, y demuestra que Parsons entiende perfectamente cómo manipular el espacio para producir miedo.

El problema es que la película avanza y retrocede constantemente entre esos momentos brillantes y nuevas pausas narrativas. Cuando parece encontrar velocidad, vuelve a desacelerar. Cuando logra crear una sensación intensa de encierro, vuelve a fragmentarse con cortes y escenas que parecen esconder demasiado. Algunas piezas eventualmente conectan; otras simplemente quedan flotando.

Su mayor fortaleza termina convirtiéndose también en su principal debilidad: la ambigüedad. Para quienes conocen el concepto de los "backrooms", esa ambigüedad puede sentirse fascinante. Para quienes llegan sin contexto, algunas decisiones narrativas pueden parecer absurdas o innecesariamente confusas. Hay momentos donde la película se siente como una enorme maqueta: un universo perfectamente construido que cuesta trabajo habitar emocionalmente porque sus reglas nunca terminan de asentarse del todo.

Las actuaciones funcionan, aunque pocas veces destacan por sí mismas. Parte de esto parece responder a la naturaleza de la historia, donde el entorno termina devorando a los personajes. Aquí importa menos quién está atrapado y más la experiencia de estar atrapado.

También resulta interesante cómo mezcla distintas formas del horror. Hay elementos de found footage, rastros de slasher, criaturas extrañas, horror psicológico y momentos que rozan lo absurdo. Algunas decisiones visuales alrededor de las entidades funcionan mejor cuando permanecen ocultas; cuando aparecen demasiado, parte del terror se diluye. Aun así, la película entiende algo fundamental: el verdadero monstruo nunca son las criaturas, sino el espacio.

Backrooms probablemente dividirá opiniones. Es lenta, ambigua y exige paciencia. Pero incluso para quienes no tienen familiaridad con el concepto original o con este tipo de cine, sigue siendo una experiencia incómoda en el mejor sentido. Te hace sentir encerrado, confundido y extrañamente solo.

Y es probable que ese sea su mayor triunfo: lograr que cuando termina la película, los pasillos amarillos siguen abiertos en alguna parte de tu cabeza.


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Imagen de portada: CQ México