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Una cita, no con la historia, sino con el cinismo, el descaro y la agrimonia

La cita, no con la historia, sino con el cinismo, el descaro y la agrimonia, tuvo lugar el 31 de octubre del año 2021, cuando el aspirante a escritor, antes lo fue de cantante, convocó a la presentación de su libro La paternidad responsable, patrocinada por el Consejo Nacional de Población (los escritores, buenos y malos tienen que ser patrocinados) en la Casa de la Cultura del Sur, a tres mujeres que estuvieron vinculadas con él, en su pasado lejano: Carolina, Cristina y Marina. El escritor de nombre falso, como todo él, Víctor Victoria, organizó una especie de autohomenaje a su “valiente compromiso con la historia”, para que sus conocidos y desconocidos escucharan su testimonio sobre por qué no es culpable.

La sala de la Casa de la Cultura del Sur se fue poblando de un auditorio heterogéneo, acarreados arreados por el Consejo, periodistas con chayo de por medio, fueron invitados a fortiori y las tres mujeres que tuvieron que ver con él, fueron a escuchar al expositor e investigador de las políticas de población del gobierno para, a posteriori de varios bostezos, pasar al brindis por el “exitazo” de la publicación del libelo de marras, que más que hablar de sus experiencias personales, desarrollaba vergonzosamente las propuestas del Consejo para lograr una maternidad “responsable”. El resultado fue un esperpento, en el que se autocalificaba como defensor de la maternidad responsable, promovía el uso de los anticonceptivos, condones, píldoras del día siguiente y del procedimiento quirúrgico indoloro para ligarse las trompas de Falopio. El que debió ligarse la trompa era él. Evocó la experiencia traumática del aborto. Pero sólo las tres “amigas” captaron el mensaje, de lo que presentó como algo que hubiera sido practicado en su vientre de macho.

Cristina, esbelta, alta, de pelo marrón, los ojos negros como obsidiana, ni sus senos, ni sus nalgas eran prominentes, altivos sí, sólidos también, carnosos como duraznos. Los pies pequeños, perfectos, ideales para usar zapatos de aguja y sandalias, los brazos largos, una chulada que a sus 19 años, fue seleccionada para formar parte del elenco de las modelos de la internacionalmente famosa marca de ropa íntima: Victoria’s Secret. Huérfana de madre, el padre inmerso en el trabajo, poca atención le prestaba a su hija. Para Cristina, fue la mejor noticia de su vida el haber sido escogida para tomar un entrenamiento para ser modelo en Londres, Inglaterra.

La joven mujer, víctima de le emoción de su próximo trabajo, decidió ir al antro a celebrarlo, ahí conoció a un joven galán que la motivó a ingerir media botella de mezcal. La misión del cretino era seducirla a como diera lugar, con subterfugios empalagosos la llevó a un motelucho en la salida a Cuernavaca, el tristemente famoso Leo; si bien no se pudo tipificar como violación, fue un acto de fornicio con alevosía y ventaja, a una mujer en estado de ebriedad. El egoísta eyaculó precozmente, sin importarle satisfacer la libido de Cristina.

Poco tiempo después emprendió el viaje a Londres, para tomar el entrenamiento como modelo y lucir su belleza en las pasarelas de los almacenes de moda ingleses. Transcurrieron 28 días y no llegó el ansiado período de menstruación. En esa angustia y soledad, acudió al auxilio de una compañera de Victoria’s Secret, a la que confesó su inocente desliz sexual, con un muchacho que se encontraba a miles de kilómetros de distancia. Para su fortuna, la maldición del embarazo no deseado se acabó rápido y con la destreza médica en el Queen Elizabeth Hospital de un legrado seguro y aséptico.

Ella creyó justo y necesario comunicarle al responsable ausente su quirúrgica experiencia, pero el sujeto no se dignó a contestarle el teléfono.

Carolina, una adolescente, dejando trabajosamente la niñez, estudiante de secundaria, con su minifalda escocesa a cuadros, mostrando unos muslos morenos de sol, las calcetas hasta las rodillas y unos senos robustos que se insinuaban a través de la playera blanca, ojos cafés, pelo castaño, bonita, triste y sonriente a la vez. Su novio, un tal Víctor Victoria, que se las daba de galán por la colonia Lomas y que se aposentaba en el cofre del coche, a las afueras del colegio Margarita de Escocia, en espera de su presa, hacía un mes que acosaba a Carolina, invitándola a tomar cervezas, él decía, “a un lugar padre”. Por fin accedió la víctima en ciernes. Como felino hambriento la atacó y en su madriguera preferida, el Motel Leo. La fornicó dos veces, dejándole en prenda dentro de su vagina una buena cantidad de espermatozoides que cumplieron con su función natural: fecundar.

A los 2 meses, se hizo evidente su embarazo. Ingenua, inocente, le comentó a su hermana mayor de su inesperado estado. Como suele suceder en este mundo, no era la primera muchacha ni la última que quedaba embarazada, por ignorancia, pasión incontrolable o valemadrismo juvenil. La hermana de Carolina acudió 1 año atrás al consultorio de un partero, que por módicos mil pesos, le hizo la raspa. Así que siguiendo el mismo camino, Carolina dolorosamente se puso en las manos del mismo partero. Claro que el que aportó el semen, cobardemente no acompañó a la chavita de la minifalda a pasar el terrible trance.

Marina: no sólo su nombre es bello, sino que ella misma era hermosa; cuando terminó la prepa, esa muchacha introspectiva, silenciosa, estudiosa, inteligente pero muy pasional, tuvo la desgracia de conocer a un muchacho que se hacía pasar por cantante, que estudiaba en la misma escuela y que en un viaje de fin de cursos a la playa estuvieron juntos. El nombre artístico del sujeto era el de Víctor Victoria. La deslumbró con su canto, el calor y el ambiente tropical, se desataron las pasiones: cogieron y cogieron hasta quedar extenuados.

De regreso a la ciudad de México, en el autobús, el cantante decidió sentarse junto a un compañerito y ponerse a platicar, mientras Marina, algo extrañada, sin comprender la actitud indiferente de Víctor, optó por cerrar los ojos cafés y dormirse hasta la ciudad.

Como fueron pasando los días y el galán, escurridizo, e inaprensible, se fugó de la escena, Marina entendió el mensaje y lo dejó en paz; sin embargo, dentro de su matriz se iba formando el producto, sí, el producto de ese revolcón playero que iba creciendo en su vientre. ¡Carajo! Preguntando, dicen que se llega a Roma: ella llegó hasta el quirófano del doctor Nieto, que practicaba clandestinamente el legrado. Y así, como dejó vacío el útero, dejó vacío el corazón de Marina y un profundo desamor.

Víctor Victoria se veía muy orgulloso, pagado de sí mismo, contando historias, disfrazadas de política de planeación familiar, de esas mujeres, en la sala de la Casa de la Cultura del Sur, con la frialdad con la que un auxiliar contable registra la columna de pasivos y activos; las mujeres fueron, de alguna forma, presas de sus encantos y a la vez de sus anhelos. La forma en que asociaba esas relaciones con los programas de maternidad responsable, métodos anticonceptivos, educación sexual con la exitosa política del Consejo. Primero desconcertó a las tres damas, pero después provocó ira, coraje y vergüenza de ser aludidas en la narrativa del “experto”.

Al término de la conferencia, espontáneamente se colocaron las tres en la fila de las bebidas espirituosas y los bocadillos. La psique, que es inexplicable, hizo que las tres intuyeran que eran personajes centrales del libro. Cruzaron tímidas miradas de reconocimiento. Las tres tomaron copas de vino blanco.

Las tres diferentes, después de 20 años, Carolina maestra de jardín de niños, tuvo un hijo con un hippie yugoslavo, que murió de sobredosis; Cristina, casada y divorciada, administraba una franquicia de Victoria’s Secret, se hizo rica; y Marina, la más auténtica de las tres, vestía huipil oaxaqueño, huaraches y un listón rodeándole el pelo, intelectual, un libro en el bolso: Principio esperanza, izquierdosa. Las tres con un oculto y viejo deseo de venganza.

El encuentro, tanto para ellas como para él, resultaba incómodo. Él se les acercó con una risita fatua. Víctor con muchos kilos de más, se le notaba en la panza, en las lonjas, en los cachetes y hasta en las orejas. Ni de cerca era el joven seductor que llevó a la cama a las tres muchachas, que por el contrario mantenían un atractivo por demás interesante.

-Hola -les dijo el sujeto.

-Hola -contestaron las tres al unísono.

-¿Qué les pareció el libro? -se atrevió a preguntar.

-Horrible -lo calificó carolina.

-Mentiras -lo juzgó Cristina.

-Una mierda -lo definió Marina.

-Ah, ya se conocen -aventuró Víctor.

-¡No! -respondieron las tres.

-Oh, pues, Carolina, te presento a Marina. Marina te presento a Carolina, Cristina te presento a Carolina y a Marina -intentó ser educado.

-No nos conocíamos, pero ya nos conocimos -dijo Marina.

-¿Qué les parece si nos tomamos unos tequilas? -sugirió Cristina.

-Muy prudente -reconoció Carolina.

Se acercaron a la barra y pidieron tequilas para todos. Desafortunadamente, el bartender les informó que se había terminado el licor. La noticia le cayó de perlas a Víctor, al que le urgía salir del aprieto.

-Vámonos -expresó ansioso Víctor.

Se dirigieron a la salida de la Casa de la Cultura del Sur. Los cuatro en la banqueta se disponían retirarse a sus casas cuando inesperadamente se detuvo un viejo camión, todo pintado de negro. En el techo con foquitos rojos, un letrero que decía “El partybus”.

Con un magnetismo ineludible, las tres más uno decidieron hacerle la parada. Se detuvo, abrió la puerta y el grupo de mujeres lo abordó rápidamente; Víctor no subió de inmediato, pero las mujeres le exigieron que subiera. En fila india fueron ingresando hasta colocarse a un lado del conductor y frente a una señora que vestía rojo y negro, no era una bandera de huelga, era el color del infierno. Les dio la bienvenida al partybus. Les informó que el paseo consistía en una fiesta, una botella y una cerveza a un costo de 250 pesos por pasajero. Y les aclaró “se puede bailar en el partybus”.

Antes de que alguien se arrepintiera, Marina aceptó la invitación, al tiempo que sacó de su bolsa la cartera de la cual extrajo los billetes que depositó en las manos de la señora. Los demás hicieron lo mismo, riéndose ante lo desconocido y extraño.

En su interior el camión estaba vació, tapizado con cortinas negras, una banca metálica adosada a uno de los costados del camión y una mesa de plástico, clavada frente a la banca. De dos bocinas ocultas salía una sabrosa cumbia, Alfredo de la Fe y su violín maravilloso. De inmediato se animaron las tres para menear el esqueleto. La señora destapó cuatro cervezas y cerró la cortina negra que separaba el salón de fiesta de la cabina del chofer, para no inhibir a los pasajeros.

-Yo creo que esa cervecitas nos no van a servir ni para el arranque. ¿Qué les parece si pedimos una botella de mezcal? -les preguntó Marina.

-Sí, sí, sí, muy correcto me parece -consideró Cristina.

-Yo apruebo la propuesta -opinó Carolina.

Mientras, azorado e intrigado, Víctor Victoria sólo alcanzaba asentir con la cabeza y poner cara de idiota.

-No te agüites -le dijo Marina

Lo tomó de la mano y se puso a bailar en el pasillo del partybus.

Carolina fue a negociar la botella de mezcal con la ayudanta del chofer. Le dio 500 pesos y le dio una botella de mezcal Gusano de Oro. Regresó a la parte trasera del camión con cuatro vasos pequeños en los que fue vertiendo el licor hasta derramar el líquido, por el bamboleo natural del armatoste y la cumbia. Era difícil mantener el equilibrio. Todos bebieron y se pusieron a bailar colectivamente.

Al cuarto shot de mezcal la fiesta había adquirido un tono más subido. Las mujeres bailaban como un rito vudú, con movimientos sensuales, incluso con tocamientos de glúteos, caderas y mejillas. Cristina y Carolina de plano acercaron sus rostros hasta unir sus labios. Con Marina se secreteaban algo inaudible para Víctor, pero obvio que hablaban de él. Las mujeres empezaron a escarbar en sus bolsos, extrajeron frascos, al parecer de medicamentos. Marina depositó en la palma de su mano dos pastillitas de color blanco. Cristina sacó un gotero con una etiqueta que decía “Rivotril”. Carolina volteó en su mano una cápsula de color verde. Tomaron un vaso de 1 litro y vertieron una cerveza completa, y dos vasos de mezcal y depositaron las pastillas de Lexotan, Rohypnol y las 10 gotas de Rivotril. Revolvieron todo y forzaron a Víctor a ingerirlo todo. Aunque se resistió y forcejeó con las damas, lo obligaron a beber el contenido del vaso hasta el fondo. En ese momento, de las bocinas, una cumbia de Aniceto Molina: “La pollera colorá”.

A empujones llevaron a Víctor al centro del camión para que bailara con las tres, lo zangolotearon y a jalones lo aventaban una a otra; el chofer y la ayudanta sólo escuchaban los gritos y las carcajadas y los brincos que pegaban.

Las drogas y el alcohol surtieron efectos demoledores en el sujeto, al que le daba vueltas todo, las luces rojas y moradas se reflejaban en los rostros de ellas que se movían como rehiletes al ritmo de la cumbia, terminaron por vencer la resistencia física y mental de Víctor, que se derrumbó en el piso del camión. Las mujeres, ostensiblemente ebrias y eufóricas, pateaban al sujeto en las piernas y en los brazos, sin que éste reaccionara a las agresiones; era un fardo, un bulto inmóvil.

Carolina sacó de su bolsa una bola de estambre y varias agujas de tejer, las distribuyó a sus “amigas”. Empezaron a envolverlo con el estambre, hasta hacerlo un ovillo. Le amarraron las piernas y las manos; Cristina comenzó a desvestir al sujeto, le bajó los pantalones y los calzones, le arrancó la camisa, prendió el encendedor, se lo acercó a la cabeza y le quemó el cabello. Carolina, como si fuera banderillero en el segundo tercio de la lidia, se las clavó en los testículos. Marina, siguiendo el buen ejemplo, le clavó las agujas en los ojos y en las orejas. Por el dolor Víctor intentó mover las manos, pero fue imposible desatarse. Cristina le detuvo la cabeza fuertemente y le estrelló la botella de mezcal. La sangre manó a borbotones. Carolina le insertó una aguja en el cuello cortando la aorta, el chorro de sangre le manchó la cara. Marina tomó el pene de Víctor, tomó un cigarro, lo prendió y se lo clavó en el glande. Para acallar los gritos le amarró una mascada en la boca. Con un pedazo de vidrio de la botella de mezcal le cercenó el pene. Cristina se quitó el cinturón y le rodeó el cuello, corrió la hebilla con toda su fuerza hasta provocarle la asfixia. En los estertores de su vida, Carolina le metió la cerveza por el culo, y Víctor estiró la pata hasta morir.

Se hizo un gran silencio entre ellas, sólo permanecía obsesivamente el acordeón de Aniceto Molina. De alguna manera, satisfechas las mujeres, arrastraron el cadáver inerte de Víctor Victoria al fondo del camión. Abrieron la puerta del baño, sentaron el cuerpo del cadáver en el escusado y  cerraron la puerta con seguro.

Recogieron sus cosas, las echaron en sus bolsos, se lavaron las manos ensangrentadas con cerveza.

-Vámonos -propuso Marina.

-Vámonos rápido -asegundó Cristina

-Sí, rápido, corran -dijo Carolina.

Caminaron hacia la cabina del chofer. Le exigieron que parara. Antes que la ayudanta del chofer les dijera cualquier cosa, Cristina le puso un billete de 500 pesos en la mano. El chofer abrió la puerta con la manija, descendieron las tres mujeres ebrias y satisfechas. Ya en la calle corrieron en sentido contrario, venturosamente apareció un taxi, le hicieron la parada, lo abordaron por el asiento trasero, las tres mujeres que habían abortado unas criaturas que jamás conocería su padre.

El conductor del partybus, por la ventana, preguntó:

-¿Y el señor?

Marina le contestó: “se quedó cagando”.

 

FIN

 

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