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"Hay más luz cuando alguien habla": sobre la experiencia de hablar en psicoanálisis

Sociedad

Por: Julián Doberti - 11/07/2020

Hablar es compartir lo que vivimos, lo que nos gustaría o no vivir, lo que sentimos, lo que pensamos. Lo compartimos con otros o con nosotros mismos; pero, sobre todo, hablamos para sentirnos vivos

Que no sea cierto
lo que dice Marguerite Duras,
y se pueda estar vivo
en dos lugares a la vez.

O. Bossi

 

¿Qué es lo que hace que alguien se sienta vivo?

D. Winnicott 

 

I

Suele repetirse que el psicoanálisis es un discurso, amparándose en la referencia al sentido que esa palabra encuentra en cierto momento del recorrido de Lacan, quizás olvidando que existe otra palabra -que prefiero- y que Lacan no se cansó de utilizar, cuando hablaba del análisis como una experiencia (llegó a decir, también, que se trataba de una aventura). 

La noción de experiencia me interesa. Jean-Bertrand Pontalis, en un bellísimo libro agotado hace años, planteaba que, de Freud en adelante, los psicoanalistas habían reducido los sueños al sentido y su interpretación, al modo en que el sueño opera como un complejo trabajo de condensaciones y desplazamientos, y habían descuidado la experiencia de soñar. Como quien dice que cuidar a las palabras –tan distinto al gesto prevenido o admonitorio de “tener cuidado”– es dejar que se desplieguen al interior de una experiencia, en lo que esta supone no sólo de encuentro, siempre diferente, con lo desconocido, con el cuerpo y sus resonancias, sino también con aquello que suspende cualquier saber como instancia de verificación, incluso a posteriori. Así, se vuelve posible liberarnos del encierro en ese lugar común que supone que, para hablar de algo con cierto grado de autorización, para dar cuenta de lo que se habla, es necesario haberlo vivido antes. Ese prejuicio desconoce el hecho, descubierto por Freud, de que, al hablar en transferencia, allí algo se vive… mientras se habla, porque se habla sin saber lo que se dice. Después de ese descubrimiento que, a falta de otra palabra, llamamos psicoanálisis, ¿qué significa hablar? La pregunta acude porque Freud nos legó algo hermoso. Nos permitió no sólo hablar en el sentido de contar lo que vivimos, lo que nos gustaría vivir o lo que nunca viviremos: nos dio la posibilidad de hablar para sentirnos vivos. 

 

II

En un taller que dicté sobre esas dos experiencias, tan difíciles de pensar, que son el duelo y el amor, se me ocurrió mencionar en la primera clase el título de un libro de Peter Orner que estaba leyendo esos días: ¿Hay alguien ahí?. Durante el taller me fui percatando de que en esa pregunta, en apariencia simple, hasta cotidiana, latía una potencia de ambigüedad, menos en relación al sentido que a la singularidad de su enunciación: no tanto qué significa, tampoco exactamente en qué contexto es pronunciada, sino ¿qué afecto habita esa voz que pregunta? Resulta evidente que no se sabe si hay alguien ahí. Pero se lo formula, se convoca a que alguien responda desde un cierto lugar (ahí), alguien que existiría a través de una palabra que sería devuelta, y cuya presencia es todavía enigmática. Ese enigma no se confunde con la inexistencia. Y en él todavía se juega la temporalidad –la posibilidad– del deseo.

Freud relata la escena –creo que en un viaje nocturno en tren– de un niño que se encuentra a oscuras con su tía, está inquieto y le pide que le hable. Ella le advierte que, por más que le hablara, seguirían en la oscuridad. Y el niño responde “hay más luz cuando alguien habla”. Cuando alguien habla, hay alguien ahí. Es difícil encontrar una manera más precisa y luminosa de dar cuenta del modo en que sentir la presencia de otro –no sólo cerciorarse de su existencia– es inseparable de las palabras.

Cuando leí el fragmento del poema de Osvaldo Bossi que figura como epígrafe, pensé en mi experiencia como analizante. Bossi no escribió “y se pueda estar / en dos lugares a la vez” (lo que se diluiría velozmente en una ambición narcisista que las fantasías de clonación alimentan desde hace mucho tiempo). El poeta incluye una palabra más, que lo cambia todo: “y se pueda estar vivo / en dos lugares a la vez”. Se trata de la experiencia de estar vivo, y del problema que supone la idea de lugar en relación al tiempo: dos lugares a la vez. ¿Cómo estar vivo en dos lugares a la vez? Cuando me analizo, en ciertos momentos, ocurre ese prodigio. Las asociaciones me hacen olvidarme de la inmediatez del diván, del consultorio, de la luz que se filtra por la ventana, del rumor de la ciudad, y la escucha del analista me sirve para irme hacia otras escenas, sueños, recuerdos en los que me siento vivo, sin saber muy bien en qué lugar estoy. Aunque sé que hay alguien ahí. 

 

Twitter del autor: @juli_doberti

 


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Imagen de portada: Sobrevolando la ciudad (1924), Marc Chagall