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A más de una década de su tipificación, el feminicidio en México sigue ligado a violencias estructurales, exclusión social y el avance del crimen organizado. El análisis de Rita Segato advierte sobre la persistencia de discursos conservadores y la operación de un “segundo Estado” criminal que pone en riesgo la vida de mujeres y poblaciones vulnerables.

Desde hace mucho tiempo, al menos en México, cuando se había referido al asesinato de las mujeres existía la tendencia de atribuirlos a crímenes pasionales, domésticos, como una especie de justificante de este tipo de delitos. No fue sino hasta 2007 que el término feminicidio se incorporó formalmente a las leyes mexicanas para denotar el asesinato de mujeres por razón de ser mujeres, es decir, por razón de género. La tipificación como delito federal en el Código Penal Federal ocurrió hasta 2012.

En parte esto se debió a la ola de feminicidios ocurridos en los años noventa del siglo pasado en Ciudad Juárez, Chihuahua, al norte del país. Y también debido a estos lamentables sucesos Rita Laura Segato dedicó un amplio estudio en su obra La guerra contra las mujeres (2016) titulado “La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez. Territorio, soberanía y crímenes de Segundo Estado”. 

En estos tiempos de auge de la ultraderecha y del pensamiento conservador me parece más que atinado releer este texto por el reconocimiento de diversos efectos de los cuales Segato hace una década ya nos alertaba.

Rita Laura Segato 

En primer lugar, reconocer que el pensamiento plural y multicultural que nos antecede, las luchas por la libertad de colectivos y organizaciones civiles, algunas de ellas devenidas desde la diversidad LGTBTQ+ y los múltiples feminismos no han penetrado de manera suficiente en las instituciones y en la sociedad como para desestimar discursos de odio y sus consecuentes crímenes.

Lo segundo, como advierte Segato, que estas genuinas luchas han encontrado una falsa contrapartida que da en llamarles “ideología de género”, atribuyéndoles una avanzada en contra de la familia y el orden tradicional por el que vela el sector conservador y ultraconservador. 

Y tercero, además de no menos importante, que en el caso de los feminicidios que Segato abordó en su capítulo sobre Ciudad Juárez, nos queda bastante claro que la violencia hacia las minorías y hacia las mujeres, en este caso particular, en esta época se imbrica con otro tipo de atrocidades y violencias estructurales como las perpetradas por el crimen organizado, sumándose este fenómeno a las exclusiones que ya de por sí generaba el capital en conjunto con la precariedad de las vidas en territorios marginales y empobrecidos. 

En esta dimensión hay autores que reflexionan acerca de ya no sólo un empobrecimiento económico visto como falta de recursos para desarrollar una vida digna, sino del estatuto que las vidas excluidas cobran en este tipo de capitalismo criminal: producción de marginados o excluidos, según la socióloga Saskia Sassen; consumidores fallidos, según Sigmund Bauman. Vidas que el propio sistema determina que no valen la pena de ser vividas, dentro de ellas podemos encontrar a diversos grupos de la población; entre las cuales, desde luego, también están las mujeres empobrecidas.

El estudio de Rita Segato es tanto vigente como urgente de analizar dada la radiografía que nos muestra el uso y rapacidad con que el crimen organizado utiliza las vidas precarizadas de sectores de mujeres para codificar sus mensajes territoriales, para dar a conocer su poderío y para sostener sus cofradías; y, en consecuencia, por la capacidad que tienen de constituir un segundo estado que tiene una normatividad criminal propia, contra el cual es claro que el estado legítimo democrático aún no puede combatir para defender las vidas de su población.

Es necesario actualizar el problema y seguir reflexionando sobre la existencia de ese segundo estado criminal en tanto continúe la cooptación de vidas de jóvenes, mujeres, niños y niñas para el crimen organizado; el cual se apropia de los cuerpos de las periferias y zonas marginales, ya que, como bien aduce Segato: la preocupación de las sociedades enteras debe advertir la peligrosidad de esta estructura que existe al margen de la ley porque su mensaje es contundente; consiste precisamente en hacernos saber que la criminalidad puede administrar y arrancar las vidas de la población en ese amplio espacio en que la ley no opera (o no quiere operar) y en que es posible erigir estructuras de muerte. 


Alicia Valentina Tolentino Sanjuan es socióloga y Maestra en Filosofía por la UNAM. Doctora en Humanidades, línea Filosofía Moral y Política (UAM). Editora en Viceversa. Investiga sobre subjetividad a partir del cambio tecnológico; también sobre feminismos y literatura. Es miembro activo de la Red Mexicana de Mujeres Filósofas y miembro de la Revista de filosofía Reflexiones Marginales Saberes de la Frontera, de la UNAM. 


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