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El lanzamiento de Artemis II marca el regreso de misiones tripuladas a la Luna y abre una etapa clave para aprender a vivir fuera de la Tierra, sentando las bases tecnológicas y humanas para futuras exploraciones a Marte

El próximo 6 de febrero marcará algo más que el despegue de un cohete. Con el lanzamiento de Artemis II, la NASA abre una nueva etapa en la exploración espacial que no se limita al gesto simbólico de volver a rodear la Luna con una tripulación humana, sino que busca algo mucho más ambicioso: aprender a permanecer fuera de la Tierra y convertir ese aprendizaje en la base de futuras misiones, incluidas las que apuntan a Marte.

Será la primera misión tripulada que orbite la Luna desde Apolo 17, hace más de medio siglo, pero el contexto ya no es el mismo. Si en los años sesenta y setenta la carrera espacial respondía a una lógica de competencia directa entre potencias durante la Guerra Fría, hoy el escenario es más complejo y también más abierto. Estados, agencias internacionales y empresas privadas participan de una expansión que ya no se piensa solo en términos científicos, sino también tecnológicos, económicos y logísticos.

La Luna como primer paso hacia la expansión humana

Para el investigador del Instituto de Ciencias Nucleares de la UNAM, Gustavo Medina Tanco, el regreso a la Luna debe entenderse como parte de un proceso más amplio que ya comenzó en las órbitas cercanas a la Tierra y que ahora avanza hacia otros cuerpos del sistema solar. La Luna, explica, no es únicamente un destino, sino el primer punto natural para ensayar cómo vivir, trabajar y sostener actividades humanas fuera de nuestro planeta. Su cercanía, su tamaño comparable al de un continente y la diversidad de materiales que concentra la convierten en un laboratorio ideal para esa transición.

Uno de esos materiales es el helio-3, un isótopo extremadamente escaso en la Tierra pero presente en el regolito lunar, que ha despertado interés por su potencial como combustible para la fusión nuclear. Aunque todavía se trata de una posibilidad a largo plazo, ilustra bien por qué la Luna ha dejado de verse solo como un objeto de exploración científica y empieza a pensarse como un espacio con valor estratégico. A diferencia de la era Apolo, hoy existen tecnologías más accesibles, una participación creciente del sector privado y la expectativa real de que, en el futuro, pueda sostenerse una actividad económica más allá de nuestro planeta.

Artemis, una misión pensada a largo plazo

Artemis II forma parte de una campaña escalonada. Antes estuvo Artemis I, lanzada sin tripulación en 2022, que probó el sistema en condiciones reales de vuelo. Después vendrá Artemis III, que planea regresar astronautas a la superficie lunar, específicamente al polo sur, una región clave por la posible presencia de hielo de agua. Más adelante, Artemis IV buscará avanzar en la construcción de Gateway, la primera estación espacial en órbita lunar, pensada como un punto de apoyo para misiones más largas y lejanas.

En esta misión, la nave Orión será puesta a prueba en su faceta más crítica: transportar humanos al espacio profundo y traerlos de vuelta con seguridad. Orión está diseñada para resistir la radiación solar, mantener sistemas de soporte vital durante días y soportar una reentrada a alta velocidad en la atmósfera terrestre. Durante aproximadamente diez días, una tripulación internacional comprobará que cada uno de estos sistemas funcione como se espera, sentando precedentes técnicos que no solo servirán para la Luna, sino también para futuros viajes a Marte.

Aprender a vivir fuera de la Tierra

La lógica detrás de Artemis es clara: ya no se trata de llegar, plantar una bandera y regresar. El objetivo es desarrollar una presencia sostenida, con misiones recurrentes, estaciones orbitales, infraestructura en la superficie, robots, sistemas de energía, comunicaciones y logística capaces de operar durante largos periodos. La Luna se convierte así en un espacio de ensayo donde se ponen a prueba las condiciones mínimas para que la humanidad pueda expandirse más allá de la Tierra.

Esta visión se integra en la llamada Arquitectura Luna-Marte de la NASA, una hoja de ruta que divide el proceso en etapas progresivas, desde el retorno humano a la Luna hasta el establecimiento de misiones tripuladas al planeta rojo. Cada fase incrementa la complejidad de las operaciones y amplía las capacidades necesarias, desde sistemas autónomos y robótica hasta el aprovechamiento de recursos locales, la producción de energía y el desarrollo de hábitats que protejan la salud física y mental de los astronautas.

Un año clave para la exploración espacial

El año 2026 refuerza esta idea de transición. Además de Artemis II, empresas como Blue Origin preparan sus propios módulos de aterrizaje lunar, enfocados en el transporte de carga, mientras Japón se alista para una misión inédita hacia las lunas de Marte, Fobos y Deimos, con el objetivo de recolectar muestras y traerlas de regreso a la Tierra. La exploración espacial se mueve hoy entre la cooperación internacional y una competencia que ya no es solo simbólica, sino tecnológica y estratégica.

La Luna como laboratorio del futuro

Lo que está en juego no es únicamente el regreso a la Luna, sino la posibilidad de redefinir la relación de la humanidad con el espacio. Artemis no promete respuestas inmediatas ni modelos de negocio cerrados, pero sí algo fundamental: habilitar las condiciones para que esos modelos puedan existir. En ese sentido, la Luna deja de ser un destino lejano y se transforma en el primer escenario donde se ensaya, con cautela y ambición, la expansión humana más allá de su planeta de origen.


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Imagen de portada: NASA