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«El eclipse»: la obra de Carlos Olmos que vuelve a escena y sigue incomodando al México de hoy

Arte

Por: Carolina De La Torre - 03/23/2026

En entrevista con Carolina Contreras, la actriz comparte cómo esta puesta en el Foro La Gruta revive temas como el duelo, la familia, la identidad y la violencia estructural que siguen vigentes décadas después

A más de dos décadas de la muerte de Carlos Olmos, El eclipse regresa a escena con una claridad incómoda: aquello que parecía anclado en los años noventa sigue respirando en el presente, no como eco lejano, sino como una herida que no termina de cerrar.

Desde el escenario, la obra sitúa a una familia en duelo en una playa de Chiapas, pero lo que realmente se despliega no es solo una historia íntima, sino un entramado de tensiones que siguen siendo profundamente reconocibles. “A pesar justamente de que fue una obra escrita entre 1989 y 1990, los temas siguen pues bastante vigentes”, dice Carolina Contreras, parte del elenco. “Se habla sobre una familia, se habla sobre los secretos, diversidad sexual, roles en la familia… roles de género impuestos, tabús”.

No hay distancia suficiente entre aquella década y esta. La resonancia no es casual, es estructural. “También hablamos de un poco de esta gentrificación… todo sucede en una playa en Chiapas, en los años 90 del siglo XX. Se habla del narcotráfico, se habla de la gente que está queriendo comprar terrenos así a destajo… para la construcción de empresas”, explica. Y entonces, la pregunta deja de ser por qué la obra sigue vigente y se transforma en algo más incómodo: por qué nosotros seguimos ahí.

En ese territorio, los personajes no solo habitan una casa, habitan una serie de expectativas que pesan más que cualquier arquitectura. Hay una tensión constante entre lo que se es y lo que se espera ser, y ahí aparece la fractura. “Hay muchas cosas… estas preguntas que se hacen los personajes son totalmente existenciales”, dice. “Llevan un rol y se están cuestionando: ‘¿toda mi vida voy a seguir haciendo esto?’… son sobre todo los personajes jóvenes los que están en esta lucha de querer salir de esta estructura familiar”.

Carolina interpreta a una madre que acaba de perder a su esposo, y el duelo no solo es emocional, también es estructural: sostener a los hijos, sostener la idea de familia, sostenerse a sí misma, mientras enfrenta una revelación que rompe con todo lo que creía estable. “Mi personaje está justamente en un duelo… acaba de perder al esposo en un accidente. Pues el tener control ahora de los hijos… y que uno de los hijos esté cuestionando que debe de haber algo más… y que siente que se le va de las manos”.

La grieta se abre desde el amor, pero no por eso deja de doler. “Lo tengo un poco justificado desde el amor y la humanidad”, explica sobre la reacción de su personaje ante la identidad de su hijo. “Sabemos todo este sufrimiento que históricamente ha sucedido con toda la comunidad LGBT+… desde la no aceptación… y pues toda esta lucha por ser respetados”. No hay villanos evidentes, hay estructuras heredadas.

Construir ese lugar emocional tampoco fue inmediato. “Fue un gran reto porque el personaje es bastante lejano a mí. Yo no estoy casada, no tengo hijos”, cuenta. “Entonces… el crear estos vínculos amorosos con mis compañeros, que se vuelven mis hijos… justificar desde la parte emotiva dolores que uno va imaginando”. El resultado no es lineal, sino un vaivén constante. “La obra tiene tonos en los que estás en el drama, drama, drama y de repente, ¡pum!, viene humor… y luego regresas al drama”, dice. “Es un subidón y bajadón emotivo… ha sido un gran reto sostenerlo por hora y media”.

Ese ritmo no solo está en la actuación, también en el lenguaje escénico. Bajo la dirección de Gina Botello, El eclipse se construye desde múltiples capas (teatro de imagen, sombras, objetos, títeres)  no como ornamento, sino como extensión emocional de lo que no siempre puede decirse. “Se crean atmósferas con la iluminación, con la música, con el objeto… hay una poesía visual súper linda”, explica. “El lenguaje es tan cotidiano… que es muy fácil acceder a estos ambientes”.

Y, sin embargo, lo más potente a veces no es lo evidente. “Hay objetos súper lindos que potencian el discurso… se vuelven metáforas visuales”, dice. “El actor se tiene que desaparecer para darle vida al objeto… entonces el protagónico se vuelve el objeto, no tanto el actor”. Desaparecer para que algo más hable, y quizá de eso también trata la obra.

Porque aunque quisiéramos pensar que algo ha cambiado, la realidad es más ambigua. “Me encantaría decir que ya no existen, pero pues sí están… el machismo sigue existiendo, la homofobia sigue existiendo”, dice con honestidad. “Puede haber un poquito más de aceptación en algunas partes, pero no al cien”. La estructura permanece, a veces muta, pero no desaparece.

Aun así, hay una posibilidad: la de mirar. “Hemos tenido bastante público y sale conmovido… sale identificado”, cuenta. “No hay manera en que no puedas decir: ‘es mi abuela, es mi tía, es mi mamá’… porque hablamos de una familia mexicana”. El teatro aparece entonces como espejo, pero también como fisura.

Y entonces, el eclipse. No como fenómeno astronómico, sino como presagio. “Para mi personaje, siente que algo va a estar muy mal… el cielo se pinta raro, lo ve como un presagio”, dice. “Sabe que algo se va a romper”. Recuerda incluso su propia experiencia de infancia: “había esta incertidumbre… esta oscuridad… este nervio por qué pasara”.

En escena, todo ocurre antes de que suceda. “La obra sucede unas horas antes del eclipse… está esta efervescencia de todo, a la expectativa de qué es lo que va a pasar”. Y en ese intervalo, lo oculto empieza a emerger: “dentro de esta oscuridad empiezan a salir los secretos de cada personaje”. El cielo no anuncia, revela.

Al final, lo que queda no es una respuesta, sino una sensación. “Que disfruten la función… que les toque alguna fibra entre la familia, recuerdos… y que visualmente se lleven imágenes lindas de la poesía que se construye”, dice Carolina. “Ojalá se acerque público que no está tan acostumbrado a ir al teatro… hay distintos lenguajes en un solo montaje”.

Porque quizá, más que entenderlo todo, se trata de reconocerse en algo.

El eclipse se presenta del 24 de marzo al 9 de abril en el Foro La Gruta, con una temporada breve, casi como esos momentos que no se repiten.


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Imagen de portada: Cortesía