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«Sabemos a dónde va el mundo… y no es un buen lugar»: Irvine Welsh (ENTREVISTA)

Libros

Por: Joel Rodríguez - 03/19/2026

En esta entrega de Punto de Fuga, Irvine Welsh platica sobre su obra más reciente, Los Cuchillos Largos, que presentó en CDMX.

Un entrañable amigo y colega lo resume así: “Welsh es una figura importantísima de la cultura británica contemporánea; quizá no tan universal como Oscar Wilde —el eterno delirio de Morrissey—, pero sin duda ya pertenece a esa misma estirpe de escritores ingleses. ¡De ese tamaño!”. En ese punto, hay consenso.

Al pensar en el autor de Trainspotting, Porno, Crime y The Long Knives —su obra más reciente y motivo central de su última visita a México—, inevitablemente regresa a mi memoria una imagen muy particular, la de Mikey Forrester, el célebre traficante de drogas que suministra supositorios de opio al personaje de Renton. En pantalla, aparece enfundado en uno de los cameos más reconocibles del imaginario cinematográfico asociado a Trainspotting: enfunda una playera de la banda escocesa de punk The Exploited. Ese es el Welsh que primero rebota en mi espectro mental, el que ayudó a forjar su reputación —¡por lo menos en mi cabeza!—.

Pero al verlo llegar a nuestro encuentro, portando una sencilla hoodie de los Pumas —el equipo emblemático de la Universidad Nacional Autónoma de México— en sus clásicos colores azul y oro, la escena adquiere otro matiz. La prenda le confiere algo entre intelectual y gamberro a la vibra del momento. El asunto sigue siendo solemne, sí, pero ya no estoy frente a una suerte de gangster o dealer. Aflojo el cuerpo, la tensión se dispersa. Welsh saluda a todos con calidez británica (sic) y una sonrisa discreta. 

El protocolo se ha cumplido: todo el mundo está en posición. Sin preámbulo, le pregunto si realmente es aficionado de los Pumas.

“Bueno, no realmente. Sí conozco algo del fútbol mexicano, sé más o menos de qué van los Pumas y su cercanía con la Universidad, pero en realidad la prenda es un regalo que me hicieron al llegar acá porque no empaqué mucha ropa de este tipo. No sé si sea buena idea seguir portándola”.

“Lo digo porque, en una de las firmas recientes que tuve en la ciudad, algunos asistentes se mostraron inconformes con el gesto. Me pidieron que dejara de joder con eso y que me quitara la sudadera. Creo que fue una amenaza amigable”, justificando entre risas el uso de la misma.

Situaciones como ésta parecen corresponderle a un autor del calibre y kilometraje de Welsh, cuya literatura lleva décadas combinando un humor ácido, instintivo y crítico con una extraña forma de ternura callejera. Mirarlo bajo esta lupa también permite poner en perspectiva la relación que existe entre el originario de Leith y su horda de entusiastas mexicanos, quienes, a pesar de las diferencias generacionales, culturales, lingüísticas, geográficas y, en algunos casos, incluso ideológicas, parecen encontrar un refugio irrefutable en su obra.

Es cierto: no terminan de entender del todo el slang inglés —y particularmente escocés— con el que suele edificar su literatura. Es más, muchos de ellos ni siquiera habían nacido cuando apareció su primer libro, en 1993.

Sin embargo, están conectados a él, enganchados como a una sustancia química ilegal de esas que circulan con frecuencia en su propio universo narrativo. El ejemplo más claro son los chicos de entre 17 y 23 años que, constantemente, buscan copias de sus obras en lugares como el tianguis del Chopo, en lo que aún queda de los puestos del tianguis de la Ciudadela o en el pasaje de libros de Minería. Seamos honestos: Trainspotting terminó por convertirse en uno de los artefactos culturales más contundentes de los años noventa, y las nuevas generaciones simplemente han terminado por rendirse ante ello.

“¡Todo esto es ambiguo! Me resulta muy extraño darme cuenta de que, en una firma de autógrafos en la Ciudad de México, todos los que hicieron esa enorme fila durante cuatro horas con sus libros eran muy jóvenes, prácticamente niños. No hay forma de que hubieran estado vivos cuando Trainspotting se escribió. No podía dejar de preguntarme por qué significa tanto para ellos. Todos estaban muy emocionados y felices de estar ahí. Supongo que se debe a que ese libro, en particular, trata precisamente sobre ser joven, ser libre, las drogas… o lo que sea que uno entienda por esa etapa de la vida”.

Ahora –continúa– también intuyo que se identifican con las crisis laborales que atraviesa el mundo. Vivimos una época de colapsos constantes, y eso no es ajeno para nadie. Básicamente todos batallamos para encontrar un trabajo digno y bien pagado, porque la realidad que nos rodea tiene que ver con la precariedad permanente y con la falta de certezas sobre el futuro.

“Creo que, al final, todo esto tiene muy agotados a los jóvenes. Les quedan muchos años por delante para intentar hacer algo con un mundo que, de muchas maneras, parece estar cerrándoles: la economía, las oportunidades laborales, el sistema financiero… incluso la creatividad, con el uso desmedido de la inteligencia artificial. Tal vez se trate, en el fondo, de un reflejo del miedo que sienten ante su propia existencia. Por eso pienso que el libro sigue conectando con un grupo tan joven”, asegura.

Precisamente ese puente entre sus primeras publicaciones y su narrativa actual es lo que ha permitido que el trabajo de Irvine Welsh posterior a Trainspotting continúe recibiendo con entusiasmo. Es también lo que hoy lo trae de vuelta a la Ciudad de México para presentar The Long Knives, Los cuchillos largos, una novela policiaca que se inscribe dentro de la tradición del noir contemporáneo.

La obra marca además el regreso de Ray Lennox, uno de sus personajes más entrañables, quien apareció por primera vez en Filth, la novela publicada en 1998, traducida como Escoria, y que desde entonces se ha convertido en una figura recurrente dentro del universo narrativo del autor escocés.

“La primera vez que lo plasmé en mi universo, él era un alcalde anticorrupción en Filth”, dice. “Con el tiempo empecé a pensar en él como un personaje misterioso, lleno de secretos. Y mientras más lo pensaba, más vívido se volvía Ray para mí. Es un tipo que ha sufrido un abuso terrible y que nunca logra superarlo del todo. En cierto sentido es una especie de justiciero/vengador, alguien impulsado por la necesidad de romper ese hilo continuo de injusticia que le ha tocado vivir. Por eso intenta ayudar a otras personas que atraviesan situaciones similares a la suya, porque cuando él era niño —cuando fue abusado— no tuvo a nadie que pudiera brindarle esa misma ayuda”.

Los cuchillos largos se publicó originalmente en 2022 en el Reino Unido. En español, la editorial Anagrama —casa en habla hispana de autores como Charles Bukowski, Vladimir Nabokov y Nick Hornby, entre muchos otros— puso en circulación su propia edición en mayo del año pasado, con la traducción de Francisco González, Arturo Peral y Laura Salas.

La novela se despliega en un periodo muy particular de la historia reciente: los años de la pandemia de COVID-19. Una experiencia que hoy, aunque parezca lejana, permanece como una memoria incómoda que muchos preferirían borrar del imaginario colectivo. Ante ello, el autor reconoce que ese episodio terminó alineándose con un momento especialmente fértil en términos creativos y literarios. "Escribí estos dos libros —Los cuchillos largos y Resolución, novela de 2024 en la que también aparece el personaje de Ray Lennox— durante el COVID. Necesitaba hacer algo: estar encerrado me hacía sentir como si estuviera en prisión".

Esa sensación de encierro fue clave —y también precisa— para detonar su interés por explorar ciertos registros formales dentro de la narrativa criminal. "Eso detonó mi idea de escribir una serie de libros de crímenes", subraya. “Ambos se mueven entre el thriller existencial y la novela de crimen. En particular, considero Los cuchillos largos como una especie de ficción de género, un territorio un tanto extraño para estos personajes. Supongo que podría decirse que está situada dentro del noir, si quieres verlo de esa manera".

Lo que refiere el propio autor me planta de inmediato en el momento sociopolítico y cultural que atraviesa, de forma álgida, buena parte del planeta. El noir, como género, suele estar enmarcado por realidades crueles, un profundo pesimismo y una crítica social incisiva, poblado además de personajes definidos por la complejidad de sus acciones, la ambigüedad moral y un marcado trasfondo existencialista.

Aunque la obra comenzó a escribirse hace más de cinco años, los paralelismos con el presente resultan evidentes.

“Sí, definitivamente toda ficción lo hace. Creo que cualquier forma de arte es, en esencia, un producto de su tiempo. En ese sentido, siempre está abordando el mundo en el que vivimos, ya sea de forma explícita o como una consecuencia natural de lo que escribes. El entorno en el que vivimos ha cambiado mucho en los últimos veinte años, y especialmente en la última década. Creo que, en el fondo, todos sabemos hacia dónde se dirige todo esto, y no es un lugar muy alentador. Por eso, de una u otra forma, esa percepción termina filtrándose en lo que hacemos: cualquier escritor o artista mira el mundo desde ese lugar”, reflexiona.

Siendo el arte una forma constante de creación y adaptación —reinventarse o morir—, Welsh, quien ha incursionado en todo tipo de disciplinas y proyectos, es plenamente consciente de la necesidad de expandir sus obras. No es casual que muchas de ellas hayan encontrado nuevas vidas en el cine y la televisión con resultados exitosos. Incluso, sin ahondar en detalles, el autor deja entrever que la adaptación musical de su clásico Trainspotting está lista para estrenarse en los escenarios londinenses “en julio de este año”, confirmando así una posibilidad que se venía gestando desde 2021.

Frente a mi inquietud sobre las libertades que suelen tomarse las adaptaciones de su obra —tanto en la pantalla chica como en la grande—, Welsh responde con firmeza: 

“Cuando algo de tu autoría se adapta a otro medio, tienes que confiar en quienes lo hacen y permitirles cierta libertad. Francamente, no me interesa la idea de una adaptación complaciente. Prefiero que la gente experimente, que juegue, para obtener resultados distintos. Sé de qué van esas historias —yo escribí esos libros— y no quiero agotarme viendo en pantalla exactamente lo mismo que ya hice en la página. Me interesa que conserven el espíritu, que exploten el potencial de un medio distinto. Quiero ver qué tienen que decir. Yo ya sé lo que tengo que decir. Prefiero que me provoquen, que me descoloquen un poco. Es bueno, incluso, sentirse ligeramente incómodo ante lo que otros hacen con tu obra.”

Sobre la posibilidad de una nueva adaptación —ya sea en cine o televisión— de The Long Knives, en la que inevitablemente el personaje de Ray Lennox volvería a la pantalla tras sus incursiones en Filth (2013) y la serie británica Irvine Welsh’s Crime (2021), su creador se muestra mesurado. “No lo sé. La verdad es que no estoy seguro. Trabajo en muchos proyectos al mismo tiempo y estoy en una etapa en la que todo es un poco caótico: hay demasiados libros, demasiados personajes, cada uno con intereses distintos. Siempre estoy imaginando cosas, pensando en qué personaje podría recuperar o en cuál podría ser el siguiente para poner en movimiento”, comenta en tono analítico.

“Creo que lo que busco es un cambio constante. No puedo quedarme con un solo personaje o un mismo tema toda la vida, porque termino atrapado en eso. Necesito avanzar. No sé si estoy listo para volver a dar ese paso con Lennox, o si regresará de alguna forma en futuras adaptaciones. Simplemente, ahora mismo, no puedo saberlo.”

En la recta final de la charla, me planteo que, tal vez, para Irvine la distancia nunca ha sido un obstáculo real entre Escocia/Inglaterra y el mundo, mucho menos con México; al menos no en el terreno de la experiencia. Porque, más allá del idioma o del paisaje, lo que circula en la obra de Welsh es una tensión compartida: la de existir bajo la sombra de un poder que intenta uniformarlo todo y, aun así, insistir en erguirse desde lo propio, ya sea de forma individual o colectiva.

No es solo una cuestión de lectura, sino de reconocimiento. Como si, en el fondo, sus personajes no hablarán únicamente desde Edimburgo, sino desde cualquier lugar donde la identidad se construye a contracorriente y contra todo pronóstico. De ahí que el lector mexicano lo cobije: hay diálogo, entendimiento y un intercambio profundo de ideas y emociones. En ese cruce, los lectores de este territorio han encontrado también una forma de nombrarse, una resonancia de su propia identidad dentro de su obra.

“Creo que hay algo ahí… es un poco largo de explicar, pero si eres de Escocia tienes una relación con Gran Bretaña que, en cierto sentido, no es tan distinta a la que México tiene con Estados Unidos. Sientes la presencia de un vecino dominante, políticamente abrumador, y estás constantemente luchando por expresar quién eres: tu identidad, tu cultura, tu propia voz dentro de ese contexto”.

“Y eso hace que se vuelva todavía más importante hacerlo, ¿sabes? Creo que ahí hay una especie de similitud que conecta a México con mis obras”, concluye Irvine Welsh, previo a una presentación en U-Tópicas, hermosa librería coyoacanense.


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Imágenes de portada e interiores: @johny_zf