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«Cuando llega el otoño»: François Ozon llega al Tour de Cine Francés con una historia tan frágil como la estación

Arte

Por: Carolina De La Torre - 08/27/2025

La nueva película del Tour de Cine Francés 2025 transforma lo familiar en un misterio sutil, donde ternura y dolor se entrelazan con la naturalidad de la vida misma

Cuando llega el otoño (Quand vient l’automne, 2024) es la más reciente película de François Ozon y una de las joyas que llegan al país dentro del Tour de Cine Francés 2025. Con un reparto encabezado por Hélène Vincent, Josiane Balasko y Ludivine Sagnier, la cinta despliega una historia que, aunque comienza con la sencillez de la vida cotidiana, se va enredando con la sutileza de un secreto apenas insinuado.

La trama nos lleva a la campiña de Borgoña. Michelle, una mujer retirada, vive entre caminatas solitarias, recetas de cocina y las visitas frecuentes de su amiga Marie-Claude. El Día de Todos los Santos trae consigo la llegada de su hija Valérie y de su nieto Lucas, quien quedará a su cuidado durante las vacaciones. Como bienvenida, Michelle prepara una sopa con hongos silvestres. Lo que parece un gesto amoroso se transforma en una duda inquietante: los hongos resultan tóxicos.¿Se trató de un accidente, de una negligencia, o de un acto intencionado?

Esa pregunta se convierte en el eje invisible que mueve a la película. Ozon, con su estilo elegante y contenido, explora desde ahí las grietas de una familia: los vínculos desgastados por el tiempo, los silencios prolongados y las emociones que insisten en permanecer bajo la superficie. La puesta en escena, ambigua pero precisa, convierte lo apacible en un terreno de tensión. En cada mirada, en cada gesto, hay algo que se oculta y que nunca se nombra del todo.

La cinta se mueve con ecos de cine negro, pero no pierde la sensibilidad naturalista que caracteriza al director. El resultado es un retrato donde la serenidad del campo se desarma poco a poco, mostrando que incluso los gestos de cuidado o de ternura pueden contener pulsiones más oscuras. Entre sobriedad y un humor sutilmente ácido, Ozon teje una red de secretos familiares y afectos puestos a prueba, construyendo un relato que se siente, como su título, con el aire frío, melancólico  pero apacible del otoño.

Pero lo verdaderamente fascinante es que Cuando llega el otoño no necesita grandes artificios narrativos para sostener la atención. Es una película que, como la vida, transcurre en instantes dulces y en momentos inevitablemente amargos. Una historia que mantiene a quien la mira expectante, como quien sabe que cuando todo marcha bien o regularmente bien, basta un segundo para que algo se descomponga. Ozon entiende la existencia como un ciclo interminable, lleno de giros y, al mismo tiempo, de una pasividad conetada que desconcierta.

La maternidad, la familia y las decisiones cotidianas se muestran sin dramatismos forzados. Los personajes no encajan en figuras maniqueas de bondad o maldad; se mueven en un territorio desdibujado, con ternura y naturalidad. Lo que creíamos imperdonable se vuelve comprensible, mientras lo verdaderamente imperdonable parece ser el apego a aquello que nos hiere. Esa ambigüedad es lo que hace que los personajes resulten tan verosímiles, tan auténticos, tan entrañables.

La película se siente como días de otoño: con colores apagados, un aire frío que acaricia y duele, un encanto melancólico que se mueve entre la paz, de un rayo de sol a medio salir y la tristeza. No es toda luz ni toda sombra, y precisamente en esa honestidad radica su poder. El guion enreda sin estridencias, con un suspenso casi invisible que se instala en el pecho y que, sin que lo notes, te conduce hasta las emociones más profundas.

Cada personaje, incluso con trazos mínimos, se sostiene con fuerza en la pantalla. No hay necesidad de explicar demasiado: basta la forma en que se mueven, en que hablan o callan, para que se sientan cercanos y reales. Hay momentos de sobresalto que interrumpen la calma, pero la delicadeza del relato nunca se pierde. 
Cuando llega el otoño no busca deslumbrar con artificios ni con giros espectaculares. Su fuerza está en mostrarnos la vida como es: sencilla, frágil, impredecible con secretos y dolores indecibles, que una vez nombrados, pierden su fuerza. Como el otoño, no pide permiso para llegar. Trae consigo frío y pérdida, pero también un encanto sereno, una belleza que se descubre justo en lo inevitable.

El Tour de Cine Francés nos regala con esta cinta un recordatorio sutil: la vida no se mide en lo que ocurre, sino en cómo lo habitamos. Cuando llega el otoño nos invita a mirar esos claroscuros que cargamos y a aceptar que en medio de la ternura y del dolor, la existencia como la estación misma guarda siempre un encanto inevitable. 


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Imagen de portada: Página 12